The Warriors (1979), de Walter Hill

  03 Abril 2019

La vigencia de los clásicos

the-warriors-0«De la misma manera que Jenofonte debió atravesar muchos kilómetros de territorio persa hostil para devolver a sus 10.000 hombres a Grecia, el líder de los Guerreros ha de cruzar Manhattan en la oscuridad de la noche para refugiarse con sus siete supervivientes en su base de Coney Island Baby (justo en el extremo opuesto de la ciudad), eludiendo la persecución de sus enemigos».

José Luis Guarner,
Revista Fotogramas, nº 1606 (27/7/1979)

Estrenada con gran éxito en 1979, The Warriors (Los amos de la noche), de Walter Hill, se convirtió en uno de los títulos más taquilleros del año por su violencia y su visión del mundo de las bandas callejeras: capaces de dominar el mundo… comenzando por Nueva York.

Era la tercera película de Hill, un antiguo guionista para directores como Sam Peckinpah o John Huston, y en sus primeros trabajos como director ya había dejado clara su preferencia por los tipos duros, las historias de perdedores —o, al menos, de supervivientes en un mundo hostil— y el carácter de fábula de sus historias.

Pero nadie, que este cronista recuerde, había hablado de Jenofonte ni de las referencias a los clásicos tras el estreno del film. Sólo el añorado José Luis Guarner en su crónica en Fotogramas, que hoy se puede encontrar en su libro de memorias Autorretrato del cronista (1).

La sorpresa y la confirmación de la clarividencia de Guarner llegaron en 2006, cuando la editorial Resen sacó al mercado el BluRay con el montaje del director de la película y descubrimos que ésta comienza con un cómic en el que se nos narra la batalla de Cunaxa, en el 401 antes de Cristo, y el regreso de los 10.000 soldados de Ciro el Joven a Grecia, tras haber muerto su líder, exactamente lo que narran la Anábasis de Jenofonte… y The Warriors.

Sol Yurick y Jenofonte

De origen judío, nacido en Nueva York (1925-2013), toda su vida se mantuvo como activista político, combatió como voluntario en la 2ª Guerra Mundial, fue profesor de literatura en la Universidad y, ya en los años 60, se dedicó en exclusiva a escribir.

Su primera novela, The Warriors, se publicó en 1965, tras el éxito de West Side Story en los cines de todo el mundo, un dato que no hay que pasar de largo porque de alguna forma el ambiente de las «bandas callejeras» pudo inspirar la trama «actual» de su debut literario. Recordemos: novela y película narran un encuentro de bandas en Nueva York para intentar dominar la ciudad y, tras el fracaso de la propuesta, una de ellas, Los Guerreros (The Warriors) debe regresar a su casa mientras es perseguida por la policía y por el resto de bandas, porque les acusan de ser los autores de la muerte de Cyrus, el profeta que aspiraba a unificar las bandas y así gobernar la ciudad.

El inspirador de la idea es un clásico griego (recordemos que Yurick era profesor de Literatura): la Anábasis del historiador Jenofonte, donde relata «La expedición de los Diez Mil», soldados bajo el mando de Ciro el Joven, que deben regresar desde Mesopotamia hasta el Mar Egeo tras el fracaso de su incursión conquistadora y la muerte de su jefe Ciro… incursión en la que el propio Jenofonte participó, llegando a ser uno de los oficiales en el camino de regreso al hogar (2).

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Las fábulas de Walter Hill

Tras haber sido ayudante de dirección de algunos clásicos de los 60 del cine de acción (Bullit, El caso Thomas Crown), Walter Hill trabajó como guionista, entre otros de John Huston (El hombre de Mackintosh, 1973) y de Sam Peckinpah (La huida, 1972), de quien aprendió seguramente la importancia del dolor, de los golpes, de las balas, de la sangre… y un uso ejemplar de la violencia.

Poco después, Hill logró dirigir su primer título, El luchador (Hard times, 1974), considerada una de las mejores películas de un tal Charles Bronson cuando éste ya se había convertido en un icono de la violencia con un carácter derechista: el ojo por ojo se convirtió en la ideología básica de gran parte de sus películas como protagonista y productor.

Aquel título, situado en plena depresión norteamericana, narraba la historia de un luchador callejero en Nueva Orleans, en manos de un espabilado que controlaba sus apuestas. La historia de ambos llegaba, en la parte final, a la lucha por la supervivencia, en la que —más allá del negocio— se jugaba la amistad entre los dos protagonistas, enfrentados a un entorno hostil que les rodeaba.

Su segundo film, Driver (The Driver, 1978), fue una fábula nocturna y oscura, inspirada en el cine negro de Jean Pierre Melville y con un auténtico samurái contemporáneo de protagonista. Acentuaba dos elementos presentes en el primer título: la vida nocturna de sus protagonistas y un cierto carácter simbólico, que se subrayaba con la ausencia de nombres de los protagonistas, que sólo eran el «conductor», el «policía» y la «chica».

Estos elementos estilísticos se repetían un año después en su tercer título, The Warriors, con el añadido de la unidad de tiempo: todo sucede en una noche. Así, encontramos la profesionalidad de los protagonistas, la honradez de planteamientos, la fidelidad a sus ideales, la defensa de la amistad (el grupo) y una lucha titánica frente a un enemigo muy superior. Todos ellos dotan a su cine de una universalidad que trasciende el material de partida —la historia individual— para convertirlas en historias más amplias, en fábulas sobre el ser humano.

Fábulas que también se extienden a algunos de sus títulos posteriores. Como Forajidos de leyenda (The long riders, 1980), con hermanos y parientes reales que interpretaban a los clanes familiares del film: David, Keith y Robert Carradine; Randy y Denis Quaid; James y Stacy Keach; Christopher y Nicholas Guest. Un acercamiento ciertamente original a la vida de los hermanos Jesse y Frank James y a los hermanos Miller o Younger.

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También es una fábula ese «confort sureño» que aquí fue titulado La presa (Southern Comfort, 1982) y que hablaba de la guerra en abstracto, con una patrulla perdida en un espacio hostil (los pantanos de Luisiana) con un enemigo casi invisible (algo que ya había hecho Kubrick casi treinta años antes en su opera prima, la hasta ahora imposible de ver Fear and desire). Pero, sobre todo, seguía el esquema argumental de The Warriors: la historia de un pequeño grupo profesional que huye de un enemigo más fuerte atravesando un territorio hostil.

Pero si hubiera que elegir un título que sintetice todas las propuestas anteriores de Walter Hill, sin duda sería Calles de fuego (Streets of fire, 1984). Aquí el carácter de fábula queda claro desde el propio planteamiento y las viñetas del cómic (esas que Hill tuvo que eliminar en el estreno de The Warriors) forman parte de la estética del film. La historia vuelve a mostrar al pequeño grupo de profesionales atravesando el territorio enemigo para rescatar a una cantante de rock y, a continuación, la huida nocturna con el enemigo acechando en cualquier esquina.  

Quizá el único problema es que lo que en anteriores films era sugerencia, en Calles de fuego era evidencia. Y eso fue lo que acabó con la buena estrella del director. Abandonó la capacidad de sugerencia para centrarse en historias más directas, más comerciales.

El esquema y los temas de Hill se mantendrían más o menos presentes en el resto de su filmografía, aunque el éxito comercial de Límite: 48 horas (1982) le llevó a terrenos cada vez más comerciales y, cuando apostaba por películas personales —Cruce de caminos (1986)— el fracaso era la nota dominante. Por lo que poco a poco fue perdiendo el apoyo de la industria —salvo remakes, secuelas y demás—, y tuvo que refugiarse en distintas series de televisión para aparecer muy ocasionalmente en cines, con títulos muy mutilados por la productora, como Supernova (2000), donde firma con el pseudónimo Allan Smithee, dado que lo que se estrenó en cines poco tenía que ver con su visión del film.

Quizá hoy en día de su filmografía merece la pena rescatar sus películas de parejas antagónicas, ya sean el policía blanco y el delincuente negro (Límite: 48 horas, 1982) o, en tiempos de la caída del muro de Berlín, el policía norteamericano y el agente soviético (Danko, calor rojo, 1988).

La despedida de Wayne Kramer como director de un título para el lucimiento de Sylvester Stallone nos permitió, en 2013, recuperar al mejor Hill tras más de una década sin dirigir cine y se mostraba todavía en plena forma con la historia del asesino blanco y el policía oriental obligados a colaborar, aunque cada uno fiel a su código profesional: Una bala en la cabeza, de la que ya hablamos en Encadenados en su día.

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Claves de The Warriors

En 1979, en los cines se estrenó sin la introducción de forma de cómic que habla de los griegos que tenían que regresar a su hogar atravesando el territorio enemigo: Batalla de Cunaxa, 401 a.C.: «Hace dos milenios, una armada de soldados griegos se encontraron perdidos en mitad del Imperio Persa. A mil millas de un lugar seguro. A mil millas del mar. Mil millas rodeados de enemigos por todas partes. La suya fue una historia de una desesperada marcha forzada. La suya fue una historia de coraje».

Un prólogo recuperado en 2006, en el director’s cut, que aclara la historia que Walter Hill y David Shaber han adaptado a nuestros días, basándose en la novela de Sol Yurick. Todo ello narrado hace dos milenios por Jenofonte y su relato de los diez mil. El recurso al cómic se mantiene a lo largo de la película, con imágenes que se congelan, se transforman en un dibujo y la cámara «se mueve» de una viñeta a otra para continuar la historia en otro lugar.

Como es habitual en un duro como Hill, la película rinde culto al héroe, a la violencia, al cuerpo masculino… pero curiosamente en el grupo de Warriors también hay uno con aspecto poco viril, Rembrandt (Marcelino Sanchez), de inequívoco aspecto gay, que será el «artista» del grupo que vaya marcando por la ciudad la presencia de los guerreros que se han internado en territorio enemigo. Se adelantaba así a esa corriente de lo «políticamente correcto» que inunda nuestro cine, pero lo hacía de una forma natural: las bandas están formadas por todo tipo de personajes, cada una con su territorio, sus emblemas, su vestuario y sus componentes.

Y, paralelamente, es la primera vez en el cine de Hill en que una mujer tiene importancia en las decisiones del grupo y supera la barrera de mero acompañamiento. La aparición de la única mujer queda subrayada por uno de esos diálogos propios del cine negro, lleno de hombres duros:

Sabes lo que trae eso, ¿verdad?

Sí, problemas.

La escena transcurre en el territorio de los Huérfanos y sin enfrentarse a ellos se llevan una acompañante: la Huerfanita Mercy (Deborah van Valkenburgh). Una joven provocadora, caprichosa, aunque sucumba a los encantos del líder de los Warriors, curiosamente también un sustituto (su líder ha sido abatido al inicio del film), por lo que el viaje le sirve para revelarse como un auténtico líder. Quizá de ahí su simbólico nombre: Swan, Cisne.

Aunque siempre se habla de sus héroes, Hill también ha sido el creador de heroínas inolvidables. Recordemos: aunque oficialmente no aparece acreditado, hay que señalar que Walter Hill fue guionista y productor de uno de los primeros títulos de las grandes multinacionales donde la mujer acababa convertida en heroína: Alien, el octavo pasajero (1979). Y si indagamos en aquella película (un grupo reducido de profesionales perdidos en el espacio, la oscuridad, la amenaza superior a ellos), podemos comprobar que, aunque el director fuera Ridley Scott, la historia sigue los parámetros del cine de Hill.

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El planteamiento inicial de The Warriors es apabullante: la unión hace la fuerza, por lo que todas las pandillas de Nueva York juntas podrían ser un auténtico ejército que las fuerzas del orden no podrían detener, como se comprueba en la reunión de 9 miembros de 100 pandillas esa primera noche… pero surge la traición, el elemento no profesional dentro del grupo, lo que al final dará al traste con el proyecto y obligará a los protagonistas —injustamente acusados del crimen del profeta Cyrus, o sea, Ciro— a una huida continua para regresar al hogar.

Ese culto a la fuerza también lo es a la inteligencia, al valor, a la unión del grupo y, sobre todo, a la profesionalidad de sus protagonistas. Así, durante la noche vemos a los Warriors triunfar en su lucha contra los Toros Locos (incapaces de bajar de su camioneta para enfrentarse cuerpo a cuerpo), los Huérfanos (que no se atreven a perseguirlos), las Furias del Beisbol («se han quedado sin pelotas» explica la narradora de una emisora de radio que nos informa de la marcha del juego), las Ansiosas (Lizzies: banda formada sólo por mujeres y capaces de tejer una tela de araña usando el sexo como cebo), los Patinadores (que sucumben tras una antológica pelea en los servicios del metro: un gran ejemplo de planificación) y, finalmente, los Rogues (auténticos responsables de la muerte de Cyrus)… todos coordinados por los Riffs, organizadores de la reunión inicial y de la persecución.

Su estructura, curiosamente, también fue un antecedente del cine de superhéroes que hoy inunda las pantallas, o mejor dicho, de un cine que remite directamente a los videojuegos, ya que cada escena es «una pantalla» que hay que superar para pasar al siguiente nivel del juego… hasta llegar al amanecer y la meta.

La presencia de una locutora de radio (nunca vista en su totalidad) permite a Hill resolver dos problemas de guion: por un lado, se convierte en una narradora omnisciente, capaz de saber todo lo que sucede en cualquier parte de la ciudad, información que transmite a las bandas y, por supuesto, a nosotros, los espectadores; por otro lado, la emisora de radio es la justificación para intercalar multitud de canciones en la banda sonora, algo muy propio del cine de los 70 —una moda que se extiende hasta hoy—, pero pocas veces con una explicación diegética, dentro de la propia trama del film.

Por lo demás, destacar cómo Walter Hill insiste en los planos de dos o tres componentes de los Warriors en los diálogos, quizá como forma sutil de subrayar la importancia del grupo, de la unidad. De hecho, cuando uno de ellos se separa para intentar seducir a una «inocente jovencita» acaba detenido en el parque, ya que la moza es una policía…

En esa misma línea de brillantez en la puesta en escena, destacan las peleas coreografiadas con elegancia. Violentas, pero un notable sentido de la planiticación cinematográfica. Un ejemplo de cómo se deben montar, alejadas del actual método de «plano por segundo» que impide disfrutar de cualquier coreografía, basando su presunta eficacia en un caos visual que dice muy poco de los directores y montadores del cine actual.

Por último, resaltar la importancia del uniforme de cada banda y del territorio que ocupan. Un auténtico campo de batalla. Cada grupo perfectamente definido por su ropa (un auténtico uniforme) y su forma de comportarse. Protagonismo del grupo, no individual. El único personaje individual, Cyrus, muere al inicio.

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Territorio comanche

Ya hemos hablado del guerrero que se separa del grupo y es presa fácil de la policía en el parque. Los peligros del juego y en este caso del sexo: una trampa que permite a la policía atrapar a uno de los ocho Warriors supervivientes.

Y si tres de ellos logran escapar de la otra atracción del sexo fácil, las Lizzies (Ansiosas), es por la presencia de Rembrandt (definitivamente poco atraído por el sexo femenino) que da la alarma de la trampa en la que han caído. El grupo, única forma de supervivencia durante el largo viaje a casa.

Pero en ese viaje continuo, gran parte en metro, hay un momento especialmente significativo para marcar la importancia del territorio en que cada uno se mueve: dos parejas de jóvenes alejados de las bandas, pijos que vienen después de una noche de fiesta y por primera vez encuentran sitio para sentarse en el metro. Las miradas entre parejas, la diferencia de vestuarios, de clase social… y el gesto de Swan impidiendo que la Huerfanita se sienta intimidada por el aspecto de los otros: nada de arreglarse el pelo. Son como son. Y orgullosos de ser unos Warriors… hasta que los pijos cambian de tren. Una escena resuelta sin palabras. Sólo pequeños gestos. Antológica. Un comentario sobre la lucha de clases si una sola palabra.

La llegada del amanecer. El final del viaje: Coney Island. La emblemática Wonder Wheel. Una playa sucia. Un triste gesto de romanticismo: las flores que se les han caído a la pareja de pijos y que Swan entrega a la Huerfanita. Toda la vida huyendo para llegar a un hogar escasamente atractivo. Pero es su hogar.

Allí habrá un enfrentamiento final, primero con los Rogues, los auténticos asesinos de Cyrus. Será breve, apenas una pistola frente a un cuchillo. Entonces llegan los grandes organizadores de todo, el poder en la sombra: los Riffs. Y se cierra el círculo en la playa: los Riffs se ocupan de los Rogues. Todo muy rápido. Sin explicaciones. Sabemos de sobra lo que va a suceder.

Hill cierra la película como la empieza: si al comienzo un cómic narraba la introducción y la última viñeta se convertía en imagen real, aquí es la imagen real de los Warriors en la playa de Coney Island la que se congela y se transforma en viñeta de un cómic sobre el que se superponen los créditos finales.

Fin del juego, de la aventura y de la fábula.

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Escenas eliminadas

Como curiosidad, es fácil encontrar en YouTube una selección de las escenas eliminadas de The Warriors. No hablamos de las imágenes de los comics recuperadas en la edición de 2006, sino de esas otras que desaparecieron poco antes del estreno (ya se sabe, las premieres que tanto daño hacen a veces) y que no se han incluido en el montaje del director posterior.

Estas escenas eliminadas son: el prólogo, en el que se presenta a los 9 protagonistas de la banda; los Warriors buscando el lugar de reunión en el parque; visión más amplia de la intervención de Cyrus en su discurso al resto de bandas; más información de los Riffs; escena previa al enfrentamiento con los punks en el metro; y algunas imágenes en Coney Island, antes del enfrentamiento final.

Sólo el prólogo es realmente significativo, con sus 3 minutos de presentación de personajes, aunque su ausencia ayuda a potenciar ese carácter simbólico, esa sensación de fábula que desprenden los primeros títulos de Walter Hill.

Escribe Sabín

Notas

(1) José Luis Guarner: Autorretrato del cronista, editorial Anagrama, Barcelona 1994, páginas 196-198.

(2) El tema lo trató posteriormente el novelista Valerio Massimo Manfredi en El ejército perdido (2007).


Más información de Walter Hill
Una bala en la cabeza (4)
Escenas eliminadas de The Warriors

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