La noche de los girasoles (2005) de Jorge Sánchez-Cabezudo

  13 Noviembre 2017

La vuelta del camino

la-noche-de-los-girasoles-1Hay pocas películas españolas primerizas que adquieran la madurez de este filme en el que se habla de muchas cosas, dentro de un entorno encerrado en un pueblo castellano destinado a morir como tantos otros por la marcha de sus habitantes. Una mirada a una España profunda llena de mentiras, de falsedades, de gente que trata de salir airosa de sus propias debilidades. Ciudadanos aparentemente respetados, honrados, olvidando lo que suponen esas palabras con tal de salvarse de recibir un determinado castigo. 

El comienzo muestra unos campos de girasoles donde un asesino violador acaba de matar a una chica. Un personaje que ocupa su tiempo de ir de allá para acá por motivos de su trabajo para buscar unas fáciles presas, chicas apetecibles sobre las que ejercerá además una gran violencia. Un personaje que llevará su problema sobre él mismo, pero al que probablemente será difícil encontrar. Los moteles de carretera donde pasa la noche, el regreso a su casa...

Sobre el personaje, el hombre del motel, se abre y se cierra la película. Juego con el tiempo presente y pasado para describir a unos seres que en un momento determinado han cruzado sus vidas, en algún caso sin llegar a encontrarse. La pantalla de televisión en la noche de cualquier habitación vomitará unos sucesos que de una o de otra manera les hacen volver a la realidad de su existencia.

Es Carmelo Gómez, por ejemplo, llegando a su casa, preparando para acostarse y escuchando las noticias que hablan de una mujer asesinada. No es la suya, aunque estuvo a punto de pasarle lo mismo que a esa chica cuyo cadáver aparece ahora sobre el televisor. Y aquel hombre que debió ser investigado, buscado, sigue suelto porque lo único importante es ocultar otras cosas.

Girasoles que se abren a la luz y se cierran en la noche, aunque entonces los pueblos se iluminen, pero los girasoles enmudecen y se pliegan en la sombra, en el silencio del campo, ocultándose de todo cuanto le rodea. Como los protagonistas, objetos del azar, que se ven envueltos en un cúmulo de situaciones que no pueden dominar y que les impulsan a usar la violencia, sin que medie palabra, sin saber por qué se ha llegado a ello. Curiosamente, esta primera y excelente película de Cabezudo puede hacer recordar El séptimo día de Carlos Saura o El tiempo que te espera de Gutiérrez Aragón, tanto por la descripción de unas aldeas o pueblos españoles como por la violencia que esconden o reflejan sus personajes. Pero La noche de los girasoles es más completa, más certera y explícita dentro de su lenguaje soterrado, hecho de pequeños diálogos, de silencios.

Un destino que lleva al encuentro de unos seres que nunca debieron encontrarse. Un engaño, un descubrimiento inútil, una llegada no esperada, llevarán a confluir a los personajes en un mismo lugar y a que estalle la tragedia. La violencia soterrada, acallada, aparece y junto a ella las traiciones, la avaricia, el encubrimiento de la tragedia que acaba de ocurrir. Alguien, el personaje que “ilumina” el pueblo, piensa haber descubierto una sima de gran valor. Puede ocurrir que sea la salvación de un pueblo abandonado de cualquier ruta, sin lugar en el mapa. El pequeño pueblo condenado a desaparecer sueña con grandes urbanizaciones, enormes superficies comerciales hechas posibles por las grandes constructoras.

Aldeas sin nombre pensando en todo lo que la tele va mostrando de tal o cual lugar. La locura de la soledad, el carácter agriado por los habitantes de una casa solitaria, último resquicio de una pequeña aldea. Algo a lo que también, probablemente, será condenado el pueblo que también cuenta con sus secretos, sus engaños y mentiras. Un reflejo de lejanía con respecto a eso que se denomina la sencillez y la simpleza de cualquier lugar perdido. Los paraísos no existen. Y la verdad ni siquiera será sacada a la luz por medio de la “autoridad competente”, que calla, oculta, miente, extorsiona, probablemente sin saber tampoco lo que hace o lo que significan sus acciones.

Pienso que no hay ningún personaje positivo en todo el filme, quizá sea el que todo ignora: la mujer de uno de los guardias civiles. Uno de los momentos finales está dentro de esa línea de brutalidad de la que participa toda la película: el momento en que la mujer va a decir (una frase que con muy buen sentido no oye el espectador) a su marido que va a tener un hijo. Un guardia civil que se ha casado con la hija del cabo, que engaña a su mujer y que decide sacar provecho de la especie de pesadilla que han vivido los “forasteros”. Un chantaje, una sima absurda que guardará su secreto probablemente para siempre y unos seres que volverán a sus lugares sintiéndose víctimas y culpables. ¿Dónde está la justicia? ¿Quién la administra? ¿El azar puede guiar a los seres hasta convertirles en juguetes de sí mismos? ¿Dónde está la razón y la sinrazón?

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Un excelente guión busca el punto de vista de los personajes del relato. Son capítulos que aclaran sucesos, dan los exactos puntos de vista de la historia retrocediendo o adelantado en el tiempo. Alguien ha comentado que se trata del mismo método, por ejemplo, empleado por Kurosawa en Rashomon. No es cierto, en la película japonesa eran distintas versiones de un mismo hecho. Aquí se trata de complementar o completar lo ya explicado. Las mentiras no están en las imágenes, sí en las palabras. Lo que no es lo mismo.

El paisaje, el escenario, tiene una gran importancia en el relato: hosco, desnudo, tan seco como el interior de los personajes serios, alegres, cumplidores y que encierran tras de sí una escondida realidad.

Silencios, miradas, pequeños detalles van marcando la calidad de una película que nos acerca a la España profunda, a la desgarradora existencia de unos seres que ni siquiera han llegado a conocerse o reconocerse.

Al final, al pueblo ha vuelto la luz. La gran oscuridad reinante en las calles parece haber concluido. Ahora “todo” parece claro. Pero en realidad es una luz falsa, tan falsa como la que encierran sus casas, sus habitantes o los propios guardias civiles. Por encima de estereotipos, de maniqueísmos, todos los personajes aparecen vivos, creíbles, perfectamente dibujados, formando parte del propio paisaje, del lugar. Los edenes, si alguna vez existieron, han dejado de existir. Bastan esas televisiones que emiten sus descaradas lucecitas para traer historias de allá que terminan por entroncarse en el acá. Una película para ver y pensar, con rasgos de autoría, con calidad para que guste y se aprecie. Una obra que hay que valorar como un brillante debut.

Escribe Adolfo Bellido

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