Blackthorn (Sin destino, 2011) de Mateo Gil

  24 Febrero 2020

Dejad que los muertos descansen

blackthorn 1Un rotundo fracaso comercial ha sido la contestación a este intento hispano de resucitar el western. O de darle un nuevo sentido.

En la primera semana de exhibición, el filme quedó relegado al décimo lugar del ranking de estrenos semanales y eso teniendo en cuenta que salió con muchas (demasiadas) copias. La segunda retrocedió al puesto diecisiete. Es de esperar que en las siguientes, si aún resiste, pase a ocupar los últimos lugares. Y eso en caso que aún siga proyectándose.

La arrogancia, o el ímpetu, de Mateo Gil (Las Palmas, 1972), guionista y ayudante de dirección de varias películas de Amenábar, que ha dirigido el filme, y de su guionista Manuel Barros (director de Los sin tierra), les ha llevado a creer (y crear) esta historia acorde con las leyendas (como en otros muchos westerns). Una historia de resurrecciones o de historias mal contadas o contadas a medias: la vuelta a la vida de alguien que, según se nos dice, no murió en un enfrentamiento con los militares en Bolivia: Butch Cassidy. Aunque, según cuenta el filme, el que sí moriría sería su compañero Sundance Kid.

O de otra manera, Paul Newman reconvertido en Sam Shepard seguiría allá en Bolivia encerrado en su aureola mítica, mientras que Robert Redford habría muerto en aquel enfrentamiento con las tropas bolivianas.

Los críticos que han escrito sobre esta resurrección han dicho pocas o demasiadas cosas. Algunos incluso buenas, pero, en general, se ha obviado que los dos pistoleros amigos no solamente fueron los protagonistas de la exitosa pero escasamente brillante Dos hombres y un destino del artesano Roy Hill, sino también, al menos, de otra película que fue posterior, aunque señalara el inicio de la aventura de los dos hombres del oeste: Los primeros golpes de Butch Cassidy y Sundande (1979) del más interesante Richard Lester, que fue realizada diez años después del filme de Roy Hill.

La realización de Blackthorn y su intento de sacar pecho quizá se deban al inesperado éxito obtenido por Valor de ley de los hermanos Coen, un filme realmente espléndido a pesar de lo que digan algunos de sus detractores, que además se empeñan en considerarlo un remake de la película de Hathaway. Ambos títulos comparten la misma novela. Y poco más.

Ya hemos dicho en otras ocasiones, en esta misma revista, que la película de los Coen es personal, creativa, al tiempo que una excelente transposición de la novela original, mientras que la de Hathaway, realizada en plena decadencia de la obra del realizador, es mediocre y escasamente atractiva.

El western, el grande, alcanzó su último gran periodo con la revolución estética que supusieron las obras de Leone-Eastwood. Colofón además de las últimas grandes obras genéricas de John Ford y Howard Hawks.

De manera reiterada sólo Clint Eastwood ha sabido estar a la altura de los grandes clásicos en los últimos años. Y desde planteamientos muy personales. De vez en cuando han surgido algunos otros títulos fracasados (la poco presentable vuelta al bueno de Daves y a su tren de las 3:10 de la tarde) frente a otros más o menos entonados (de Enfrentados a Appaloosa, pasando por algún título tan singular como Open Range).

Mateo Gil, cuya carta de presentación como realizador es la muy mediocre Nadie conoce a nadie, parece ser que quiso bien rendir homenaje a un cine tan querido, distinguido, complejo y abierto a infinidad de temáticas o abrir nuevas perspectivas y caminos al género.

Lo cual es plausible.

No tanto el resultado final.

Algo que no se logra en cuanto el filme ni abre nuevos caminos, ni siquiera trata de llevar a cabo nuevas lecturas a argumentos trillados, ni mucho menos, como aquí trata de hacerse, insufla vida a una leyenda.

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El problema es claro y se centra en el propio desarrollo de la narración que se ciñe a grandes títulos genéricos.

Es decir, este título, que se pretende lúcido y original, no es que una copia, vulgar, de grandes, y menos grandes, películas clásicas que nos han hablado del oeste y de los hombres que lo poblaron.

No solamente en la narración, también en la propia forma de planificar, de narrar la historia, en su propia estética.

Sobre todo sobrevuela el cine de Peckinpah y concretamente dos de sus grandes títulos, Grupo Salvaje y Pat Garrett y Billy the kid. La huella de ambos filmes es clara. El grupo de bolivianos perseguidores (he aquí la que director y guionista consideran una gran aportación) nos conduce sobre todo al primero de los títulos citados. Otras presencias y formas de resolver situaciones se refieren al otro filme.

Aquí no acaban las referencias. Cada plano, cada momento parece imitar, redibujar ese o aquel momento de otras películas más o menos inolvidables. Por allí se cruzan (aparte de los planos de cielos o de jinetes cabalgando al fondo del plano, cercanos a Ford) desde el Edwards de Dos hombres contra el oeste hasta el Wellman de Cielo amarillo, sin olvidar ni al cine de Hawks, ni al de Walsh ni al de tantos realizadores del género, incluidos Leone o Eastwood.

Blackthorn, gracias a la gran fotografía de Juan Ruiz Anchía, procede a valorar el paisaje. El boliviano sustituyendo al del oeste americano. Tanto da. Tratan de asemejar hermanos siameses. Ese es uno de los grandes errores: trata de reconvertir la película en una historia de oeste a la boliviana. ¿Deberíamos recordarle que cierto cine brasileño ya lo había intentado en el pasado? O también habría que pensar en las inclusiones de México en el western, olvidando que México no es Bolivia.

No cuadran esos pistoleros (y pistoleras) bolivianas con los norteamericanos. Francamente la comparación resulta pobre e irrisoria. Esas cantineras con pistolas al cinto, esas mujeres que montan mejor que Vienna en Johnny Guitar aparecen, en su aridez, casi como personajes paródicos.

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Además, la historia de ese perdido, envejecido y paciente Butch Cassidy carece de atractivo. Y menos en cuanto tal personaje deriva hacia un planteamiento forzado de ética más acorde con los códigos de un policiaco: que es al fin y al cabo —con los cambios y desmanes del mal construido personaje de Eduardo Noriega— donde va a desembocar el filme.

Ya desde el principio se opta por una narrativa equivocada, con planos tomados desde diferentes puntos de vista narrativos, como el que muestra desde dentro de una casa y entrevisto por el cristal de una ventana (¿por qué?) a Cassidy abrazando a su amante boliviana.

Muchas secuencias aparecen como erróneas y mal realizadas. Citemos algunas de ellas: la resolución de la persecución en el desierto de sal; la vuelta (por exigencias del guionista, sin duda) de la amante boliviana a la casa de su amante para... poderla así eliminar; la incomprensible secuencia de la salida de la mina... a tiros; el reconocimiento por parte del médico de la personalidad Cassidy después de muchos años (más incomprensible debido al cambio de protagonista en las diferentes edades: no tienen parecido alguno); la liberación de los dos amigos en Argentina por la mujer; lo forzado que resulta la presencia del perseguidor, primero de los jóvenes pistoleros (ayer), luego convertido en cónsul honorario de una ciudad perdida (en el hoy).

Hasta, incluso, el existir planos o movimientos de cámara que parecen descartes de montaje como esa especie de barrido (inútil) sobre la tierra de una montaña en una apertura de secuencia. A lo que hay que añadir otros muchos errores de enfoque, de estructura. El más grave quizá sea el giro final del guión respecto a las motivaciones del personaje de Noriega.

Temas claros del western, como el proceso (aquí falso) de iniciación entre el joven y el maestro, la venganza, la mítica, el paso del tiempo, la soledad... se centran en este Blackthorn parado, vulgar, reconvertido en una parodia de sí mismo.

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Por si fuera poco, y para que el espectador (se supone) no pierda el hilo de la historia, se utilizan unos absurdas vueltas atrás para así posibilitar que recordemos al trío formado por los dos amigos pistoleros y la mujer que amaban. Al tiempo que señalar el nacimiento de un niño hijo de cualquiera de ellos al que Cassidy, en uno de esos imposibles hechos narrados en tal incompresible guión, escribe cartas que nunca sabemos cómo pensaba hacer llegar al destinatario.

Quedan las buenas intenciones, la buena interpretación de Shepard (no la de Noriega) y la experiencia de Stephan Rea, los paisajes (y sobre todo la fotografía, aunque a veces demasiado relamida), pequeños momentos, algunos planos perdidos entre tanto desatino, que muestran lo que pudo ser este filme realizado con esmero, pero sin alma, por un poco aventajado artesano copista.

La mítica, la leyenda imponiéndose a la historia, los pistoleros convertidos en almas caritativas, como si fueran modernos Robin Hood (de los Cassidy-Sundance a los Jesse James o a los Earp-Holliday...) poco tienen que ver con esta adocenada y escasamente atractiva película, lastrada sobre todo por un poco afortunado guión.

El western ha perdido otra ocasión de reflejar lo que es y puede dar de sí.

Escribe Mister Arkadin

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