Una noche en el viejo México (2014), de Emilio Aragón

  15 Febrero 2019

Jugando a vaqueros

una-noche-en-el-viejo-mexico-1Después de la irregular y bastante apelmazada Pájaros de papel, epopeya centrada en el mundo del circo y sus emotivas vicisitudes que a pesar de su poco eco positivo entre la crítica funcionó bastante bien en taquilla (ya suele pasar), Emilio Aragón vuelve al ruedo de la dirección con Una noche en el viejo México, un western fronterizo rodado íntegramente en inglés al servicio del veteranísimo actor Robert Duvall, donde se nos narra la peripecia de éste y su nieto Gally (a quien acaba de conocer) en su desesperada huida en busca de mujeres y alcohol (sic) y de cómo ambos llegan a un pueblo mexicano donde se verán envueltos en un turbio asunto criminal con una buena cantidad de dólares de por medio.

Gally es un chico bastante desorientado y con una estructura familiar bastante quebrantada, aunque la aventura con su abuelo a golpe de carretera y tequila hará que paulatinamente vaya madurando como persona.

El desarrollo de la trama se centra grosso modo en el evidente contraste que se establece entre quien casi lo ha vivido todo y quien casi no ha tenido todavía experiencia alguna. Una road movie terminal para uno e iniciática para el otro que se mueve por terrenos fronterizos demasiado típicos y tópicos.

La película está envuelta en un folklorismo de postal y en unas actuaciones a las que no se les permite en ningún momento el lucimiento; sangrante es el caso de actores de la talla de Luis Tosar o Joaquín Cosio, aquí meros comparsas dentro de un elenco actoral donde tan sólo se trata de rendir pleitesía a uno de los más grandes de la historia del cine, quien todavía no necesita homenajes de este tipo pues se mantiene bastante bien y no ha perdido un ápice de sus dotes interpretativas.

Ni la siempre estimulante presencia de la actriz colombiana Angie Cepeda (Pantaleón y las visitadoras, El mal ajeno), aquí condenada a funcionar como mero objeto de deseo que despierta pasiones tanto en el senil como en el bisoño (nada como una mujer de mediana edad de muy buen ver para completar  un trío sentimental que no destila nada de emoción), ni el aporte testimonial de actores experimentados como nuestro Javier Gutiérrez (vaya trajecito el que le toca lucir) o Toby Metcalf (Bernie, Temple Grandin), quienes no aportan nada en una función ya de por sí insípida y poco inspirada.

Algunas incoherencias de guión, más centrado en buscar la sentencia más lapidaria (que seguro convencerá a los amantes de los westerns de serie b de antaño, pero poco más) que en cuidar el ensamblaje de escenas, huérfanas de cualquier hilo argumental sostenible, no ayudan en demasía a captar la atención del respetable, quien ni atiende ni entiende la reacción ilógica de algunos de los personajes ante las situaciones planteadas (malos que matan a sangre fría y sin piedad quienes por arte de birlibirloque mutan su condición malvada y se redimen sin saber el porqué; lazos familiares que nunca existieron y que se convierten en el eje de la constante búsqueda de una emotividad que choca bruscamente con unas escenas de acción de nula crueldad y pírrica creatividad, etc.).

Cuando el único objetivo marcado es el de transitar por terrenos conocidos para producir un producto de consumo insustancial se corre el peligro de caer en la mala copia. Aquí se cogen mil y un referentes del western fronterizo cinematográfico, se agitan sin gracia y poca inspiración, y se sirven con la única intención de que el espectador no tenga que poner nada absolutamente de su parte, lo que nos lleva a pensar que el director está buscando abrirse camino en un mercado, el estadounidense, en el que puede conseguir réditos que hasta ahora se le resistían a base de entregar una historia plana y conocida con la guinda de contar entre sus bazas con la colaboración de un veterano autóctono con carácter como Robert Duvall.

Tampoco se le puede achacar al director que la idea del film homenaje no sea efectiva de cara a agradar a un tipo de público que suele endiosar a sus mitos, aunque Clint Eastwood, a quien por cierto aquí se le copia hasta decir basta (coche con historia como en Gran Torino incluido; mala leche acumulada por los palos de la vida;  condición de medio-suicida peleado con Dios que nos recuerda al personaje de Eastwood en Million Dollar Baby y relación con novel imberbe como ocurría en El novato) lleva ofreciendo ejercicios crepusculares a su imagen y semejanza desde hace ya unos cuantos años.

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Las distintas subtramas que jalonan el desarrollo argumental no acaban nunca de ser del todo creíbles debido a que funcionan como meros puntos de fuga de una narración central que fagocita cualquier oportunidad de ahondar en la psique de cualquiera de los personajes secundarios que pululan por la pantalla.

El personaje de la striper que quiere triunfar como cantante y tan sólo lo consigue cuando enseña a los clientes su exhuberante físico bien hubiera merecido más atención y profundidad, y sin embargo no pasa de ser un mero trazo inadvertido sin historia que contar en la que se evidencia una falta de riesgo y mínimo amor del director y guionista que apunta pero nunca dispara… aunque sí haya muertos, pero sean de risa.

Y qué decir del joven protagonista de la trama, insípido y anodino hasta decir basta, e incapaz de dar una réplica con cara y ojos ante un auténtico mito como Duvall, que se lo come con patatas en cuantas escenas comparten.

Todo huele a producto manufacturado para obtener un beneficio calculado; todo bien colocadito y sin molestar. Al menos Emilio Aragón en ese aspecto nunca ha engañado a nadie y sus únicas ínfulas siempre han sido empresariales y no actorales. A él que le dejen con su música (a la sazón aquí firma también la banda sonora que cuenta con una bonita aunque repetitiva tonadilla de Julieta Vargas que cierra el film) y sus historias bonitas y de buen corazón y que no le metan en otro tipo de berenjenales.

Como decía una mítica canción de Los payasos de la tele, troupe irrepetible de la que el otrora Milikito, ahora reconvertido en el empresario y director que firma el film que nos ocupa, fue parte importante durante sus mejores años: “Los cañones son de broma, los caballos de cartón, y las municiones son, de chocolate y turrón”.

Pues aquí igual, violencia de baratillo con muertes dulces y disparos con balas de fogueo al aire.

Escribe Francisco Nieto

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