A tiro limpio (1963) de Francisco Pérez-Dolz

  06 Noviembre 2017

Sorteando la censura

a-tiro-limpio-1En 1961, Buñuel se había visto con problemas con la censura española. Pero los había resuelto a su manera, lo que llevó a que su película fuera a Cannes, donde justamente recibió el primer premio, eso sí la compañía compartida no tenía demasiado sentido. El filme de Buñuel era Viridiana. El que compartió premio Una larga ausencia de Henri Colpi.

A partir de ese premio comenzó la persecución del filme, y de quienes lo habían hecho posible, con intento incluso de destruir las copias existentes. Buñuel había, entre otras cosas, sorteado la censura reescribiendo un final mucho más fuerte que el original: un juego simbólico a tres, una gran broma, de la que los censores no fueron conscientes. Claro, no era el único de los misiles de aquel filme que tuvo que pasar como mexicano hasta la muerte de Franco y de la censura. Muertes, relativamente también, con denominación simbólica, pero adaptables a los tiempos modernos que se vivían en el mundo.

El caso de Viridiana no era el primero dentro del cine español, en el que la censura había tratado de impedir una realización. Primero era preciso pasar el guión por la corte censora, una vez terminado y antes de rodar. Aprobado el guión en primera instancia o en otras varias, se pasaba a rodar la película que al terminarse, y antes de su permiso de exhibición, volvía a ser examinada por la censura. El de Buñuel no pasó por este segundo suplicio. Había prisa por llevarlo a Cannes. Por eso se dio esquinazo a los censores. Esto salvó a Viridiana de la quema. No por el final, pues no lo habrían entendido. Habría caído por otras cosas como por ejemplo la parodia de la Sagrada Cena.

Antes de Viridiana y a lo largo de los años sesenta otros títulos tuvieron que sortear, hablando a medias, diciendo pero escondiendo, lo que en realidad aparecía en las imágenes. Un caso sonado —y de rechifla cinéfila general, ya que los censores no vieron lo que en realidad había— fue en esos mismos años Diferente (1962) de Luis María Delgado, un claro título gay.

Homosexualidad, religión, política, escarceos amorosos, tules y vestidos femeninos de más o menos eran vigilados por los que nos guardaban… de no sé qué. No solo en las películas hechas acá, también en las que venían de fuera. Había que tener claro que el cine era un invento diabólico. Y, por tanto, estar alertas.

En 1963 debuta con un primer largometraje Francisco Pérez-Doltz, A tiro limpio. Él mismo, o los productores, cambian el título inicial, La senda roja, con el fin de ocultar su planteamiento político-social existente en el filme y que no sería admitido por la censura.

El mismo año, Pérez-Dolz realiza su segundo largometraje, El mujeriego, una curiosa comedia que iba mucho más allá, aunque en cierta forma sirva de esbozo, del landismo, siendo el protagonista Cassen, poco antes centro de la grandiosa Plácido (1961) de Berlanga.

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Una vida dedicada al cine

Francisco Pérez-Dolz nació en Madrid en 1922 y murió en 2017 (en abril). Siendo muy pequeño sus padres se trasladaron a Barcelona. Fue allí donde desarrolló toda su labor en el mundo del cine.

El cine policiaco español se ha asentado en la ciudad condal desde comienzo de los años cincuenta, con películas como Brigada criminal (1950) de Ignacio F. Iquino, en la que interviene José Suarez, o la que será un gran éxito, Apartado de correos 1001 (1950) de Jaime Salvador, con otro divo del cine español, Conrado San Martín. En esta última intervienen como guionistas dos futuros realizadores que también cultivarán en gran parte el género, Julio Coll y Antonio Isasi-Isasmendi. Por aquellos años realiza sus primeras películas otro catalán, Francisco Rovira-Beleta, autor de importantes películas policiacas: El expreso de Andalucía (1956), Altas variedades (1960) y, sobre todo, Los atracadores (1962).

Pérez-Dolz se incorpora al cine como ayudante de dirección en Último día (1952), un filme policiaco de Antonio Román. La siguiente película en la que interviene como ayudante de dirección es de Rovira-Beleta, Hay un camino a la derecha (1953), y también será ayudante de Jaime Salvador en dos películas que realiza en el 1955: Lo que nunca muere y Sin la sonrisa de Dios. Un año antes de realizar A tiro limpio vuelve a trabajar de ayudante de Rovira-Beleta en Los atracadores.  

Después se produce su breve asalto a la realización con tres títulos: A tiro limpio, El mujeriego y el tercero un péplum, Los jueces de la Biblia: Gedeón y Sansón, que co-dirige junto al italiano Marcello Baldi. Muchos años más tarde, 2014, junto a Jordi Marcos rueda un documental sobre su vida, Paco Pérez-Dolz: un cineasta a tiro limpio (2014). Antes, en 1968 escribe el guión de El baldirí de la costa (1968) de Josep María Font, el primer filme rodado en catalán después de la guerra civil.

Aparte de ellos será productor de cine publicitario e industrial y profesor, de 1988 a 1996, en la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC). También rodó un corto didáctico, Lecciones de cinematografía. Sobre su obra Ferran Alberich escribió el libro Paco Pérez-Dolz: El cami de l’ofici, editado por la Filmoteca de Cataluña. En 2014 fue nombrado miembro de honor de la Academia del Cine Catalán.

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Una película maldita

A tiro limpio no tuvo ni mucho menos el éxito de otras producciones policiacas catalanas. Su estreno fue en circuitos de reestreno o en programa doble, de los que entonces se denominaban, de verano. No se sabe a qué se debió fuera tratada de tal manera.

De todas maneras lo mismo ocurrió a otros títulos que hoy, como el filme de Pérez-Dolz, son considerados de culto. Sin ir más lejos, realizados en las mismas fechas, pienso en dos títulos (grandes) dirigidos por Fernando Fernán-Gómez, El mundo sigue (1963) y El extraño viaje (1964). Y también Vida en sombras (1948), el único filme que dirigiera Lorenzo Llobet-Gracia, curiosamente interpretado por Fernando Fernán-Gómez.

Y hay más títulos esplendidos y malditos afincados en lo sociedad y procedentes de Cataluña, como lo es La piel quemada (1967) de Josep María Forn.

A pesar de su estreno maldito, oculto, al poco tiempo A tiro limpio será considerada como una de las mejores muestra del cine policiaco español de los años sesenta y todo un referente para el cine posterior, de género, hasta el punto que Jesús Mora en 1998 realiza un remake con el mismo título y… con idénticos resultados o peores, ya que en muy pocas ciudades se ha estrenado.

A tiro limpio de Pérez-Dolz es clara heredera, por una parte, del cine policiaco realizado en Cataluña y, por otra, de la cual deriva, del cine negro norteamericano. Si los perdedores, los fracasados abundan en el cine negro tomando como modelo, por citar dos títulos, La jungla del asfalto (1950) de Huston y Atraco perfecto (1956) de Kubrick, en la película de Dolz se trasladan a la realidad española.

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Por otra parte, siguiendo el modelo del neorrealismo, Jules Dassin había dado gran importancia a las calles, el ambiente ciudadano en La ciudad desnuda (1948). Elementos ambos, personajes y ambiente, que dominan la puesta en escena de A tiro limpio. Aquí está la Barcelona de los años sesenta. Sus calles, el metro, los mercados, los gustos de la gente, la salida de la Catedral, las sardanas, los barrios pobres, las ilusiones de las gente (el hacerse millonarios acertando las quinielas), los bancos, el puerto, sus locales de alterne, los cafés… sirven de fondo a las actuaciones de los personajes o, al revés, los personas son el fondo de esa ciudad. En ese sentido un film realista.

Los personajes, los atracadores de tres al cuarto, son personajes abocados a la muerte. Su fracaso son sus propias vivencias y sus ideas.

En este punto entramos en este pugilato con la censura. Tanto Luis Peña como José Suarez, y no digamos su padre, dejan traslucir sus ideas, de donde proviene su actual estado. Son perdedores de ayer y de hoy. En una conversación entre José Suarez y su padre se insinúan sus ideas: han luchado en el bando republicano y contra los franquistas. Y no digamos el personaje de Luis Peña que viene de fuera, de Francia, le plantea a José Suarez su relación, ante el temor de que alguien lo oiga, con Toulouse, ciudad donde vivían gran parte de los comunistas españoles.

En este sentido la película insinúa, a media voz, para evitar el repudio de la censura, un cierto contenido político mostrado por el primer ataque de Luis Peña y su compañero francés a un garaje para amedrantar a tres claros personajes símbolos de la sociedad franquista del momento. Esos u otros poseedores de coches, burgueses o más allá. Sin duda, Dolz está dejando claro que esos atracados son maquis ciudadanos. De ahí el título primero de la película, ya indicado al principio de este artículo, La senda roja.

De igual manera que aletea el tema socio-político también late, escondiéndose en la medida de lo posible, otro: la homosexualidad del personaje de Luis Peña, que se hace acompañar de un (mantenido) joven francés.

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Quizá al filme le falta definición, por miedo a ir más allá, de algunos personajes y de ciertas situaciones: José Suarez encargado de una especie de lavabos públicos y su relación con una joven de ese barrio, contrapunto sin duda de su amante, mujer cuyo estatus social (una casa, por ejemplo) lo consigue de su relación con los hombres, un personaje en el que se encasilló con demasiada frecuencia a María Asquerino.

Esta historia de perdedores, de derrotados, que terminarán muriendo, y donde también se juega con los conceptos de honor y amistad, encuentra momentos admirables en el frustrado atraco al banco, no en sí mismo, sino en la cantidad robada debido a que ese día, tal como Dolz se ha encargado de mostrar, se han sacado importantes cantidades con anterioridad al robo.

El cierre, con el tiroteo en los muelles, nos lleva a películas americanas de la época, a las que tanto debe, como podría ser Pánico en la calles de Kazan. El final rápido y cortante es efectivo y logrado: José Suarez muere en unas escaleras metálicas, subiendo, muerto, sobre ellas. Con su cadáver arrojado al llegar a lo alto, surge la palabra fin. No hay más.

Curiosamente, el inicio del filme es un largo plano secuencia en un coche en ruta con el que, probablemente, el director quiso rendir (pequeño) tributo al inicio de Sed de mal (1958). En tal caso sería el homenaje de un discípulo aplicado a un gran maestro.

En conjunto, con sus errores, hoy sigue siendo un filme estimable y en el que el cine policiaco español se seguirá mirando como forma y modelo de ir más allá de un relato que toma como modelo el cine negro norteamericano.

Escribe Adolfo Bellido López

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