El cine policiaco de Alberto Rodríguez

  25 Noviembre 2017

Trilogía sobre la España de la democracia

grupo-7-1La trayectoria de Alberto Rodríguez comienza con el rodaje del cortometraje El millón (1998), con guión de Paco Baños, mientras se encontraba estudiando Imagen y Sonido en la Facultad de Ciencias de la Información en Sevilla.

Un mero trabajo de iniciación al que seguiría Bancos en 2000, un trabajo más profesional, codirigido junto a Santi Amodeo. La colaboración con Amodeo se prolongará con la puesta en marcha del que será su primer largometraje, El factor Pilgrim (2000): una historia ambientada en Londres y que sigue con el tono satírico de sus dos cortometrajes.

Tras El factor Pilgrim, ambos directores separan sus caminos trabajando cada uno en sus propios proyectos. Santi Amodeo dirigirá Astronautas y Alberto Rodríguez se embarcará en El traje (2002), que todavía contará en el guión con la participación de Amodeo. En este filme Rodríguez, sin abandonar el tono distendido, profundiza en el análisis de la realidad con un enfoque social y que servirá como nexo de unión para su siguiente trabajo, Siete vírgenes (2005), la película con la que el director sevillano comienza a hacerse un nombre en el panorama cinematográfico español.

Siete vírgenes acapara nominaciones y premios en diferentes certámenes en el que se reconoce el buen trabajo de la parte actoral (Juan José Ballesta y Jesús Carroza). Esta película aporta una mayor visibilidad al trabajo de Rodríguez y, desde el punto de vista temático, ahonda en dos aspectos que ya se mostraban en su anterior filme: en primer lugar, la necesidad de mostrar una parte de la sociedad empobrecida que tenemos alrededor, con personajes que (sobre)viven lastrados por una frustración de la que no son culpables; y segundo, el protagonismo que adquiere la ciudad, Sevilla, en la película, que lejos de ser un mero soporte para el desarrollo de la trama se convierte en un recurso narrativo, un elemento que tendrá continuidad en sus siguientes trabajos.

Pero por encima de todo el filme supone la incorporación de Rafael Cobos como guionista, formando un tándem con el director, que se prolonga desde ese momento hasta la actualidad. La evolución que podemos ver desde Siete vírgenes tiene mucho que ver con la simbiosis creativa entre guionista y director.

Cuatro años después, After (2009) supone un nuevo peldaño en la dramatización de unos personajes de clase media pero que, al igual, que los anteriores, han crecido sin encontrar satisfacción en sus vidas. Tres amigos que se reencuentran para descubrir que, con el paso del tiempo, la vida relativamente feliz que llevan grabada en su capa externa de éxito social, apenas oculta la verdadera realidad de un universo de frustración.

Y en 2012, tras haber dirigido varios episodios de la serie Hispania, la leyenda (2010), Alberto Rodríguez vuelve a la pantalla grande con Grupo 7. Un filme que supone una cesura respecto a su obra anterior y que nos sumerge, junto a sus dos siguientes filmes, en una trilogía que, sin romper con el pasado, nos aporta un nuevo universo estilístico y temático bajo el soporte del cine policiaco. El universo dramático se encauza a partir de ahora en un género reconocible, con una serie de códigos que se irán adaptando a medida que Rodríguez construya su filmografía.

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Grupo 7 es la denominación de un equipo de la policía sevillana que, cinco años antes de la celebración de la Exposición Universal del año 1992, tienen el encargo de limpiar y adecentar la ciudad eliminando la delincuencia relacionada con el tráfico de drogas en los barrios céntricos, para que el evento luzca en todo su esplendor. La isla mínima (2014) se centra en la investigación de dos policías en los primeros años de la transición. Y El hombre de las mil caras (2016) se acerca a la historia real de Francisco Paesa y su relación con Luis Roldán, en uno de los casos más escandalosos y rocambolescos de corrupción en la década de los 90.

Tres filmes diferentes entre sí, que pueden ser abordados de manera independiente, pero que analizados de una manera conjunta nos ofrecen una perspectiva más enriquecedora de un trabajo que se va construyendo plano a plano. En todas ellas encontramos modelos temáticos, narrativos que conforman un patrón que establece una unidad a la hora de abordar las historias bajo ese concepto —amplio— que denominamos género policiaco y que no es más que un apoyo para encauzar unos temas que se van hilvanando a través de estas tres películas.

Nos vamos a fijar, en primer lugar, en la propia adscripción de cada película al género policiaco o negro, para a continuación, observar cómo en todas ellas podemos destacar unos mecanismos comunes que tienen mucho que ver con ese cine policiaco como son el uso de las localizaciones como elemento narrativo, el juego con los personajes basado en la confrontación de personajes   arquetipos diferenciados (y a la vez complementarios), y por último, el valor del relato como elemento para aflorar la parte de podredumbre  que está en el sustrato de las personas y la sociedad, analizando situaciones pasadas que pueden  explicar el presente.

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El soporte del género policiaco

Los códigos clásicos del cine policiaco se encuentran presentes en las tres historias: un relato que remite a estereotipos narrativos basados en la intriga, la investigación de un caso, la corrupción, policías y delincuentes (que a veces se confunden entre sí), y en la que la violencia o la muerte están presentes en las vidas de los protagonistas.  Todo ello puesto al servicio de un relato que pretende denunciar  la miseria personal y social que existe por debajo de una sociedad que aparenta vivir en la normalidad.

En Grupo 7 cuatro policías forman una unidad durante los años anteriores a la inauguración de la Exposición Universal de Sevilla. La convivencia de los policías y su fortaleza como grupo, con sus triunfos y fracasos, con las diferentes formas de concebir el cuerpo, es un esquema reconocible que está presente en la historia del cine desde Brigada 21, Brigada homicida, L. A. Confidencial, Los intocables de Eliot Ness o Infiltrados, por citar ejemplos variados de este tipo de historias.

Todo gira en torno a un equipo cerrado formado por cuatro personajes que responden a patrones concretos: un solitario amargado por un sentimiento de culpabilidad; el ambicioso que aspira a escalar en el escalafón; el débil y huidizo; y el policía mayor, socarrón e infeliz. Cuatro policías que conforman un núcleo que funciona como grupo, pero que cuando actúan de manera aislada son incapaces de afrontar su vida personal y profesional, repleta de frustraciones, silencios y falsedades. Un modelo en el que reconocemos el sentimiento de pertenencia a un grupo con personajes que están vivos cuando trabajan juntos pero que en la soledad (aunque estén acompañados por su familia) no saben reaccionar.

Para La isla mínima el modelo narrativo es el formado por una pareja de policías que llevan adelante una investigación. Dos personajes enfrentados que simbolizan modelos diferenciados de entender la profesión y la vida. Seven, Training Day, Una extraña pareja de polis, Colors o Límite: 48 horas son ejemplos de este recurso narrativo. Una dualidad derivada de elementos contrapuestos (mayor/joven, violento/calmado, legal/ilegal, formación, moral, etc.) y que conforman las dos caras de una misma moneda, anverso y reverso unidos para conseguir un objetivo.

Por último, para El hombre de las mil caras la estructura se sustenta en los relatos de espías e investigaciones que se articulan en torno a las estructuras policiales del estado. Las adaptaciones cinematográficas y televisivas de las novelas de John LeCarré, como El topo, sirven como ejemplo de esa clase de cine con un relato enrevesado, en el que aparecen multitud de personajes, datos históricos o económicos y localizaciones en diferentes lugares. Una historia que se recompone a modo de rompecabezas, a veces sin un orden claro, para denunciar la corrupción que gira en torno a la política de Estado.

Las relaciones de Francisco Paesa y Luis Roldán, basadas en investigaciones reales, se adaptan como un guante a este modelo de cine con aspecto de factura internacional para desarrollar un filme asentado en múltiples aspectos: variedad de personajes, diferentes organismos oficiales nacionales e internacionales, cuerpos de seguridad enfrentados, el juego del entramado económico de los bancos, enredo jurídico, algunas gotas de intriga y la mezcla de ficción y realidad, componen un cóctel que navega entre el thriller policiaco y político.

Todas estas obras contemplan  características comunes de este género, desde la construcción de los personajes basados en arquetipos (el corrupto, el inocente, los delincuentes, el juez, los policías o detectives, el mercenario), pasando por recursos narrativos como el flashback, la voz en off, la representación de la violencia, el rodaje en exteriores, el uso del montaje fragmentado para imprimir un ritmo acelerado o el juego con la ficción y la realidad para radiografiar la sociedad del momento.

El uso de las localizaciones: El laberinto

la-isla-minima-1Si la ciudad de Sevilla ya era la principal localización en las películas de Alberto Rodríguez, la capital andaluza asume un protagonismo hegemónico en Grupo 7. Desde el primer cartel que aparece en el film, anunciando el nombre de la ciudad y el año, Sevilla es un elemento fundamental para la trama soportando la evolución de los personajes.

Las calles estrechas y laberínticas de los barrios, la diferencia entre el centro y las zonas degradadas, el juego con los interiores de las casas de los protagonistas (verdaderas ratoneras para unos policías que no se encuentran a gusto en ellas) el uso de las azoteas (la mirada por encima de la calle), las zonas del extrarradio (suciedad, degradación) y la propia transformación de la ciudad a medida que se construye la Exposición Universal, adquieren un valor sustancial al interactuar con los protagonistas que se encuentran literalmente atrapados en el laberinto urbano.

Para La isla mínima, otra vez desde las primeras imágenes, el paisaje juega un papel primordial. El rodaje en las marismas del Guadalquivir (en la Isla Mayor), con sus extensiones para el cultivo del arroz y los brazos del meandro del río, conforman diferentes ínsulas entre las que se encuentra la que da título al filme.

Al igual que ocurría con Sevilla, la visión a pie de calle (paisaje desértico inundado para el riego de los arrozales), se transforma cuando se tiene una visión superior, pues desde ese punto de vista, la desembocadura adquiere otro aspecto que el filme utiliza para los planos iniciales mostrando una maraña de surcos que ya nos indica la complejidad de la historia. De hecho, las imágenes fotográficas  de esta zona, vistas por Rodríguez en una exposición, están en el origen del proyecto.

Las localizaciones, con el juego entre tierra firme y los canales, ayudan a poner en imágenes el laberinto por el que los protagonistas transitan en su investigación; un paisaje duro, despoblado, pobre, en el que parece que el tiempo se haya detenido lustros atrás, es el único contenedor en el que puede germinar una trágica historia de engaños, consentimientos y asesinatos. El entorno rural inhóspito  intensifica la lejanía de la ciudad (la civilización) y el aislamiento de los dos personajes que se encuentran perdidos en un universo desconocido.

En El hombre de las mil caras, con la estructura de filme policiaco que mezcla el thriller político con una trama de servicios secretos, las localizaciones —reales o figuradas— en varios países europeos y asiáticos confieren al filme una fractura geográfica que sirve como muestra de la laberíntica historia que nos está contando.

Un laberinto metafórico, como las callejuelas estrechas de Sevilla o el paisaje de las marismas, y que aquí viene representado por un conglomerado de ciudades y países (Madrid, París, Gibraltar o Singapur) y la conectividad aérea para crear ese enjambre de viajes y desplazamientos que pretenden ocultar la actuación ilícita.

La compleja relación entre Paesa, Roldán y el resto de personajes funciona como un rompecabezas donde las piezas se encuentran diseminadas por diferentes lugares del mundo. Las localizaciones también se ponen al servicio de la historia enfrentando la situación de opresión de Roldán (encerrado en diferentes pisos sin poder salir) frente a la libertad de Paesa que utiliza su movilidad para trazar su planes.

Dos hombres y un destino

el hombre de las mil caras-1En el cine policiaco ya se indicado la existencia de la pareja como mecanismo narrativo, un elemento que ya tiene su origen en la literatura detectivesca o negra. Dos policías o detectives con diferente grado de relación (compañeros, subordinados, jefe y ayudante) y que habitualmente  encarnan dos tipos de personajes diferenciados con una dualidad evidente que termina fundiéndose, evidenciando la complementariedad de ambos.

La isla mínima supone el ejemplo más evidente. Dos policías absolutamente opuestos, con una evidente confrontación ideológica: el mayor y experimentado, con un una carrera asociada a la dictadura franquista (Javier Gutiérrez); y el otro, un joven adscrito a los nuevos tiempos auspiciados por la incipiente democracia (Raúl Arévalo) e identificado con los valores de la transición.

Una manera diferente de entender la vida y la profesión que, sin embargo, va evolucionando conforme la trama avanza. Tanto uno como otro, con sus discusiones, sus desplantes, sus silencios y su pasado, terminan colaborando para llevar adelante la investigación y conseguir el objetivo que les permita salir del destierro al que han sido condenados por diferentes razones. La pesimista conformidad que ambos asumen en aras de su propio beneficio termina componiendo la aceptación de ambas identidades y se convierte en la tesis principal del filme: la pervivencia del franquismo en la transición como un elemento necesario para la propia supervivencia de la nueva democracia.

En Grupo 7, a pesar de que el protagonismo recae en los cuatro personajes que componen la unidad, hay dos presencias que destacan por encima de las otras. Dos líderes, el experimentado (Antonio Torres) frente al joven ambicioso (Mario Casas).

A pesar de que ambos parecen no tener nada en común por la diferencia de edad, la experiencia en el cuerpo, la vida familiar (uno es un asocial, el otro está casado con un hijo), los dos terminan pareciéndose a pesar de sus enfrentamientos. Aunque no lo quieran reconocer son iguales, dos solitarios que se mantienen en el filo de la navaja en la vida profesional pero que fracasan en la faceta personal.

La película, de principio a fin, cierra el círculo equiparándolos a ambos: al principio será uno el que salvará la vida del otro, al final será al revés; al final los dos personajes terminan solos, uno verá morir a su pareja por sobredosis (aumentando el sentimiento de culpa que ya arrastraba), el otro se divorciará (el plano final del dedo sin anillo). El último plano del filme los muestra solos en la barra del bar, reflejados en el espejo, evidenciando esa dualidad que los termina uniendo.

Un planteamiento similar podemos verlo en El hombre de las mil caras. Dos personajes diferentes y complementarios para mostrar la cara de la corrupción. Un político y un oscuro  agente del servicio secreto, con una trayectoria desigual, unen sus destinos para un objetivo final. Roldán (Carlos Santos) querrá negociar una posible salida lo más beneficiosa posible utilizando su conocimiento sobre las actuaciones ilegales del Estado y Paesa (Eduard Fernández), un hombre fracasado, que verá la posibilidad de arrebatar el dinero ilícito de los fondos reservados que oculta Roldán. El juego que establecen ambos, basado en una red de turbias mentiras, los iguala en su miseria y egoísmo.

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La mirada al pasado para entender el presente

La primera parte de la obra de Rodríguez tenía un carácter contemporáneo, situando la acción en el momento de la producción. Sin embargo, en los filmes adscritos al género policiaco  esta característica cambia para situar el relato en el pasado.

Grupo 7 se desarrolla entre 1987 y 1992, los cinco años anteriores a la inauguración de la Exposición Universal de Sevilla. La isla mínima sitúa su acción en 1980 y El hombre de las mil caras, con algún flashback, se desarrolla entre 1994 y 1995.

La localización temporal escogida marca tres momentos históricos significativos. En 1980 la transición española parece encaminarse hacia la búsqueda de la normalización democrática completando ciertos hitos en ese intento de asentamiento del nuevo régimen democrático: en el orden político, por primera vez se celebran elecciones al parlamento catalán y vasco, y en el apartado social y económico se aprueba el Estatuto de los Trabajadores permitiendo que la democracia entre en la regulación laboral.

Ese camino no es fácil y los obstáculos aparecen por todos lados, desde las intentonas golpistas (en 1980 se dictamina una sentencia muy benévola para los participantes de la intentona golpista conocida como Operación Galaxia, entre ellos Tejero, que lo intentaría al año siguiente de una forma más sonada) o 1980 es el año con mayor víctimas de la banda terrorista ETA.

1992 es el año de España. La celebración de las Olimpiadas en Barcelona y la Exposición Universal en Sevilla son dos acontecimientos que sitúan a nuestro país en el primer plano internacional, proporcionando una visibilidad de estado europeo avanzado. Sin embargo a finales de 1992 y durante 1993 se produjo una de las recesiones económicas más profundas de los últimos años. Los fastos del 92 daban paso a una situación económica grave. En lo político tras varios casos de corrupción, en 1993 salta el caso Roldán, el director de la Guardia Civil que es acusado de malversación y durante 1994 y 1995 acontecen una serie de hechos que ponen la corrupción en primer plano (huída de España de Roldán, acusaciones sobre el uso de los fondos reservados, malversación, etc.).

Así, La isla mínima, junto a la historia de la investigación policial para resolver el caso de los asesinatos y desapariciones, desarrolla una relectura de nuestro pasado para mostrar la colaboración de dos policías, de tal forma que finalmente el joven policía tendrá que pasar por encima de las pruebas que acusan a su compañero de  torturador y asesino, dando carpetazo al pasado y sabiendo que no cierran de manera adecuada la situación de opresión y caciquismo que se vive en la zona (y que el filme destaca con las frecuentes imágenes de la lucha social de los trabajadores). Una metáfora del pacto que se dio en toda la sociedad en la transición para superar los enfrentamientos del pasado y que conllevó tener que asumir que actuaciones vergonzosas de la dictadura franquista quedaran impunes.

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En Grupo 7, frente al éxito del acontecimiento y la transformación de Sevilla para el año 1992, el filme denuncia la corrupción y miseria que se mueve por debajo. Para conseguir unos éxitos frente a la delincuencia no se duda en traspasar la línea de la legalidad. Las imágenes de la evolución de la ciudad, que acompañan al paso de los años en la película y que culminan con la inauguración de la Expo (globos al aire, imagen moderna y cosmopolita del evento),  contrastan con el hedor de la corrupción policial (el grupo será finalmente absuelto de sus delitos), y que tiene visos de realidad pues el filme se basa en una investigación de la época.

El hombre de las mil caras lo que hace es amplificar esta lectura de la corrupción a todo el Estado mostrando una serie de personajes que giran alrededor de los aparatos militares, policiales y las élites políticas (políticos, funcionarios, agentes secretos, policías, mercenarios, familiares, etc.) para certificar los vicios del sistema y la dificultad de oponerse a la enfermedad endémica de la corrupción. No hay ningún personaje caracterizado de una manera positiva pues todos son representantes de un egoísmo exacerbado que les lleva a explotar y robar el patrimonio público.

Las tres películas cumplen además con uno de los elementos claves del género policiaco que es radiografiar un momento histórico dando visibilidad a todo aquello que la sociedad o no sabe o no quiere conocer, una sociedad que funciona por inercia donde únicamente es importante la apariencia de normalidad.

En esa mirada pretérita, los guiones conectan los acontecimientos narrados con el presente, de esa forma, el análisis del pasado ayuda a comprender la situación actual o equipara situaciones ya vividas con la actualidad. La apelación a los problemas que se evidencian por el cierre pactado de la transición, en aras de la construcción de un futuro sin rencores; o la escasa eficacia para afrontar la extensión de la corrupción, tanto en lo individual como en lo colectivo, y que afecta a las estructuras de poder (políticas, económicas, etc.), no puede estar más de actualidad.

Un corpus que evidencia la construcción de un relato coherente de género,  con un tratamiento temático que se va madurando película a película, comenzando desde la órbita individual (una situación concreta en Sevilla) para terminar abarcando el ámbito general (un fenómeno que afecta a las estructuras políticas de todo un país), al que hay que unir una depuración estilística que parte de un filme de puro género (Grupo 7) y que evoluciona a modelos más complejos en La isla mínima y en El hombre de las mil caras

Escribe Luis Tormo

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