Mambrú se fue a la guerra (1986)

  28 Abril 2022

El olvido que seremos

mambru-se-fue-a-la-guerra-0Tras la comedia Cinco tenedores, realizada en 1980, Fernando Fernán Gómez tardó seis años en ponerse tras la cámara, precisamente realizando dos films en 1986: Mambrú se fue a la guerra y El viaje a ninguna parte.  Pero en ese lapso no estuvo precisamente inactivo, ya que publicó la novela El viaje a ninguna parte y la obra teatral Las bicicletas son para el verano, además de artículos, relatos y guiones, y llegó a participar en esos años en veintiún películas como actor, y en diversos programas y series de televisión, lo que nos da idea de su gran versatilidad y capacidad de trabajo.

Mambrú se fue a la guerra parte de un guion de Pedro Beltrán, que ya había escrito para Fernán Gómez El extraño viaje (1964) y la miniserie de TVE El pícaro (1974). Beltrán desarrolla uno de los primeros filmes que trata explícitamente el tema de los topos, personas pertenecientes al bando republicano que tras la guerra civil permanecieron ocultas largo tiempo para evitar la represión franquista.

Esta temática ya se adelanta en el guerrillero antifranquista que se oculta en una casa semiderruida en medio del páramo en El espíritu de la colmena (Victor Erice, 1973), y es el núcleo central en Los girasoles ciegos (Jose Luis Cuerda, 2008) y en La trinchera infinita (Jon Garaño, Aitor Arregi, Jose Mari Goenaga, 2019).

En 2011 Manuel H. Martín estrena el documental 30 años de oscuridad, en forma de novela gráfica de animación, donde se expone la historia de Manuel Cortés, alcalde socialista de Mijas, que acabada la guerra civil vivió 30 años oculto en un agujero del interior de su casa. Precisamente en la historia de este alcalde malagueño se inspira la película La trinchera infinita.

En el título que nos ocupa asistimos a la historia de Emiliano (Fernando Fernán Gómez), músico militar republicano, dado por muerto en la guerra civil, pero que en realidad ha permanecido oculto bajo un pilón del patio de su vivienda. Una vez pasado el peligro tras la muerte de Franco, su mujer (María Asquerino) revela la verdad a su hija y su yerno (Emma Cohen y Agustín Gonzalez) y convence a su marido para dejar su encierro voluntario. Sin embargo, pronto descubren que al resucitar a Emiliano no podrán cobrar la pensión del estado, por lo que deciden que lo mejor es que Emiliano vuelva a ocultarse en su zulo.

Este muerto está muy vivo

Fernán Gómez y el guionista Pedro Beltrán consiguen con Mambrú se fue a la guerra una acerada radiografía de la sociedad española de la época y por extensión de las grandezas y debilidades del ser humano. Aquí los personajes hacen gala de todo tipo de sentimientos, en ocasiones contradictorios, como la dignidad, el amor, la cobardía, la venganza, la codicia y la bajeza moral; pero el mensaje que plantean guionista y director resulta en su traslación a la pantalla excesivamente explicito, sin encontrar el tono adecuado entre comedia y tragedia, ni alcanzar la sutileza que podíamos encontrar en El extraño viaje, una obra que también escarba en los recovecos del alma humana, pero con un nivel interpretativo y una puesta en escena mucho más elevada.

Al comienzo del film, cuando Emiliano sale de su encierro, todos son parabienes y elogios hacia su persona, mostrando sus familiares un auténtico orgullo ante el «resucitado» y todo lo que este ha representado: lo reciben cantando el himno de Riego y vitorean al unísono «¡Viva la Republica!».

—Es un héroe, exclama lleno de júbilo el yerno.

—Un mártir, rectifica María Asquerino.

—Bueno, las dos cosas, las dos cosas, concede Agustín González.

Pronto cambian las tornas al ver la familia una posibilidad de enriquecimiento con la pensión que le correspondería al «fallecido», y es cuando aflora el egoísmo y el sentimiento de codicia, quedando aparcadas la dignidad, las ideas elevadas y las cuestiones ideológicas. Se hace entonces una crítica muy acertada al consumismo, y así vemos cómo la hija (una magnifica y muy cómica Emma Cohen) se lanza a comprar compulsivamente electrodomésticos a plazos con un dinero que todavía no ha cobrado.

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Tener que volver al hoyo conduce a Emiliano a la tristeza y a una falta de autoestima que le avocan a la locura. De nuevo habla con el retrato de Azaña como si se tratara de un amigo invisible que le ayudara a lidiar con la soledad y, finalmente, decide salir de su encierro y mostrarse al pueblo tocando el tambor y demostrar a todo el mundo quién ha sido y quién es Emiliano el Rubio.

En estas escenas Fernán Gómez logra trasmitir una sensación auténtica de patetismo y dignidad. Emiliano reconoce a compañeros de armas en las caras de los transeúntes (en realidad son los nietos de sus viejos camaradas), pero ya nadie lo recuerda y, lo que es peor, a nadie le interesan las ideas e ideales que dice representar.

¡Decid quién soy!, ¡Decid quien soy!, reclama un enfurecido e indignado Fernán Gómez a los asistentes a una sesión de cine que le ningunean cruelmente.

Un borracho. A la calle ese borracho, le espetan sin miramientos.

El filme apunta otros aspectos muy curiosos como las relaciones fetichistas que mantienen Emiliano y su mujer Florentina en el zulo, que recuerdan al cine de Buñuel. Maria Asquerino es una antigua corista, y Emiliano, quizá recordando los viejos tiempos, exige a su mujer que acuda al encuentro sexual con medias y tacones de aguja, a lo que ella accede a regañadientes.

Pero lo que verdaderamente hubiera dado más juego a la historia, es la posibilidad, solamente insinuada por Agustín González, de asesinar a Emiliano, lo cual acabaría con la serie de problemas que provoca el resucitado y sin coste alguno; como bien señalan «nadie te puede acusar de matar a un muerto». Si se hubiera desarrollado esta vía se emparentaría claramente con El extraño viaje, con aquellos hermanos acobardados que se deshacen de su posesiva hermana, ocultando su cadáver en una tinaja.

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Al final solo se produce el asesinato simbólico del topo, al tirar el yerno el tambor por un barranco y lanzarse Fernán Gómez de cabeza en su busca, lo que a la postre acabará provocando su fallecimiento. Bien es verdad que ayudado por la falta de asistencia médica que sibilinamente le niega la familia.

El final es desolador, con un travelling de acercamiento al pilón del patio que acaba en un corte seco, como si se tratara de la losa que cubre la tumba de Emiliano, que en realidad permanece herido de muerte en el interior del zulo.

La puesta en escena de Fernando Fernán Gómez es plana y excesivamente funcional, con pocos alardes técnicos. Destaca una fotografía de Jose Luis Alcaine, muy conseguida en interiores con escasa iluminación, pero con una dirección de arte poco llamativa en la filmación de exteriores, sobre todo si lo comparamos con la brillantez de su siguiente proyecto, El viaje a ninguna parte.

Además del travelling final al que hemos aludido, también resulta interesante al inicio del film cómo el director muestra el paso del tiempo, utilizando un eficaz montaje alterno, filmando los pies del topo caminando por el zulo, mientras la chiquillería juega arriba al corro  y vemos en unos pocos planos cómo va cambiando el vestuario de las niñas en las distintas épocas, desde la guerra civil hasta que llegamos al año 1975.

En resumen, un trabajo de Fernán Gómez y Pedro Beltrán que apunta aspectos muy valiosos, pero que en mi opinión no ha envejecido bien. Quizá se pudiera deber a un exceso de «mensaje», un plan de rodaje excesivamente rápido y a la sobreactuación de algunas interpretaciones, como la de un histriónico Agustín González que no acaba de encontrar el tono adecuado.

Aun así, un título del maestro Fernán Gómez que vale la pena ver.

Escribe Miguel Ángel Císcar

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