Western (2017), de Valeska Grisebach

  09 Febrero 2020

Un western político contemporáneo

western-0Película aparentemente neutra pero que resulta inquietante durante los cien minutos que dura. Una cinta un poco extraña cara al espectador ordinario que, empero, de la mano de la directora alemana Valeska Grisebach, deviene trabajo intenso con atmósfera masculina, la de un grupo de trabajadores alemanes llegados a un pueblo búlgaro en la frontera con Grecia.

La cinta funciona en plan western «como género, obligando al mito a morder el polvo de lo real» (Sánchez), que mantiene al espectador en un estado de incómoda tensión. La trama funciona al paso de los nuevos colonos (forajidos) de esta contemporaneidad (los germanos), como en el lejano oeste: expedición enfrentada a unos nativos inicialmente hostiles (los pobres búlgaros), que encontrarán a su mediador en el ensimismado protagonista, que parece no pertenecer a ningún territorio, salvo el de la ficción y la fantasía que de él se hacen los oriundos.

Los obreros alemanes se asientan en un campamento próximo a una aldea búlgara donde tienen por encargo levantar una central hidráulica; incluso colocan su bandera nacional. Han sido enviados por su empresa a ese lugar perdido en el cual encuentran inconvenientes diversos para su cometido, momentos en los que se impone la sensación de que alguno de esos problemas puede estallar en cualquier momento de manera peligrosa, aunque Grisebach es una narradora firme y a la vez sutil, como para hacer correr la sangre fácilmente.

Estos hombres, además de ganar un sueldo «plus» por estar fuera de su país, se enfrentan, una vez tomado el puesto en ese lugar remoto y profundo, a cierto sentimiento de aventura, a lo cual se suman los prejuicios del lugar, la desconfianza de la gente y la barrera idiomática. Los alemanes se encuentran en un paisaje agreste y caluroso donde cuenta igualmente la carga sexual de hombres jóvenes librados a su destino.

Un drama laboral atípico en el cual la situación habrá de cambiar cuando los trabajadores empiecen a granjearse el favor y la confianza de los habitantes autóctonos que se equivaldrían a los indios o los mejicanos de otros westerns de antaño.

La propia Valeska Grisebach cuenta que ella creció, como casi todos, delante del televisor viendo westerns. Uno detrás de otro. No importaba tanto el director o la historia como «la sensación de soledad, la melancolía de los héroes, la mitología masculina, la intimidad del duelo a muerte», dice.

Ella, además, lo hizo en el propio Oeste. Más concretamente en el Oeste de Berlín, con la inalienable presencia del Muro, de la frontera. Y la propia Grisebach reflexiona: «Visto desde la distancia, pocos modelos narrativos me parecen tan modernos. De lo que trata una película de vaqueros, más allá de la simple y desnuda aventura, es de la construcción social y de la responsabilidad individual. Un grupo de personas llegan a un sitio completamente nuevo y tiene la obligación de entenderse y organizarse para sobrevivir».

La directora Valeska Grisebach, con un guión de su autoría, sabe poner en imágenes que a veces resultan perturbadoras, a unos hombres inicialmente desorientados que de alguna forma hacen valer su insolencia y su dinero frente a los pobres lugareños. Consigue Grisebach construir un film elegante y a la vez complejo que relata un drama sin tiempo ni historia, edificado sobre gestos imperceptibles, con firmeza y cargado de poesía.

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La directora pone en imágenes una tragedia de enorme fuerza que se edifica sobre la perspicacia, sobre cierto silencio flotante, la verdad, un genuino monumento del celuloide. «Lo que se discute es la propia capacidad del lenguaje, del mismo cine, para representar sin humillar; lo que cuenta es ese espacio apenas perceptible entre la salvación y la culpa» (Martínez).

En todo western hay una América silvestre por colonizar que aquí es la Bulgaria agreste actual, sumida en el atraso y la pobreza. Los colonizadores son los alemanes, país que ya había perpetrado esta acción en épocas de anteriores guerras y con intenciones menos limpias. Paisajes derretidos bajo un sol implacable. Apetecibles mujeres a la otra orilla del río, paisajes virginales y movimientos de cámara propios de cine del Oeste; hay caballos, bebida a tragos cortos y secos, partida de póquer, pero por encima de todo un personaje próximo a este género de vaqueros: hombre enjuto y sobrio que está solo ante los múltiples riesgos, sujeto fibroso y mañoso que se las arregla y al que nadie puede someter, ése es nuestro cowboy icono, el protagonista amigo de los nativos y sobre el cual se teje una enorme fábula fruto de la intriga a que da lugar la dificultad de comunicarse en diferentes idiomas.

No creo errar si digo que el eje principal que vertebra la historia es la incomunicación entre unos personajes que apenas comparten un vocabulario básico en la misma lengua y que hablan sin entenderse; sólo alguna palabra suelta, algún indicio idiomático que sirve para recrear una realidad que acaba por ser medio inventada e incluso mítica, como cuando todos creen que el protagonista es un legionario y duro guerrero curtido en mil batallas.

Un perfecto trabajo con actores que en realidad no lo son y que impresionan en su precisión. El principal personaje es encarnado por un excelente y adusto Meinhard Neumann (hombre a quien la directora descubrió en un mercado de caballos en Brandemburgo), lo mejor del reparto como protagonista de un drama fronterizo en la figura de alguien que carece de pasado, que no hace migas con casi nadie.

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Es un obrero alemán y amigo de algunos de los búlgaros que en su enigmática independencia y en su capacidad de observación del mundo que lo rodea, identifica al fin en su existencia oscura —como la de esos vaqueros de vida anónima que tanto hemos visto en el cine—, y un lugar que le gusta y en el cual cree que podrá ser libre. Acompañando en otros roles unos excelentes Reinhardt Wetrk, Waldemar Zang y Detlef Schaich, entre otros. Un equipo de gran mérito actoral, sobre todo dada su impericia en el oficio.

Loable película que además de todo lo dicho, hace la cabal radiografía de la Unión Europea, donde coexisten sioux y vaqueros, países de primera y de cuarta, llevado a la pantalla con una excelente fotografía de Bernhard Keller. Grisebach afirma que «la responsabilidad de Alemania en que Europa salga adelante es básica; Alemania tiene la obligación de crear Europa y de expandir la idea que la soporta por el Este». Es por lo tanto un western político.

Un film revelador de facetas diversas y lecturas distintas, cinta relevante. Es la longanimidad con que la directora mira y analiza a sus personajes, la intimidad que captura en el proceso y la exactitud con que penetra en la psicología masculina. Todo ello tiñe este western de una enorme resonancia emocional.

En suma, estamos ante un western moderno que se apoya en los pilares del género, con una fuerte carga física, de gestos y de trama. Además, presenta la obra también un perfil más abstracto que enfoca enigmas sustanciales de la convivencia entre los humanos y el ciclo de la vida. «La discreta conquista de este fructífero espacio de reflexión acaba siendo el mayor logro de esta gran película» (Yáñez Morillo).

Como escribe Sergi Sánchez: «Es un western sin serlo, es una película social sin gritar sus denuncias, y está planteada con gran rigor». Y es una película que toca la zona emotiva del espectador y hace a la comprensión del ser humano.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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