800 balas (2002), de Álex de la Iglesia

  28 Febrero 2020

Nostalgia del oeste

800-balas-0«Sergio Leone creció en el Trastevere y jugaba con esos chicos pendencieros, esos niños arrogantes y físicamente fuertes que te daban patadas y te provocaban. Y había transferido esos recuerdos de infancia al western».

Luciano Vincenzoni, guionista.

Irregular. Esta es la sensación que nos produce 800 balas (2002), el largometraje con el que Álex de la Iglesia se adentró en el western.

En sus dos horas de duración, se alternan momentos altos, a menudo protagonizados por Sancho Gracia y Carmen Maura, y secuencias sin chispa, insustanciales, que no conectan con el espectador.

Hay que reconocer la voluntad y la sabiduría del director vasco a la hora de recrear en un filme del siglo XXI los elementos esenciales del género del oeste: los poblados, la incertidumbre vital de los protagonistas, la dureza de los mismos, los caballos, las atmósferas etílicas, el tabaco, las persecuciones, las muertes, los duelos, las caídas, los disparos.

800 balas se constituye en un homenaje explícito a este tipo de películas, y, en concreto, al ciclo glorioso de Sergio Leone, encuadrado dentro del spaghetti western, y que forman Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966). Estas películas inolvidables se rodaron en los desiertos de Almería, y a Almería va Álex de la Iglesia para realizar su particular homenaje.

Un tributo teñido de melancolía, pues la edad dorada de las producciones del oeste en España, los años 60 y los 70, hace mucho tiempo que pasó. Julián (Sancho Gracia) es un veterano especialista (actores que en los western sustituían a los personajes principales para rodar las escenas más complicadas) que, junto con algunos compañeros intérpretes, trabaja en un antiguo poblado cinematográfico almeriense, un espacio que en su día irradió esplendor y que, en la actualidad, medio en ruinas, desolado, se mantiene a duras penas con algunas escenificaciones de las películas del género que llevan a cabo Julián y sus amigos para disfrute de los escasos turistas europeos o asiáticos.

Julián, que se jacta de haber llevado el poncho de Clint Eastwood en La muerte tenía un precio, posee, en la triste nostalgia que proyecta, en la amargura que le corroe, un aire del Fonda en Hasta que llegó su hora (1968), otra pieza cumbre de Leone. Sancho Gracia borda su papel, de la ternura a la fiereza, de la exaltación al desánimo, y su interpretación se erige en el atractivo más destacado del largometraje.

El propio Sancho Gracia había participado en varios rodajes de western en Almería, en sus inicios como actor, coincidiendo con el período más brillante del género. A mediados de los 70, Sancho Gracia daría vida a su personaje más recordado, Curro Jiménez, dentro de la serie homónima de TVE. Y cuánto de western hay en Curro Jiménez: en el carácter aventurero, el aire ácrata, la rebeldía de los seres humanos.

En cierta medida, Álex de la Iglesia homenajea a Sancho Gracia en 800 balas. Cine dentro del cine. Homenaje dentro de homenaje. Herramientas artísticas muy fellinianas. A menudo, a Sancho Gracia le ofrecieron en el cine papeles secundarios, y el cineasta de Bilbao quiso que protagonizase su filme. Algo similar le ocurrió a otro formidable intérprete, compañero generacional y amigo de Gracia, y que participó también en la mítica Curro Jiménez: Álvaro de Luna. Con frecuencia, actuando en el cine en papeles periféricos, tuvo que ser Mario Camus el que le diese el protagonismo en la última película del director cántabro, un filme precioso: El prado de las estrellas (2007).

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A los puntos clásicos del western, Álex de la Iglesia añade la presencia de un niño, Carlos (Luis Castro), como hilo conductor de la película, puente de unión entre las realidades: Madrid y Almería, el presente el pasado, el futuro y la memoria. Carlos acude al poblado almeriense para conocer a su abuelo, Julián, y descubrir cómo falleció su padre.

La búsqueda, otra seña de identidad de las películas del oeste, y de la literatura, pues qué son Fortunata, don Quijote, Atreyu o el doctor Rieux sino buscadores. Castro, que hace un papel correcto, no desprende la fuerza dramática necesaria para este tipo de trabajos fílmicos. Muy alejado, por ejemplo, de la potencia interpretativa de Jaime López en Intemperie (2019), de Benito Zambrano.

La película, que sí acierta en la evocación nostálgicas de las antiguas producciones del oeste, se revela inconsistente al intentar expresar los sufrimientos, los choques dentro de la familia, planteados  entre el abuelo, Julián, y la mujer de su hijo, Laura (Carmen Maura): Álex de la Iglesia no es Visconti, y no logra transmitir la conflictividad de las relaciones familiares.

Carmen Maura, una actriz talentosa y poliédrica, brinda una notable interpretación como madre fuerte y empresaria emprendedora (de hecho, pretende adquirir el poblado cinéfilo de Almería), aunque sin el encanto de su personaje en La comunidad.

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A gran altura también, varios históricos del cine y el teatro españoles: Eusebio Poncela, Ángel de Andrés López, Terele Pávez, Ramón Barea y Cesáreo Estébanez. En el acercamiento de Álex de la Iglesia a la dignidad de Julián y sus colegas, intérpretes en decadencia, alejados del mundo, melancólicos y, a la vez, vitalistas, existen ciertas similitudes con los cómicos ambulantes que magistralmente Fernán Gómez llevó a la pantalla en El viaje a ninguna parte (1986). Últimos resistentes de formas de vida y culturales que van desapareciendo.

«Ya no se hacen películas como las de antes», dice un personaje en 800 balas, una reflexión que no sólo se circunscribe al western, sino a cualquier género del séptimo arte. El homenaje contemporáneo de Álex de la Iglesia a Leone se conecta con el efectuado recientemente por Tarantino en Érase una vez en… Hollywood (2019). El asalto de los Geos al poblado cinematográfico almeriense en 800 balas recibe, asimismo, la huella de Tarantino. Creadores que beben de otros, como el propio Leone rendía tributo en sus películas a John Ford y Howard Hawks.

A pesar de que Álex de la Iglesia afirmó en 2002 que 800 balas era la película de la que más orgulloso se sentía, en la que había más de él, echamos de menos la genialidad de Acción mutante (1993) y El día de la bestia (1995), y de ese monumento del cine español llamado La comunidad (2000).

La frescura que poseía en aquellos años el cine de Álex de la Iglesia, con filmes valientes y rompedores, con voz propia, dio paso, ya en nuestro siglo, a diversas tentativas estimables, pero que carecen del aliento artístico de sus grandes creaciones.

Escribe Javier Herreros Martínez

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