La modista (The Dressmaker, 2015), de Jocelyn Moorhouse

  13 Febrero 2020

Venganza glamurosa y duelo con una máquina de coser Singer y unas tijeras

la-modista-0Hacía tiempo que no salía de una sala de cine con la extraña sensación de haber visionado una obra a medias loca y la otra parte interesante. La modista es una película muy original en su temática, en sus personajes e incluso en su desarrollo y desenlace final. A pesar de que por momentos puede resultar chocante o estrambótica, el film acaba enganchando al espectador por sus cualidades que ahora iré mencionando.

Se sitúa la acción en los años cincuenta en Australia. La glamurosa modista Tilly Dunnage (Kate Winslet) ha decidido volver a su casa en el olvidado y profundo pueblo de Dungatar. Tilly lleva muchos años trabajando para casas de alta costura en España, Italia y Francia, en París. Su retorno es el de una joven refinada y dicada en cuerpo y alma a la alta costura, con los patrones de Dior o Balenciaga.

Pero pronto se da cuenta de lo que ya intuía: hay cosas del pasado que nunca se olvidan. Así, el regreso a su pueblo natal tiene como objetivo cerrar heridas antiguas, asuntos turbios de cuando era una niña, tal vez comprender lo que pasó, por qué fue acribillada por sus paisanos, pero sobre todo para vengarse de los lugareños que la forzaron a marcharse precipitadamente años atrás.

Una vez llegada y con un trabajo cuidadoso y enérgico, consigue conciliarse con su anciana, excéntrica y enferma madre, Molly (Judy Davis). Además, encontrará el amor de forma súbita en su relación con un apuesto joven de nombre Teddy (Liam Hemsworth). Tilly, meramente con su máquina de coser Singer y su depurado estilo como diseñadora de moda, va transformando a las mujeres del pueblo. De esta manera dulce y de buen gusto, pero con un final de campeonato, logrará llevar a cabo su anhelado desagravio.

La directora australiana Jocelyn Moorhouse regresó con este film tras casi veinte años de sequía desde su película Heredarás la tierra (1977), haciendo un trabajo arrollador y sin freno con esta película, a la que sabe dotar de ritmo narrativo y un interés, fruto de su hibridación de géneros y de su sencilla trama cuyo objetivo último, preciso y puntual es la venganza.

Las calles de la ciudad natal, los personajes o el empecinamiento en acabar por las bravas, todo ese conjunto hacen de este film un singular western como antes nunca había visto. Ya lo apunta Ocaña cuando escribe: «Extrañísima combinación de spaguetti-western, comedia negra disparatada, melodrama romántico, dibujo animado, slapstick y cine social».

El guion de la misma Moorhouse resulta de la adaptación de la novela con la que debutó la dramaturga y novelista Rosalie Ham en el terreno de la novela, The Dressmaker, 2000. El libreto está muy bien escrito, dibuja estupendamente a los personajes, tiene diálogos interesantes y posee un atractivo innegable que hace que te intereses por la película a los pocos minutos de comenzar la proyección.

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Además, viéndolo desde su correcta lectura, la historia habla de la oposición ancestral entre la modernidad y la tradición. Como escribe León: «La pujanza del cambio, representada en los cortes, las formas, los diseños, los colores y los tejidos, contra lo ancestral, contra lo que se ha considerado que debe ser permanente y sin cambios. La inmutabilidad del pasado, que no puede cambiar y que condiciona grandemente el futuro».

Excelente música que hace recordar la sonoridad del western, de David Hirschfelder, con juegos de sonido. Magnífica y refulgente fotografía de Donald McAlpine, con grandes angulares que deforman los rostros, con digresiones, contrastes de colores y diseño gráfico.

El reparto está compuesto por un grupo de intérpretes carismáticos escogidos entre lo más granado del cine australiano emigrado a Hollywood. Destacan una excelente Kate Winslet, que despliega su fuerza y su saber interpretando a la modista Tilly Dunnage, que es el vértice principal y el soporte de este relato atrabiliario; su magnetismo se aprecia en sus modales en cada escena: venganza, aplomo, desafío y fuerza se respiran en cada paso que da sobre sus zapatos de firme tacón.

La ya anciana Judy Davis hace un enorme papel como sufrida madre de la protagonista, una mujer infligida tanto por la separación de su hija, como por su entorno que ha puesto su empeño en coronarla como la loca del pueblo; ella, acostumbrada a ese ultraje, hace ya tiempo que decidió acceder al papel para convertirse en azote de todos los pueblerinos que la señalan con el dedo. El tercer mejor entre los actores es para mí Hugo Weaving, con una interpretación muy divertida y alocada del entrañable sargento Farrat, un policía que se traviste en secreto; sujeto loquillo, se le hace la boca agua por las boas de plumas o el satén rosa, y se convierte en el gran apoyo de Tilly en el pueblo; él también es un incomprendido entre tanto paleto. Liam Hermsworth cumple y pone el físico y un rostro que atrae a la cámara, lo cual no es poco. Y acompaña un coro de actores, todos de primera línea, como Sarah Snook, Sacha Horler, Caroline Goodall, James Mackay, Kerry Fox, Alison Whyte, Barry Otto o Julia Blake. Magníficos y conjuntados todos.

La película, al comienzo, con la llegada de una Tilly elegante y retadora al desolado y polvoriento pueblo, con una música singular y otros detalles que podréis ver, parece uno de esos westerns almerienses. Los primeros pasos decididos de la protagonista y la cara de la gente, nos introduce en un extraño universo del que no sabemos nada, ni siquiera qué va a pasar ni por qué razón.

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Es un pueblo de gente rara, a veces con tintes surrealistas en su composición, en cuyo paisaje, como escribe Mangas: «se refleja la pobreza, la lejanía, el abandono, la sequía… de un lugar aislado donde lo único que importa es conservar las apariencias y donde las que llevan los pantalones son ellas». Mujeres fuertes, egoístas, perversas, también atentas, seductoras, excéntricas, presumidas, encabezadas por Tilly Dunnage, una mujer que ha sabido reinventarse a sí misma tras el duro trance que conlleva haber sido arrebatada de los brazos de su madre siendo aún niña y habiendo sido acusada de asesinato.

La película da constantes virajes y pasa por registros muy diferentes: el drama familiar, la sátira, el melodrama romántico, cuarto y mitad de comedia sórdida con algo de noir, y toques delirantes en una trama que en ocasiones parece que desvaría. La impresión que da, y este es uno de sus atractivos, es que no se adivina a dónde pretende ir, cómo va a ser el arreglo de cuentas con el pasado o por dónde saldrá la soterrada hipocresía en torno a un antiguo accidente infantil oculto por el pueblo en su conjunto.

¡Bravo por estas pelis bizarras e imperfectas! Porque no es una película al uso, es inclasificable, extraña, con carencias también, pero el film fue todo un éxito de público en Australia. Y es que ¿quién no tiene sus rarezas o imperfecciones?

Para ver esta película hay que dejar de lado los prejuicios y disponerse a presenciar un espectáculo fuera de lo común, prodigioso, una agradable sorpresa. Como escribe Trahorras: «Trampantojo de tonos y géneros con inesperado corazón de cuento gótico, que ironiza con el glamour y coquetea con el cartoon (paleta saturada, ópticas amplias, encuadres exagerados)». Pues sí, esta cinta juega en un terreno de estilización de la realidad donde su directora da lo mejor de sí; una tragicomedia rara cuyo encanto evoluciona en gestos, una obra peculiar y a la vez patológica.

Yo creo que el amante al cine ha de estar abierto a nuevos productos, opciones no vistas antes, obras asombrosas y con aires nuevos, por más que rocen la demencia. Algunos se fijarán más en el glamour del film, otros en su encanto, en sus fallas, en su elegancia, en su maldad… ¡qué más da! Al ser una película tan peculiar, lo que aseguro es que al buen aficionado no lo dejará indiferente.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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