Los exiliados románticos (2015), de David Trueba

  28 Febrero 2019

La estación de los amores

los-exiliados-romanticos-1Según se ha venido refrendando a lo largo de sus respectivas y muy estimulantes carreras cinematográficas, a la familia Trueba le encanta la forma de ser y de hacer de los franceses.

Por poner un ejemplo, David Trueba en la reivindicable La buena vida (1996) confesaba, en boca de su protagonista, que le hubiera gustado que su padre fuera francés, mientras en el cuarto de al lado su progenitor gritaba como un energúmeno viendo un partido de fútbol televisado. También su hermano Fernando, cuatro años antes había reivindicado a la cultura francófona en la oscarizada Belle Epoque (1993).

Así que no es de extrañar que Jonás Trueba, sobrino del primero e hijo del segundo, haya mamado este amor hacia el cine del país vecino y sus trabajos beban directamente de algunos de los directores de la conocida como nouvelle vague: Eric Rohmer, Jacques Rivette o Alain Resnais.

En la que es su penúltima película estrenada hasta la fecha (la última que llegó a las carteleras fue La reconquista en 2016 y ya tiene unos cuantos proyectos en cartera para 2019), Los exiliados románticos (2015), con un tono aparentemente ligero y moderno el más joven de la saga se desmarca de los manidos caminos de nuestro cine para brindarnos una road movie emocional y a contracorriente. Busca la esencia del propio cine, no se deja encorsetar por estructuras y con el único objetivo de que el propio cine respire. Así que convoca a un puñado de colegas, los mete en una furgoneta hippie y se van al encuentro de amores idílicos.

A Francesco (Francesco Carril, protagonista de Los ilusos, film previo de Trueba) le gusta ir al cine. Isabelle (Isabelle Stoffel, coprotagonista de Los ilusos) quiere tener un hijo. Eso es todo lo que se sabe sobre los seis protagonistas a lo largo de la película. El resto es lo que hacen, y lo que hacen no es precisamente andar cazando osos o fundando países.

Vito (Vito Sanz, coprotagonista de Los ilusos), Francesco y Luis (Luis E. Parés) parten en combi de Madrid. A dónde van y para qué no se sabe: más que un compañero de viaje, el espectador de Los exiliados románticos es invitado a ocupar el lugar de testigo mudo.

En la primera parada nocturna, algunas bromas con el pijama de Francesco, dichas medio al pasar. A la mañana siguiente aparece Renata, la chica del telescopio (Renata Antonante), que tiene una historia anterior con Francesco. Hablan en italiano, comentan un libro de Natalia Ginzburg, Francesco dice algunas pavadas sobre el tener cosas en común o no.

Segunda parada: París. Almuerzo en lo de Isabelle y un par de amigos. Diálogo sobre los exilios durante la Guerra Civil, tema en el que Luis es experto. Luis tuvo historia con Isabelle, se nota que está a la expectativa. Van a un «clubcito» a ver a una cantante que se llama Miren Iza.

Al día siguiente, Vito, el más romántico de todos, repasa su declaración de amor en francés y se encuentra en los Jardines de Luxemburgo con una belleza por la que está perdidamente enamorado y se entiende (Vahina Giocante es el eufónico nombre de la chica). De vuelta a casa, declaración de irrealidad total por parte de la película (la cantante viene justo detrás de ellos en la ruta, cantando, y ellos la escuchan con acompañamiento instrumental y todo desde la combi), encantador numerito musical alla Godard y finale en largo plano fijo, con los cinco que quedan sumergiéndose en un lago, con poca o ninguna ropa.

Tres protagonistas, tres pinceladas de historias y tres romances efímeros. El resultado final es una bocanada de aire fresco que empapa cada fotograma de una mimada improvisación.

Si bien es cierto que algunos pueden considerar que exista un exceso de textualidad y de apuntes culturales (por allí se pasean alusiones a Pascal, Natalia Ginzburg, el Test de Bechdel…) uno —que ya está cansado de las bochornosas comedietas de andar por casa auspiciadas por las poderosas cadenas de televisión que se venden como el súmmum de la creatividad y no dan más que vergüenza ajena— agradece que de vez en cuando haya un director joven que apueste de manera tan directa por utilizar imágenes que inciten a la reflexión, y que a la vez sirvan de guía para descubrir consignas de obras asumidas.

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Una duración ajustada (poco más de una hora de metraje que pasa como un suspiro), un humor fino no exento de afilada crítica, que quizás marque un prometedor camino para futuros trabajos, y diálogos sorprendentes insertados en medio de parajes evocadores (ojo a la entrañable y patética escena grabada en plano fijo en la que uno de los protagonistas se declara a una chica en un francés mejorable) son tan sólo algunas de las virtudes de esta «aparente» obra menor.

Hay mucho de espontaneidad, para lo bueno y para lo malo, pero es la excusa perfecta para soltar amarras y dejarte llevar por el río de la vida: una caricia, un beso a la orilla de un lago, una confesión, la empatía.

Pequeñas sorpresas en forma de verdades como puños que no necesitan estar envueltas en oropeles o papeles de regalo fastuosos. «Aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas», cantaba Serrat. Jonás Trueba demuestra que se puede decir mucho con poco, y que el cine puede llegar a ser sinónimo de libertad evocadora. Las excelentes canciones de Tulsa hacen el resto.

Por momentos, Los exiliados románticos se parece más a un ejercicio de estilo, con mucho de improvisación, que a un largometraje planeado convencionalmente, con todo lo bueno y lo malo que esto implica.

Por si cabía alguna duda del espíritu juguetón, queda explícito cuando los personajes muestran conciencia de estar participando de una ficción. «Si esto fuera una película, creo que no pasamos el test Bechdel», dice una de las chicas. Los diálogos —livianos y alejados de cualquier solemnidad, pero sin resignar profundidad— parecen escritos en homenaje al cine de Eric Rohmer. Aunque, desde ya, las distancias son enormes.

Por supuesto, todo aquél que no tenga la más mínima inquietud intelectual y que alimente su pasión cinéfila a base de blockbusters que ni se acerque a esta pequeña película de culto instantáneo. Aquí no se trata de destruir puentes, sino de construirlos.

Escribe Francisco Nieto

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