Una historia verdadera (The Straight Story, 1999), de David Lynch

  04 Abril 2019

Del granero a las estrellas

the straight story-1La carretera y los artefactos móviles que las transitan, han sido motivo, metáfora y escenario de interés en toda la historia del cine. Con la carretera de fondo, el cine nos ha contado historias de amor, de vida y también de muerte. En sentido estricto, la película que comentamos aquí no encaja con ninguna de esas tres categorías. Más bien nos cuenta la historia de un personaje que se echa a la carretera para hacer un último viaje con el que resolver asuntos de familia pendientes. Asuntos surgidos a lo largo de su vida y que ya sabe va tocando a su fin.

Nos estamos refiriendo a la película Una historia verdadera (1999) del polifacético David Lynch. Dada la trayectoria de este director, la película sorprendió a propios y extraños, tanto por la temática abordada como por los escasos recursos con los que dispuso para la producción del proyecto, sorprendió incluso el que fuera distribuida por Disney Pictures. La película fue acogida con cierta frialdad de crítica y público en Cannes. Con ella el director trascendía, al menos en apariencia, con las producciones de misterio y tensión como Twin Peaks (la teleserie y las secuelas cinematográficas), de elaborada estética narrativa como Corazón salvaje (1990) y Carretera perdida (1997), o de registro más sofisticado como El hombre elefante (1980).

La película que nos ocupa es polémica hasta por el título de la versión española, pues el original es The  Straight story. Y es que la aventura que se narra en la película, está inspirada en los hechos protagonizados por Alvin Straight. De ellos tuvo noticia David Lynch a través de la prensa, luego los documentó exhaustivamente para preparar el guión que, sin embargo, escribieron John Roach y Mary Sweeney. Por este motivo, los más exigentes seguidores del estilo de este director, consideran que el título original es el que realmente hace justicia al fondo y a la forma de la película.

En efecto, la película cuenta el viaje de más de quinientos kilómetros de Alvin Straight para encontrarse con su hermano con el que no se hablaba desde hacía mucho tiempo. Con este sencillo argumento, David Lynch construye un relato lineal, como la carretera, cargado de emoción. Sin grandes artificios, pero muy efectivo por cuanto mantiene la tensión narrativa en todo el metraje. Por momentos crece la incertidumbre de si al final se encontrarán o no. Reviste de ternura las peripecias de este anciano de 73 años y enfermo, empeñado en hacer tantísimos kilómetros sobre un cortacésped. ¿Con tan pocos elementos podrá atrapar la atención de los espectadores durante los más de cien minutos que dura la película?

Lo consigue sin ningún género de dudas. La road-movie que nos ocupa, pese a la distancia con el resto de la filmografía del director, recrea numerosos elementos expresivos aparecidos de distinto modo en sus anteriores obras. La testarudez del protagonista, su singularidad por el tipo de cosas que pretende, el ser un ser solitario e incluso perdido en su propio entorno, entornos siempre inquietantes como cuando al principio nos muestra la casa del protagonista, son otros tantos elementos narrativos presentes en muchas otras películas de Lynch.

En última instancia, el protagonista pone empeño y coraje para conseguir su propósito, y ello a pesar de lo que le dicen sus vecinos e incluso su propia hija a la que le dice que el viaje lo quiere hacer solo. La escena en la que vemos a Alvin salir del pueblo con su cortacésped, es de una enorme fuerza visual y dramática. Los vecinos salen a despedirle y con ello el director crea la incertidumbre sobre cómo será el desenlace del periplo. Pero también se transmite la sensación de escape que pretende el protagonista, tanto de su entorno físico como del más emocional. Es una escapada casi que forzada para buscar alguna recompensa que le salve o al menos le libere de las cargas emocionales acumuladas durante los años transcurridos. Sobre todo porque sabe que ya no le queda mucho tiempo, de hecho el Alvin real muere poco después de encontrarse con su hermano.

De todos modos, un personaje tan desgarbado, ausente de lo inmediato y hasta temerario, recuerda mucho a los personajes de las películas que hablan del final del Western. Cuando vemos al viejo Alvin avanzar por la larga y esteparia carretera con su cortacésped, es inevitable rememorar a los desaliñados y resentidos perdedores que nos dibuja, por ejemplo, Sam Peckinpah en alguna de sus películas. Por lo demás, resulta difícil abstraerse de los numerosos guiños de esta película al cine clásico del Oeste, como si David Lynch estuviera haciendo un homenaje a este género (se declara admirador de todo el cine clásico). Entre otros detalles: la acción transcurre por los alrededores del mítico río Misisipi, tan presente en las películas de vaqueros.

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Un detalle no menor es que el protagonista de esta película es un viejo conocido por las numerosísimas películas de vaqueros en las que participó, incluso por alguna de ellas fue nominado al Oscar. Muchas de sus heridas interiores se las produjo lo que tuvo que ver, siendo muy joven, en la II Guerra Mundial, a pesar de ello dispone y maneja un rifle. No se desprende en ningún momento de los tejanos ni del sombrero característico, que le sirve para taparse la cara las muchas noches que duerme al raso, junto a una hoguera, renunciando a hacerlo bajo techo. Cuando su viejo cortacésped deja de funcionar, en el jardín de casa le dispara y la máquina se envuelve en llamas (el fuego tan presente en su filmografía). ¿En cuántas películas hemos visto al forajido o al amable vaquero rematar al caballo con su revolver cuando el animal caía malherido?

El orden de rodaje de la película se ajusta cronológicamente a la realización del viaje, incluso se dice que durante la producción se encontraron con muchos paisanos que habían conocido e incluso hablado con el Alvin real. El viaje de varios cientos de kilómetros, es tanto interior como exterior. A lo largo de los encuentros que tiene en la carretera nos va desvelando la historia personal y con ello justificando, de algún modo, el porqué hace lo que hace. En un de esos encuentros casuales del viaje, nos enteramos que había sido francotirador en la guerra y gracias a un predicador logró borrar de su mente las caras de otros soldados y dejar el alcohol.

Como venimos reseñando, el viaje tiene también una vertiente exterior, pues a través de las diversas paradas del protagonista, nos muestra a las gentes que pueblan aquellas tierras, a la América profunda. Aparece desde la jovencita embarazada y fugada de casa, hasta el presbítero que le da un plato de comida caliente. Al poco de iniciar el viaje lo tiene que rescatar un autobús que lleva de excursión a un grupo de jubilados. Se ve obligado a regatearle el precio a unos mecánicos estafadores o la resignada conversación que mantiene en torno a una cerveza con otro anciano sobre las experiencias y pesadillas del frente de guerra.  

Este doble relato es subrayado por la sencilla y a la vez impactante fotografía de la película, dirigida por el operador Freddie Francis. La magnífica composición de los planos y su secuenciación, logran atrapar al espectador. El juego de planos logra transmitir con precisión las diferentes vicisitudes que le depara el itinerario al protagonista, todo ello envuelto por una magnífica banda sonora compuesta por Angelo Badalamenti.

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Las peripecias por las que pasa el protagonista a lo largo de su periplo le sirven a David Lynch para introducir comentarios críticos sobre la sociedad que le circunda. Describe con dureza las condiciones de casi abandono en las que viven los excombatientes, asunto abordado en numerosas películas. La crítica se vuelve cortante cuando el viejo Alvin le dice a su médico que no le haga radiografías porque no tiene para pagarlas, o cuando este le dice al presbítero que su hermano es de otra secta religiosa.

No sé si el director lo consideró en algún momento, pero, tras la avería y quema del primer cortacésped, compra otro viejo John Deere. Todos identificamos esta marca con la maquinaria agrícola, pero resulta que también presta «servicios y productos» a la industria militar. ¿Le afea el director este colaboracionismo con el daño tan profundo descrito por los dos excombatientes cuando recordaban viejos tiempos en torno a una cerveza? ¿Tiene algo que ver con esto el que una de las primeras paradas de Alvin es cuando una conductora atropella con su coche a un ciervo (deer en inglés)?

No menos reseñable es la interpretación tanto del protagonista como de su hija con dificultades de lenguaje (interpretada de modo muy convincente por Sissy Spaceck). Alvin Straight lo interpreta magistralmente Richard Fansworth, que cuando rodó la película tenía 80 años y el diagnóstico de una grave enfermedad. De modo que el rodaje ya lo realizó con bastantes dolores producidos por la incomodidad de la máquina. Circunstancia que, sin duda, contribuyó a darle mayor credibilidad al personaje que trataba de representar. Poco después de estrenarse la película murió el actor en su rancho de Nuevo México.

La larga cabalgada de Alvin, a lomos de un cortacésped John Deere, es la alusión metafórica al paso de la vida que toca a su fin. Punto en el que todo se vuelve tan relativo que nada merece la intransigencia. Por eso nuestro protagonista decide tragarse el orgullo y acudir al encuentro con su hermano. Da igual lo que haya pasado, sólo quiere volver a mirar las estrellas como cuando eran niños. Es la transición del primer plano de la película, un campo de cereal, al último que es el de las estrellas brillando ante los ojos de los dos hermanos sentados uno al lado del otro. ¿Puede haber mejor reconciliación?

Escribe Ángel San Martín

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