Bone tomahawk (2015), de S. Craig Zahler

  02 Diciembre 2019

El triunfo del cojo

bone-tomahawk-1Parece que últimamente trata de incorporarse al cine, de intentar que renazca, uno de los grandes géneros, para algunos el género por excelencia, del cual dependen todos los demás: el western.

Hace años se inició su caída impulsada por el cine de superhéroes y de ciencia ficción, muchas veces de auténtica pacotilla.

No fue la última película del género El último pistolero (1976) de Don Siegel, pero en parte certificaba su agonía.  

Los filmes de Eastwood como realizador fueron como una isla dentro de un panorama desolador, siguiendo, en parte, las lecciones aportadas por Sergio Leone y el spaghetti-western. Casi todos los respetables westerns realizados por Eastwood fueron grandes en estructura, planteamientos e ideas (aparte de sus claras influencias) desde aquel más que  curioso —y anterior al título citado de Siegel— Infierno de cobardes (1972).

No era un western Space Cowboys (2001), ni siquiera certificaba una muerte, a pesar de sus intentos, a lo sumo una cierta melancolía. Con todo, su ansia de añoranza era simplemente una poco respetable unión entre el western y la ciencia ficción (o el filme de astronautas) sin que ni una ni otra referencia destacaran por su interés. Eso sí, al menos era mucho más acertada que la errática componenda de Cowboys & Aliens (2011) realizada por Jon Favreau no sabemos si a mayor (o nula) gloria del 3-D.

En lo que llevamos de siglo no han sido demasiados los westerns de enjundia clásica realizados (otra cosa serían títulos que se acogen a la estructura del género). Señalaré, entre otras, el más que interesante Open Range (2003) de Kevin Costner, quizá su mejor película como realizador; el curioso Enfrentados (2006) de David Von Ancken; Appaloossa (2008) de Ed Harris, todo un resumen del género; o el onírico y gratificante viaje iniciático que es Valor de ley (2010) de los hermanos Coen (más cerca de la novela original que de la versión anterior realizada sobre la misma novela de Charles Portis por Henry Hathaway en 1969).

Muy cercanos están títulos que parecen implorar el renacimiento del género. Son las dos obras, muy discutibles, de Tarantino (Django desencadenado, 2012 y Los odiosos ocho, 2015), sin olvidar el intento fallido de Tommy Lee Jones con Deuda de honor (2014) o su anterior filme como director, Los tres entierros de Melquiades Estrada (2005), no un western en sí mismo pero sí con la suficiente entidad como, por ejemplo, para recordar al Peckinpah de Quiero la cabeza de Alfredo García (1974).

Hace años (en los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado), los italianos y españoles (también los alemanes llevando a la pantalla las novelas de Karl May) encontraron un filón —o una renovación o váyase a saber qué— del western, algunos de ellos con sus planteamientos marxistas e incluso la importancia que, ya en plena decadencia  del western americano, tuvo el cine de Sergio Leone.

Ahora, parece que diversos países, incluidos los nórdicos (¿salmones-western?), se apuntan a ese renacimiento. Es el caso de la producción neozelandesa Slow West (2015) de John Maclean, una especie de rápido y urgente paseo por cuanto tema y personaje son propios del género. Todo ello a través del viaje de alguien venido de lejos en busca de su amada. Demasiadas cosas para introducirlas en una película que, por fortuna, no llega a durar 90 minutos. La idea es, en este caso, mejor que el resultado. De todas maneras es una propuesta medianamente curiosa.

Otro título, de muy escaso interés, ha llegado de Dinamarca, The salvation (2014) de Kristian Levring. Se estrenó en muy pocas ciudades del estado español. Un tema propio del género con claras influencias y referencias a Leone y Eastwood. Sus números defectos sepultan sus escasas virtudes.

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Ahora nos llega un extraño filme, desde la propia América, Bone Tomahawk (2015) primer largometraje de S. Craig Zahler (con guion propio) con muchos defectos y también con suficientes virtudes para destacar sobre lo anterior, aunque haya que dejar a un lado su tono guiñolesco, confundido con irónico, paródico o humorístico y su desmesurada duración (más de dos horas).

Es una especie de serie B repleta de elementos cotidianos (bien incorporados) junto a otros extraordinarios, alucinados o macabros, a lo que contribuye la presencia (tan insólita como por momentos incomprensible) de unos indios caníbales. Sin duda, parecen traspasados de otra película, durante un rodaje precipitado de varias películas simultáneas.

O sea unos colándose en el rodaje, presuroso, de otro título. 

Unos indios comedores de carne humana a los que falta rigor y coherencia dentro del relato. Presencia supeditada a lo morboso, a lo macabro, en un trasunto de Holocausto caníbal.

Tenemos, pues, una parte que desde su normalidad supone la eterna revisión, dentro del género, de la búsqueda de unos cautivos en manos de unos indios

También se puede decir que es una película sobre el tema del camino, de la marcha de un grupo heterogéneo en el cumplimiento de una misión. El viaje, tema propio del western, como unión-desunión, como forma de mostrar el camino hacia el conocimiento de unos personajes o un viaje interno propiciado por el externo.

Filmes de caminatas hay muchos. Como también de misiones de búsqueda. Y no sólo en el western. De todas maneras el cine del oeste es su gran valedor. No hay que olvidar que el western es el género en el que se miran y se reflejan prácticamente todos los temas.

Cercano, y no sólo en cuanto marcha, está Valor de ley de los Coen (mucho más que en el filme de Hathaway) sobre todo en esa visión onírica que transmite. Y muchos otros títulos, claro, tales como El jardín del diablo de Hathaway, Cowboy de Daves, Colorado Jim de Anthony Mann, Dos cabalgan juntos de Ford, Seven men from now de Boetticher…

Bone tomahawk también entronca con filmes que no plantean itinerarios físicos, debido a los personajes (escasos) que presenta Zahler alrededor del sheriff al que da vida un Kurt Russell dado últimamente a intervenir en extrañas películas. Aunque, probablemente, siempre se haya movido en esos terrenos.

Respecto a los personajes que acompañan al sheriff se encuentra alguien con un problema físico (tiene una pierna herida, lo que le obligará a caminar con muletas) y un ayudante ya metido en años. No muy lejos suenan los ecos del Hawks de Río Bravo o, mejor, de El dorado.

Dos detalles a tener en cuenta.

Uno: el herido cojo que terminará por ser (arrastrándose, aún, sin saber si sí o si no, sin pierna) el salvador de los que quedan, culminando así la aventura felizmente… al menos de forma aparente, ya que quedan en el aire unos extraños presagios alimentados por el largo fundido en negro antes de los letreros finales. De esa manera el final no sería acomodaticio sino que abriría un interrogante al unirse con el comienzo. Ahora bien, puede ser que todo el trayecto —ese improbable logro del cojo— forme parte de esa gran broma o humor de lo narrado: la dificultad de comunicar un estilo o una forma narrativa a no ser que el espectador la adivine o se empeñe en afirmarla.

Dos: la presencia en el grupo de un pistolero, un caballero del sur, actuando por el honor de la palabra dada, cuya forma de ser y de comunicarse irá cambiando en el trayecto hasta llegar a sacrificarse por el grupo… aunque eso se deba a que no tiene ya salvación.

Elementos todos ellos propios de un western cuya caminata se encuentra más en los límites de la serie B del cine de Toth o Boetticher que del de Hawks, Ford o Mann, y cuyo centro temático (búsqueda-persecución) estaría en la línea, pero a años luz, de Centauros del desierto de Ford. Aunque por la crudeza de algunos momentos y la ferocidad-crueldad (aunque sin canibalismo) de los indios, su modelo sería La venganza de Ulzana de Aldrich. La cotidianidad de la caminata estaría, por su parte, más cerca de la serie de películas que hizo Boetticher con Randolph Scott de protagonista.

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El filme parte de un prólogo inquietante (el robo y muerte de unas personas por unos bandidos y su huida pisoteando un cementerio indio) y de ahí pasa, a través de uno de los personajes de ese prólogo, a un pueblo recóndito, pequeño, casi inexistente. Allí todo el mundo se conoce. El espectador no llega a conocer el pueblo ya que toda esa parte se desarrolla en interiores (casas, oficina del sheriff, bar): nos encontramos en un lugar perdido del oeste.

Se nos presentan lugares y personajes a los que se define a primera vista por una serie de rasgos. Entre todos ellos sorprende la presencia de una mujer, esposa de la persona que tiene malherida la pierna, que, según lo que se insinúa, ha venido desde el Este para casarse. También, porque sí, por orden y necesitad del guión, tiene ciertos conocimientos médicos. Parece ser que sustituye al médico cuando éste (como muchos médicos de los westerns) está borracho, por lo que no puede atender a sus obligaciones.

Claro, en ese comienzo, será la mujer la que tiene que atender al herido.

Personaje propio de una trampa-engaño del guión (y en este guión hay muchas) pero necesario para que las otras partes de la narración funcionen. Imprescindible para ell desarrollo de la trama (la búsqueda de los secuestrados por los indios entre los que se encuentra la mujer) y al final, en esa conclusión donde todo queda finiquitado, no es más que un inquietante punto y seguido presentido.

Lo peor es que en el prólogo se encierra la misma trampa elíptica que domina toda la película con la finalidad de hacer válido lo que acontece.

Las preguntas se acumulan en ese inicio y más allá: ¿cómo logra uno de los bandidos escapar de los indios caníbales? ¿A cuánta distancia está el pueblo de las cuevas trogloditas de los indios caníbales? ¿Por qué la mayoría de los personajes tienen conocimientos médicos?

O yendo más allá, una cuestión ilógica dentro de la lógica de la narración, uno se pregunta cómo un hombre con la pierna destrozada (y probablemente cortada porque se encuentra gangrenada, eso se dice) puede subir, sin saber cómo, a lo alto de la cueva de los caníbales y conseguir liberar a… los que quedan. Y, sobre todo, claro, a su mujer.

¿Acaso todo eso está visto bajo el punto de vista del humor? En tal caso, como máximo, de un gran guiñol, exagerando al máximo las situaciones. Pero ese humor surge por imposibilidad de creer lo que vemos, lo que se nos presenta.

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Y no digamos todo lo referido a la tribu de esos indios caníbales. Con sus actuaciones incluidas. ¿Cuántos forman la tribu? ¿Cómo son capaces de subsistir? La idea de presentar a sus mujeres embarazadas y cegadas forma parte de esa gran exageración pregonada a lo largo de toda la película

No es, insisto, que en este filme no existe la verosimilitud, eso es lo de menos, sino la inexistencia de una lógica narrativa tanto en el terreno temporal, como espacial o de desarrollo. Ese es el gran problema con el que nos enfrentamos.  

El final queda cerrado por un inquietante presentimiento que une ese plano último con el cierre del prólogo (ambos con alusión directa o indirecta a Las aventuras de Jeremiah Johnson de Pollack): el paso por medio del cementerio indio. O sea que la maldición, y probable castigo posterior, cae sobre los personajes que han osado profanar ese lugar.

Película curiosa que cuenta con momentos destacables: el enfrentamiento en el bar, el encuentro en el camino con los mexicanos, el itinerario (sin olvidar la imposibilidad de cotejar el espacio-tiempo del desarrollo), la cotidianidad de las acciones…

Pero que se fractura en lo más insólito, adentrándose en la macabra última parte dentro de un terreno lindando con lo onírico, donde se opta por la inutilidad de lo macabro orientando el tercer acto del filme hacía un cambio de género y de sentido. El cine clásico del oeste deriva hacia otro territorio referido a títulos de índole gore con guiños, como se ha indicado, a Holocausto caníbal. Una lástima de deriva.

Escribe Mister Arkadin

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