Appaloosa (2008), de Ed Harris

  26 Noviembre 2019

Filmar la leyenda

appaloosa-1El western nace con el cine. Y no sólo eso: Es el género idóneo para llenar las pantallas con la primera función del cine, mostrar aquello que ocurre, informar, dejar constancia en imágenes de lo que hasta ese momento apenas disponía de palabras para difundirse. Y qué mejor tema que la épica fundacional de un país. A la curiosidad se le une un relato que busca concernir a la nación entera, en el que ésta se sienta representada. Las primeras películas del oeste nos ilustran sobre cómo fueron aquellos tiempos, y a la vez generan una iconografía que permite identificarse con ellos.

De este modo, casi sin que se perciba, lo que era una reproducción histórica pasa a ser la idealización de una época, la puesta en pie de un mundo cada vez más alejado de la realidad y más fiel a sus constantes expresivas. El western, finalmente, no nos habla de los acontecimientos que tuvieron lugar en las tierras que el colono va ocupando en su marcha hacia el oeste indómito, sino que nos habla del propio western.

En el siglo XXI, tan alejado ya del esplendor de sus grandes manifestaciones, y tan rendido a la admiración de los grandes maestros que crearon sus hitos, esta tendencia es más acusada. Las referencias a la realidad se han borrado casi por completo, y las nuevas aproximaciones al género toman como modelo el imaginario colectivo en el que descansa. Se trata en cierta manera de repetir lo que se hizo, en una mezcla de admiración y actualización.

Appaloosa es una película que muestra de manera ejemplar esta nueva construcción cinematográfica. Las principales referencias estilísticas están presentes en ella, y esa asunción la lleva a cabo sin el más mínimo rubor, casi como un catálogo ordenado de lo que constituye su esencia.

Civilización y barbarie

El western es una historia de conquista, y como toda conquista se realiza con violencia. El más fuerte impone su voluntad, y el violentado trata de defenderse con las mismas armas. Pero tras la avanzadilla llega la masa a tomar posesión del territorio, y pronto se comprueba que sobre la violencia es imposible edificar una comunidad, y es entonces cuando la ley hace su aparición.

Que ése es el tema central de la película de Ed Harris es evidente desde el primer momento. Antes incluso de que aparezcan los títulos de crédito vemos llegar tres jinetes a un rancho. Se trata del sheriff y dos de sus ayudantes que vienen a detener a dos hombres que asesinaron a un matrimonio. La ley llega a castigar a los culpables, y el sheriff exige su cumplimiento. Sin embargo esa ley es aún débil frente a la fuerza. El dueño del rancho coge su rifle y asesina a sangre fría a los recién llegados. Y entonces comienza la película, cuyo esqueleto no es otro que la narración del esfuerzo, con sus claroscuros, por invertir la situación de partida, por vencer a la barbarie.

La ley se convierte en el antídoto contra la violencia, aunque sus raíces no le sean ajenas. Hay que reparar en primer lugar en quiénes son sus defensores. La historia del western está llena de forajidos que cambian de bando y se ponen al servicio de sus antiguos perseguidores. Es más, en un mundo regido por la imposición de la fuerza, se requiere que el nuevo orden posea un brazo ejecutor que esté a la altura del enemigo. Se trata de contratar al tirador más rápido, al que menos escrúpulos posea, para asegurar la victoria.

Virgil y Everett son de esos. Mercenarios que ahora portan en su pecho la estrella del sheriff allá donde se les requiera. Pero en realidad lo que se expresa con su llegada es una lucha de poder, la cual adquiere la forma de lo respetable, aunque que continúa bebiendo de las mismas fuentes que aquello que combate. Ford estableció el canon al respecto cuando necesitó de un disparo desde la sombra para acabar con Liberty Valance y hacer posible así el triunfo de la ley.

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Lo que en estos parajes bárbaros se quiere imponer, bajo la imagen de la respetabilidad, no son normas de inspiración divina, no es el orden natural escrito en algún lugar. Todo es mucho más sucio. Es la voluntad de Virgil la que al expresarse toma el rango de ley, y cuando acepta el cargo de pacificador lo hace a condición de que se le entregue todo el poder sobre el pueblo y de que sus métodos sean incuestionables.

No es casual, desde esta perspectiva, el modo en que el nuevo sheriff viste. Más bien recuerda a un siniestro enterrador que ha llegado a destruir todo aquello que dificulte su tarea, sin atender a otras instancias. Sí, es cierto que retendrá a los acusados hasta la llegada del juez, pero eso no es más que un procedimiento que no resulta incompatible con la brutalidad que muestra en la cantina asesinando a los hombres de Bragg. El asesinato, su calificación como tal, depende del bando en el que se sitúe.

El orden que se está constituyendo es por lo tanto una convención que asegure la estabilidad más allá de culpas y agredidos. La justicia no es el criterio que acaba imponiéndose, y eso hace que un asesino pueda convertirse en un respetable ciudadano admitido incluso por aquellos que antaño le temían. El indulto que ha obtenido le convierte en dueño del pueblo y supone el desprecio al trabajo de los dos amigos. La ley y la justicia siguen caminos divergentes, y ésta última sólo tiene posibilidades de imponerse situándose al margen del orden establecido, sostenida por ideales que los nuevos tiempos no reconocen como propios.

Es lo que haría Virgil si no fuera un hombre ya cansado, y es lo que finalmente asume su amigo en una acción que perfectamente se corresponde con la que abre la película, la violencia que no respeta el nuevo marco legal que se ha instaurado, y que, si bien ahora no actúa por estrictos intereses personales, reproduce idénticos procedimientos.

En este mundo oscuro resplandece un tenue rayo de claridad, una acción que reordena las cosas, pero que se trata tan sólo de una gesta individual e inútil destinada a perderse en el vacío, como lo hace Everett alejándose hacia lo desconocido con su caballo.

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La mujer

El western es un género esencialmente masculino. La conquista de parajes desconocidos requiere afrontar incontables peligros, y precisa de tipos aguerridos que no retrocedan ante ellos. La brutalidad que se genera excluye la sensibilidad («los sentimientos te matan» sentencia Virgil), y la mujer, depositaria de esa sensibilidad en el imaginario colectivo, queda relegada a un papel muy secundario.

En alguna ocasión ha adquirido una relevancia casi equiparable a la del vaquero (y entre todas ellas destacan la Vienna (Joan Crawford) de Johnny Guitar y su rival Emma (Mercedes McCambridge), ambas con un aspecto andrógino incluso cuando se engalanan con sus mejores vestidos), pero por lo general su rol se circunscribe al ámbito doméstico en el que el vaquero manifiesta su torpeza, o le sirve de apoyo en sus gestas hasta el momento en el que lo ve marchar y queda, cual Penélope, a la espera de su regreso. Apoyo que es también solaz del guerrero, y ahí toma la forma de prostituta que calma sus ímpetus y le escucha en sus escasos momentos de sinceridad.

No se trata, entiéndase bien, de mujeres débiles. Su fortaleza puede manifestarse incluso en las mismas tareas que sus parejas realizan, y ahí está por ejemplo Caravana de mujeres para demostrarlo, pero su función no es en absoluto la misma. Ellas al final acaban canalizando todos sus esfuerzos en convertirse en la sombra que permanece siempre en un segundo plano, y sus aspiraciones son casi siempre crear un hogar y mantenerlo, ayudar al héroe pero tratar de apartarlo de su aventura. Son protectoras y regeneradoras.

A Appaloosa llega Allie. Desciende del tren, símbolo del progreso que viene detrás de la conquista, y sorprenden los ropajes un tanto fuera de lugar que viste, y que se ensuciarán con el polvo que inunda el pueblo. Es un ser extraño en un lugar inhóspito para lo que ella representa. Pero aparece en el momento adecuado, porque Virgil está llegando al final de su aventura.

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No sabemos de dónde viene, pero le intuimos un pasado esplendoroso, no sólo por su forma de vestir sino por el hecho de que es capaz de tocar el piano y el órgano. Un pasado que se ha tornado fragilidad.

Allí es un ser desvalido que intenta aferrarse a los asideros que se le presentan. El más seguro es Virgil, pero cuando éste desaparece no duda en sustituirlo, incluso tienta a su amigo Everett (quizá no está expresando otra cosa, como señala Everett, que su deseo de estar con el semental dominante, de garantizarse la máxima protección). Su esfuerzo delata el intento de construir un mundo convencional en medio del caos. Sostiene conversaciones comunes, las que tendría en cualquier otro lugar, se arregla el pelo, flirtea, sueña con recibir visitas… Y sobre todo compra junto a Virgil una casa en la que espera quedarse a vivir.

Las casas son otra referencia capital del cine del oeste. Son la antítesis de sus héroes, y finalmente, si no se produce antes la muerte, su lugar de retiro. Es la casa que acaba incendiando Tom Doniphon en El hombre que mató a Liberty Valance cuando comprende que ha perdido a su amada, y que por tanto ya no la necesita, y es la casa en la que no entrará Ethan Edwards al final de Centauros del desierto porque no tiene con quien compartirla, algo que sí harán los jóvenes, habitantes de un mundo que ya no es el suyo.

Alli y Virgil compran una casa a medio construir, como lo está su relación, como el mundo en el que viven (los carros que en segundo plano pasan portando maderas dan esa imagen de realidad en transformación) y ella se aferra a la ilusión por una vida distinta cuando pueda compartirla con su amado. La casa es cobijo, protección, estabilidad, lo que la mujer persigue, pero al mismo tiempo es una prisión que le corta las alas al vaquero errante, y que sólo cuando éste ya está cansado de su vuelo puede aceptar. Para un hombre que no recuerda haberle dicho nunca nada a una mujer, que considera los sentimientos una debilidad, que libera su tensión sexual con violencia hacia los otros, es muy duro verse de pronto en el trance de tener que elegir el color de las cortinas.

Pero finalmente claudica. Ha sido derrotado y asume su derrota. Su pierna maltrecha ya no le permite seguir la vida que hasta ese momento había llevado. Y ahora tiene a Allie, su refugio. Podría seguir a su amigo, aunque sólo fuese como una tentativa, pero declara que no quiere irse porque Allie no quiere hacerlo. El hombre libre es ahora un cautivo.

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Aquellos tipos duros

Poco a poco la película va recogiendo, aunque sea a modo de inventario, muchas de las constantes del género. Además de las ya señaladas y que conforman el eje central del relato, por allí vemos desfilar a los jinetes solitarios, al polvo de los caminos, a los niños que lo observan todo como testigos mudos; los pueblos perdidos con bancos y cantinas en las que ejercen su oficio prostitutas, trenes que llegan como conquistadores y anuncian tiempos nuevos, ríos que son frontera y amenaza, persecuciones, fogatas, indios, pueblos más allá de Rio Grande, entrando ya en territorio mexicano, tiroteos, duelos… y políticos de muy lejos que finalmente acabarán con este mundo.

Y sobre todo hay dos personajes que encarnan a dos tipos, que en realidad son uno sólo, perfectamente reconocibles en la mitología del western.

Son dos actores pero dan vida a un solo personaje en dos momentos distintos. Su diferencia de edad plasma también el transcurso del tiempo que media entre el vaquero joven y enérgico y el que ya se encuentra cansado de su deambular.

Ambos comparten sus características esenciales. En primer lugar su carácter apátrida: no tienen un lugar al que pertenecer. Acuden allí donde se les reclama y están prestos a partir cuando su trabajo termina. Así era al menos antes de llegar a Appaloosa. Su actitud es profesional, y en ella se encierra el gusto por la aventura, la huida de la rutina. Es por eso que Everett abandonó West Point al comprobar que lo que allí se le prometía le resultaba poco excitante.

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Pero por encima de todo está su lealtad mutua, que no flaquea ni siquiera cuando está en juego la vida. Es una lealtad profesional, pero también lo es personal, y va más allá de sentimientos o amoríos. Se muestra en primer lugar cuando Everett rechaza a Allie, y el argumento para justificar su rechazo es que ambos están con Virgil, poniendo al mismo nivel su amistad y el supuesto amor de la mujer. Incluso Virgil, cuando aquél le cuente lo sucedido, le creerá antes que a la mujer. Más tarde, cuando el sheriff enamorado libere al prisionero para salvar a su amada, Everett no juzgará esa decisión y seguirá junto a su amigo. Y de algún modo esa confianza debe ser devuelta aunque el pacto sea implícito: la mirada de odio que lanza Virgil al infinito es tanto un deseo de detener al fugado como la expresión del compromiso que le une a su compañero.

Sin embargo Virgil ya no es Everett. A la diferencia de edad hay que sumar su forma de vestir, de moverse (o ese recurso al más joven cuando alguna palabra no le viene a la mente, sutil pero precioso para marcar sus diferencias), y el modo en que el director nos presenta a ambos personajes. Siempre que se puede se acentúa la distancia física entre ellos, como cuando ocupan posiciones alejadas dentro de la cantina o incluso en planos a diferente altura. Virgil ha envejecido y ya no es capaz de hacer lo que hacía, es decir, lo que Everett aún puede y quiere asumir. La rodilla destrozada de Virgil, mientras su compañero salió indemne del tiroteo, es la representación visual de su impotencia.

Esa impotencia se extiende a la manera de resolver la situación final. La indignación de ambos es la misma ante la liberación y recalificación moral del antiguo bandido, y el sentimiento de justicia vulnerada es idéntico en los dos. Pero Virgil no es capaz de reaccionar como sí lo hará su amigo. A él le ha llegado la hora de la aceptación, de la resignación. El viejo aventurero necesita ahora un báculo en el que apoyarse, el que ha encontrado en Allie, tan distinta de las prostitutas que frecuentaba antes y que siguen siendo la compañía de Everett.

Es por eso que será éste quien tenga que restablecer el orden, colocar las cosas en su sitio, y quien abandonará el pueblo una vez realizado el trabajo para el que se los contrató en busca de nuevas aventuras, de esa vida excitante que compartía con su amigo y que ahora tendrá que perseguir en solitario, hasta que finalmente encuentre una mujer y una casa en las que hallar el reposo.

Appaloosa es la historia del western.

Escribe Marcial Moreno  

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