Sukiyaki Western Django (2007), de Takashi Miike

  16 Noviembre 2019

Una locura pop revestida de comedia

sukiyaki-western-django-1Podemos empezar hablando de tal inusual título. Tres significados:

1) El sukiyaki es un plato japonés dentro del estilo nabemono. Este consiste en carne o en la versión vegetariana hecha de tofu, cocido a fuego lento o hervido en la mesa, junto con vegetales y otros ingredientes, en una olla poco profunda en una mezcla de salsa de soja, azúcar y mirin.

2) El western no tiene misterio: aquí y en Japón es un género cinematográfico perenne.

3) Django es una película hispano-italiana de 1966, escrita, producida y dirigida por Sergio Corbucci y protagonizada por Franco Nero en el papel principal (el film sirvió de base para la más exitosa versión dirigida en por Quentin Tarantino en 2012 y que se estrenó en cines con el título de Django desencadenado).

Mezclas todo bien fuerte con las dosis justas de humor y violencia e incluso con un cameo del mismo Tarantino y tendremos uno de los cócteles más salvajes y adictivos del cine oriental en lo que llevamos de siglo XXI.

Nos hallamos ante una película llena de ideas y vitalidad. El spaghetti (o más bien macarroni) western es de hecho un cúmulo de citas e inspiraciones, pero también va mucho más allá del homenaje banal. Si este género, que tuvo a Sergio Leone como tótem, fascinó al público de todo el mundo, qué decir de Takashi Miike, un director impredecible cuya producción y fertilidad ya no son dignas de mención.

El cineasta japonés, aunque no es muy conocido en nuestro país, pasa por ser uno de los puntales festivaleros cuando se trata de propuestas extremas y diferentes. Este mismo año 2019 se personó en el Festival de Cine de San Sebastián para presentar su último trabajo, que lleva por título First Love, pero su nicho de aplausos y elogios en nuestro país siempre ha sido el Festival de Cine Fantástico de Sitges, quienes desde un principio atisbaron las posibilidades del realizador y fueron proyectando sus éxitos más emblemáticos, como Audition, La espada del inmortal, Ichi the killer, 13 asesinos, Llamada perdida, Dead or Alive o el western que hoy comentamos. Quien esto firma tuvo la oportunidad de descubrir esta joya en dicho certamen, en un pase de medianoche difícil de olvidar, allá por el año 2007.

Uno de los pilares en los que se cimenta esta reivindicable obra es la mezcla apabullante de impresiones yukio-e (un género de grabados realizados mediante xilografía o técnica de grabado en madera, producidos en Japón entre los siglos XVII y XX, entre los que se encuentran imágenes paisajísticas, del teatro y de zonas de alterne); el cine chambara (películas de samuráis) y los más actuales animes y mangas que despiertan la imaginación de grandes y pequeños.

De la unión de estos universos distantes, tanto geográfica como históricamente, nace este trabajo extremadamente divertido y despreocupado. Una verdadera locura pop revestida de comedia de entretenimiento demente que, sin embargo, no carece de una cuidadosa calidad estética.

Por otro lado, detrás de la cámara hay un director que a lo largo de los años nunca ha mostrado temor alguno a la hora de sumergirse en ningún tipo de proyecto (televisión, cine, digital, horror, acción, drama...). Algunos le achacan que su cine es demasiado extremo y que está impregnado de violencia supina; una apología de lo cafre, vamos.

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Incluso si lo fuera, ya hemos aprendido que el trabajo de Takashi Miike tras las cámaras merece ser leído en líneas más profundas que las de la superficie. También porque, si se limpia del polvo de los escenarios occidentales, esta película es en todos los aspectos una comedia; tanto que el género, incluso el musical, ya había sido manipulado por la mente del director japonés en la delirante Felicidad de los Katakuris (2001), quizás el pariente más cercano de este Sukiyaki en su filmografía.

Y una vez más, la dirección de Miike es tan impredecible como divertida. Él arroja al alucinado espectador un poco de todo. Eso sí, sin descuidar nunca los aspectos formales, proponiendo y a veces demoliendo las características estilísticas del género y dándonos una película que ciertamente no es perfecta, pero que igualmente es imposible de atacar y crucificar.

Al lado de la monumentalidad de otras de sus películas, como Izo o Big Bang Love, Juvenile A (dos de sus obras más complejas y profundas), la naturaleza despreocupada de Sukiyaki no necesariamente tiene que ser motivo de desprecio, sino más bien de renovada atención al joven género del pop japonés.

La trama no tiene desperdicio: estamos en plena Guerra Genpei, un conflicto armado en el que los clanes rivales Minamoto y Taira se enfrentaron en el año 1.100 en Japón. Cuando la tensión llega a un punto insostenible, un pistolero sin nombre aparece por las calles polvorientas de la ciudad de Yuta para impartir justicia. Dada su pericia y buen manejo del revólver, ambos clanes intentarán hacerse con sus servicios, lo que derivará en un espectacular derrame sanguinolento.

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Pero esta escueta sinopsis es una mera excusa para expandir un universo propio en el que tienen cabida una ingente cantidad de referencias culturales. Para muestra un par de botones: cuando el sheriff está hablando con el personaje del viejo al que da vida Quentin Tarantino, se refiere a su hijo Akira, y Tarantino responde: «cada vez que escucho ese nombre me toca el corazón, qué puedo decir, siempre he sido un otaku del animé» (argot japonés para una persona que es fanática del animé, el manga y los videojuegos y la cultura japonesa), una clara referencia a la clásica película de animé Akira (1988). En otro momento del film, uno de los bandidos llama a dos de sus secuaces Ichiro y Matsui, siendo ésta una referencia directa a dos conocidos jugadores japoneses que militaron en la MLB (Liga de Béisbol de EEUU).

Si Hasta que llegó su hora de Sergio Leone se considera una oda al western americano con todos sus elementos fundamentales, todos perfectamente empaquetados en un paquete de esplendor visual de 3 horas y media, el Sukiyaki Western Django de Takashi Miike es una oda al western italiano de principio a fin, con todo el estilo, la violencia y el sonido que Leone aportó al arte del cine y Sergio Corbucci utilizó para crear su obra más famosa, Django.

Una auténtica fiesta visual donde imagen y música (una mezcla de Morricone y rock ligero japonés firmada por Koji Endo, que es una auténtica gozada) convergen en una visión propia y muy original. Una verdadera joya.

Escribe Francisco Nieto

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