Open Range (2003), de Kevin Costner

  15 Diciembre 2019

La nostalgia del western

open-range-0Otra nueva incursión de Costner como director en el western. Por la primera, Bailando con lobos, recibió (injustamente) varios Oscar. Por ésta, presumiblemente, no va a recibir ninguna nominación. ¿Quiere decir que esta película (al igual que la innombrable Mensajero del futuro) es terriblemente mala? Pues no, la verdad es que no. Open Range es un western como mínimo aceptable.

También, por eso de la poca afectividad que conlleva el género hoy día, será de nulo, o casi, valor comercial. Pero, sin duda, es un filme muy superior a muchos de los que hoy se estrenan. Se trata de un tema clásico alargado a más de dos horas. Ese es el grave problema que acecha al Costner realizador. Hacer que sus películas, sin necesidad, se paren extasiadamente ante pequeños hallazgos o infantiles caprichos. La cuestión es derrochar metraje.

Open Range, un título sin clara traducción —aunque cercana a «grandes espacios» o «paisajes libres»—, es un filme aceptable con muchas limitaciones. Su sencilla historia se centra en una conducción de ganado a la que se la quiere impedir el paso por unas tierras propiedad (casi sin lindes) del poderoso del lugar. Tal personaje (una especie de Chisum), tópico y habitual en el género, se ha rodeado de gente de la peor calaña y de disparo fácil para poder exigir sus personales derechos de propiedad. El duelo es la lógica salida a tales exigencias. O sea que nos movemos por un argumento no demasiado lejano al que generó el célebre (y muy rápido) duelo del OK Corral entre los Earp y los Clayton, aunque claro, Costner no es John Sturges, y mucho menos  John Ford.

Hay dos partes claramente señaladas en el filme, que se corresponden con la presentación de los personajes y el enfrentamiento en el duelo. Ambas, aparte de los personajes más o menos principales, echan mano de un elemento tan insólito como esencial en la trama: la lluvia. Con ella no solamente se abre la película, también cae con fuerza a lo largo del camino que conduce al duelo final. Crea la angustia en los cuerpos, marca las tierras, embarra las calles del pequeño poblado en el que transcurre el duelo como aquella de la película de Richard Fleischer conocida por acá como Duelo en el barro (These thousand hills, 1958). Pero ni las comparaciones, ni los resultados pueden servir más que como la constatación de un simple fenómeno.

Las primeras escenas del filme, con los largos títulos de crédito como acompañamiento, son atractivas: los vaqueros que ven acercarse la tormenta se esconden bajo una lona de la pertinaz de la lluvia. Para entretenerse, juegan a las cartas.

Pero se corta el juego ante las trampas (probables) del más joven, recién incorporado a la cuadrilla (sólo son cuatro los vaqueros). Es preferible eso antes de llegar a un enfrentamiento entre ellos, a dejar de creer en la amistad o el llegar a desconfiar del compañero de trabajo.

open-range-2

Lo demás es previsible, como también lo es la manera de desarrollar las situaciones o describir a las personas del pueblo cercano. Un sitio, como es natural, amedrentado por el cacique de turno, al que no se atreven a enfrentarse. También se ve venir la muerte de uno de los vaqueros a manos de los secuaces del cacique. De ahí surgirá el esperado enfrentamiento final.

Toda la película parece estar concebida en función del duelo final, centro y punto álgido del filme. De todas maneras hay instantes logrados en el largo preámbulo, así como algunos curiosos personajes. Habrá que citar, más que al manido medio lisiado que les ayuda, a la singular solterona, hermana del doctor del pueblo.

Dejemos a un lado hechos tan discutibles como que las vacas se abandonen días en los disputados pastos (nadie se preocupa de ellas) para llegar al momento eje del filme, el duelo. En su preámbulo y su desarrollo es cuando Open Range alcanza toda su razón de ser. 

Algunos momentos del «antes de» tienen el encanto o el candor de inolvidables momentos del género: la visita a la tienda de chucherías para poder degustar algo refinado, distinto. Y es que la proximidad de la muerte lleva a los dos protagonistas a plantearse la posibilidad de una despedida.

open-range-3

De ahí esa escena en el comercio donde un excelente Robert Duvall prueba chocolate suizo vendido por el comerciante que confiesa no haberlo probado nunca, aunque, comenta, se lo han vendido como algo excepcional. Momento en que veremos como un no tan acertado Costner actor «ojea» un juego de café para que sea entregado a la mujer de la que se ha enamorado (historia de necesidad más que amor ante la edad de los personajes alejados ellos ya de los sueños juveniles).

El ofrecimiento de «algo» de chocolate al asombrado tendero y la necesaria confesión mutua sobre las identidades y nombres reales de los dos protagonistas son instantes entrañables, bien dosificados. Lo es, por ello, también el cierre de ese largo prólogo que concluye con el apretón de manos de los dos vaqueros: reconocimiento en ellos mismos de una amistad labrada en los duros años convividos.

El plato fuerte del filme es el duelo. Nada que ver con Ford o con Mann. Tampoco con Leone o Peckinpah, aunque, sin duda, está más cerca de estos últimos. Lo realistamente sucio se impone a lo míticamente bello. El plano del caminar por la calle de los dos protagonistas remeda el enfreentamiento final de Duelo en la alta sierra de Peckinpah; también a Peckinpah y a Leone «suenan» los planos de la larga lucha con los dominadores del pueblo.

Cerca de media hora dura este impresionante duelo. No hay en él heroísmo, tan solo una necesidad de vencer y no dejarse vencer: de mostrar superioridad sobre el contrario. Cara a cara los personajes se encuentran en una calle, cerca, y no casualmente, de un «corral». No se dispara certeramente con las pistolas y las balas dan en cualquier parte del contrario (en una mano, un pie, un costado...).

open-range-4

 

El sonido de los rifles se ha procurado realista: parecen furibundos arcabuzazos los que salen de las armas. La cámara se coloca en mil posiciones y describe el haber y devenir de cada uno de los contrincantes. El final del duelo viene marcado por una toma de conciencia: el pueblo se rebela contra su cacique y se pone a favor de los dos hombres libres. Es, sin duda, esta larga (y apreciable) secuencia lo mejor del filme, aunque algunos críticos encaramados al ayer se nieguen a valorarlo simplemente por no ser un filme como los que Ford o  los grandes del género lo hubieran filmado. Una tontería en toda regla.

Costner se empeña en darnos un epílogo (que recuerda al final de Pasión de los fuertes, My darling Clementine, 1946, de John Ford), tan innecesario como alargado. Ya es un error (pero, insisto, no estamos en el mito por lo que tiene tal resolución, una cierta coherencia) que no mueran los protagonistas para posteriormente arrastrar de forma inconsecuente el filme hacia el acaramelado final.

Lo peor de Costner como director es su afán por ralentizar el relato. No camina, se estanca como si se hubiera enamorado de su obra hasta el punto de ser impedido a abandonarla. Se echan en falta elipsis, un mayor sentido del ritmo. La narración se estanca. Hay como una imperiosa, y absurda, necesidad de mostrar absolutamente todo. Lo que en una película normal puede durar cinco minutos en Costner se puede alargar una eternidad.

Con todo, estamos ante un film sereno (en ocasiones demasiado sereno) que desea mostrarnos el color y el olor de un viejo y querido género, tan dispar como impredecible en su manida presencia: el viejo y siempre nuevo cine del oeste. Aparte que se procura dar verdad al relato. Y en eso hay un gran cuidado. Basta fijarse, por ejemplo, en las cuidadas (y viejas) ropas que visten los personajes. Es una tontería, sin duda, pero en esta película cuando llueve los personajes se mojan. Y, que conste, eso no ocurre siempre en las películas.

Escribe Mr. Arkadin

(Artículo publicado en la sección Sin perdón en 2003, con motivo del estreno del film en España.)

open-range-1

Open Range (2003), de Kevin Costner

La nostalgia del western

Otra nueva incursión de Costner como director en el western. Por la primera, Bailando con lobos, recibió (injustamente) varios Oscar. Por ésta, presumiblemente, no va a recibir ninguna nominación. ¿Quiere decir que esta película (al igual que la innombrable Mensajero del futuro) es terriblemente mala? Pues no, la verdad es que no. Open Range es un western como mínimo aceptable.

También, por eso de la poca afectividad que conlleva el género hoy día, será de nulo, o casi, valor comercial. Pero, sin duda, es un filme muy superior a muchos de los que hoy se estrenan. Se trata de un tema clásico alargado a más de dos horas. Ese es el grave problema que acecha al Costner realizador. Hacer que sus películas, sin necesidad, se paren extasiadamente ante pequeños hallazgos o infantiles caprichos. La cuestión es derrochar metraje.

Open Range, un título sin clara traducción —aunque cercana a «grandes espacios» o «paisajes libres»—, es un filme aceptable con muchas limitaciones. Su sencilla historia se centra en una conducción de ganado a la que se la quiere impedir el paso por unas tierras propiedad (casi sin lindes) del poderoso del lugar. Tal personaje (una especie de Chisum), tópico y habitual en el género, se ha rodeado de gente de la peor calaña y de disparo fácil para poder exigir sus personales derechos de propiedad. El duelo es la lógica salida a tales exigencias. O sea que nos movemos por un argumento no demasiado lejano al que generó el célebre (y muy rápido) duelo del OK Corral entre los Earp y los Clayton, aunque claro, Costner no es John Sturges, y mucho menos  John Ford.

Hay dos partes claramente señaladas en el filme, que se corresponden con la presentación de los personajes y el enfrentamiento en el duelo. Ambas, aparte de los personajes más o menos principales, echan mano de un elemento tan insólito como esencial en la trama: la lluvia. Con ella no solamente se abre la película, también cae con fuerza a lo largo del camino que conduce al duelo final. Crea la angustia en los cuerpos, marca las tierras, embarra las calles del pequeño poblado en el que transcurre el duelo como aquella de la película de Richard Fleischer conocida por acá como Duelo en el barro (These thousand hills, 1958). Pero ni las comparaciones, ni los resultados pueden servir más que como la constatación de un simple fenómeno.

Las primeras escenas del filme, con los largos títulos de crédito como acompañamiento, son atractivas: los vaqueros que ven acercarse la tormenta se esconden bajo una lona de la pertinaz de la lluvia. Para entretenerse, juegan a las cartas.

Pero se corta el juego ante las trampas (probables) del más joven, recién incorporado a la cuadrilla (sólo son cuatro los vaqueros). Es preferible eso antes de llegar a un enfrentamiento entre ellos, a dejar de creer en la amistad o el llegar a desconfiar del compañero de trabajo.

 Lo demás es previsible, como también lo es la manera de desarrollar las situaciones o describir a las personas del pueblo cercano. Un sitio, como es natural, amedrentado por el cacique de turno, al que no se atreven a enfrentarse. También se ve venir la muerte de uno de los vaqueros a manos de los secuaces del cacique. De ahí surgirá el esperado enfrentamiento final.

Toda la película parece estar concebida en función del duelo final, centro y punto álgido del filme. De todas maneras hay instantes logrados en el largo preámbulo, así como algunos curiosos personajes. Habrá que citar, más que al manido medio lisiado que les ayuda, a la singular solterona, hermana del doctor del pueblo.

Dejemos a un lado hechos tan discutibles como que las vacas se abandonen días en los disputados pastos (nadie se preocupa de ellas) para llegar al momento eje del filme, el duelo. En su preámbulo y su desarrollo es cuando Open Range alcanza toda su razón de ser.

Algunos momentos del «antes de» tienen el encanto o el candor de inolvidables momentos del género: la visita a la tienda de chucherías para poder degustar algo refinado, distinto. Y es que la proximidad de la muerte lleva a los dos protagonistas a plantearse la posibilidad de una despedida. De ahí esa escena en el comercio donde un excelente Robert Duvall prueba chocolate suizo vendido por el comerciante que confiesa no haberlo probado nunca, aunque, comenta, se lo han vendido como algo excepcional. Momento en que veremos como un no tan acertado Costner actor «ojea» un juego de café para que sea entregado a la mujer de la que se ha enamorado (historia de necesidad más que amor ante la edad de los personajes alejados ellos ya de los sueños juveniles).

El ofrecimiento de «algo» de chocolate al asombrado tendero y la necesaria confesión mutua sobre las identidades y nombres reales de los dos protagonistas son instantes entrañables, bien dosificados. Lo es, por ello, también el cierre de ese largo prólogo que concluye con el apretón de manos de los dos vaqueros: reconocimiento en ellos mismos de una amistad labrada en los duros años convividos.

El plato fuerte del filme es el duelo. Nada que ver con Ford o con Mann. Tampoco con Leone o Peckinpah, aunque, sin duda, está más cerca de estos últimos. Lo realistamente sucio se impone a lo míticamente bello. El plano del caminar por la calle de los dos protagonistas remeda el enfreentamiento final de Duelo en la alta sierra de Peckinpah; también a Peckinpah y a Leone «suenan» los planos de la larga lucha con los dominadores del pueblo.

Cerca de media hora dura este impresionante duelo. No hay en él heroísmo, tan solo una necesidad de vencer y no dejarse vencer: de mostrar superioridad sobre el contrario. Cara a cara los personajes se encuentran en una calle, cerca, y no casualmente, de un «corral». No se dispara certeramente con las pistolas y las balas dan en cualquier parte del contrario (en una mano, un pie, un costado...).

El sonido de los rifles se ha procurado realista: parecen furibundos arcabuzazos los que salen de las armas. La cámara se coloca en mil posiciones y describe el haber y devenir de cada uno de los contrincantes. El final del duelo viene marcado por una toma de conciencia: el pueblo se rebela contra su cacique y se pone a favor de los dos hombres libres. Es, sin duda, esta larga (y apreciable) secuencia lo mejor del filme, aunque algunos críticos encaramados al ayer se nieguen a valorarlo simplemente por no ser un filme como los que Ford o  los grandes del género lo hubieran filmado. Una tontería en toda regla.

Costner se empeña en darnos un epílogo (que recuerda al final de Pasión de los fuertes, My darling Clementine, 1946, de John Ford), tan innecesario como alargado. Ya es un error (pero, insisto, no estamos en el mito por lo que tiene tal resolución, una cierta coherencia) que no mueran los protagonistas para posteriormente arrastrar de forma inconsecuente el filme hacia el acaramelado final.

Lo peor de Costner como director es su afán por ralentizar el relato. No camina, se estanca como si se hubiera enamorado de su obra hasta el punto de ser impedido a abandonarla. Se echan en falta elipsis, un mayor sentido del ritmo. La narración se estanca. Hay como una imperiosa, y absurda, necesidad de mostrar absolutamente todo. Lo que en una película normal puede durar cinco minutos en Costner se puede alargar una eternidad.

Con todo, estamos ante un film sereno (en ocasiones demasiado sereno) que desea mostrarnos el color y el olor de un viejo y querido género, tan dispar como impredecible en su manida presencia: el viejo y siempre nuevo cine del oeste. Aparte que se procura dar verdad al relato. Y en eso hay un gran cuidado. Basta fijarse, por ejemplo, en las cuidadas (y viejas) ropas que visten los personajes. Es una tontería, sin duda, pero en esta película cuando llueve los personajes se mojan. Y, que conste, eso no ocurre siempre en las películas.

Mister Arkadin

(Artículo publicado en la sección Sin perdón en 2003, con motivo del estreno del film en España.)