El agente secreto (The secret agent, 1936)

  19 Junio 2018

El espía que tenía el alma blanca

el-agente-secreto-1Tras los 39 escalones (1935), film muy bien recibido por la crítica y el público, Hitchcock se embarca con el guionista Charles Bennett en la adaptación de los relatos El traidor y El mejicano calvo, incluidos en libro Ashenden: Or the British Agent del novelista y dramaturgo Somerset Maugham. Bennett y Hitchcock añaden a la trama elementos del triángulo amoroso que se desarrolla en la comedia teatral de Campbell Dixon basada igualmente en esta misma obra de espionaje.

Somerset Maugham, autor de rotundos melodramas llevados con frecuencia al cine, incluso con varias versiones en la gran pantalla como es el caso de La carta, El filo de la navaja o El velo pintado, fue reclutado durante la Primera Guerra Mundial por el Servicio Secreto Británico. No cabe duda que su experiencia como espía fue el embrión de las aventuras del descafeinado e indeciso Ashenden.

Curiosamente la siguiente película del director inglés, Sabotage (1936), se inspira en la obra Secret Agent de Joseph Conrad, lo cual ha creado con frecuencia confusión en su filmografía debido a la coincidencia de nombres. Para acabar de enredar un poco más a los seguidores de Hitchcock, en 1942 rueda en los Estados Unidos un film titulado Saboteur (Sabotaje), que no habría que confundir con el anterior título.

Entre espías anda el juego

Ashenden (John Gielgud), escritor metido a su pesar en labores de espionaje, es requerido para eliminar en Suiza a un espía alemán cuya identidad desconoce; para ello recibe la ayuda de Elsa, una espía en prácticas que simula ser su esposa (Madeleine Carroll, que repite con Hitchcock tras 39 escalones) y de un sicario sanguinario que asegura ser general mejicano (un Peter Lorre bastante pasado de rosca y de drogas duras). Haciendo alarde de inusitada torpeza el equipo asesina por error a un inocente turista; al normal sentimiento de culpa y frustración se une la sorpresa cuando se les notifica que el verdadero espía alemán no es otro que el lechuguino que ha intentado ligarse durante todo el metraje a la supuesta esposa de Ashenden.

Así las cosas, el film no fue en su momento bien recibido por el público ni demasiado apreciado por el propio director que lo considera poco logrado. Hitchcock le explica a Truffaut los motivos del relativo fracaso. Refiriéndose a Ashenden: «Debe matar a un hombre y no quiere hacerlo. Es un objetivo negativo y esto origina una película de aventuras que no avanza, que rueda en el vacío» (1).

Sin embargo, otros estudiosos como Enrique Alberich consideran precisamente este aspecto como un valor esencial del film: «No en balde uno de los principales puntos de interés que contiene el film se centra justamente en este objetivo negativo que se impone al protagonista, personaje que, como tantas otras figuras del universo hitchcockiano, se nos muestra escindido, preso de inclinaciones contradictorias. Ashenden se debate en el cruel contraste de verse forzado a asesinar, de no querer hacerlo y a la vez de sentir una irrefrenable atracción por el crimen» (2).

Como vemos todo es matizable. Pero sin entrar en disquisiciones sobre los objetivos negativos o positivos que debería tener nuestro héroe, y vista más de 80 años después de su estreno, hay que hacer un verdadero esfuerzo desde nuestra perspectiva actual para salvar mínimamente la trama de El agente secreto. Quizá estemos saturados de Homeland, yihadistas, Bond, Bourne y demás asesinos implacables, pero resulta ridículo tanto remilgo y cargo de conciencia a la hora de enfrentarse a una misión como la que plantea el film. Vamos, que no resulta creíble en los tiempos que corren.

Por otro lado, tampoco ayuda ese hibrido mal engarzado entre los lances amorosos de los protagonistas, que al parecer proceden de la comedia teatral de Dixon, un vodevil ligero y machista que roza la comedia de teléfonos blancos y la verdadera historia nuclear del film, centrada en el crimen, la crueldad, la culpa y el sentido del deber. Se aprecian las costuras, las escenas no están bien imbricadas, notándose en exceso el paso de lo sórdido a lo liviano. En mi opinión se hubiera beneficiado de un tono general más sombrío, más noir, pero probablemente Hitchcock temía espantar al espectador y quiso aligerar la historia.

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En cuanto a la elección de actores, resulta cuanto menos curiosa. Madeleine Carroll esta correcta y trasmite un tono desenfadado muy atractivo, pero se le nota algo desubicada al no tener un rol definido. Tan pronto se muestra entusiasmada con la misión de asesinar al espía alemán, como aparece compungida y llena de remordimientos con aspavientos que recuerdan al cine mudo. El caso de Gielgud es para nota. Es un error de casting que dificulta la identificación del público con un personaje tan patético. Aparece acobardado y distante, melifluo y antipático. Preferimos al canalla acosador de esposas interpretado por Robert Young, dicharachero y burlón, y desde luego menos apesadumbrado que el atildado Gielgud.

Peter Lorre nunca pasa desapercibido, y quizá aquí menos que nunca. Es el reverso de Ashenden: extrovertido, mujeriego y cruel. Sin embargo a pesar de parecer el más irreflexivo del grupo, es el que tiene una actuación y un proceder más coherente. Muy apreciado por Hitchcock, este le dejaba barra libre para componer su personaje y se nota en una actuación exagerada y con pocos matices. Sin embargo, tras el impacto inicial al descubrir un personaje tan chocante (un sicario «mejicano» que persigue a las damas como si fuera Harpo Marx), pronto se transforma en esencial, un ser cínico y diabólico. Un roba escenas en toda regla.

Como tantas veces en Hitchcock, la trama puede resultar simple o endeble, pero lo que siempre prevalece son esas set piece características que se graban en la mente de forma indeleble y por las que recordamos el largometraje. En este film destaca el hallazgo del organista asesinado en la iglesia, que ha quedado tocando de forma permanente una de las teclas del órgano, o ese autentico tour de force en la secuencia del asesinato del turista en las montañas de los Alpes.

Respecto a esta última resulta interesante analizar el montaje paralelo de al menos  tres líneas narrativas: por un lado, Lorre y el turista avanzando en la cima de la montaña; por otro, Gielgud que tras un ataque de integridad y canguelo contempla el asesinato desde un telescopio; y por último, en el Hotel Suizo, donde Madeleine Carroll y la esposa del turista observan aterrorizadas cómo el perro intuye la muerte de su amo y aúlla desconsolado.

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Destacamos esas otras escenas, en ocasiones de escasos segundos pero que transmiten un aura de misterio que las conecta con nuestros sueños y miedos más íntimos. Me estoy refiriendo al momento concreto en la cima de la montaña vista desde el telescopio, surrealista y daliniana, con las pequeñas figuras acercándose al vacío y el rápido paso de una nube gris que anticipa el crimen; o esa toma cenital desde el techo en la fábrica de chocolate donde los personajes atraviesan corriendo un pasillo central con las maquinas a los lados funcionando a pleno rendimiento (en realidad parecen telares). No olvidamos mencionar los planos expresionistas finales de la secuencia del tren: los soldados ahorcados recortándose en el horizonte, o el ataque de la aviación al tren con esos juegos de claroscuros punteado por las ráfagas de las ametralladoras dispuestas en el techo del ferrocarril.

Estamos pues ante un film de la etapa inglesa de Hitchcock en el que pesa demasiado el deseo de agradar al espectador con una historia de amor algo forzada y un actor protagonista amanerado en las antípodas del héroe clásico, pero en el que destacan, como siempre en el director inglés, una serie de secuencias con una impronta visual y un montaje subyugantes.

Solamente por esto y por ver a un desbocado Peter Lorre ya vale la pena su visionado.

Escribe Miguel Angel Císcar


Notas

(1) El cine según Hitchcock. Francois Truffaut. Alianza Editorial. 1974.

(2) Alfred Hitchcock. El poder de la imagen. Enrique Alberich. Colección Dirigido por, 1987.

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