Balada triste de trompeta (2010), de Álex de la Iglesia

  20 Diciembre 2022

Película excesiva que se sale de sí misma

balada-triste-de-trompeta-0El cine de Alex de la Iglesia suele ser violento y su actitud irreverente, en gran medida como en esta obra. El caso de esta dracomedia (me permito unir drama y comedia) de acción tiene sus componentes interesantes en el plano cinematográfico, si bien acaba siendo un filme fallido

Incluso, puestos a calificar esta cinta delirante, podría hablarse de thriller con una trama transgresora, con un aliño propio del encuadre barroco propio del circo. Hay, por supuesto, histerismo, intensa energía, derroche de surrealismo con la cruz de los caídos como telón de fondo, o la potencia cegadora de sus imágenes. Pero le falta cierre y contención.

«Balada triste de trompeta, por un pasado que murió, y que llora y que gime como yo», eso cantaba Raphael, y sobre esta estrofa se construye esta cinta de De la Iglesia, quien en su momento declaró: «Es la película más difícil que he hecho, pero también de la que más orgulloso me siento», curiosa afirmación.

Tal vez es la película que nuestro director siente más personal, o de la que él, subjetivamente, creyó que era la que mejor le había quedado o que más le había satisfecho en su momento. Pero, es mi modesto parecer, que ni por asomo es uno de sus mejores títulos.

Dijo en su momento también De la Iglesia que con esta obra quiso hacer «un exorcismo» con el tan conflictivo tema de la memoria histórica, una cinta construida sobre la letra que cantó y canta el gran linarense Raphael. Desde la Guerra Civil hasta el asesinato de Carrero Blanco, se cuenta la historia del payaso tonto (Areces), y su llegada a una compañía sometida al agresivo carisma del payaso gracioso (De la Torre).

La historia

Se cuenta una historia que arranca en Madrid, en plena guerra civil, año 1937, cuando un grupo de milicianos al mando de su agresivo capitán (Guillén Cuervo) irrumpen en un circo, interrumpiendo la actuación de dos payasos ante unos niños nerviosos por lo que se cuece fuera del recinto. Son el payaso tonto (Santiago Segura) y el triste (Fofito), a los cuales reclutan. Pero de paso reclutan también a los empleados y el resto de artistas del circo para luchar contra los nacionales de Franco.

En el inicio hay un contundente montaje en el que los títulos de crédito se acompañan de una catarata de imágenes tan variopintas como el triunfo de Massiel en Eurovisión o el encuentro entre Franco y Hitler, a la par que tiene lugar un enfrentamiento satírico entre milicianos, liderados por un payaso cortando gente con un machete a cámara lenta (Santiago Segura), y las tropas franquistas, donde destaca la figura a caballo del coronel Salcedo (Sancho Gracia). 

Continuando con la historia, el payaso del machete acaba en la cárcel y trabaja en la construcción del Valle de los caídos. En tanto, su hijo crece psicológicamente inestable, con sentimientos de impotencia, tristeza y venganza (no tardará en cometer su primer acto de violencia).

Tiempo después, en los años setenta, en el muy tardofranquismo, de los dos payasos, el chico, Javier (Carlos Areces), es ya un hombre que quiere seguir los pasos de su padre como payaso, que se maquilla ante un espejo a modo de clon triste que es incapaz de hacer reír a nadie.

Durante una rápida presentación del lugar donde actúan, entre ruinas, así como de los miembros del circo, una escena que pasa sin pena ni gloria, Javier conoce a la pareja que provocará un cambio radical en su vida: Natalia (Carolina Bang), una preciosa y radiante trapecista, y Sergio (Antonio de la Torre, genial) el que manda, el payaso tonto. Javier y Sergio lucharán por el amor de la atractiva trapecista.

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Hay una secuencia muy intensa en la cual asistimos a una cena en la que un chiste (con una jocosa reacción de Javier) pone en evidencia la crueldad de Sergio, que llega a golpear a Natalia. Cuando se marchan todos, la chica se relame la sangre y espera deseosa las disculpas de su pareja, con dosis de sexo salvaje incluida: Sergio es brutal e implacable en el trato con la novia en liza. Amor, humor y horror: «El amor conduce inexorablemente al horror, y la única manera de impedirlo es a través del humor», resumió De la Iglesia

A partir de este punto la cosa gira en torno al mismo eje: Natalia disfruta con el brutal Sergio, pero ansía el cariño de Javier, lo cual enfrenta a ambos hombres. En algunos momentos el personaje de Bang tiene poca profundidad emocional y psicológica, pareciéndose más al perfil de muñeca hinchable u objeto de sex-shop, lo cual desmerece la dimensión romántica de la comedia, rellena de situaciones y diálogos tópicos.

Los celos entre ambos payasos desembocan en un violento enfrentamiento que acaba con Sergio desfigurado y Javier escondido entre los bosques cual animal huido. Pero Natalia continúa en su lugar y ninguno de los dos contendientes piensa dejársela al otro. Dos payasos, como las dos Españas, luchan hasta la mutua destrucción.

Como muy bien apunta la profesora Marga Carnicé en esta misma revista: «Optando por el tópico del triángulo amoroso, Álex de la Iglesia se divierte a su manera, como ha hecho siempre, haciéndonos olvidar paulatinamente la película a la que nos invitaba el romanticismo felliniano de un prólogo estupendo. Alguien dijo una vez que quien tiene un buen inicio, quien logra atrapar en la primera escena, ya tiene una película. De la Iglesia prefiere tener a un psicokiller vestido de payaso campando a sus anchas por el escenario de la transición española».

Se inicia entonces un desesperado y sangriento duelo entre un payaso-torero-sacerdote y un Joker-Frankenstein patrio, que sirve a De la Iglesia para incluir referencias históricas y algunos trazos gruesos de un humor salvaje a lo Tarantino (Malditos bastardos), pero sin alcanzar el nivel de este.

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Sobre la película

Con estas mimbres, Alex de la Iglesia teje una urdimbre entre sarcástica, agridulce y dramática que llama la atención por su originalidad y explosividad, tipo cuento atómico-radiactivo y demás locuras.

Aceptable dirección de Álex que hace una cinta alexístísima, o sea suya y muy suya, tanto que no puede ser más Álex de la Iglesia, con un guion hipervoltado firmado por él mismo, que pierde fuelle en la segunda mitad del metraje, parte que ya se hace algo pesada. Aceptable música de Roque Baños y buena fotografía de Kiko de la Rica.

Esta es una película que hay que visionar sabiendo de antemano que no va a resultar complaciente ni agradable, incluso no es para el disfrute ni la alegría. Más bien todo lo contrario, hay que prepararse para ver un gran desparrame en forma de locura, locura podríamos considerar con indulgencia una virtud, en lugar de percibirla como defecto o anomalía.

Es también una cinta sutil y fina a la vez, una filmografía que es estilización y aprovechamiento de las formas, del mismo modo que hace una excelente ponderación entre el continente y el contenido. Es obra gruesa y más excesiva de lo necesario, lo cual no es poco.

Goza de unas trazas pulidas y estremecedoras, afinada, donde lo orondo, lo brutal, lo sangriento o lo tragicómico queda muy bien adobado y acompañado de cierta sabrosura proveniente de su carnal alegoría. No obsta para que hable de cosas que ya intuimos y a la vez tememos. «No sé si es mi película más adulta, porque me suena muy pretencioso. Pero participa de un sentimiento mío: el de no haber sido nunca un niño», confesó De la Iglesia.

Con la reacción de estupefacción de los espectadores, De la Iglesia ya contaba, pues reconoce que su filme está «desatado», pero puede que fuera lo más honesto en ese momento de su vida. «Una película es mostrarte a ti mismo de una manera violenta», dijo, nada más y nada menos.

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Reparto y otros

Buenas interpretaciones de un extenso reparto con actores y actrices entre los que destaco a los tres protagonistas: Carlos Areces (muy bien), Antonio de la Torre (estupendo) y Carolina Bang (muy bonita y expresiva). Los acompañan en un profesional coro, actores de la talla de Santiago Segura, Alejandro Tejería, Fofito, Sancho Gracia, Manuel Tejada, Fernando Guillén Cuervo, Manuel Tallafé, Enrique Villén, Terele Pávez, José Manuel Cervino, racia Olayo o Joaquín Climent entre otros.

En 2010 obtuvo premios y nominaciones en el Festival de Venecia y los Goya. De cara al presidente del jurado en Venecia, Quentin Tarantino, reconoció con él puntos en común: «Los dos tenemos ganas de entretener sin miedo a las consecuencias». Pero eso «igual es una ventaja, o igual no».

Desde luego De la Iglesia tiene un perfil exorbitante como cineasta, que no hace el camino ni en silencio ni meditabundo, sino todo lo contrario. En esta obra se plantea ciertos objetivos bastante arriesgados, lo cual es tanto más aventurado por cuanto hace una mixtura de múltiples, variados y a veces irreconciliables elementos como el hermanamiento entre fantasía y realidad, meter con una especie de calzador tipo fórceps escenas esperpénticas y asilvestradas (o salvajes) en medio de acontecimientos y personajes históricos: «imaginándose una pandilla de freaks alrededor de la Guerra Civil española, las cacerías de Franco y el atentado contra Carrero Blanco, haciendo convivir la estética de los tebeos, los monstruos de Tod Browning, el Joker batmaniano, la Bella y la Bestia, el Fantasma de la Ópera con las baladas de Raphael, las fugas de El Lute, la televisión en blanco y negro» (Boyero).

De la misma manera que mete dentro de un raro crisol comedia y tragedia, naturalismo con gore, locura total con terror gótico, salidas inesperadas, o sea, sale cuando mejor le parece por los cerros de Úbeda: hay pesadillas, pseudohistoria y funde la farsa con el documental, algo ciertamente audaz y también escabroso en cierto modo.

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Por supuesto, en todo este entramado está el celebérrimo Valle de los Caídos en cuya arquitectura, junto con las mega-esculturas de Juan de Ávalos y etcétera, De la Iglesia recuerda claramente al Hitchcock de Con la muerte en los talones, (1959), y las emocionantes y cardíacas escenas en el monte Rushmore, lo cual pone una enorme guinda a su filme, a un pastel muy visual donde no podía faltar la tensión de las batallas en las alturas, algo tan «alexista»; lo cual que a decir verdad, le sale bastante bien, aunque al final haya un exceso de giros de la cámara alrededor de la cruz.

O sea, Alex de la Iglesia arriesga mucho, pero podría decirse que gana lo suyo en este difícil experimento inaudito, hipnótico e inclasificable. La fuerza de sus imágenes y su desternillante e impetuoso sentido del humor conjugan con instantes gloriosos que nos presenta un interesante díptico de las dos Españas.

Aparatosa, desmedida, delirante, absurda, Balada triste de trompeta resulta ser un relato ingeniosamente grotesco y muy pasado de rosca. La película que De la Iglesia consideró en su momento su obra más libre y personal no cierra bien y en cierto modo es una cinta fallida con un desorbitante presupuesto para el cine hispano (unos 6 millones de euros), que no puedo asegurar que se recuperaran, claro que decir esto es muy difícil en una industria que cada vez depende más de las plataformas, y no sólo de la recaudación en las salas.

Acabo con la celebérrima canción de Raphael: «Balada triste de trompeta / por un pasado que murió / y que llora / y que gime/ como yo. / Con tanto llanto de trompeta / mi corazón desesperado / va llorando / recordando mi pasado / Balada triste de trompeta / de un corazón desesperado».

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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