Caminos polvorientos

  12 Abril 2019

El western y la odisea de los pioneros

Tus pies sobre la tierra antes no hollada,wagon master-1
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.
L. Cernuda: Peregrino.

La carretera es el medio, la excusa. Sobre la carretera pueden tener lugar los más variados acontecimientos. La carretera conlleva un viaje, pero los viajes son heterogéneos, y el cine se ha ocupado de casi todas sus formas. Hay quien se ve forzado a tomar la ruta porque en ello le va la vida. Son las múltiples huidas que hemos contemplado en la pantalla. Algunas tienen un destino marcado, un lugar determinado que si se consigue alcanzar pondrá fin a las penalidades. Otros deambulan sin rumbo, más pendientes de lo que les acecha que del lugar al que se dirigen. En ocasiones el perseguidor tiene rostro, está identificado, en otras es una nebulosa, una amenaza incorpórea, y hasta ocurre que el enemigo se lleva dentro, siendo entonces imposible deshacerse de él.

Esta última posibilidad nos acerca al viaje como transformación. Se trata de abandonar lo antiguo y abrazar una nueva forma de vida que se encontrará al final del camino. El destino se alza así como el ideal que resolverá los problemas, el edén salvífico. Es este un viaje sin trayecto de vuelta, pues en su término se encuentra la plenitud.

La plenitud puede ser definitiva o pasajera. Es lo que les ocurre a los turistas, quienes abrazan una salvación engañosa. Su partida, a diferencia de la anterior, se encuentra hipotecada ya que devuelve a su protagonista a la casilla inicial. Esta es la diferencia que Paul Bowles establecía entre el viajero y el turista. Mientras éste tiene diseñado su retorno, el primero no sabe cuándo volverá o si lo hará. Cuando todo acabe, reintegrado a la normalidad, el turista recordará su viaje como algo efímero que quizá le cambió a él en lo accesorio, nunca en lo fundamental.

Aun así puede reconocer la sensación que produce evadirse. No le ocurre lo mismo a quien hace del viaje su rutina diaria, su ocupación profesional. Los camioneros, los taxistas, los viajantes de comercio… El viaje ritualizado, incorpóreo, transparente. El viaje como losa de la que no es posible desprenderse. Pero puede que un buen día, inesperadamente, la rutina se rompa y nada vuelva a ser igual.

Sea cual sea la forma que adopte, el cine en la carretera se ha movido en torno a dos parámetros: Las dificultades del trayecto, los obstáculos y sorpresas que depara, y los efectos que tiene sobre quienes viajan, construyendo así un camino paralelo al físico. El viaje interior como reflejo del exterior. Si el acento se pone en la primera posibilidad el cine tiende a la épica colectiva, si es la segunda la privilegiada remite más bien a la introspección individual, aunque sin negar nunca la influencia de lo externo en lo interno.

El western, género fundacional del cine, esencia del séptimo arte, no ha sido ajeno, como no podía ser de otra manera, a estos planteamientos. Por sus coordenadas históricas (no nos referimos ahora a los neowesterns o a sus reinterpretaciones con parámetros actuales) las formas que ha adoptado han sido limitadas. Los caminos eran polvorientos y los medios de desplazamiento dependían exclusivamente de los caballos, sea por sí mismos sea tirando de caravanas y diligencias.

Es difícil hablar de vacaciones en los tiempos del lejano oeste, pero sí que podemos encontrarnos con huidas, persecuciones, búsquedas de nuevos horizontes o misiones a cumplir. La memoria colectiva y la pasión de los aficionados sabrán rellenar con ejemplos cada una de estas formas.

Por ser consustancial a la esencia misma del género nos centraremos en una de ellas: El relato de la odisea de los pioneros a la conquista de nuevos territorios y su marcha hacia el lejano oeste en busca de una vida próspera, la aventura y el descubrimiento. En definitiva: el western.

Cuando se afronta el duro viaje hacia los confines del mundo conocido la empresa sólo puede ser colectiva. Las dificultades hacen inviable que un personaje solitario concluya semejante misión con éxito, además de que, si exceptuamos a los buscadores de oro, que se desplazan a territorios ya asimilados, el trabajo requiere de un esfuerzo que necesita del concurso de muchos. Los primeros pobladores por tanto, los que buscaban la tierra de promisión, organizan expediciones multitudinarias que a la vez que les sirven para protegerse durante el trayecto aseguran el éxito en el destino.

westward the women-3

El objetivo es formar una comunidad próspera que redima las penurias cotidianas. En Caravana de paz (Wagon Master, John Ford, 1950) es un grupo de mormones quien protagoniza la marcha. Se trata por lo tanto de trasladar una comunidad ya constituida, y con fuertes vínculos internos, a otro lugar. Esta idea de cohesión será fundamental, por cuanto es la que garantiza la supervivencia en las dificultades que habrá de atravesar. No se pueden ignorar las resonancias bíblicas que la película de Ford posee. Se trata de una comunidad de elegidos que va en busca de la tierra prometida, lugar fértil junto al río San Juan, en el que las penalidades sufridas obtendrán cumplido reparo, y a la que se dirigirán en lo sucesivo diversas familias de la misma confesión.

En ocasiones el camino ya ha sido trazado y, aunque la dificultad sigue siendo la misma, de lo que se trata es de reunirse con los que ya conquistaron el destino. Pero semejante tarea reproduce la ilusión y la esperanza de los pioneros. Uno de los casos emblemáticos que nos ha dado la historia del western es el de Caravana de mujeres (Westward the Women, William A. Wellman, 1951), que narra el desplazamiento de un grupo de mujeres hacia las tierras de California para casarse con unos desconocidos que ya se encuentran allí. Las peripecias que tendrán que afrontar son asimilables a las de sus predecesores, y el hecho de que no se conozcan entre sí sirve para describir la necesaria comunidad que requiere su desafío.

En La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs, Joel y Ethan Coen, 2018), esa espléndida película que iba a ser una serie de televisión pero que se quedó en una recolección de seis episodios que no se han exhibido en el cine, sino que han quedado relegados a las plataformas de televisión y otros medios móviles (cosas de los tiempos actuales), los Coen recrean con la elegancia y el fervor por la historia del cine que les caracterizan, muchas de las claves de este género, y en concreto el viaje en busca de un marido desconocido, el que protagoniza la señorita Longabaugh en el quinto episodio. Su carácter retraído se movía al amparo de su hermano, pero cuando éste muere inesperadamente, y ante la oferta de los directores de la caravana para que regrese, se niega aduciendo que no tiene dónde volver. Asistimos por tanto a la búsqueda de un destino que palie las condiciones de vida hasta ese momento soportadas, lo que supondrá un nuevo comienzo, una transformación total.

El carácter grupal de estas películas hace que se centren más en las dificultades que el camino entraña que en las características de quienes lo recorren, siempre subsidiarios respecto al condicionamiento geográfico. El medio se presta a ahondar en semejante planteamiento. Los grandes espacios vacíos, casi vírgenes, transmiten la idea de una inmensidad inabarcable, subrayando así la insignificancia de lo humano, y por ende lo hercúleo de su empresa. El desierto es una constante, y en él espera la sed, las trampas de arena, las montañas que hay que escalar con las carretas abriendo nuevas rutas, el viento, y el enemigo más temido e todos, los indios. El objetivo es sobrevivir y alcanzar el destino, pero tal supervivencia es contemplada desde el conjunto. Bien cierto es que cada uno de sus integrantes alberga la esperanza del éxito, pero tal éxito se mide desde el colectivo, asumiendo la pérdida inevitable de alguno de sus miembros. Antes de comenzar la expedición de Caravana de mujeres la advertencia es clara: Una de cada tres morirá, y así ocurre, pero las que consiguen llegar certifican el triunfo de la aventura.

balada-buster-scruggs-3

La dureza del camino exige sacrificios, entre ellos la muerte, y exige también cambios en los protagonistas. Pero a diferencia de otros contextos, aquí la capacidad transformadora del viaje no se refleja en los individuos aislados sino en el organismo vivo que forman todos ellos. No importan tanto las circunstancias personales sino lo que tienen en común y ponen al servicio de la empresa. Todos, indiferenciadamente, se verán concernidos por un cambio que les permitirá concluir con éxito su misión.

En Caravana de mujeres esa transformación consiste en convertir a las mujeres en hombres. Estamos hablando de roles perfectamente definidos, en el que ellas, añoradas por los solitarios hombres, representan pañales tendidos y olor a buena comida, y para conducirlas se contrata a quienes pueden llevar a cabo ese trabajo, un grupo de vaqueros experimentados. El mensaje que lanza el director de la expedición al comenzar es diáfano: «Hacedlas felices u os las veréis conmigo». Es decir, protegedlas, que sufran lo menos posible las inclemencias de lo que se avecina.

Cuando los hombres deciden abandonar la empresa es cuando ellas tienen que ocupar su puesto. Los adornos festivos dejan paso a la rudeza del esfuerzo. Es en ese momento cuando hay que hacer de ellas hombres y comienza la transformación. A partir de ahí la película será la asunción por parte de las mujeres de aquello que no era para ellas, pero que demuestra que perfectamente pueden asumir.

Pese a lo que pueda parecer, la película (y no conviene caer en anacronismos miopes) es lo que hoy llamaríamos feminista, por cuanto se reivindica para las mujeres el papel que la sociedad les tenía vedado. Más aún: lejos de ser la mercancía expuesta que otros elegirán, se les concede a ellas la decisión de escoger a su pareja, sin que quepa objeción alguna a su elección.

El reconocimiento de su valía se confirma en dos momentos del filme. Uno de ellos es el contrapicado sobre sus figuras cuando observan, serenas, el desierto que han de atravesar. El segundo es aquel en el que, cuando ya no queda alternativa, tiran los muebles y otros enseres que llevaban consigo, en un gesto de desprendimiento que no atañe sólo a la necesidad de concluir su periplo, sino que significa también el abandono de un rol que ya les resulta demasiado constringente.

No quiere decir eso que hayan mudado su naturaleza. Son mujeres capaces de comportarse como hombres, de asumir cualquier tarea por inapropiada que parezca, pero no por ello dejan de ser mujeres, y así se manifiesta finalmente.

Por una parte, en la hermosa escena del nacimiento del niño, en la que todas ellas sujetan la carreta mientras su compañera da a luz (de nuevo la necesaria colaboración), como si de un alumbramiento colectivo se tratara, una apelación a la maternidad universal de la mujer. Por otra, está el momento en el que llegan al poblado negándose a que las vean con el aspecto que tienen. Su feminidad (cansinos discursos de guardia no, por favor) reaparece, pero es una feminidad, cabría decir, mucho más consciente y segura de sí misma.

El tesón, la fuerza, la cooperación tienen su recompensa final. Es el premio al trabajo, a la convicción. Es la exaltación de la heroicidad, la apología de la aventura, la nueva civilización que está naciendo.

Escribe Marcial Moreno  

wagon master-2