Huida a medianoche (Midnight run, 1988) de Martin Brest

  10 Abril 2019

Air, rail and road movie

huida-a-medianoche-1Todo para triunfar. Esta película lo tenía todo para triunfar y en cierta medida así lo hizo: estaba dirigida por Martin Brest, un realizador en la cresta de la ola después de reventar las taquillas con Superdetective en Hollywood; un protagonista como Robert de Niro, en perfecta dupla con Charles Grodin que le ganaría por la mano al italoamericano el premio al mejor actor en el festival de Valladolid, y un género muy querido por el gran público, el de las road movies, aderezado con tintes de western moderno, las películas de colegas y la épica de los cazarrecompensas.

Sin embargo, y aunque no fue ni muchísimo menos un fracaso, la película adquirió su verdadera dimensión años después de ser estrenada. Huida a medianoche es una de esas obras que acumulan prestigio con el paso de los años. Pasó de ser filme de culto a finales de los noventa a monumento remember ochentero en la segunda década del nuevo milenio. La prueba de su actualidad es que acaba de ser editada en blu-ray con ocasión de su treinta aniversario, y hemos tenido que esperar hasta julio de 2018 para ver un making of  aderezado con un libreto de 28 páginas con suculentas revelaciones.

Es, por tanto, una película que sigue viva hoy día, y que adopta un rol distinto en cada una de sus edades, sin perder su grandeza en cada una de ellas.

Martin Brest ¿Un director maldito?

Brest parecía destinado a la gloria como realizador; este niño prodigio de las matemáticas comenzó muy pronto su carrera y con 22 años hizo un corto, Hot dogs for Gauguin, que ha merecido figurar en el Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos para ser preservada como «tesoro artístico, histórico o cultural». Con 26 años dirigió su primer largo, Hot tomorrows, que pasando sin pena ni gloria, fue suficiente para abrirle las puertas de la Warner.

Así que tan sólo dos años después, esta gran productora lo puso a los mandos de Going in style —una película menor que ha tenido remake en 2017—, con la que ya apuntó maneras, estilo y temática: un filme de acción, atracos, persecuciones y con personajes desubicados y rebeldes. Un cóctel muy del gusto de John Landis, que lo adoptó como pupilo e incluso le dio papeles de actor en su película Espías como nosotros.

El influjo de Landis puede rastrearse a lo largo de su carrera: ambos se han turnado en dirigir entregas de una saga —Superdetective en Hollywood— e intercambiado actores, pero lo más llamativo ha sido la impronta estilística. Hay películas que podría haber dirigido cualquiera de ellos, y no en vano ciertos momentos de la Huida a medianoche recuerdan a la también mítica Granujas a todo ritmo (The blues brothers) otra road movie en la que destaca, por encima de la temática, su libreto musical.  

Pero Brest empezó también muy pronto con su decadencia. Algunos avisos de que la industria no le permitiría resbalones y sobre todo, rebeliones, llegaron con su efímera participación en Juegos de guerra, el clásico de los 80 que encumbró a Matthew Broderick y que se encargó de dirigir John Badham en sustitución de Brest. Contrariamente a lo que pudiera parecer viendo su cine más exitoso, Brest pretendía hacer una película mucho más oscura de lo que al final pudimos ver, pero los grandes estudios optaron por una cinta de aire netamente adolescente.

Algún otro conato de rebelión produjo su elección de Grodin como consorte de De Niro: la Paramount quiso poner a Robin Williams y ante la negativa de Brest, la productora abandonó el proyecto. Por suerte, Universal compró los derechos y —sin desmerecer a Williams— dejó claro que Grodin era más que adecuado para el papel. No obstante, estos enfrentamientos llegaron a situarlo en la famosa lista negra de directores conflictivos de Hollywood.   

Brest también pasó a la historia trágica de la cinematografía con su particular descenso a los infiernos en la lista de resultados de taquilla, con uno de esos títulos que podrían haber aparecido en la lista de grandes fracasos del cine: Gigli, con Ben Affleck y Jennifer López costó 74 millones de dólares y sólo recaudó 7. Desde entonces, Brest está desaparecido, oculto... como el Duque, el contable al que da vida Charles Grodin.

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Algo más que una road movie

Hay una serie de características canónicas para establecer que un filme pueda considerarse road movie. La principal, sin duda, es que describa un largo viaje, aunque no es necesario que sea por carretera ¿Es Nemo, de Pixar, una road movie? La respuesta es que sí, sin duda, porque a pesar de situarse en el fondo marino, cuenta con el resto de características que la definen.

En primer lugar, el viaje sólo accidentalmente refiere a un traslado geográfico. En realidad, éste es la metáfora del descubrimiento, generalmente de un crecimiento interior, y suele darse en la interacción de varios protagonistas.

Es menos habitual que una road movie se centre en el viaje de un solo personaje, y cuando lo hace, éste es más bien un vector para mostrar toda una paleta de aspectos humanos, como podría ser el caso de Una historia verdadera, de David Lynch.  

Huida a medianoche es una road movie clásica en el sentido en que transcurre generalmente en ruta, pero ya aquí intenta tomar un poco de distancia con el formato clásico de asfalto, dado que gran parte de sus escenas se desarrollan en otros medios como el avión y el tren.

La película de Brest es también un coast to coast americano en toda regla, de Nueva York a Los Ángeles, y no parece que el viaje pudiera desarrollarse en sentido contrario, porque la idea es mostrar el cambio de la oscuridad a la luz.

En este sentido, podría decirse que toda la trama comienza a fraguarse en Chicago, ciudad donde, atrapados por las redes clientelares de la mafia, ambos protagonistas forjaron su oscuro destino. Pero el viaje propiamente dicho transcurre desde el frío de la Nueva York del noreste al luminoso paraíso angelino del sudoeste. Como veremos, no parece siquiera que la ciudad de destino haya sido dejada al azar.

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Y es que con respecto al «descubrimiento interior» arquetípico de las road movies, la película se centra en la relación de dos personajes —interpretados por De Niro y Grodin, con una química increíble— absolutamente opuestos pero que acabarán haciéndose amigos en una síntesis superadora que se desarrolla en la dialéctica del viaje, plagada de discusiones, enfrentamientos y reconciliaciones, y que se muestra en el intercambio final de regalos.

No podemos dejar de señalar que quizá uno de los primeros antecedentes de la estructura narrativa de las road movies sean novelas como El Quijote, en las que se narra una progresiva identificación o transformación de los personajes. Es la famosa sanchificación de Quijano y la quijotización de Sancho. En Huida a medianoche y salvando las distancias con el tópico cervantino, se produce una transformación parecida: el realista y desapegado cazador de hombres se encuentra con un temerario idealista que ha puesto en riesgo su integridad robando a los ricos para dárselo a los pobres. Dado este choque, resulta difícil imaginar que no se produzcan sinergias o cambios profundos en ambos contendientes. Veamos, pues, cómo se produce.   

Jack Walsh (Robert De Niro) es un ex policía reciclado en cazarrecompensas por asuntos turbios de narcotráfico en los que no quiso implicarse. Recibe el encargo de detener a Jonathan Mardukas «el Duque» (Charles Grodin), contable del mismo mafioso que ocasionó el destierro de Walsh. En un principio es tal la animadversión mutua, que Walsh ni siquiera habla con el logorreico Mardukas. Éste no ignora la misantropía de Walsh e intenta aprovecharse de ello, sacándolo de quicio constantemente para ver si comete un error.

Poco a poco, la insistente inquisitoria del Duque va haciendo mella en la impenetrable actitud de Walsh: una broma, del contable imitando al cazarrecompensas, destensa la cuerda y afloja el nudo. Walsh se abre por primera vez y conocemos su historia. No resultaría injusto calificar de redentor el interrogatorio de Mardukas: actúa como una especie de terapeuta para Walsh, y le ayuda a afrontar sus dudas y miedos, liberándolo de su amargo encierro en sí mismo. Pareciera que se nos ha rebelado la humanidad de Walsh, pero en realidad se nos muestra la grandeza de Mardukas, un tipo íntegro, sensible, coherente, desubicado profesionalmente en la asesoría contable de un mafioso y que busca redención en las obras benéficas, pero también, quizá, en reparar lo hecho a una víctima directa de su antiguo jefe.

Walsh se humaniza a lo largo del filme, se abre a su familia y —presumiblemente— cambia de profesión. Mardukas, casi como un ángel que se ha ganado sus alas, desaparece en medio de la multitud cuando ha cumplido su misión: liberar al hombre que lo mantenía a él prisionero en más de un sentido.   

La simbología aquí está muy presente: Walsh no sólo libera a Mardukas precisamente en la ciudad de Los Ángeles, sino que —otorgando al Duque el control sobre su tiempo— le regala a Mardukas un reloj que se para si no le da cuerda. Mardukas no sólo le concede a Walsh por primera vez su silencio —como si el viejo cazarrecompensas ya no necesitara conciencia—, sino que le da un cinturón con dinero que le facilita una libertad redentora: ya no tendrá que dedicarse a la caza del hombre.

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El humor, el humor...

Pero lo que realmente caracteriza Huida a medianoche es el tratamiento humorístico de una realidad dura. El trasfondo dramático de testigos protegidos, cazarrecompensas que malviven con un trabajo indigno y peligroso, contables de mafiosos con conciencia moral y familias rotas por una cuestión económica —y probablemente sea ésta la situación más terrible, con un Jack Walsh que ve cómo su mujer se divorcia de él y se empareja con un corrupto, haciendo doblemente cruel su derrota, sobrevenida por el triunfo de su integridad—, se sobrellevan por la deliciosa ruta de despropósitos y confusiones a cargo de la usurpación de la personalidad del agente Alonzo Mosely (un espectacular Yaphet Cotto), la torpeza de los ayudantes de Serrano y del rival de Walsh (John Aston en el papel de Marvin Dorfler) y sobre todo las complejidades de la personalidad de Mardukas, que pasa por ser un contable anodino siendo en realidad un estafador de alto calibre.

Mardukas no sólo tima a Serrano en la contabilidad: aparece como un actor de primera al engañar Walsh con su miedo a volar y además, demuestra conocer las más refinadas tácticas del tahúr cuando idea un plan para sacar dinero supuestamente falso de la caja de un restaurante. Uno de los chistes más sutiles de la película se pierde con la versión española de esta escena, a cuenta del apellido «Red» del responsable del negocio. Mardukas le pregunta en la versión castellana si «fabrica redes», cuando lo que en realidad sugiere en inglés es que quizá sea comunista. La cara de asombro del dueño lo dice todo con respecto a lo acertado de la táctica: Mardukas ha conseguido distraer doblemente al incauto para llevarse el dinero al bolsillo.

De Niro tiene sus momentos de gloria, como hemos dicho, en su doble persecución con Mosely. Le roba la documentación y se hace pasar por él, imita sus movimientos y se permite dejarle recaditos con las gafas de sol. Walsh no sólo es perseguido físicamente por Mosely. También lleva la delantera en cuanto a la utilización de su nombre: éste le abre todas las puertas y acaba dejando al agente del FBI con un palmo de narices en cada ocasión en que llega tarde. La culminación de la paciencia de Mosely se da en la detención y asalto del tren, cuando uno de los revisores le habla de Walsh como un agente cuyo verdadero nombre es Alonzo Mosely.

Huida a medianoche es un tobogán emocional. De la risa pasamos a la tensión, la amenaza y la emoción casi sin solución de continuidad. Una de las pocas escenas tristes alcanza una hondura sincera: Walsh visita a su familia y su hija muestra su amor con un gesto sencillo, pero muy emotivo. Apenas transcurre un minuto antes de que la película gire a policíaco clásico, se torne intimista —cimentando su fama como Buddy movie, película de colegas— y acabe por desembocar en una persecución intensa, intensidad ésta que debe rebajarse con gotas de humor para no caer en un uso exclusivo de la pirotecnia.

La película acaba con un chiste, como no podía ser menos, después de haber alcanzado la culminación emotiva, en ese extraño e interrumpido inicio de una hermosa amistad, para no ponerse en exceso dramática.

Así, cuando aparecen los títulos de crédito, uno tiene la sensación de haber visto una obra plural y acabada. Quizá no la mejor, pero sí lo bastante completa como para merecer ser recordada. Una road movie que nos ha conducido por tierra, agua y aire, hasta lo más hondo de las emociones humanas sin que falten la amistad, el humor, el amor y la aventura, siempre la aventura.

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre Brest, road movies:

Monográfico sobre Benditos fracasos 
Buscando a Nemo

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