The old man and the gun (2018), de David Lowery

  23 Enero 2020

Despedida de Redford con sello western

hhe Old Man the Gun-0Película leve como la «levedad del ser» de Kundera en la que se agradece a Redford su despedida actoral que yo no acabo de creer que sea punto y final.

Es una cinta anti muchas cosas. Anti-hoy, época nuestra de desatino, falta de educación, grandes dificultades para encontrar una pasión absorbente en la vida o problemas para reflexionar. Así y contrariamente, el protagonista del film, Forrest Tucker, ladrón de bancos, es un hombre pulcro, correcto, apasionado por robar y evadirse de la cárcel cuando lo pescan. O sea, es educado, es vocacional y es juicioso.

Además, hay igualmente otro aspecto en la peli que choca con el mundo actual donde los viejos ni roban ni nada de nada, porque no cuentan, no existen, son «invisibles» socialmente. Aquí es todo lo contrario, Tucker y amigos vejetes forman la llamada «banda de los carrozas», fichados y perseguidos, por la justicia, pero hay alguien que los tiene en consideración.

Así que mira por donde nuestro personaje sabe de dónde viene y a dónde quiere ir. Es el la glorificación de lo más criminal pero que, al ser Forrest tan cordial y desinteresado, está por encima no ya del asesino cruel, que no lo es, sino incluso del mito de Curro Jiménez u otros que aparecen en las leyendas como buena gente que ayudan a los pobres robando a los ricos y todo eso.

Tucker-Redford nos guiña y nos dice con el francés poeta y cantautor de Georges Brassens, que «a la gente no gusta que, uno tenga su propia fe». Y va así, sin hacer daño, delinquiendo pacíficamente y a su «bola». Todo un western con robos de bancos, atípico.

No sería casualidad que hacía poco tiempo que tuve oportunidad de ver Te Mule (2018), donde un Eastwood de ochenta y muchos interpreta un rol igualmente verídico, de un anciano pintoresco que se vio obligado a realizar un trabajo fuera de la Ley, acosado como estaba por bancos, un hombre que no tenía medios para subsistir y todo eso. Parece que a los viejos de Hollywood les ha gustado esto de la sociopatía, pero una antisocialidad entrañable y digerible.

La historia de Forrest Tucker es real. Un hombre que se dedicó de pleno desde la adolescencia a la vejez a asaltar bancos, que pasó la mitad de su vida en la cárcel, que se fugaba siempre con éxito, más de dieciocho veces, como una especie de juego en el cual encontraba sentido a su existencia. Su último atraco se produjo en 2000, cuando Tucker había cumplido los 80 años.

El director David Lowery, con un guión suyo —adaptación de un artículo del periodista David Grann sobre la historia del impenitente ladrón de bancos Forrest Tucker—, consigue tejer una historia agradable, inteligente, delicada y simpática, con momentos sin duda exagerados y conjugando otros instantes de romance con el sabor agridulce de las cosas de la vida.

Así es el planteamiento de esta historia del incansable y gentil atracador que nunca hirió a nadie, que incluso encuentra un amor otoñal con una mujer interpretada con solvencia por Sissy Spacek.

Me ha gustado la música, incluidas canciones populares orquestadas por Daniel Hart, e igual la estupenda fotografía de Joe Anderson. El clima y la puesta en escena, excelentes.

El reparto y la película están obviamente sostenidos por un Robert Redford que es ya un icono, uno de los actores más solventes de la historia del cine norteamericano junto a Cary Grant, Marlon Brando, Paul Newman o John Wayne, por mencionar algunos de lo que sería un breve listado.

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Redford, rostro surcado por el tiempo, broncíneo, limpio en su mirada azul, con aspecto de hombre sabio, se despide a lo grande, sin aspavientos, haciendo lo difícil fácil. Junto a él una Sissy Spacek con quien protagoniza escenas románticas muy bellas e intensas. Y entre tanto poderío no hay que olvidar la meritoria interpretación de Casey Affleck como el policía obsesionado e incluso encariñado con el asaltante «carroza». Junto a ellos un elenco muy bueno con Danny Glover, Tika Sumpter, Elisabeth Moss, Tom Waits o Isiah Whitlock Jr.

La película es Robert Redford, no sólo actor o cineasta en su más amplia expresión de director, productor, etc., sino que él mismo es, como apunta Rodríguez Merchante, el «elemento casi químico le otorga al producto una naturaleza al tiempo crepuscular e imperecedero». Lo queramos o no, muchos hemos ido a ver esta película por ser el adiós de un actor para la eternidad, un actor que ha interpretado y dirigido grandes películas y que, ese es el quid de los grandes, tiene sintonía con la cámara y llena pantalla.

En la película, el personaje Tucker parece confundirse de manera melancólica en una huida vital y extraña con el actor que lo interpreta. Pero la cinta, a pesar de su tintura nostálgica, los adioses y todo eso, no renuncia al sentido del humor, que es un recurso muy importante de este testamento cinematográfico.

También creo ajustado decir que esta obra destila el aroma del cine independiente, del que Redford fue un gran defensor y todo un emblema para directores de este corte a través del Sundance Film Institute, el organismo creado en los años ochenta para apoyar a nuevos directores. No sólo la película desprende esa esencia, sino que debe servir de ocasión para felicitar y felicitarnos por este actor que a lo largo de su vida, lejos de adormecerse en su fama y su esplendor, no dejó de trabajar por y para el Séptimo Arte.

En resolución, la película cumple a modo de perfecto broche final de la carrera de Redford. Incluso él mismo, el de Dos hombres y un destino, ha declarado que la película tiene el sello del western. Y claro que sí, y además es un reconocimiento a él y a su cine, al cine que él hizo. De hecho, Lowery no sólo volvió a ver las películas más emblemáticas del actor para esta cinta, sino que llega a incluir imágenes de archivo de otras películas suyas para recrear los atracos del viejo Tucker, escenas de títulos como La jauría humana, entre otros.

Bye viejo amigo. Esperamos los aficionados al cine que este cortarte la coleta haya sido una ocurrencia que tiene margen para ser corregida, para que te volvamos a ver de nuevo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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