Tengo una hija

  12 Diciembre 2006

Escribe: Luis Tormo

“Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
(…)”

Esos locos bajitos, de Joan Manuel Serrat.

Cuando en enero de 2005 le dedicábamos un especial a Clint Eastwood en Encadenados aun no se había estrenado Million Dollar Baby. En aquel momento ya hablábamos de que la última trayectoria del actor y director americano (entre otras películas teníamos títulos como Sin perdón, Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Mystic River) hacia pensar en que nos encontrábamos ante un cine cercano a lo clásico, algo por otra parte, cada vez más raro, pues la tendencia actual se aleja de este modelo de cine. El estreno unos meses después de Million dollar baby no hizo más que confirmar estos comentarios, pues Eastwood nos deslumbró con una obra maestra de las grandes, en donde la forma de contar la historia, desde un guión lleno de detalles hasta una cámara y un montaje al servicio de la narración (y no al revés como suele pasar ahora) nos devolvió a un cine que ya no se hace.

Volvemos ahora a Clint Eastwood para revisar Million Dollar Baby, dentro de la sección de Rashomon, y en la que me gustaría centrarme en el aspecto de la relación paterno filial que se establece entre Frankie (Clint Eastwood) y Maggie (Hilary Swank). Pero más que describir este aspecto de la película, que es muy claro y evidente, creo que lo destacable es cómo un tema que no destaca precisamente por la originalidad, gracias a cómo está contado, supera esa falta de originalidad, para convertirse en algo mucho más interesante.

En un principio, la relación entre Frankie y Maggie utiliza dos esquemas argumentales fáciles de identificar por el espectador, se podría decir que incluso trillados, simples por lo obvio de su propuesta. Por un lado, tenemos la relación que se basa en el amor-odio, utilizado habitualmente para describir personajes que en un principio están en lados opuestos y que poco a poco se van acercando. Por otro lado, y complementario del anterior, tenemos el esquema relación maestro-alumno, donde igualmente se produce un acercamiento entre personajes muy distintos entre sí conforme el alumno va superando las pruebas a las que le somete el maestro. Estos esquemas son válidos para comedia, drama, historias de amor, desamor, relaciones familiares, entre amigos, etc. Hay que destacar también que las historias de superación, en este caso utilizando un deporte –el boxeo– como hilo conductor, son también igualmente comunes.

¿Qué es lo que hace grande, entonces, a Million Dollar Baby? Los pequeños detalles que estructuran la historia y la hacen, partiendo de esquemas simples, mucho más densa y rica en cuanto a contenido, graduando en intensidad esa relación. Una vez se produce el acercamiento entre ellos dos, Frankie decide entrenar a la chica después de perder la primera opción el boxeador de color que después gana el título) tenemos una escena fundamental que produce un salto en el guión y que va a estructurar esta relación de amor padre-hija en tres partes: nacimiento, desarrollo y muerte.

El nacimiento de Maggie se produce en el momento en que ella tiene la posibilidad de encontrar un manager y lo rechaza, diciéndole que jamás abandonará a Frankie (la escena en que el personaje interpretado por Morgan Freeman la lleva a un restaurante para que se encuentre con ese manager). Inmediatamente a continuación, la siguiente escena nos muestra a Frankie entrando en su casa y donde sólo vemos sus pies, que tropiezan con las cartas rechazadas de su hija. Nosotros, espectadores, hasta ahora sabíamos que Frankie tiene una hija a quien le escribe cartas, pero ahora es el primer momento en que vemos que las cartas son rechazadas. Es decir, cuando Maggie acepta seguir con Frankie (le elige frente a otros entrenadores o managers), la película nos confirma que Frankie está solo, que su hija –ausente– no contesta las cartas y que la única persona que tiene es Maggie. A partir de ese momento el entrenador ya no es solo entrenador, empieza a aconsejarla como “padre”, en la escena siguiente le dirá que ahorre, que se compre una casa para no terminar como él. Empieza a protegerla más allá del boxeo. Como culminación de esta fase de aceptación como hija, el “padre” la bautizará simbólicamente con una palabra “Mo Cuishle”, y al final de la película sabremos el significado de la palabra que, como no puede ser de otra manera, será precisamente “mi amor, mi sangre”. Todo ello viene dado sin forzar la narración, sin grandes movimientos, una puerta que se abre y muestra un plano picado de las cartas en el suelo rechazadas, ningún comentario, sobran las palabras con ese plano.

Seguimos con este tema. Una vez Frankie acepta la tutela de Maggie, viene la siguiente fase. El crecimiento de la relación, la aceptación por parte de ella de la figura de su entrenador como algo más que simple entrenador. Cosa que Eastwood nos vuelve a dar maravillosamente bien en la escena que se produce después de que Maggie regala la casa a su madre, a su familia, y esta pone en tela de juicio la vida de Maggie (toda la escena va enfocada a mostrar el rechazo que sufre Maggie por su familia). Es una escena corta pero muy importante: Maggie está dentro del coche en la gasolinera, Frankie ha salido para repostar y la cámara encuadra entre dos surtidores a una niña en una camioneta con un perro, el contraplano nos devuelve la imagen de Maggie, con el mismo encuadre, equiparando con esos dos planos a Maggie y a la niña. A continuación Maggie le cuenta a Frankie dos cosas: primero la historia de ella de niña, la relación con su padre, la anécdota del perro (que luego tendrá mucha que ver con la parte final de la película), y segundo, le confiesa que solo le tiene a él. Es la aceptación de la figura de Frankie como padre. A partir de aquí se acrecienta esa relación padre/hija entre entrenador y boxeadora, será maestro pero en sus consejos estará ya implícita la figura del padre (esa reiteración en que se proteja).

La tercera escena importante es, una vez ya se ha producido el combate por el título, y la película ha efectuado el giro dramático, el momento en que Maggie le confiesa a Frankie su deseo de no continuar viviendo de esa forma. Es el enlace con la escena anterior pues Maggie, postrada en la cama, le recuerda la historia de su padre y el perro. Una vez más la cámara relata esta situación con un leve movimiento de acercamiento al rostro de Frankie y que tiene su correspondencia en el contraplano con una panorámica también hacia el rostro de Maggie. No hay más palabras, simplemente con ese movimiento a los rostros de los protagonistas está todo sugerido, se transmite la gravedad de la decisión. A partir de aquí solo queda la escena de la desconexión a la máquina que la mantiene con vida, explicándole antes el significado de la palabra “Mo Cuishle”. Es la última enseñanza reciproca del padre hacia la hija, el último gesto de amor, pues aunque él preferiría que viviera, sabe que ella no quiere continuar luchando. Es una última escena que reúne las dos anteriores que hemos comentado (se explica el significado del nombre y se recuerda la anécdota del padre de Maggie y el perro).

Volviendo a la tesis planteada al inicio de este artículo, la historia no es original, pero sí lo es el tratamiento de la misma. Si es original la gradación de las tres escenas descritas, basadas en la sencillez y en considerar al espectador como ser inteligente que es capaz de sacar de unos pocos planos mucha información y donde la labor del autor que está detrás de la cámara pasa desapercibida. Es original en tanto se acerca a una narración clásica, de las que cada vez es más difícil ver, y la prueba la tuvimos ese mismo año con Mar adentro de Amenábar, una manera de narrar las cosas muy diferente. En la película de Amenábar se alargaba el final hasta el máximo, culminando con la escena de la carta de Bardem a Belén Rueda, en Million Dollar Baby Eastwood cierra el filme con un plano de esa cafetería que intuimos que se convertirá en el único refugio que le queda a Frankie.

Y si se quiere reforzar una idea se hace, pero bien. Así, Eastwood aun se reserva un golpe final, un último directo con el que alcanzar al espectador y tumbarlo definitivamente, y lo hace desde los títulos de crédito. Y es que en esos títulos podemos detectar la presencia de Morgan Eastwood, la hija pequeña del director (nacida en 1996). ¿Y en qué papel? Lógicamente en el de la niña con el perrito que aparece en la camioneta y con la que Maggie se identifica rápidamente. Eastwood refuerza por lo tanto la idea de identificar a Maggie como hija suya a través de ese juego (Maggie=niña=hija real).