Thelma y Louise (1991), de Ridley Scott

  11 Enero 2019

Un viaje sin retorno 

thelma-y-louise-1El estreno de Thelma y Louise supuso para Ridley Scott su retorno al lugar de los directores de prestigio dentro del universo hollywoodense, ya que con este filme consigue aunar calidad cinematográfica y rentabilidad económica.

Si bien desde el punto de vista formal no aporta gran cosa —si comparamos la película con el preciosismo de Blade Runner— desde una perspectiva temática sí provocó cierta sorpresa esta historia de dos mujeres que se enfrentan a la sociedad que las persigue con armas y violencia.

Interpretaciones feministas aparte, lo cierto es que las dos parten de una realidad desdichada y opresora. Thelma (Geena Davis) es la típica ama de casa, víctima de un marido que la menosprecia y castiga con una agresiva y desconsiderada violencia. Louise es camarera de una cafetería y aparentemente parece más segura y liberada de ataduras de novios o maridos, pero esconde un secreto, una herida de su pasado que no ha conseguido cerrar. Más adelante sabremos que fue violada cuando vivía en Texas y lleva esa vejación grabada en su memoria.

Dos mujeres dañadas por agravios masculinos y un viaje que deja de ser un ocioso y agradable proyecto de vacaciones de cabaña y pesca, para convertirse en un proceso de huida, búsqueda, transformación y muerte.

El montaje en paralelo es utilizado por el oscarizado director para oponer y simultanear dos mundos. Al principio, los dos escenarios en que se desenvuelven las protagonistas: la casa de Thelma y la cafetería de Louise. Luego, para enfrentar a las dos mujeres, que cabalgan en su Thunderbird, con la policía, que primero las investiga y después las persigue por sus delitos.

El contraste entre las dos amigas se evidencia tanto en sus gestos y actitudes —desenvueltos en Louise, apocados en Thelma— como en su vestuario y acciones. Mientras la primera prepara con alegría su maleta y aparece vestida con pantalones, pañuelo en la cabeza y cazadora vaquera con bordados y tachuelas, la segunda se agobia con el equipaje, los rulos y el miedo a partir sin haberse atrevido a decírselo al marido. Su vaporoso vestido claro y los rizados cabellos le confieren un aire de persona débil y vulnerable, que depende de los otros para afirmar sus actos y su vida.

Esta diferencia se irá desvaneciendo en el desarrollo del argumento, estructurado en un tiempo lineal y cronológico, que articula los hechos en tres partes: presentación de los personajes y del conflicto, inflexión y toma de conciencia, reafirmación y muerte.

Personajes y conflicto 

En el inicio del viaje, Louise conduciendo su descapotable, con su cigarro y su sonrisa, es la que domina la acción. Thelma la imita con un pitillo apagado y haciendo gestos ante el espejo retrovisor. Pero es también el personaje que pide parar, interrumpir el recorrido de su particular odisea para tocar tierra firme.

Su curiosa ingenuidad y la forma de participar en el baile del bar de carretera en que aterrizan, la presentan como víctima propiciatoria de los lujuriosos deseos masculinos. La brutalidad del gesto del acosador bailarín sujetando con fuerza a su pareja y la botella de güisqui, pone de manifiesto la intención de caracterizar el comportamiento de un personaje prototípico.

Cada uno de los actos de Thelma tiene consecuencias trágicas para las dos mujeres, es quien hace saltar la mecha que hará girar los acontecimientos, quien pone en marcha la acción. Al ser objeto de un intento de violación en el aparcamiento, suscita el disparo de Louise para defender a su amiga.

Cuando, tras la conmoción inicial, se detienen para decidir qué hacer, un plano medio las enmarca con sus perfiles enfrentados ante una mesa  junto a  la ventana tapada por la persiana, en un universo cerrado y agobiante. El enfado de Louise contrasta con la confusión de Thelma, obvia en su frase: “¿Entonces tengo yo la culpa de todo?”.

El silencio de su amiga se intensifica con la imagen de la casa vacía, el marido ausente, el microondas encendido con la nota que aún no ha sido descubierta ni leída. Entonces, la soledad de Thelma le hace volverse hacia un pasado del que aún depende, para telefonear y conectar con su vida anterior. En esos momentos, los dos personajes se encuentran entre dos mundos, el propio y el de los otros.

De nuevo es Louise quien toma las riendas y consigue dinero para huir a Méjico, con lo que ambas tienen un proyecto y los medios para hacerlo realidad. Pero de nuevo Thelma lo estropea dejándose robar por J. B., el atractivo autoestopista interpretado por un jovencísimo Brad Pitt, que la seduce y la hace disfrutar por primera vez en la cama. Como dice ella misma: “Mi marido nunca me deja hacer nada divertido  […] y cuando me divierto siempre acabamos mal…”.

Pero el amoroso lance parece haber dado a Thelma una energía nueva, y es ella la que ahora desempeña el papel activo ante la pasiva desesperación de Louise. El atraco en el market no sólo les proporciona dinero sino que determina el rumbo definitivo de sus vidas, que se sitúan definitivamente al margen de la ley.

Aún podrían salvarse si no fuera por la última y concluyente llamada de Thelma a su casa con la consiguiente localización por parte de la policía. Las palabras de Louise son la prueba de que la situación no admite volver atrás: “Nadie sabía dónde estábamos, nadie sabía adónde íbamos. Ahora lo saben”.

Así que el último acto de Thelma ha cerrado el círculo, no hay escapatoria posible. Sólo queda aceptar la situación.

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Punto de inflexión y consciencia: “Ahora somos fugitivas”

Tras las carreteras polvorientas de Arkansas y Oklahoma, con sus moteles, bares de carretera y graneros desvencijados, las fugitivas llegan a Arizona con sus desiertos de arena y matorrales, con sus altas formaciones rocosas envueltas en la luz del atardecer. La belleza del entorno emociona a las dos amigas, que disfrutan el tiempo de conducir, beber, respirar al viento y sonreír con la música de la radio.

El paisaje exterior se modifica a la par que el interior y, merced al buen hacer de la fotografía de Adrian Biddle, disfrutamos de las imágenes más hermosas de la película.  Así, el plano general de un panorama suavizado por el filtro del amanecer contiene las siluetas de las protagonistas que se van empequeñeciendo en el horizonte.

Las carreteras, las pistas y los caminos son el territorio por el que discurren las prófugas, y la vía por la que accederán a un nuevo plano de su existencia. De pronto se sienten seguras de sí mismas y serenas en el conocimiento y aceptación de quiénes son. La réplica de Thelma al policía que las manda parar es una muestra de la confirmación de su nuevo estado. No vacilan a la hora de encerrarle en el maletero y robarle la pistola y las cervezas. La vida que les queda será una fiesta donde estrenarán sus nuevas personalidades. El estereotipo de personajes se completa con el del camionero grosero que les hace gestos obscenos, y que sigue la misma suerte que el anterior.

En el fondo, ellas han ganado la partida de su libertad ante los atropellos de los hombres. Ese largo plano de gran angular, en que el tapacubos de acero de la rueda del camión refleja y fija la silueta del camionero huidizo, es toda una metáfora visual de cómo ven las dos mujeres a los hombres que las agravian. Aunque sea muy tópica, sigue siendo eficaz.

Las conversaciones de las dos amigas reflejan ese momento de autoanálisis, en que se hace un repaso del pasado y se entiende lo que es realmente importante. Louise reconoce su dolor por la afrenta sufrida y Thelma exime de culpas a su compañera por el primer disparo, desencadenante de la tragedia sin el cual no habría argumento ni película: “Aquel tipo me hacía daño. Si no lo hubieses matado, mi vida sería peor que ahora. Aún puedo divertirme”.

Las dos tienen conciencia de que ha surgido algo nuevo, que están en otra fase de sus vidas. Aunque saben que “la suerte se acaba”, Louise le dice al policía que las persigue: “No estamos en el fin del mundo, pero desde aquí se ve”. Frase que refleja el humor escéptico de la protagonista. El diálogo siguiente evidencia el estado de ánimo de las dos mujeres:

—¿Estás despierta? Yo también…

—Muy despierta. Nunca me había sentido tan despierta ¿Me comprendes? Todo parece distinto… ¿también tienes la sensación de que te espera algo nuevo?

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Reafirmación y muerte

La loca persecución del sucio Thunderbird por los coches de policía y los helicópteros cae en todos los tópicos propios del género. Sirve para que las heroínas de su destino se reafirmen en su posición de preferir la muerte liberadora a una vida prisionera de vulgaridades. Cuándo frenan al borde de los precipicios del Gran Cañón, sus palabras son para expresar su deslumbramiento por la belleza del paisaje y su alegría por el éxito de las vacaciones. El último diálogo:

—Yo no me rindo…

—Oye, no nos dejemos coger.

—¿Estás segura?

—Sí.

Un primer plano de sus rostros, de sus miradas, de su emoción. Besos. El policía corriendo tras el coche. Las manos juntas. Un detalle de la foto que se hicieron en el inicio del viaje, que sale impulsada en el momento del vuelo. Blanco. Ellas ya no están en este mundo y la historia se acaba.

Se trata pues de una muerte liberadora como la única forma de sobrevivir, mediante la necesaria transformación interna de todo aquel que emprenda un viaje que se precie.

Los hombres, los otros

La sociedad machista de la que se defienden Thelma y Louise está representada por un conjunto de personajes que se ajustan al cliché canónico propio de este arquetipo.

A él se acerca la personalidad de Darry (Christopher McDonald), el desconsiderado marido de Thelma, cuya superficialidad comparte con los policías que acuden a su casa para conseguir información sobre las fugitivas. A pesar de que la camarera del bar insiste en que el hombre asesinado se lo tenía ganado, y dice que “esas mujeres no son de las que asesinan”, la policía persiste en su persecución por encima de todo.

De este grupo se salva el policía encarnado por Harvey Keitel, que no solamente comprende las motivaciones de las dos mujeres, sino que se siente cómplice de sus actos. Por eso se indigna con el frívolo J. B. y le reprocha el robo del dinero, que ha dejado a las dos mujeres sin salida, y las ha impulsado a cometer nuevos delitos: “Esas dos mujeres tenían una oportunidad y tú se la has jodido”.

Este conjunto de personajes se desenvuelven en las noches lluviosas y en ámbitos urbanos, cerrados. La mirada de Thelma ve alejarse a J.B. tras las gotas de lluvia del parabrisas trasero, como si perteneciera a un mundo de placer al que ella no tendría derecho. El personaje masculino más tramposo es Jimmy, el novio de Louise, que finge ayudarla pero no desinteresadamente, pues en el fondo lo que quiere es averiguar qué pasa y casarse.

Esta película, etiquetada como road-movie, es fiel a los rasgos del género, si bien aporta la singularidad de sus protagonistas femeninas, excelentemente interpretadas por dos actrices de primera como son Susan Sarandon y Geena Davis. La puesta en escena sencilla y con los artificios justos desarrolla con eficacia y sobriedad el guión de Callie Khouri, seguramente su mejor trabajo.

El resultado es un producto muy vendible y con un mensaje asequible, cercano y fácil de interpretar.

Escribe Gloria Benito

(Este artículo fue inicialmente publicado en mayo de 2013, en el monográfico de Ridley Scott.)

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