Contracultura y carretera

  18 Abril 2019

De Easy rider a On the road

on the road-0«¿Qué se siente cuando uno se aleja de la gente y ésta retrocede en el llano hasta que se convierte en motitas que se desvanecen? Es que el mundo que nos rodea es demasiado grande, y es el adiós. Pero nos lanzamos hacia adelante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos».

Jack Kerouac: En el camino

Fueron buenos y malos tiempos. En cualquier caso nadie puede negar que los sesenta fueron tiempos de cambio.

Aunque el término «contracultura» se acuña por Theodore Roszak en 1968, en su libro El nacimiento de una contracultura, varios años antes ya se estaban poniendo los cimientos de una respuesta juvenil a los modos políticos, culturales y sociales establecidos por la jerarquía dominante.

En los jóvenes europeos y latinoamericanos, esta reacción se produce frecuentemente en oposición a gobiernos dictatoriales, aunque ocasionalmente, como en el mayo francés del 68,  se invocan conceptos más difusos o evanescentes como la libertad o la fraternidad. En los Estados Unidos sería la guerra de Vietnam junto a la lucha por los derechos civiles el verdadero aglutinante de todas estas protestas, como ejemplifican las reivindicaciones estudiantiles en la universidad californiana de Berkeley en 1964, encuadrados en el Movimiento por la Libertad de Expresión.

Este terremoto político en busca de mayores cotas de libertad, tiene su traslación al mundo de la cultura (literatura, teatro, cine, comic…) y a los hábitos y modos sociales de la juventud de la época. Aspectos secundarios, pero llamativos para los mass media, como el uso de drogas (marihuana, LSD), la libertad sexual, la música pop y los hippies con su estética desaliñada, se presentarán como la cara más visible y estereotipada de esos años convulsos.

A esta transformación social no es ajena Hollywood, que sufría en aquellos años una profunda crisis industrial, con unos costes de producción muy elevados y un mercado a la baja, que obligó en muchos casos a vender los estudios a grandes corporaciones. La industria del cine necesitaba adaptarse a los nuevos tiempos para minimizar los daños. Como explica Román Gubern: «A esa juventud, que ha accedido a la adolescencia bajo la provocación de Vietnam y que ha perdido su virginidad moral con la yerba, con los poemas de Ginsberg y con los textos de Marcuse, no pueden seguírsele ofreciendo los canticos apologéticos del American Dream que implantó en el cine americano papa Capra»(1).

Hollywood se pone en seguida manos a la obra, intentando dirigirse a la juventud empleando su propio idioma. Comenzará la producción de una serie largometrajes protagonizados por jóvenes a contracorriente, desubicados y taciturnos que expresaran su rebeldía y ansias de libertad con una huida física y moral a través de la carretera.

Carretera que es mostrada desde dos perspectivas que con frecuencia se complementan: por un lado, como un símbolo de libertad o incluso como un modo de vida, donde el viajero generalmente no tiene un rumbo fijo y el viaje es un fin en sí mismo, con ejemplos paradigmáticos como Easy rider: Buscando mi destino (1969) de Dennis Hopper, Llueve sobre mi corazón (1969) de Francis Ford Coppola, Mi vida es mi vida (1970) de Bob Rafelson o la más reciente En la carretera (2012) de Walter Salles.

Y por otro lado la carretera, vista desde su lado más pragmático, sin esa aura mítica, siendo sólo el medio que utilizan los protagonistas para lograr su verdadero fin, como puede ser escapar de la justicia en Malas tierras (1973) de Terrence Malick o Loca evasión (1974) de Steven Spielberg, o en esos dos ejercicios de pura abstracción que son Carretera asfaltada en dos direcciones (1970) de Monte Hellman o Punto límite: cero (1971) de Richard C. Sarafian, donde los inadaptados viajeros se juegan la vida en ridículas apuestas de velocidad, y lo importante es el vehículo que uno conduce y la carretera solo un espacio. Y como sabemos desde Cielo amarillo (1948): «Un desierto es un espacio, y los espacios se cruzan».

Son muchos los ejemplos que podríamos analizar, pero he elegido dos film que aúnan a la perfección los conceptos de contracultura y carretera: Easy rider y On the road.

Buscando mi destino (Easy rider, 1969), de Dennis Hopper

easy-rider-10Easy rider es una de las más famosas road movies de la historia del cine. En realidad se trata de un western moderno donde los caballos son sus sustituidos por motocicletas Harley Davidson. La trama del film muestra a Byll (Dennis Hopper) y Wyatt (Peter Fonda) que tras conseguir un buen dinero traficando con cocaína deciden coger sus motos y dirigirse hacia el sur de los Estados Unidos. En su periplo se cruzaran con distintos personajes, como los miembros de una comuna hippy, vaqueros y trabajadores del campo, un abogado alcohólico —interpretado en su tono habitual por Jack Nicholson—, las fuerzas de la ley y los típicos palurdos reaccionarios que acabaran con ese sueño de libertad.

Byll y Wyatt no se mueven por un objetivo concreto ni una gran misión, solo quieren recorrer su país en motocicleta, vivir su vida en completa libertad, fumar hierba y un rato de esparcimiento en un prostíbulo de Nueva Orleans. Lo primero que harán antes de emprender su viaje es deshacerse de sus relojes. No hay ataduras y medir el tiempo es sólo un estorbo.

Basado en un guion escrito por Fonda y Hopper y con escaso presupuesto, resultó una producción especialmente conflictiva debido a la explosiva mezcla de egos, peleas y abundantes drogas y alcohol. El resultado final, a pesar de todo ello o precisamente por ello, parece genuino y claro reflejo de los ideales y las quimeras de ésa época. A ello ayudó el rodaje en parajes naturales, en la Ruta 66 y localizaciones de Nevada, New Orleans o el Monument Valley fordiano, que le aportan un verismo cuasi documental. Esos travellings laterales rodados desde los vehículos nos muestran con rigurosidad histórica las características de las gentes y los paisajes, las granjas, los moteles, las gasolineras y los villorrios que recorren los protagonistas.

La puesta en escena es deudora de las virtudes y los excesos del cine de finales de los años sesenta. El héroe lacónico, un guion algo inconexo, diversas texturas fotográficas para representar el efecto de los narcóticos, los flashforwards insertados en la narración como fogonazos, anticipando el trágico final de nuestros protagonistas.

Y precisamente es el final lo que más recordamos de este film. Nuestros jinetes han sido ninguneados y apaleados por todos los policías y «gentes de bien» que se han encontrado en su camino y al final del recorrido se darán de bruces con dos descerebrados en su camioneta que descargarán su escopeta sobre ellos. La muerte de Wyatt en off, con su motocicleta en llamas volando por los aires, es un elegante epitafio cargado de simbolismo.

Sin embargo, para Antonio Weinrichter el film resulta impostado y parte de una necesidad de los estudios de adaptarse a los nuevos aires: «Era un Hollywood film que no lo parecía, y su éxito venía de ahí, precisamente de no parecerlo: la fábrica de sueños tenía que disfrazarse para acercarse a la audiencia, y aunque Easy Rider es un road movie (una película de la carretera, es decir, un western), tenía que modernizar esa envoltura de género clásico con una envoltura actual» (2).

Y quizá no le falte razón, ya que se convirtió en un negocio rampante. Con una inversión de menos de 400.000 dólares, Columbia ganó más de 50 millones. Esto generó un buen número de imitaciones, todas ellas aderezada con música rock, que intentaban aprovechar los modos y formas del cine contracultural y de carretera reflejados en el film.

Incluso llevada por el frenesí de la  recaudación de Easy rider, Universal dio carta blanca a Dennis Hopper para que rodara en Perú La última película (1971), que resultó a la postre un fiasco monumental. Pero bueno, eso ya es otra historia.

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En la carretera (On the road, 2012), de Walter Salles

No lo tenían fácil Coppola y Walter Salles. Poner en imágenes la novela del mismo título publicada por Jack Kerouac en 1957 podía resultar un atrevimiento condenado al fracaso. Y en efecto así lo fue. La producción de Coppola dirigida por Salles obtuvo pobres recaudaciones y en general malas críticas.

Pero creo que es hora de romper una lanza por este film. Lo vuelvo a ver y me parece más que digno, los intérpretes están muy bien y la ambientación es prodigiosa. Quizá le falta alma, ahondar más en el espíritu transgresor de la novela, o haber sido más innovadora y menos académica.  De nada sirve añorar el film que hubiera querido rodar Coppola en blanco y negro y 16 mm.  Tenemos lo que tenemos.

De carácter autobiográfico, la novela y el film narran el viaje en automóvil de un grupo de amigos, escritores la mayoría, a través de los Estados Unidos y Méjico a fínales de los años cuarenta. Personajes de ficción que encarnan a Jack Kerouac, Neal Cassady, Allen Ginsberg o William S. Burroughs. Todos ellos exponentes de la generación Beat. Y como pasó antes con la bohemia del siglo XIX o con la generación perdida de entreguerras y posteriormente con el movimiento hippy, a todos ellos los moverá la poesía, la música, el sexo, las drogas y la lucha contra el convencionalismo y la tradición.

El director brasileño tenía experiencia con las road movie, ya que había rodado en 2004 Diarios de motocicleta, donde conocimos al Che Guevara recorriendo América del Sur en moto. Para En la carretera utiliza una estructura necesariamente episódica, que muestra el devenir de nuestros protagonistas  en varios momentos y lugares de la geografía americana.

Al igual que en Easy rider no hay un motivo claro para lanzarse a la carretera, es el viaje por el viaje. La necesidad de huir de una realidad monótona, tanto laboral, familiar como social. Y de la misma manera que en el film de Hopper, entraran en conflicto con las fuerzas conservadoras, representadas por la policía, los ciudadanos biempensantes y la familia tradicional. El viaje se convierte así en un modo de vida, llegando a decir una de las protagonistas, cansada de rodar sin rumbo ni descanso (magnifica Kristen Stewart): «Voy a dejar la carretera», creando el estupor entre sus compañeros, como si ésta fuera a cambiar de oficio u ocupación.

El final de On the road no es tan mítico como el de Easy rider, pero no por ello resulta menos inquietante. Como hemos comentado, la joven Mary Lou decide abandonar la carretera y sentar cabeza al lado de su antiguo novio, un marino con el que poder llevar una vida «convencional» y un reformado Kerouac (Sam Riley) a punto de acudir al último concierto de Duke Ellington es abordado en la calle por Neal Cassady, que está hecho un auténtico guiñapo carcomido por las drogas. Se miran y no se reconocen. Cassady es el único que sigue en la brecha, en el camino y le espeta a un Kerouac aturdido: «Yo siempre te querré».

Pero ya es demasiado tarde, el sistema contra el que luchaban les ha vuelto a vencer. Hacía falta algo más que sólo echarse a la carretera y fumar hierba.

Escribe Miguel Ángel Císcar


Notas

1) Historia del cine. Roman Gubern. Editorial Lumen. 1982.

(2) El nuevo cine americano. Antonio Weinrichter. Editorial Zero. 1979.

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