Espartaco (Spartacus, 1960)

  06 Octubre 2019

Sueños de libertad

Porque la especie humana me han dado por herencia,espartaco-11
la familia del hijo será la especie humana.

Miguel Hernández

Un escritor universal e intemporal, como todos los grandes escritores, escribió que el hombre rebelde es aquel que dice no. De eso trata Espartaco (1960), de Stanley Kubrick: de decir no. No a las injusticias, no al sometimiento, no al poder.

¿En dónde reside la permanencia de una película como Espartaco? ¿Por qué nos sigue emocionando décadas después de su estreno? Como toda obra artística de valía, ya sea el Quijote de Cervantes, la Novena de Beethoven o Los comedores de patatas de Van Gogh, Espartaco se adentra en la condición humana, en sus luces y sus sombras. Desde la lucha de unas personas por conseguir la libertad a la crueldad de los poderosos que cercenan cualquier intento de emancipación.

Espartaco nace del anhelo de Kirk Douglas de llevar la novela homónima de Howard Fast a la gran pantalla. Fast pertenecía al Partido Comunista de Estados Unidos (formación política que abandonará en 1956, en protesta por la invasión soviética de Hungría) y empezó a escribir la obra en 1950 cuando estaba encarcelado, después de ser perseguido que el Comité de Actividades Antiamericanas, como le ocurrió a tantos artistas de izquierdas. Douglas compró la novela, cuyo guion lleva la firma de otro intelectual muy progresista, Dalton Trumbo (al igual que Fast, incluido en la lista negra de McCarthy).

En principio, el filme lo iba a dirigir el prestigioso y experimentado Anthony Mann, pero Douglas (también productor) consideró que el papel que él tenía en el largometraje carecía de fuerza, y decidió contratar al joven Stanley Kubrick, con el que ya había trabajado en Senderos de gloria (1957). Douglas llamó a Kubrick y le pagó 150.000 dólares.

El reparto, con el propio Douglas en el papel principal, fue de auténtico lujo: Laurence Olivier como Craso, Charles Laughton como Graco, Jean Simmons como Varinia, Peter Ustinov como Léntulo Batiato, Woody Strode como Draba, Tony Curtis como Antonino, John Gavin como Julio César. Se rodó a lo largo de 167 días en los siguientes lugares: en un solar de la Universal Studios, en el municipio madrileño de Colmenar Viejo y en el Valle de la Muerte, en California.

Llama la atención en Espartaco el equilibrio entre escenas de lucha física (batallas entre gladiadores, o los enfrentamientos entre el ejército romano y los esclavos sublevados), que estarían dentro del ámbito sociopolítico (el poder que determina unas prácticas que cuestan la vida de bastantes seres humanos; la rebelión de los humildes frente a un sistema dictatorial y esclavista; la represión armada para sojuzgar el movimiento libertador), y dentro de esta misma esfera, las luchas políticas en las élites dirigentes romanas, personificadas en los diversos planteamientos de Craso y Graco; y junto con estas escenas sociopolíticas, las de marcado carácter romántico entre Espartaco y Varinia. Sus cruces de miradas son inolvidables, como los de Bergman y Bogart, en Casablanca (1942); Valli y Granger, en Senso (1953); Winger y Hopkins, en Tierras de penumbra (1992); Villamil y Darín, en El secretos de sus ojos (2009).

Hay una secuencia bellísima, con Varinia y Espartaco tumbados en un prado (qué aliento petrarquista, renacentista, posee este espacio) y, mientras se acarician, el hombre rebelde le dice a su compañera de manera sensual: «Quiero recorrer todas las líneas de tu cuerpo». Y junto con el romanticismo de los enamorados, el fulgor de los versos que recita Antonino a los combatientes, como hiciera Miguel Hernández delante de los luchadores republicanos en el frente de la Sierra de Madrid en 1936 y 1937.

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Kubrick fue un genio, ya fuese rodando escenas bélicas o intimistas, políticas o amorosas, colectivas o individuales. Esta vertiente polifacética, multitemática de su cine (presente en la mayoría de sus filmes, aunque quizá sea en Barry Lyndon donde de forma más brillante se plasmó) se encuentra también en otros maestros del séptimo arte: Ford, Visconti, Kurosawa.

En una película tan grande como Espartaco resulta difícil seleccionar las escenas predilectas. Personalmente me quedo con tres que han trascendido la propia película para quedar como momentos inolvidables de la historia del cine.

La primera se corresponde con la batalla en la arena, cuando Draba perdona la vida a Espartaco, pese a tenerle a su merced, acto que va seguido de su propia muerte. Draba entiende que el enemigo no es Espartaco, que es un compañero, un esclavo como él, sino los propios romanos que abusan continuamente de ellos. Su humanista acción simboliza la bondad de los individuos. Enlaza con la portentosa escena de Blade Runner (1982) en la que Roy salva a Deckard. 

El segundo momento mágico vendría cuando los combatientes que han peleado al lado de Espartaco, una vez vencidos, al pedir los generales romanos la identidad del libertador, pronuncian, uno a uno: «Yo soy Espartaco», «Yo soy Espartaco», «Yo soy Espartaco», «Yo soy Espartaco»…, en una de las mayores muestras de solidaridad que haya dado el arte. En el fondo, Espartaco eran todos esos anónimos luchadores por la libertad, como Pedro Rojas, en el poema de Vallejo, simbolizaba a todos los sinceros y humildes defensores de la II República Española.

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La tercera escena sería el cierre de la película, la despedida, con Varinia, cuyos brazos sostienen al bebé, mirando enternecida a un Espartaco crucificado. Un hombre que muere por la libertad de su hijo, por la libertad de los hombres futuros.

El rodaje de Espartaco no estuvo exento de tensiones. Los temperamentos de Kubrick y Douglas chocaron a menudo. El actor llegó a afirmar: «Algún día será un buen director si, por una vez, se enfrenta a un fracaso. Eso le enseñará a transigir». Trumbo introdujo modificaciones en el guion prácticamente a diario, un guion que a Kubrick no le satisfacía, e que incluso tildó de «insípido». El director hubiera preferido un enfoque más realista. El afán detallista de Kubrick se mostró en la numeración de los esclavos asesinados (hubo centenares de extras), a los que dio instrucciones sobre cómo debían permanecer en la tierra.

La escena del baño, donde Craso intenta seducir a Antonino, se eliminó del montaje original. Sí apareció en la versión restaurada de 1991, en la que Anthony Hopkins puso voz al relevante senador romano. El filme original se estrenó el 7 de octubre de 1960. Ese mismo año, el 4 de enero, fallecía en accidente de tráfico un escritor gigantesco que había nacido en Argelia y vivido en Francia. Su literatura poseía una proyección universal, no entendía de fronteras. Era demócrata y anarquista. Entre los papeles de su cartera encontraron el manuscrito de El primer hombre. Tiempo atrás, a principios de los 50, había escrito que el hombre rebelde es aquel que dice no. Se llamaba Albert Camus y, aunque no llegó a ver Espartaco, en este filme latía la lucha por la dignidad y la libertad que recorrió toda su obra literaria.

Su cadáver estaba lleno de mundo.

César Vallejo.

Escribe Javier Herreros Martínez


Bibliografía consultada

Duncan, Paul: Stanley Kubrick, Colonia, Taschen, 2003.

Baxter: Stanley Kubrick: Biografía, Madrid, T&B Editores, 1999.

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