El crack (1981) de José Luis Garci

  29 Enero 2018

Madrid, como Nueva York

el-crack-1José Luis Garci dirigió El crack en 1981, cuando contaba 37 años. Se supone que a esa edad podía considerarse un director que dejaba de ser joven para entrar en una pronta madurez. Como confirmando esa hipótesis, tan sólo un año después ganaría el primer Oscar a la mejor película de habla no inglesa para España, con su película Volver a empezar.

El crack, sin embargo, no parece la obra de un director maduro: se asemeja más bien a un homenaje preñado de dulce bisoñez al cine de Don Siegel: turbios casos policíacos protagonizados por personajes taciturnos, casi melancólicos, en entornos urbanos duros donde ocasionalmente se abre un mínimo espacio a la serenidad y el encanto. Además, en el prólogo se incluye una dedicatoria a la obra de Dashiell Hammet, lo que se muestra como un signo de que el realizador se encuentra aún en una fase de reconocimiento, de aprendizaje de unos maestros a los que cabe honrar, sin atreverse a afirmar un estilo propio.

Pero Garci ha hecho de estos señalamientos una riqueza, porque lo que constituye el alma de El crack es precisamente la hibridación entre el noir norteamericano y el español. Tan presente está la síntesis que la película transcurre a caballo entre dos ciudades, Nueva York y Madrid, que se quieren una sola en sus avenidas transitadas y luminosas, en ocasiones empañadas por la lluvia, la contaminación y el apremio, pero que constituyen un fiel reflejo de lo que son las urbes contemporáneas: sitios donde, como la pasión por el boxeo y el juego, el crimen está igualmente presente en sus calles. 

Garci además querrá señalar, ya desde el título —El crack parece hacer referencia a la ruptura liberadora que se produjo en la sociedad española de la transición—, el hambre de un país atrasado por subirse al carro de la modernización, mirándose en el espejo de una sociedad norteamericana reconocida sobre todo por el cine que ya por entonces copaba la cartelera y que el realizador madrileño sabe mostrar tanto en el lujo que acompaña el modo de vida de los indianos —los adelantados a los tiempos, como El guapo—, como en las actitudes de una población que se abría tímidamente al divorcio, a la maternidad soltera, a la bolsa, el libor y al tráfico de armas e influencias, conservando su gusto por el mus, el afeitado a navaja y los masajes tailandeses.

Parte de la crítica se hallaba dividida entre estas dos interpretaciones: así, Luis Antonio Alarcón la circunscribía al cine negro emulado u homenajeado, mientras que Rocío Collado o el propio Garci reconocían sus débitos con la cambiante España de la época.

Hoy parece claro que lo que rezuma El crack es urgencia y nostalgia: urgencia por sacudirse cuarenta años de franquismo y nostalgia por una época en la que todo estaba por descubrir, como en la temprana adolescencia de aquellos años en los que la libertad, como el sexo, eran algo inalcanzable y prohibido.

Este recurso a la nostalgia no puede, sin embargo, impregnarlo todo. La muy disculpable bisoñez de Garci no se muestra tan solo en su rendida hagiografía a los maestros del relato policíaco, sino en una en ocasiones atropellada factura técnica: hay transiciones abruptas, agniciones casi milagrosas —como la de la fotografía positivada del revés—, usos poco delicados del crabbing o de las elipsis... detalles que delatan al crítico pasado a realizador, todavía poco familiarizado con los aspectos técnicos de la narración cinematográfica.

Por el contrario, mostrando su influjo literario, Garci hace un uso exquisito de los rostros, de las miradas, sobre todo de un Landa que se supera así mismo tanto en el encasillamiento de macho ibérico venido a menos como en el oficio de actor, mostrando que sus registros son mucho más amplios de lo que la tradición le otorga.

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El caso

El caso —sólo hay cine negro en la medida en que hay caso— es, como exige el canon hammetiano, una especie de macguffin remozado que sirve como excusa para presentar un retrato de la sociedad, la época y los personajes. Sólo así se explica que esté tan poco trabajado y se cierre de un modo tan abrupto, como quien dice, echando tierra sobre el asunto.

Son en realidad las consecuencias de la implicación en el caso lo que hace que la película avance. Son las que nos explican cómo es Areta, sus ayudantes, su proyecto vital y la sociedad en que se desenvuelve...

Landa interpreta a Germán Areta —el Piojo— que es, en su oficio, un tipo hierático, desapasionado. Tan pronto te apunta con un revólver en la entrepierna como te sacude una paliza con un solo dedo o te gasta una broma ocurrente, todo ello sin cambiar de expresión.

Sus actos, a lo largo del filme, parecen acompañar esta primera caracterización cuasi psicopática: encarga explosivos, manda liquidar perros, cobra venganzas sin despeinarse... pero luego Garci sabe mostrar cómo esto es sólo la expresión humana de un traje de faena. Volvemos a recobrar, más tranquilos ante la efusión de fuerza destructora, al Landa cariñoso y sensible cuando Areta se encuentra con su amada y la hija de ésta. También cuando siente la traición de un amigo, o cuando ve agonizar a un desconocido. Surge una ternura de la que muchos han dicho que oculta el mal en la película, haciéndolo aparecer como una complicación en el camino del bien, nunca como una realidad ontológica persistente.

Puede que algo de esto haya... el cine de Garci siempre se ha caracterizado por sus tintes emotivos, a veces dulzones. En El crack, el hallazgo es sin embargo esa ruptura con lo que se espera de un guión clásico de cine negro: la superación de una tragedia que pareciera acabaría con todos los sueños de Areta deviene precisamente en un dar cumplimiento a esos sueños; se reitera la metáfora sobre la ruptura violenta como antesala  del porvenir dichoso: el “crack” como liberación, no como descomposición. De la misma manera, la mirada del realizador diverge de la mostrada por el canon: hay esperanza en la humanidad, o al menos, en algunos humanos.

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El Bogart hispano

Mucho de esto tiene que ver con la simpatía que Garci —y en última instancia también el público— guarda con el personaje principal: Areta parece un profesional conspicuo, admirado por todos. Del mismo modo, señalado por su integridad y firmeza, es advertido y rechazado por muchos: “Piojo, por tu bien, deja el asunto” o “no te compliques la vida”, le dicen más de una vez desde las altas esferas, esas que en España siempre han tenido a algún esbirro que les ha hecho el trabajo sucio, pero que no pueden evitar, por puro placer morboso, chapotear de vez en cuando en el fango de la indignidad y el crimen.

Pero Areta no cede, no abandona. Hay un celo profesional, deudor de aquella suerte de honor del guerrero, que le hace embarcarse en tareas ingratas pero dignas, hasta el final. Caiga quien caiga.

Sin dejar de señalar las deudas que Areta pueda haber contraído con Sam Spade o Philip Marlowe, debe decirse que el detective de Garci parece también encarnar, en contra de éstos, la querencia por una salvación imposible: no pierde la esperanza de fundar una familia.

No hay cinismo en Areta, ni tampoco el absoluto desprecio por la humanidad de los personajes del noir. Pero el español sí se caracteriza, junto a Spade o Marlowe, tanto por la fuerza de la fe en sí mismo como por la incapacidad de construir algo sólido y duradero. A Areta también le sobra ética de la convicción y le falta de la responsabilidad. Una combinación de soñadores, un camino seguro a la perdición que acaba pagando con sus esperanzas. En su vida no hay mujeres fatales ni acude él mismo a los meublés donde pueda encontrarlas, delegando ese trabajo en otros. Sin embargo, no soslaya sus obligaciones: se las verá solo ante el peligro si la ocasión lo requiere.

Los vínculos con el western —otro de los géneros favoritos de Garci— están presentes en la justicia vengativa que se antepone a la tranquilidad del retiro. Areta piensa demasiado como para poner al margen su conciencia y encargar a otros lo que le corresponde a él, aunque esto sea, en último término, una irresponsabilidad para con sus seres queridos.

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Dulce Navidad

Pero de nuevo emerge Garci para decir que esto no es Estados Unidos. Aquí, las tradiciones del perdón y de la reconciliación, así como de la esperanza, se sobreponen a los valores del resentimiento y la venganza. Simbolizado todo esto con los recursos a la navidad más castiza, el director madrileño dulcifica enormemente la tragedia con la reacción de los implicados, que sobreponiéndose al dolor, reencuentran la senda del cariño, corregido y aumentado precisamente por la desolación.

En este sentido, choca totalmente con lo que se espera de ella, la reacción del personaje de Carmen (María Casanova) que en una escena muy emotiva, magníficamente interpretada, quita a Germán responsabilidad de lo sucedido a su hija. El epílogo constata la fuerte relación que ambos emprenden, que se verá continuada en la segunda entrega de la serie.   

Y es que debido a su éxito, El crack tuvo una segunda parte en 1983, que contaba con una dedicatoria a Raymond Chandler, el otro gran escritor de novela negra norteamericano. El reparto fue prácticamente el mismo —tomando algo más de protagonismo José Bódalo—, y la estructura era muy parecida: el Piojo recibe el encargo del integrante de... ¡una pareja homosexual plenamente integrada! para investigar a su cónyuge, caso que acabará complicándose, con amenazas, ofertas de lo alto —magistral escena con Arturo Fernández— y tragedias personales incluidas, hasta derivar en algo parecido a un argumento entre El tercer hombre y El jardinero fiel, si ustedes me entienden.

Aunque esto pueda parecer poco extraordinario, no podemos olvidar que estamos a principios de los años ochenta, y que hacía apenas ocho años de la muerte del dictador. El trato normalizado de la homosexualidad y el señalamiento de las corruptelas de las grandes empresas no era moco de pavo. Garci seguía mostrando el camino del despertar de la sociedad postfranquista.

Lo interesante de esta película, cuyo impacto en crítica y taquilla fue menor que el de su predecesora, es que Areta parece aprender de lo que le sucedió un par de años antes. Como en el magnífico epílogo de No es país para viejos, de los hermanos Coen, donde el sheriff que interpreta Tommy Lee Jones abandona un mundo que ya no es el suyo, incapaz de enfrentarse a crímenes cuya magnitud no comprende, el talludito Areta, convertido como se dice en palabras del villano “en un daguerrotipo” decide colgar el revólver y largarse de viaje a Roma con su novia. La vida no da segundas oportunidades y Carmen había tenido ya demasiada paciencia con el Piojo como para dejarlo seguir haciendo el justiciero.

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En El crack dos —así, con letra— Garci retoma su querencia por la nocturnidad acompañada de la radio. Su factura técnica es muy superior y el ya no tan bisoño realizador descoloca al respetable variando —como ya hiciera con Landa—el registro de Arturo Fernández, que esta vez ejerce de villano. Además se permite rehabilitar a Cárdenas —el otrora socio traidor, interpretado por Miguel Rellán— para hacerlo figurar como mártir tardío. A Landa lo hace lucirse como tipo duro con un par de escenas que dejarían en calzoncillos a Bruce Willis. Fue una digna continuación, con la misma valentía, más oficio y quizás menos encanto, que la película de 1981.

En los 90, Garci planeó una tercera parte, con ETA como trasfondo argumental, que no llegó a rodarse. No obstante, la influencia del detective del bigote fue más allá de su propio personaje: se dice que Enrique Urbizu estuvo muy influenciado por El crack a la hora de rodar No habrá paz para los malvados, y que el detective Leiva estaba inspirado en el Piojo. Yo quiero pensar que el moderno Mike Ehrmantraut de Breaking Bad es en realidad un sosías de Germán Areta en sus últimos años.

La sorpresa puede venir, sin embargo, en 2018: RTVE ha aprobado presupuesto para cofinanciar la precuela de El crack, que de nuevo volverá a ser dirigida por Garci. Lástima que Landa no pueda volver a encarnar al Piojo. Al parecer, la acción se situará en 1975, recién muerto Franco, y el actor que dará vida a Areta será Víctor Clavijo.

Garci, tiene ahora más oficio, más dinero y todo ya ganado. Esperemos que esto sea un crack positivo, liberador, no decadente. 

Pero, tal y como dice el abuelo, el personaje de José Bódalo en la primera entrega citando a Kipling, esa es otra historia.

Escribe Ángel Vallejo

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