El hombre de las mil caras (2016), de Alberto Rodríguez

  16 Noviembre 2017

Mi querida España

el hombre de las mil caras-1La primera imagen es subjetiva, el aterrizaje de un avión: descendemos a tierra, literalmente.

Un avión, una voz en off, un encuentro en un aeropuerto, un personaje recuerda la historia, pero no todo es verdad… y nos lo advierte.

Nos habla Camoes (José Coronado), un piloto de aviones, y nos describe su despedida de Francisco Paesa (Eduard Fernández). En su encuentro asistimos a un intercambio de miradas, un maletín con dinero, declaraciones y esa afirmación tajante: “aquella fue la última vez que vi a Paesa”, el gran timador del siglo XX en España, el hombre de las mil caras.

El punto de vista del piloto y compañero de andanzas, finalmente también timado, es el que nos va a guiar durante todo el film. El punto de vista, atentos, del único personaje inventado en toda la trama, Camoes, quizá basado en parte en un piloto real, pero él desde luego no ha existido nunca.

Así que tenemos una historia de pillos, pícaros y mentirosos contada por uno de ellos, otro pícaro mentiroso, pero que, además, no es un personaje auténtico.

¿Alguien puede tomarse al pie de la letra lo que estamos viendo?

En la parte final de la película (atentos, que en este párrafo descubrimos una “verdad” sobre el film, no sobre la realidad), en esa parte, insistimos, descubrimos que aquello que Camoes nos ha estado relatando es una confesión. Pero no una confesión a la policía, sino a nosotros y, probablemente a sí mismo, para salvar su vida (si es que eso es posible) o para que se sepa la verdad (aunque la verdad es lo que cada uno quiere ver).

Los personajes que le han acompañado en sus recuerdos, en esa gran mentira urdida para engañar a la sociedad española a mediados de la década de los 90, la mayoría han muerto… y probablemente el próximo sea él. Por tanto, allí arriba, en una terraza que invita a lanzarse al vacío, Camoes se confiesa. Sin ánimo de revancha ni de salvación eterna. Simplemente repasa lo que él cree que ha sido toda esa gran mentira de la detención de Luis Roldán, el ex director general de la Guardia Civil, en un país llamado Laos… curiosamente un país en el que Roldán sólo estuvo unas horas y, más concretamente en un aeropuerto, para realizar el intercambio y volver a España.

En el fondo, estamos ante un gran homenaje al pícaro nacional, aunque nuestro actual Lazarillo no se mueva en Tormes, sino en París, pero siempre presto a apropiarse de lo ajeno y a vivir por encima de sus posibilidades… sin trabajar, naturalmente. Y no es un hecho aislado, en el film ya vemos cómo Paesa tiene en su sobrina una aprendiz dispuesta a sonreír mientras traslada millones de pesetas de un banco a otro. La picaresca es nuestra herencia y la practicamos sin rubor.

Contada así, El hombre de las mil caras podría parecer una comedia. Y lo es, al menos en el sustrato que se nos cuenta… aunque, maldita la gracia que tiene.

Alberto Rodríguez no puede ser más honrado en su planteamiento: su acercamiento a la España de pandereta (que no sólo existió en la Dictadura, es parte de nuestro DNI) es oblicuo, con ironía, basado en la memoria, difícilmente documentable… porque la documentación en los casos de espionaje y estafas difícilmente deja papeles por el camino… y si los deja quizá no sean de fiar.

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Inspirada en hechos reales, la película narra la participación de Francisco Paesa y su relación con el Gobierno de España para acabar con ETA y, sobre todo, para detener a Roldán, el mandamás de la Guardia Civil que se había apropiado de unos 1.600 millones de pesetas.

Pero resulta tan poco serio lo que se nos cuenta del Gobierno (ministros incluidos), de ETA (engañada con un armamento registrado), de los bancos (entregan millones a cualquier jovencita guapa y con amplia sonrisa) y, en general, de nuestro país… que más vale que pensemos que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Y eso lo dice en serio, no en broma.

De ahí que haya poco humor, más bien mala leche.

Como la que se le debió poner al candidato socialista a la presidencia del Gobierno —el ministro de Justicia, un tal Juan Alberto Belloch— cuando descubrió que había sido timado por un tal Paesa y que su acceso a la Moncloa había finalizado en el primer escalón.

No vemos su caída, sólo los flashes de la prensa en su comparecencia para intentar explicar que todo lo que había dicho en realidad… era una broma. O, mejor dicho, que le había tomado el pelo un tal Paesa.

¿Y quién es Paesa?

Nadie. Un vividor. El eterno lazarillo de nuestra vida, nuestro cine y nuestra política.

¿Una historia así es real o imaginaria?

Veamos. Los elementos, mentiras aparte, son un candidato socialista a presidente del Gobierno que desaparece de la escena, algún político que también desaparece de golpe, protagonistas de una trama de corrupción que mueren y una prensa ávida de sacar escándalos a la luz.

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Sí, fue en 1995, pero… ¿no les resulta familiar?

Que esta película se estrene dos décadas después es síntoma de que ya se puede hablar de algunos temas. Pero también síntoma de que nada ha cambiado.

Hoy, en 2016 tenemos a Pedro Sánchez (el candidato socialista que desaparece de la primera línea), a Rita Barberá (que también desaparece), los casos Gürtel y similares en la prensa ávida…

¿Algo ha cambiado?

Lamentablemente, no. Por tanto, mejor no adoptar un punto de vista documental sobre algo que no se conoce, mejor pensemos en nuestra insigne literatura y en el Lazarillo de Tormes como modelo… Nos lo hará más llevadero.

Entre pillos anda el juego

Alberto Rodríguez dio muestras de su talento narrativo y su voluntad por retratar la historia reciente de nuestro país con Grupo 7 (2012), donde la España del 82, de la Capital Cultural de Europa, del Mundial de Fútbol y, sobre todo, de las Olimpiadas, era mostrada con una dureza pocas veces vista en pantalla hasta entonces.

Su siguiente retrato retrocedía brevemente en el tiempo. A los 70, los albores de la democracia y a la Andalucía de los señoritos que se agarraban a su abolengo para seguir disfrutando a su antojo a costa de los demás. La isla mínima (2014) fue la consagración de un gran director, con un discurso muy personal.

Que haya logrado reunir cinco millones de euros para su tercer eslabón de este álbum resulta cuanto menos un milagro en este mercado nacional en el que sólo se venden comedietas que son prolongaciones de caducas series de televisión y algún producto arriesgado que a duras penas llega a las pantallas.

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Un presupuesto que le ha permitido el rodaje en Madrid, París y Tailandia, para adaptar con fidelidad el libro escrito por Manuel Cerdán que recoge la amplia trayectoria de Francisco Paesa, aunque, eso sí, reduciendo su abultado contenido a una sola trama: los 304 días que duró la huida del jefe de la Guardia Civil Española, el tipo más buscado a finales del siglo pasado.

El guión pasó antes por manos de algunos directores consagrados y expertos en el policíaco español, como Enrique Urbizu. Pero finalmente fue Rodríguez el encargado llevar a la pantalla la mejor versión que jamás se ha rodado sobre un viejo aforismo: el timo de la estampita.

Porque podría parecer increíble cómo se crean “los papeles de Laos”, pero es un auténtico drama que nadie en este país compruebe ni siquiera si un cuño es oficial, y se dé por bueno cualquier papel con membrete y firma que se nos ponga delante.

Podría parecer increíble, pero si vemos cómo actúa hoy el PSOE, comprenderemos que la comedia de la vida no ha hecho más que adaptarse a los tiempos.

Y en cuanto a Paesa, como Gürtel, los políticos valencianos y tantos otros… la picaresca es el género nacional por antonomasia.

No cabe duda.

Luis Roldán es auténtico, Francisco Paesa es real e inventado a partes iguales, Camoes es sólo ficción… con recuerdos, pero sólo ficción: y él nos conduce a nosotros, espectadores, en un paseo por la política de finales del siglo XX, que incluye la caída del ministro Antonio Asunción, el engaño al futuro presidente Juan Alberto Belloch, la desestabilización del PSOE, las cloacas de la democracia, la España de pandereta…

Un film así es increíble que haya salido adelante.

Felicitémonos por ello.

Es un autorretrato cojonudo. Lamentablemente.

Escribe Mr. Kaplan

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