La vida no vivida

  28 Febrero 2022

La vida por delante (1958) y La vida alrededor (1959)

la-vida-por-delante-0Ladrón de bicicletas se estrena en 1948. Ella es, si no el inicio (no está claro dónde comienza el movimiento, pero películas como Roma, ciudad abierta, Obsesión o El limpiabotas son anteriores), sí el faro (eso se sabría después) que iluminaría el Neorrealismo italiano. La Segunda Guerra Mundial había dejado su reguero de destrucción y el cine se aprestaba a reflejarlo. Destrucción material pero también inmaterial; los bienes y los espíritus.

España, que no había participado en la contienda, tuvo su guerra unos años antes con consecuencias similares, a las que se sumó una crucial: El estado que surgió de ella fue una dictadura, empeñada en convencer a sus conciudadanos, y mostrarlo como prueba, de las bondades que el nuevo régimen traía consigo.

Bajo estas premisas se entiende que no hubiese lugar para un neorrealismo español, por muy necesario o apropiado que fuera. De la guerra y la postguerra se contaban, básicamente, las hazanas y el espíritu de superación, siempre con el éxito asegurado. Cierto es que en algunas producciones se vislumbraba algún matiz crítico (la censura, muchas veces, no estaba a la altura de su cometido), véase Berlanga o Bardem, o la más contundente Surcos, de J. A. Nieves Conde, procedente de la Falange y con una relación compleja con el bando vencedor. Pero todas ellas se producen ya entrados los cincuenta, cuando lo más cruento de la postguerra comenzaba a quedar atrás y se avizoraban nuevos tiempos.

Es en este momento cuando comienza la carrera como director de Fernando Fernán-Gómez. La vida por delante es su tercera película, y data de 1958. Un año después, sin que formara parte de un plan previamente diseñado, pero auspiciada por el éxito de esta, rueda La vida alrededor. En ellas va a ofrecer su visión de una España que intenta levantar cabeza una vez superados los momentos más trágicos, y que se encuentra con múltiples dificultades, derivadas, muchas de ellas, de la situación que empezaba a superarse.

Hay que señalar, en primer lugar, los detalles que sitúan a los protagonistas más allá de las coordenadas de la miseria. No es la España hambrienta la que se nos describe. De entrada, ambos poseen estudios universitarios. Es cierto que Antonio trastabillando, además de que no va a gozar de los favores que sí tiene su amigo Manolo (interpretado por Manuel Alexandre), pero la mera posibilidad de acceder a esos estudios ya es un signo de distinción. Más aún en Josefina, quien tiene su título de médico.

Por otra parte, sus familias tienen los tics propios de las familias acomodadas, más la de ella que la de él, con ese recelo sobre su linaje: Quien ha alcanzado un determinado estatus ya no está dispuesto a mezclarse con cualquiera. Pero aún así, aunque se perciba cierto desnivel, el mero hecho de que en la casa de Antonio sirva una criada ya establece una jerarquía en la que ellos ocupan el lugar de arriba. Más tarde, cuando consigan abandonar la casa paterna y establecerse en su propio piso, la criada los acompañará. Una concesión de los padres que hay que sumar a otras que van apareciendo en su vida, como la ayuda para comprar los muebles o el viaje de bodas, algo que no estaba al alcance de cualquiera, aunque fuera, eso sí, en autobús y en unas condiciones que distaban de ser las óptimas.

Todo esto no significa, claro está, que su posición económica sea boyante. Podríamos afirmar que son pobres, pero se trata de una pobreza controlada, con margen de seguridad. Será en La vida alrededor donde asome la tipología de las carencias más extremas, en esos rateros a los que Antonio debe defender, y que viven en suburbios degradados en los que los perros ladran a quienes van mal vestidos. Sin embargo, la película no se pone trágica en su descripción. Antes al contrario, nos presenta unos personajes mucho más dotados para la supervivencia que nuestra pareja, máxime cuando las faltas de los supuestos rateros derivan en delitos financieros, y arrastran consigo a los capitostes de la sociedad (quienes, como siempre, lograrán ponerse a salvo a tiempo). Y no es insignificante que la bonanza económica les llegue justamente cuando Antonio empieza a frecuentarlos y defenderlos.

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El abogado y la médico se encuentran a mitad camino entre los arrabales que solo conocen cuando los visitan, y la verdadera riqueza, para ellos inalcanzable incluso aunque la fortuna les sonría. Esa riqueza que representa Manolo y que tiene su rasgo definitorio en la despreocupación: Nunca le vemos atribulado. Hasta les envidia la suerte que tienen por tener una casa, no como él que siempre tiene que ir de aquí para allá, al Ritz, al cine, al teatro… Qué vida tan dura la de los ricos de familia rica. Las imágenes finales de La vida por delante, con los protagonistas gritándole al amigo «Te esperamos, te esperamos…», mientras este se aleja, tienen todo el valor simbólico de las aspiraciones frustradas.

Y es que todo el mundo sabe dónde está la riqueza y hacia dónde debe dirigirse. Hasta el Agujetas lo tiene claro. Su principal aspiración es casar a su hija con un ingeniero y una esquela en el ABC. Si eso se alcanza, lo demás viene de suyo. Y en el camino se requerirán esfuerzos, sean del tipo que sean, más honestos o menos, pero también cuidar las relaciones. Los trabajos que Antonio consigue (los que valen la pena) provienen de recomendaciones y enchufes, y, a su vez, el trato con los de la escala social inferior no ofrece, precisamente, prestigio. Ahí está la deliciosa escena de Josefina pidiendo a sus educandas que cierren los ojos cuando va a pasar el ratero que visita a su marido, todo embutido en su diminuto piso.

Las películas por tanto se construyen en esa tensión hacia la tierra prometida que los salve de la pobreza acechante. El anhelado progreso va a significar deshacerse de los pesos que lastran su vuelo, los cuales adoptan la forma de amenazas en el camino. Y si no, al menos, protegerse de ellos, esquivarlos, pues ya hemos visto que la situación de partida no es la del punto más bajo de la pirámide social: Ya llevan un tramo recorrido.

Las referencias a la plebe ante la que se debe marcar perfil están diseminadas por ambas obras. Cuando la pareja llega de su viaje de novios en ese destartalado autobús, la exclamación de los padres que están esperándolos deja bien a las claras aquello que rechazan, que no es sin más la carencia económica: «Qué horror, parecen evacuados políticos». En el mismo inicio de la primera parte, el carbonero que ha ido a servirles su mercancía lo dice con total claridad mientras le estafa con el cambio una vez más: «Cuidado, que mancho». Hay que ir con mucho cuidado y no tocar a según quien para no mancharse. Y cuando reflexionan sobre su situación lo tienen claro; ellos no quieren ser de esos que duermen en bancos y viven de oler escaparates (aunque la contemplación de los escaparates, promesas inalcanzadas, es una de las actividades que repiten una y otra vez). La solución no es otra que trabajar, en lo que sea, todo el tiempo que haga falta.

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Y así se llega al pluriempleo, el cual, bien visto, no es lo peor que te puede suceder. Permite, a duras penas, salir de la miseria, ir alcanzando, a trompicones, los sueños más modestos. O así lo viven ellos al menos. Sus reflexiones son sencillas, apegadas al terreno. Lejos de su imaginación cuestionamientos que vayan más allá de sus necesidades más inmediatas, o proyectos que escapen a su reducido marco existencial. El principal problema que les causa la ajetreada vida laboral de Antonio es el poco tiempo que tienen para verse. Por lo demás, ¿qué mejor que la vida de casado? «Nunca he sido tan feliz como ahora», proclama, sumiso y satisfecho, el abogado no ejerciente.

Todas sus aspiraciones se traducen en algo muy concreto: El piso. Dejar de vivir con los padres de él y tener su propia vivienda (El pisito, de Marco Ferreri, es de 1958, el mismo año de La vida por delante, y Berlanga realiza El verdugo, que también gira alrededor del mismo tema, unos años más tarde, en 1963). Sus pretensiones en un primer momento son elevadas, pero la fuerza de los hechos les obliga a ir reduciéndolas: De piso se pasa a pisito, que resulta mucho más coqueto.

Para conseguirlo no dudan en plegarse a todas las añagazas que el sistema les tiende, y lo hacen sin rechistar. Ya hemos hablado del pluriempleo. Otra es la compra a plazos, hipoteca mediante. De esta manera conseguirán materializar su aspiración: Una vivienda que aún no existe, de la que solo conocen el plano, un agujero en el aire, allí donde no llegará ningún gitano queriéndoles vender una pluma (los verdaderos pobres con quienes hay que mantener distancia, siempre con sus trampas), y que acabará siendo un cubículo agobiante («mejor, así no se necesitan tantos muebles», magnífico ejemplo de cómo hacer de la necesidad virtud. O como la estrechez de las puertas, algo insignificante, pues lo correcto es entrar de uno en uno), que además se cae a trozos.

Fernán-Gómez se recrea en la descripción de la vivienda. La primera imagen que tenemos de ella es el ascensor, que no funciona, y a partir de ahí una y otra vez la vemos repleta de gente (hasta con un señor que pasaba por allí, en un toque magnífico de surrealismo), aunque tampoco tanto, pues sus escuálidas dimensiones hacen que se llene apenas concurren cuatro o cinco personas. «Cosas de la arquitectura», le comenta un vecino a través de sus respectivas ventanas, casi como si estuviera en su mismo salón.

la-vida-alrededor-0En su ingenuidad alcanzan algún momento de lucidez, y se dan cuenta de la situación en la que viven: Reconocen su pobreza. La casa que han conseguido no se parece en nada a una verdadera casa, como en nada se parecía su viaje de novios a un auténtico viaje de novios. ¿Y qué hacer? ¿Rebelarse? Ni mucho menos. El sistema no se cuestiona. Si a pesar de todos los esfuerzos no se ha conseguido el objetivo, lo que hay que hacer es redefinirlo. Lo grave no es ser pobres, sino no ser conscientes de ello. La sociedad reserva a cada cual su lugar, y de lo que se trata es de reconocerlo y ocuparlo. Eso es la felicidad. Al fin y al cabo, ellos lo saben, como afirma Manolo cuando se los topa en mitad de sus jaranas.

Aún así, y no sin flirtear con la delincuencia, el progreso acabará alcanzándolos, y algunas de sus aspiraciones comienzan a cumplirse. Eso lo muestra La vida alrededor, donde se nos describe esa vida que ya no queda por delante, a la que se dirigían y parecen haber alcanzado, pero que, paradójicamente, resulta ser mucho más lúgubre.

No será el aspecto económico el que represente ahora el principal problema. El éxito laboral les permite ascender en la escala social e ir alcanzando sus objetivos de antaño. Amplían su piso con el de arriba, si bien eso no supone vivir con más espacio, pues el coste de la ampliación ha sido el instalar en su casa sus despachos respectivos, además de llenarlo con todos esos objetos que antes ni podían tener ni les cabían.

El progreso, se nos viene a decir, no es realmente tal, sino que conduce al mismo lugar que ya se ocupa. Las facturas, los presupuestos ajustados, el pluriempleo y las vacaciones, cuyo máximo logro consiste en sustituir la Costa Brava por San Sebastián (siempre y cuando ya puedan disponer del coche), todo ello permanece en su nueva vida, diseñando una situación muy similar a la anterior. No se trata por lo tanto de negar el progreso, sino de cuestionar lo que ese progreso significa.

Al mismo tiempo la lucidez que se apuntaba en la película anterior queda aquí confirmada. En un arranque de sinceridad, Antonio le vaticina a su hijo lo que será su vida, exactamente la misma que él ha llevado, y que no consiste sino en trabajar sin descanso para alcanzar la pobreza que él ha alcanzado. El entorno se torna cada vez más opresivo, y la esperanza, frustrada, no se deposita ya en el futuro (la vida que estaba por delante ya está alrededor), sino que se mitifica en instancias ajenas que no acudirán a su rescate. Es así como se alude al Mercado Común como un salvavidas que podría ser y no será, o se sigue pensando en el extranjero (la emigración) como el paraíso anhelado.

Con todo, la parálisis material no es tan preocupante como la degradación moral. La pareja feliz e ilusionada de los comienzos se va transformando en rutinaria y cada vez más distanciada. Todo comienza con Antonio volviendo la cabeza para mirar a otras mujeres cuando pasea con Josefina (al principio ni siquiera su empleo como profesor en una escuela de señoritas un tanto revolucionadas lo distraía de su fervor conyugal, por mucho que su mujer dudara), y acaba con el romance que mantiene con la antigua vecina. El aburrimiento se instala entre ellos, y el director nos lo muestra con sutileza a través de los trajes más oscuros que la mujer comienza a vestir en un momento dado, en contraste con los claros que hasta ese momento portaba.

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Por otra parte, la honradez es cada vez más escasa. Adopta la forma de la incoherencia al comienzo de la película, cuando conjuga la defensa del ratero acusando a la sociedad en su conjunto de su situación, con la exigencia del máximo castigo para el que le roba el bolso a su mujer. Esta disociación moral se traslada al ámbito público con la farsa de la justicia, en la que la búsqueda de la verdad ha desaparecido por completo, sin reparar, ni siquiera, en la compra de testigos, los cuales, por si fuera poco, se dedican a ello de forma profesional.

La España, en definitiva, que el díptico nos acaba mostrando, tiene más de siniestro que de pícaro, y va mucho más allá de las carencias económicas, por mucho que el tono empleado para ofrecerlo sea siempre jocoso; el propio de la comedia.

Sin embargo, hay un aspecto que desentona con ese esquema, más si reparamos en el momento en el que las películas se realizan. No es otro que el perfil que ofrece de la mujer, concretamente de Josefina.

El papel subsidiario de las mujeres en esa sociedad no está en cuestión, y queda claro en la escena en la que el jefe le da un puro a cada empleado (gratificación por su inmediato despido) y, cuando llega a la única mujer, le indica que es para su padre, ya que no tiene un amigo predilecto. Ni pasársele por la cabeza que pueda hacer ella uso del regalo, o, en su defecto, hacerle uno más apropiado. Por otra parte, el acercamiento entre hombres y mujeres ha de ser muy cauto, de ahí el amago de escándalo en los padres de la pareja cuando cuentan los avatares del viaje de novios, donde tuvieron que dormir de tres en tres, o realizar visitas que les importaban poco con tal de evitar las habladurías.

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Sin embargo, Josefina no es así. En ella está dibujada la mujer que acabará llegando. Comenzando por el hecho de que fuma, en los años cincuenta, además de que se atreve a conducir aún sin carnet. Pero es en su formación y actividad profesional donde más se aprecia este carácter.

Ya hemos hablado de su carrera universitaria, la cual está dispuesta a poner en práctica con su trabajo. Aunque Antonio no es partidario de ello, su mujer tiene claro que su deber es trabajar en igualdad de condiciones, y es gracias a su trabajo que pueden comenzar a levantar cabeza. Cuando él no trabaje será ella quien se lo reclame. Por otra parte, su capacidad emprendedora queda también de manifiesto en el hecho de virar su actividad hacia el psicoanálisis, lo cual, además de dar un toque inequívoco de modernidad, nos ofrece a una mujer con iniciativas y visión de futuro, a una mujer que, en definitiva, no está sometida a ningún hombre.

Formalmente las películas poseen una originalidad muy poco habitual para su época. Múltiples detalles confirman el trabajo con la imagen que el director lleva a cabo, buscando un lenguaje que escapa de los caminos más trillados. Es el caso de los protagonistas dirigiéndose directamente a la cámara (al espectador), reminiscencias de los apartes teatrales. Pero no sólo eso: la forma de contar el accidente del coche, con distintas versiones que se van plasmando en imágenes, los insertos de los símbolos de la justicia mientras Antonio recobra la lucidez en el juicio y comienza a mentir, o la soberbia actuación de José Isbert (a quien los títulos de crédito agradecen que haya aceptado un papel tan por debajo de su calidad profesional), filmando el tartamudeo de su discurso, son recursos admirables que dignifican el lenguaje fílmico, lo cual, hay que decirlo, viene acompañado de una puesta en escena que posee una densidad poco común.

Se trata de películas de paseos, descampados y escaparates, con todo lo que eso significa, y en algún momento veremos, entre las personas con las que los protagonistas se cruzan, a un hombre que anda a duras penas ayudado de unas muletas, recuerdo de la polio en un país miserable en el que, si no se tienen puntos, las cosas pueden ir aún peor.

Y todo con la apariencia de lo intrascendente.

Escribe Marcial Moreno

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