Lejos de los hombres (Loin des hommes 2014), de David Oelhoffen

  12 Noviembre 2019

Contra el destino

lejos de los hombres-1El director y guionista David Oelhoffen asume el difícil ejercicio de hacer una película a partir del cuento El huésped de Albert Camus. Este texto, junto a otros cinco, forma parte de El exilio y el reino, publicado en 1957. Año en el que se le concede el premio Nobel de Literatura, reconocimiento que le llega muy poco tiempo antes de su muerte.

Es la época, por lo demás, de mayor madurez intelectual y dominio de los recursos narrativos del escritor. En cada uno de los cuentos, aunque complejos temáticamente, Camus nos invita a reflexionar sobre grandes cuestiones de interés para la humanidad, tales como la fraternidad, el orden moral, la identidad, la solidaridad, el honor o la amistad. Asuntos que aborda desde la óptica de su condición de escritor, periodista, filósofo e incluso corresponsal de guerra, tarea que desempeñó durante los primeros años de conflicto por la independencia de Argelia, su país natal.

Estas breves notas son fundamentales para entender la obra citada y, en especial, El huésped, porque en él se tratan algunas de las cuestiones citadas. Además es el cuento en el que se inspira Oelhoffen para escribir el guión de la película Loin des hommes, en castellano Lejos de los hombres (2014), de la que nos ocupamos aquí. Las dudas identitarias y conflictos internos que experimenta y formula el protagonista, es la materia gris que el escritor trata de desarrollar filosóficamente en El huésped y el director francés se propuso plasmar en la pantalla con mucha lucidez en su segundo largometraje (Reencuentro se había estrenado en 2007).

Es obvio que la adaptación del cuento es un tanto libre pues, entre otros detalles no menores, el director plantea la película con estructura y estética propias del western. Arranca la película con un barrido en plano general sobre las áridas montañas del Atlas africano, remitiendo así a los paisajes en los que se ambienta el cine clásico del oeste. El movimiento de cámara se para y acerca a un pequeño edificio que aparece al fondo del plano y que resulta ser una escuela, no el típico rancho ni la cantina. A su alrededor se ve a niñas y niños jugando en el descanso de las lecciones impartidas en aquel solitario edificio.

Nos presenta así el escenario por donde transitarán los personajes tratando de resolver sus conflictos internos, cuya resolución confiere interés al hilo narrativo del film. Es como si el director quisiera transferir a esos conflictos la grandiosidad de los paisajes que envuelven la acción de los personajes centrales. Por cierto, del protagonista no sabemos casi nada, salvo que le da clase a un grupo de chiquillos y del antagonista que es un tipo fuera de la ley.

Un día de 1954, año en el que se sitúa la acción y el inicio de la guerra de la independencia de Argelia, el maestro ve a través de la ventana de su clase que vienen a traerle el grano y las tortas que luego distribuirá entre sus alumnos. Los repartidores ponen en conocimiento del maestro que por los alrededores se están produciendo altercados violentos, incluso han degollado a un maestro. Le ofrecen la posibilidad de acompañarlo hasta una zona más segura, pero se niega a abandonar su escuela y a sus alumnos. El compromiso con la nueva causa no le permite rendirse ante los riesgos.

Pocos días más tarde, mientras prepara leña para la estufa, ve acercarse a caballo a un grupo de milicianos que traen maniatado a un joven. Le piden al profesor que custodie al muchacho y lo entregue en la comisaría próxima de la ciudad de Tinguit. Dicen del desconocido, sus captores, que ha asesinado a un primo y, según el código de honor imperante, cuando lo encuentren los familiares lo ahorcarán. Por tanto, lo mejor es entregarlo en la gendarmería para que sea juzgado conforme a las leyes civiles.

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De este modo se plantea otra disyuntiva típica de las películas del oeste, los personajes deben adoptar decisiones que abocan a juicios morales alternativos. La mayoría de estas disquisiciones, remedando al citado género, se hacen en el transcurso de un recorrido: hay un héroe al que le proponen salvar a un villano acusado de asesinato. Encargo que va a implicar un viaje por un paisaje agreste y peligroso, en el que tendrán que superar y repeler emboscadas gracias a la pericia militar del protagonista. No nos propone una persecución a caballo como en los clásicos, sino que los dos personajes caminan por entre las rocas de las montañas, y Oelhoffen lo cuenta con sobriedad pero creando tensión en el relato por lo incierto del desenlace.

Tenemos así a los dos personajes sobre los que reposa la trama de la película. De una parte está el maestro, antiguo mando del ejército francés, descendiente de andaluces e hijo de colonos ocupados en la cosecha del esparto. Ahora se encarga de alfabetizar a unos chiquillos que viven en una región muy pobre y despoblada, ocupación que no disipa sus dudas respecto al bando al que pertenece. No solo les enseña a leer y escribir, en árabe y francés, también como ya se ha dicho, les reparte alimentos. Es Daru, el protagonista, personaje interpretado con sobriedad y de modo muy convincente por Viggo Mortensen, que muestra en esta película sus muchos registros.

Le da la réplica el personaje Mohamed (en el cuento se alude a él como «el árabe»), que interpreta magníficamente el actor Reda Kateb. Es el huésped de Daru, el presunto asesino y al que ha de custodiar hasta entregarlo a la justicia en Tinguit. Mientras tanto, no sin riesgo para ambos, ha de acoger en la escuela y alimentar. En definitiva, dar hospitalidad a un desconocido quien, tal vez no hace mucho, era también enemigo del ejército invasor y del que Daru fue un mando.

Sin embargo, es bajo el techo de la escuela donde desaparecen las diferencias identitarias y el maestro cuida y aconseja al joven que le han confiado. Incluso lo inicia en las artes amatorias, pues en el trayecto hacia la comisaría paran en un desvencijado saloon  regentado por la señorita Martínez (Ángela Molina).

La relación entre ambos personajes evoluciona a lo largo del metraje de la película. Pero lo que pasa entre ellos lo hemos de deducir de sus gestos y cruce de miradas, pues palabras, en verdad se cruzan muy pocas. Acceder a sus diálogos, muchas veces solo insinuados, nos es posible gracias a los extraordinarios planos y contraplanos conseguidos por el director de fotografía Guillaume Deffontaines. A este clima de entendimiento y comunicación de emociones fuertes a los espectadores, contribuye la envolvente y apacible banda sonora   compuesta por Nick Cave y Warren Ellis.

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En los diálogos no hay imposición por ninguna de las dos partes. Así que llegados a un punto en el camino hacia Tinguit, aparece una senda que lleva al desierto donde, le asegura el maestro al joven, le van a acoger y cuidar, lo cual le va a permitir conservar su libertad. Mientras que si continúa por el camino llegará a la comisaría y allí lo meterán en la cárcel. Tras la explicación, la disyuntiva respecto a su destino la ha de resolver Mohamed. De modo que Daru se da madia vuelta para regresar a la escuela. Es el momento de máxima tensión dramática, pues los caminos señalan otras tantas alternativas morales y vitales para Mohamed. Tomar uno u otro camino, con destinos tan distintos, es responsabilidad exclusiva de quien carga con el peso de un presunto asesinato.

La integridad moral del protagonista ya había quedado bien clara en varios momentos de la narración. Quizá uno de los pasajes más expresivos, sin duda porque ya conocemos algo más del pasado de Daru, es cuando les echa una reprimenda al grupo de militares franceses por disparar y asesinar a hombres indefensos. Un grupo de colonos, al verse descubiertos y en minoría ante los militares, tiran sus armas y levantan los brazos para entregarse. Pese a esta actitud, son tiroteados y rematados en presencia de Daru y el árabe. Acción recriminada con contundencia por el exjefe del ejército y ahora maestro, pues es una transgresión del código de honor, tan bien representado por el sheriff en las películas del oeste. 

Desde el principio la película logra atrapar el interés del espectador, tanto por el desgarro emocional de los personajes como por lo agreste de los paisajes en los que transcurre la acción. Se muestran muchas cuestiones, pero a través de la mirada de los personajes o de la cámara se dan a entender muchas más, y algunas de indudable actualidad. Esta segunda lectura, sin duda, la propicia en mayor grado la película que el texto, como se pone de manifiesto en la decisión que toma Mohamed ante la bifurcación de caminos. De alguna forma se opone a lo inexorable del destino, lo cual no deja de ser un recurso épico con el que se adornan la mayoría de los westerns. Subterfugio narrativo presente incluso en las películas de la fase menos pujante del género como en las de Sam Peckinpah o Clint Eastwood.

Aunque hay diferencias importantes entre el cuento de Camus y la película, el guión escrito y macerado durante algunos años por Oelhoffen, da como resultado una película de indudable interés, pese a que en taquilla no funcionó nada bien. Los cronistas dicen que esta circunstancia no es tanto por la película como por lo osado del planteamiento que hace el director y porque se estrena poco antes del terrible atentado en París sobre la redacción del Charlie Hebdo en enero de 2015.

En cualquier caso, la película recibió numerosos premios y reconocimientos en festivales como el de Venecia, Toronto, Roma o Múnich, entre otros. Más allá de los premios, el film de David Oelhoffen nos brinda la oportunidad de repensar, desde claves históricas, algunos de los conflictos de la sociedad de nuestros días. Sólo por esto, bien vale la pena dedicarle el tiempo y la atención que nos reclama tanto la estética como los problemas planteados en la película.

Escribe Ángel San Martín

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