Las jerarquías en “Fanny y Alexander”

  10 Noviembre 2018

Una familia liberal, de principios del siglo XX

fanny y alexander-11La amplitud de Fanny y Alexander es algo que no requiere mayor demostración. Tampoco su carácter de espejo en el que se refleja la peripecia vital de su autor. En cierto modo está recogida en sus fotogramas la síntesis de una carrera cinematográfica, incluidas ahí las motivaciones que la impulsaron y las convicciones sobre las que se sustenta.

Elegir un aspecto de la película significa dejar al margen muchos otros, algunos de ellos de capital importancia para diseñar su verdadera magnitud, que es tanto como decir la esplendorosa riqueza de la obra de Bergman. Pero al mismo tiempo focalizar la atención sobre los grandes temas lleva consigo obviar muchos detalles que contribuyen a completar el conjunto y a dotarlo de una profundidad que sin ellos no tendría. Es por eso que una mirada múltiple como la que nuestra revista acomete quizá sea capaz de, desde los márgenes, atrapar el núcleo de esta obra.

Fanny y Alexander es, entre otras muchas cosas, la descripción de una estructura social que en apariencia no es unívoca, pero que en sus diversas expresiones guarda más similitudes de las evidentes. El relato transcurre en tres ambientes distintos, casi como si fueran tres obras teatrales que reflejan otros tantos mundos y que se suceden una tras otra. De entre ellas los dos primeras, la desarrollada en la mansión de los Ekdahl y después en la austera residencia del obispo Verguerus, son las que contienen la visión más acusada sobre la sociedad de principios de siglo XX que enmarca la historia, mientras que la última parte, en la tienda del judío Isak, es donde se produce el desborde incontenible de la imaginación, otro de los grandes temas de la película.

Se trata, la que aquí se nos muestra, de una sociedad jerarquizada, en la que los lugares de cada uno de los personajes quedan perfectamente definidos. Mucho más, desde luego, en el seno familiar del obispo, y más fluido en las ramificaciones de los Ekdahl.

La vida de los Verguerus es como la casa que habitan. La austeridad del mobiliario y la desnudez de las paredes son la representación de la rigidez y la frialdad de las relaciones humanas que allí tienen lugar. A esa casa desolada hay que llegar sin nada. No tienen cabida ni los juguetes de los niños, lo que es ya una manera de decir que la alegría queda proscrita. Y en esa nada la cadena de mando está claramente definida. En la cúspide se sitúa el cabeza de familia, pero en cierto modo no es él sino Dios quien lo controla todo. Se trata de un Dios vengativo más que justiciero, que extiende sus ojos por todos los rincones y que no tolera el más mínimo desliz. La religión, con su embajador a la cabeza, es algo sombrío, amenazante, y como tal es vivida.

La arquitectura piramidal que define las relaciones en casa de los Verguerus aloja en el segundo escalón a la familia consanguínea del obispo, y bajo ellos a los criados. Unos y otros muestran una mezcla de asunción de su rol y miedo a no desempeñarlo como de ellos se espera. La criada, quien descubrirá a Alexander y provocará su castigo, expresa esa ambivalencia de quien quiere rebelarse pero no puede escapar, más por terror que por otra cosa, a la función que tiene asignada. La injusticia, difuminada en la obediencia, queda relegada de esta manera hasta lo insignificante.

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A esa familia es a la que llegan Emilie y sus hijos. Y su llegada no va a alterar la estructura ni los modos con los que se encuentran. La opción que tienen es integrarse en ella sin cuestionarla. No sólo el obispo pugnará porque así sea, también el resto de los habitantes de la casa. Los recién llegados son unos extraños a quienes hay que asimilar al precio que sea. Más aún, unos prisioneros a quienes no se les dejará escapar bajo ningún concepto, como si hubieran sido fagocitados por el ambiente en el que han ingresado. El embarazo de Emilie es la cadena de la que se sirve su marido para sujetarla, y deshacerse de esa cadena equivale a dinamitar toda la estructura que la aprisiona.

Salta a la vista, desde el primer momento, la dificultad de reconstruir una familia con los nuevos mimbres. Porque no se trata de consensuar o compartir, sino de asimilar, y esa asimilación es más que problemática teniendo en cuenta el lugar del que provienen, el cual, comparado con el que ahora se encuentran, es un prodigio de libertad, alegría y vitalidad.

No es que los Ekdahl sean el paradigma de un tiempo aún no acontecido, una avanzadilla de lo por venir, pero tampoco representan los escombros de un pasado caduco y decrépito. Aunque Verguerus sea el guía espiritual de la familia, se percibe bien a las claras que su influencia es limitada, que existe una brecha insalvable entre ambos mundos, la cual no podrá ser suturada ni por el amor inicial de la joven esposa ni por los esfuerzos del clérigo.

La familia de procedencia de Alexander no es, sin embargo, un ejemplo de anarquía. La jerarquía también impregna su estructura, si bien es mucho menos rígida que la que con la boda de su madre se encontrará. Allí confluyen muchos más personajes, con sus relaciones múltiples y complejas, configurando un todo fluido que disimula, pero no niega, el orden subyacente.

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La colorista y abigarrada casa de los Ekdahl hace patente el contraste con la austeridad de la residencia de los Verguerus. También la presencia del teatro, el cual, más allá de ser un testimonio autobiográfico del director, introduce el mundo de la inestabilidad, de la ficción, de las múltiples posibilidades que cuestionan la realidad. El paso de un ambiente a otro queda definido así con una crudeza extrema.

Pero ello no excluye las relaciones jerárquicas en la acomodada familia de procedencia. No son tan explícitas, tan impuestas, sino más bien reconocidas y aceptadas. No se proclaman, pero se asumen como parte consustancial de su ser.

La cúspide la ocupa la abuela, auténtica alma mater del clan. A ella acuden todos en la fiesta navideña, y ella es la que se encarga de colocar a cada uno en su sitio.

Los hijos mantienen, cada uno a su manera, esa relación de sumisión respecto a la madre. Carl es quien más claramente la manifiesta. Las necesidades económicas le obligan a solicitar su ayuda, pero la matriarca, lejos de plegarse a los deseos de su hijo, se la niega, dejando claro dónde reside la autoridad. Su actitud es la de quien comprende y dirige la actuación de quienes la rodean, pero marcando sus límites. Respecto a Oskar, le reconoce y consiente su afición al teatro a pesar de sus escasas dotes, y por otra parte será quien acabará recogiendo a su viuda cuando regrese a casa.

Pero es en la relación entre los señores y los criados donde más compleja se hace esa diferencia.

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Llama la atención en primer lugar la distancia con los criados de la familia del obispo. Empezando por el color de sus vestidos y siguiendo por la expresión de sus rostros, relajada una, asustada la otra.

En casa de los Ekdahl los criados forman como un todo con sus amos. Se atreven a replicarles, comen con ellos, oyen la lectura de la Biblia con ellos, juegan con los niños, y hasta mantienen relaciones íntimas con el dueño (incluso se sugieren con el niño) sin que la esposa se escandalice.

Pero todos esos rasgos de confraternización no excluyen la desigualdad que los separa. La imagen de la criada decana rezongando tras la abuela Helena mientras prepara la fiesta muestra la proximidad, pero también la distancia entre ambas. La intimidad entre unos y otros tiene sus límites, y la bofetada que recibe Mej, entre bromas y veras, es la expresión gráfica de ese límite.

Cada cual ocupa su lugar, y aunque a veces las fronteras se muestran difusas, el núcleo de su territorio queda salvaguardado. La incursión más aventurada es la que protagoniza Mej, amante de Gustav con la aquiescencia tácita de todos. Su papel es recompensado con promesas (la tienda) y regalos (el vestido), pero entendidos siempre como un pago, casi una limosna, por su buen comportamiento. El embarazo de Mej no pone en riesgo el orden social, si acaso se limita a añadir complejidad a una estructura que se mantiene incólume.

Los Ekdahl son lo que llamaríamos hoy una familia liberal, pero de principios del siglo XX. Sus categorías morales no tienen la rigidez de antaño, y sus hábitos avanzan la transformación social que acabará llegando. Sin embargo esa transformación no será, en el fondo, más que un cambio radical para que todo siga igual, como ya nos advirtió el avisado aristócrata siciliano.

Escribe Marcial Moreno  

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