Dersu Uzala (1975), de Akira Kurosawa

  22 Diciembre 2018

Memoria de una amistad

dersu-uzala-00A finales de los años 30 del pasado siglo, Akira Kurosawa (1910-1998) ya pensó en llevar al cine las obras del militar y geógrafo ruso Vládimir Arséniev (1872-1930). Este brillante científico había emprendido en 1902 y 1907 dos importantes expediciones por la taiga siberiana, territorio apenas conocido que fue cartografiado gracias a su labor.

En los viajes, un poblador de los bosques del Ussuri, perteneciente a la tribu goldi, le había ayudado, convirtiéndose en su mejor amigo. Se llamaba Dersu Uzala. Como testimonio de las rutas topográficas y en homenaje a la generosidad de Dersu, Arséniev escribió en la década de los 20 varios trabajos narrativos, a modo de evocación de las exploraciones orientales en compañía de su querido colega.

Poco antes del inicio de la II Guerra Mundial (1939-1945), Akira Kurosawa, un joven cineasta japonés, quedó fascinado por los relatos de Arséniev y forjó el sueño de llevarlos al celuloide. Kurosawa era entonces asistente de dirección de un prestigioso creador nipón: Kajiro Yamamoto. El proyecto cinematográfico de adaptar Dersu Uzala (conjunto de memorias de Arséniev) quedó aplazado debido en parte a la inexperiencia de Kurosawa, a la amplitud fílmica de este reto, y al estallido del conflicto bélico.

A principios de los 50, Kurosawa, que crecía admirablemente como director de cine, y que ya había rodado varios filmes y una obra maestra, Rashomon (1950), pretendió retomar la quimera de dirigir Dersu Uzala. De nuevo, la tuvo que posponer, ya que fue consciente de la incongruencia que poseería esta película si se filmaba en suelo japonés.

Pasaron dos décadas, y a mediados de los 70, en virtud de una coproducción soviética-japonesa, Kurosawa pudo cumplir la arcana ilusión de transportar al cine Dersu Uzala. Era ya un cineasta maduro, con más de sesenta años, reconocido a nivel internacional por películas maravillosas de la talla de Vivir (1952), Los siete samuráis (1954), Trono de sangre (1957), Yojimbo (1961) o Barbarroja (1965). También un ser humano que había sobrevivido a una crisis económica y anímica, que le hizo estar cerca de la muerte (superó un intento de suicidio, en 1971).

En estas coordenadas existenciales, en febrero de 1974, Kurosawa y su equipo técnico y artístico (formado mayoritariamente por soviéticos), viajaron a Siberia para iniciar el complicado rodaje de Dersu Uzala, que se prolongaría casi un año. Kurosawa realizó con maestría el precioso proyecto cinematográfico gestado en su juventud. Asimismo, abrió con Dersu Uzala una nueva etapa en su carrera, el período final, sintético y totalizador de la misma, que depararía frutos memorables como Kagemusha (1980), Ran (1985) o Sueños (1990).

Dersu Uzala constituye una obra de plena madurez, donde Kurosawa evidencia un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico (personajes, diálogos, tiempos, espacios, silencios, símbolos, sonidos…). En esta línea, se puede equiparar Dersu Uzala a filmes maduros de otros grandes directores. Así, El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford; ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Robert Aldrich; Los pájaros (1963), de Alfred Hitchcock; Amarcord (1974), de Federico Fellini; Fanny Alexander (1982), de Ingmar Bergman; o La buena estrella (1997), de Ricardo Franco.

Amistad entrañable

dersu-uzala-1En Dersu Uzala sobresale por encima de cualquier otro aspecto de interés la humanísima y emotiva historia de amistad entre Arséniev y Dersu. De hecho, podemos valorar los libros de Arséniev y el largometraje de Kurosawa como un recuerdo de esa amistad. Quien enuncia la voz en off en el filme es el propio geógrafo, en perfecta equivalencia al narrador intradiegético en primera persona de las obras memorísticas.

Arséniev es un reputado militar y un científico valioso que cultiva varias disciplinas: la etnografía, la topografía, la geografía. Además, posee una familia estable en la ciudad, con mujer e hijo. El éxito va asociado a su vida. Sin embargo, no será en el mundo castrense, ni en el académico, ni en el familiar, donde conozca al individuo clave en su devenir vital. Lo conocerá en un viaje a la taiga de Siberia, de manera inesperada, mágica. Una noche, en el improvisado campamento en el que Arséniev habla con los soldados de su tropa, aparece Dersu. Se trata de un hombre veterano, de escasa altura, con un vasto zurrón en la espalda, calzado antiguo y un cayado que le sirve para aguantar las largas caminatas. Dersu vive en los bosques de Siberia, rodeado de árboles, ríos y montañas. Subsiste gracias a la caza, sobre todo de cibelinas.

Arséniev encuentra en Dersu un ser bueno, sencillo y sabio. Y Dersu halla en Arséniev un hombre pacífico, reflexivo y culto. Entre ambos va estableciéndose una hermosísima amistad que crece por el ímpetu de dos corazones generosos, alejados del egoísmo y la maldad. Kurosawa plasma con talento el papel de observador de Arséniev, en algunos planos donde Dersu explica a los militares el tipo de huellas encontradas, cómo reforzar un refugio, o la necesidad de dejar arroz y sal en las guaridas para futuros caminantes. Arséniev observa a Dersu desde el fondo o desde un lateral, y observándolo aprende. Kurosawa, con destreza, hace coincidir el punto de vista de Arséniev con el nuestro de espectadores; esto es, a menudo vemos a Dersu con los ojos de Arséniev.

Luego, también existen escenas memorables con solo los dos protagonistas. Por ejemplo, en una noche que ya finaliza, Arséniev y Dersu sentados, de espaldas, contemplan el firmamento, en un plano portentoso, bellísimo, de aliento pictórico. El cazador le dice al científico señalando el sol, que en esos momentos se ubica paralelo a la luna: «Capitán, esa es la persona más importante de todas. Sin ella, todos desapareceríamos». Y Arséniev se queda asombrado otra vez por la sabiduría de su amigo. Dersu considera humanos a los astros, al fuego, al agua, al aire, a los animales. Y esta percepción antropomórfica viene a potenciar aún más la filantropía del personaje, al igual que su armonía con la naturaleza y el cosmos.

Otra escena muy lograda sería el reencuentro entre Dersu y Arséniev, después de cinco años (recordemos que Arséniev encabeza dos exploraciones por las selvas del Ussuri: la primera, en 1902; la segunda, en 1907). Arséniev lleva varios meses en la taiga, completando relevantes progresos cartográficos, pero preocupado por no haber visto a Dersu.

Un día, mientras trabaja en sus planos, uno de los hombres a su cargo le avisa de que, a poca distancia del campamento, un cazador autóctono le ha preguntado por él. El humanismo del cine de Kurosawa se aprecia en los siguientes planos. Arséniev deja su cuaderno, se levanta presto y corre por la estepa en busca de Dersu. En una rápida búsqueda, logra verlo en el horizonte y le grita: «¡Dersu!», el cual responde emocionado: «¡Capitán!». Los dos corren para encontrarse; cuando están frente el uno del otro, un montículo de tierra los separa (que bien pudiera simbolizar las barreras y trabas de la mayoría de las relaciones afectivas), y tienen que desplazarse pocos metros para, finalmente, estrecharse en un abrazo sincero.

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Intérpretes formados en el teatro

Si interpretamos los dos viajes de Arséniev por las tierras siberianas en el marco de su amistad con Dersu, podemos valorar el primero (de 1902) como el viaje del conocimiento y la fascinación, y el segundo (de 1907) como el viaje de la consolidación de la relación amistosa. Los actores que dieron vida en la gran pantalla a Vladímir Arséniev y Dersu Uzala fueron Yuri Solomin y Maxim Munzuk, respectivamente. Los dos se mostraron muy brillantes en sus papeles. Tanto Munzuk como Solomin se habían formado y habían crecido en el teatro soviético.

Solomin era uno de los puntales de la compañía dramática Maily Teatr, y desde principios de los 60 combinaba su carrera teatral con la cinematográfica. En lo que respecta a Munzuk, no podemos olvidar que constituía una leyenda del teatro de la región de Tuva, donde había formado un grupo artístico en el que desempeñaba la dirección y el rango de primer actor. Dersu Uzala brindó a Munzuk una de las primeras oportunidades de participar en el cine, lo que aprovechó para entregar una interpretación imperecedera. La huella del teatro se deja notar en ambos trabajos actorales dentro de la película de Kurosawa: desde los movimientos a la fuerza de los rostros, pasando por el uso de los silencios o los diversos matices de sus personajes.

En una entrevista, hacia el año 2000, Yuri Solomin afirmó que «trabajar con Kurosawa fue una universidad cinematográfica y humana, sobre todo humana. Él era un genio». Antes de empezar el rodaje de Dersu Uzala, Kurosawa vio bastantes películas rusas y varios largometrajes donde participaba Solomin. Apenas le hizo pruebas para elegirlo como Arséniev. Al observarlo con el traje militar, supo que sería una reencarnación lograda del eminente capitán y científico ruso. En la selección de Dersu, el director japonés probó antes al actor Kola Beldy, descendiente del propio cazador siberiano. Sin embargo, el papel iría a Maxim Munzuk que, al destacado parecido físico, acompañaba una similitud existencial, señalada por su compañero de reparto Solomin: «Maxim también cazaba, pero lo principal es que era un hombre ingenuo, interesante y bondadoso, como Dersu».

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Un canto a la naturaleza

Otro punto esencial del filme es la naturaleza, a la que se rinde un memorable homenaje tanto en las imágenes como en el respeto y el cariño que Dersu, y progresivamente Arséniev y su tropa, le profesan. Las panorámicas iniciales de los altos cedros, los planos de la espesura de la selva, los paisajes níveos o los transparentes ríos forman un exuberante mosaico de las maravillas naturales de la región del Ussuri. Los espacios nevados de Dersu Uzala remiten cinematográficamente a Nanuk, el esquimal (1922), de Robert Flaherty, y a Doctor Zhivago (1965), de David Lean, influyendo a su vez en películas posteriores como Kamchatka (2002), de Marcelo Piñeyro, y Nadie quiere la noche (2015), de Isabel Coixet.  

En Dersu, apreciamos una vinculación intrínseca del ser humano con la naturaleza, y con ella las aves y los animales (magnífica la escena en la que Dersu y la tropa de Arséniev salvan a un cervatillo que se había caído en un hoyo), que nos recuerda a dos personajes nucleares de la narrativa de Miguel Delibes: el señor Cayo y Azarías (y a las versiones cinematográficas protagonizadas por estos seres de ficción: El disputado voto del señor Cayo, de 1986, dirigida por Antonio Giménez Rico; y Los santos inocentes, de 1984, bajo la dirección de Mario Camus; ambas películas cuentan con un Francisco Rabal en estado de gracia).

Como Azarías y Cayo, Dersu se encuentra alejado de la civilización urbana, y siente que sólo al cobijo de los caminos de la selva y las montañas se halla la autenticidad de su existencia. Cuando Dersu vive al final de la película en el hogar familiar de Arséniev, en Clabarovsk, nota el vacío, la sensación de no tener aliento. Le falta la libertad. La vida urbana le asfixia. No entiende que haya que pagar por el agua o por la leña, gratuitos y fáciles de conseguir en la naturaleza siberiana. Por eso le ruega a Arséniev que le deje volver a la taiga. Pese a la creciente ceguera que padece, sabe que allí está su lugar en el mundo. Kurosawa señaló que «la gente ha olvidado que el hombre es parte de la naturaleza. Acaban con ella ávidos como buitres. Eso hay que gritarlo a los cuatro vientos. Por lo que a mí respecta, lo hago a través de mis filmes».  

La naturaleza que a veces se presenta apacible y majestuosa, en otros pasajes del filme se torna en un enemigo terrible, que pone en riesgo la vida de Arséniev y Dersu. Hay dos escenas muy significativas de lo que acabamos de comentar: la primera, cumbre del largometraje, está magistralmente rodada por Kurosawa. Se desarrolla en el pantano helado junto al lago Janka, donde los dos amigos se han perdido y, ante la inminente llegada de la noche, deben construir un improvisado refugio con hierbas. Las ventiscas arrecian irascibles, el tiempo avanza rápido y Arséniev se va agotando. Exhausto, cae al suelo. Dersu, que perdió a su mujer y a sus hijos por la viruela, no dejará que fallezca ese amigo que tanto quiere. Kurosawa no lo muestra explícitamente, pero sugiere que el cazador salva al científico y completa la construcción herbórea que les permitirá pasar con vida la amenazante noche. Al amanecer, Arséniev verá los milagrosos rayos de sol y se mostrará agradecido por la grandeza espiritual y física de Dersu, su salvador.

La segunda escena tiene lugar en un río, que Dersu, Arséniev y los demás militares transitan en una embarcación de madera. De repente, las corrientes de agua se embravecen y el peligro vuelve a acechar. Los soldados alcanzan a nado la orilla, y después de ellos Arséniev, quedando solo sobre las tablas Dersu. El río es una pasarela hacia la muerte y Dersu logra saltar a las aguas antes de que la barca quede destrozada. El cazador es arrastrado por la corriente, ante la desesperación de Arséniev y sus hombres que ven como se precipita al vacío. Por fortuna, consigue agarrarse a unas ramas en mitad de la corriente. En la orilla, el ingenio de Arséniev idea la salvación de Dersu: la confección de una cuerda con las cazadoras y las correas de la tropa. Después de agarrarla a un tronco, se la lanzan al cazador. Tras minutos de enorme tensión, logran el objetivo, posibilitando que Dersu pise de nuevo la tierra y les abrace agradecidísimo.

Nótese el intercambio de roles, que refleja la veracidad de la amistad del geógrafo y el poblador de la taiga. En la primera escena, Dersu salva a Arséniev; en la segunda, Arséniev hace lo propio con Dersu. Estos dos pasajes cinematográficos ponen de manifiesto el talento de Kurosawa para rodar sucesos de gran dramatismo y suspense, apreciándose en los mismos la influencia de la narrativa de aventuras decimonónica y autores como Verne y Melville.

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Recuerdos de las expediciones

Dersu Uzala se desarrolla a partir de dos flashbacks, que enfatizan la dimensión nostálgica y entrañable del filme. Arranca la película en 1910, cuando Arséniev visita la zona donde fue enterrado Dersu tres años atrás. El científico aprecia que los esbeltos cedros que presidían el paisaje de la taiga han sido sustituidos por numerosas viviendas. Esto viene a reflejar el paso de la naturaleza a la urbanización. Desde esta perspectiva, podemos interpretar la remembranza de Dersu y su vida que realiza Arséniev no sólo como un homenaje a una bella amistad, sino también como un testimonio de una forma de existir (la armonía del ser humano con la vegetación, los ríos y los animales) que pronto iba a desaparecer. Dersu sería uno de los últimos individuos que vivió libre dentro de la selva siberiana, al margen de la civilización urbana.

Los dos flashbacks se reparten con un intervalo de cinco años, situándose en 1902: la primera expedición por la taiga y el encuentro con Dersu; y en 1907: el segundo viaje de Arséniev, donde consolida su amistad con el cazador goldi. Ambos flashbacks articulan de manera bimembre el filme. Precisamente, en este segundo flashback la plenitud de la amistad se transmite en una emotiva secuencia de fotografías en blanco y negro en las que distinguimos a un Dersu feliz, en compañía de Arséniev y los soldados.

Pero en la expedición de 1907, se empieza a notar la decadencia del cazador, que va perdiendo vista y certeza en los disparos, lo que le ocasiona momentos malhumorados y de temor a la muerte. Max Horkheimer afirmó: «mi sentimiento principal es el miedo». En este sentido, el tigre Amba viene a ser un símbolo del miedo que Dersu tiene a fallecer, la representación de la amenaza sobre el tiempo vital. El plano del felino con trazos de color rojo, que recuerdan a Gritos y susurros (1972), de Bergman, supone una magnífica expresión de la angustia existencial. A Kurosawa siempre le pareció muy destacable la vejez como etapa cercana a la muerte, dejando alguna joya fílmica en relación con las personas mayores. Tal es el caso de Vivir (1952).

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La huella de la pintura

En torno a la vejez del cazador, hay un formidable presagio en la parte inicial de Dersu Uzala, la que se ubica temporalmente en 1902. Se trata del hombre viejísimo que Arséniev y Dersu hallan en una de sus rutas (Dersu lo conocía con anterioridad). Este señor vive solo en la taiga, destrozado anímicamente por haber perdido a su familia, puntos en los que apreciamos paralelismos con el propio Dersu, aunque el integrante de los goldi se caracterizará por su vitalidad, sobre todo en 1902, no ya tanto en 1907.

En lo que respecta a este hombre mayor, Kurosawa construye un portentoso plano con tonos blancos y negros, en el que aparece solo, con aspecto abstraído, ensimismado, ausente en la puerta de su humilde hogar. Lo vemos en el centro de la imagen, sentado, enflaquecido, transmitiendo un enorme cansancio y la cercanía de la muerte. Este plano es muy pictórico y expresivo. Quizá Dersu pueda ver en el anciano su propio futuro. A Kurosawa le apasionaba la pintura (de hecho, era diplomado en Bellas Artes) y añadió sus conocimientos artísticos a la composición y el simbolismo de las imágenes cinematográficas.

Otro ejemplo en el filme de la influencia pictórica sería en la segunda parte (la de 1907), tras el reencuentro de Dersu con Arséniev. Una noche, los soldados de Arséniev entonan canciones, mientras se calientan al lado de la hoguera (resulta muy interesante valorar en Dersu Uzala los numerosos momentos en los que aparecen hombres conversando alrededor de las hogueras; en un fragmento prosístico, Unamuno hacía referencia a la autenticidad del fuego en conexión con la autenticidad de la vida de los individuos y que, amparados por el calor, las personas se sentían verdaderamente humanas).

Es un plano espléndido, abarcador, Kurosawa pareciese que pintase un cuadro nocturno: en la parte superior izquierda, los militares de Arséniev, en actitud distendida, junto a las brasas; el tronco de un árbol caído que cruza diagonalmente la imagen, separando un espacio de jolgorio y otro de confesión; en el margen inferior derecho, Dersu y Arséniev conversan apaciblemente, contentos tras volverse a ver después de un lustro. El cazador le cuenta que ha seguido resistiendo en la selva siberiana, aunque un especulador le engañase. De pronto, los soldados empiezan a cantar un tema bellísimo, leitmotiv musical y conceptual de la película, que conecta con la idiosincrasia de Dersu:

Águila gris de mi suelo…

¿dónde fue tu largo vuelo?

Crucé en mi vuelo las montañas

donde reinaba la calma…

Con el primer verso, los dos amigos se giran para escuchar el cántico de los militares. Arséniev se levanta y anda unos pasos emocionado, orgulloso de su tropa, que ha comprendido la grandiosidad del pequeño cazador. Dersu sonríe, sabedor que en las canciones se guarda la memoria de los hombres.

El humor

Dersu Uzala es una película muy filosófica, con una tremenda profundidad ética, como el resto de la filmografía de Kurosawa. No obstante, la dimensión moral no impide que aparezcan ciertas notas humorísticas que acrecientan más si cabe el humanismo del filme.

Pongamos tres ejemplos del empleo sabio del humor en Dersu Uzala. Cuando Dersu aparece una madrugada en el campamento de Arsániev y la tropa, y el soldado Olenetiev se figura que es un oso, incluso hace amago de cargar el fusil. Poco después, queda sorprendido por la bonachona presencia de Dersu. Humorística sería la escena en la que Arséniev manda formar a sus hombres, y uno de ellos, alto y desgarbado, se cuadra con la camisa arrugada, sin estirar.  Y otro momento gracioso, pese a la tensión que transmite, vendría con Dersu luchando por no ahogarse en las aguas, mientras aconseja a la tropa de Arséniev qué árbol es el más adecuado para agarrar la improvisada cuerda formada por cinturones y chaquetas. «No, ese no… No, ese tampoco… Ese sí», a la vez que los soldados se mueven de forma nerviosa por la orilla del río.

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La permanencia en el tiempo

Esta obra maestra del cine posee un final inolvidable. Arséniev, silencioso y triste, contempla el entierro de Dersu que llevan a cabo unos sepultureros bajo la dirección de un policía. Tras marcharse los enterradores, da unas breves pisadas y halla caído el bastón de Dersu. Aquel que le sirvió para caminar con brío por la taiga, el palo de madera que favoreció su dignidad y resistencia. Arséniev lo coge con sus manos, y lo clava en posición vertical en la tierra nevada donde yace Dersu. Kurosawa cierra el plano y ya sólo vemos el cayado erguido.

La imagen es polisémica. Vida y arte se mezclan. Quizá pudiera simbolizar la permanencia de toda obra cultural valiosa (ya sea una película, una narración, un cuadro, un poema, una sinfonía) como aliento intemporal de los seres vivos; tal vez, el cayado viene a reflejar la memoria de Dersu, y de todas las personas que tanto nos enseñaron y quisimos, y que por medio del recuerdo viven en nuestro interior, orientando nuestros pasos.

Observando el bastón, Arséniev pudo entender la conveniencia de escribir para recordar más y mejor a su amigo. Kurosawa, guiado por John Ford y Jean Renoir, supo que sólo a través de un plano sencillísimo podía sintetizar la vida sencilla de una persona que dejó tantas lecciones de humanidad a los individuos futuros. El cineasta nipón dijo en una entrevista que «el hombre debe luchar para mantener viva la esperanza».

Dersu Uzala ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1975. Asimismo, recibió aquel año la Medalla de Oro del IX Festival Internacional del Cine de Moscú. En 1989, Akira Kurosawa fue galardonado con un Óscar honorífico por su contribución a la creación cinematográfica.

Escribe Javier Herreros Martínez

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