El cine policiaco de Agustín Díaz Yanes

  02 Noviembre 2017

La conexión mejicana

yanes-2-nadieEl pasado mes de octubre, Agustín Díaz Yanes recibió el III premio Granada Noir en el festival dedicado al género policiaco que se celebra en la ciudad andaluza, lo que da idea del reconocimiento y la vinculación del director madrileño con la temática criminal. Esta querencia por el género se manifiesta tanto en su labor como guionista y novelista como en las películas que finalmente ha logrado rodar.

Suyos son los guiones para Baton Rouge (Rafael Monléon, 1988) y para los thrillers de Eduardo Campoy (A solas contigo, 1990; Demasiado corazón, 1992; y Al límite, 1997). En la misma línea, en 2012 publicó la novela Simpatía por el diablo, una historia de banqueros y políticos corruptos ambientada en la España actual.

Pero sin ninguna duda su puesta de largo en el noir la conforman los films Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995) y Sólo quiero caminar (2008). Ambas conforman un  extraño dueto dentro del panorama cinematográfico español, ya que están protagonizadas por la misma actriz, que repite rol con trece años de diferencia (Victoria Abril encarnando a la indomable Gloria Duque) y presentan unos personajes y unas tramas que interrelacionan España con Méjico.

Aunque el acercamiento a la actividad criminal mejicana es frecuente en el cine y las series norteamericanas (recordemos, entre otras muchas, las recientes Sicario o Breaking Bad), no ocurre lo mismo en cuanto al cine español, constituyendo una excepción los films de Díaz Yanes y la floja adaptación televisiva La reina del sur, basada en la novela de Arturo Pérez Reverte, producida por el canal latinoamericano Telemundo aunque con participación de una televisión privada española. Así pues, esta vinculación del cine negro nacional con la sórdida delincuencia mejicana resulta insólita en nuestra cinematografía.

El padre de Díaz Yanes fue torero y participó en numerosas corridas en Méjico, lo que en parte podría explicar esta extraña fijación del realizador por el país americano. Esto se plasma en las siguientes declaraciones refiriéndose a Sólo quiero caminar, rodada en la ciudad de Méjico con la productora Canana Films, que pertenece a los actores mexicanos Diego Luna y Gael García Bernal: “Intenté rodar aquí Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, pero no pude, y con ésta (película) los productores me están dando esa oportunidad de rodar aquí. Si mi padre viviera le encantaría. No teníamos dudas, esta ciudad cubría todo, el idioma español, la conocíamos, están los amigos de Canana y yo he trabajado con actores mexicanos en todas mis películas".

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995)

Díaz Yanes debuta a mediados de los noventa con un film excepcional que supone un verdadero éxito de crítica y un reconocimiento de la industria con 8 premios Goya, incluidos el de mejor película y el de mejor dirección novel. Ambientada en Madrid y en Méjico (aunque por problemas presupuestarios se rodó integra en la capital española), es un thriller duro, violento, de crudo realismo y con una importante carga social de marcado carácter progresista.

Gloria Duque (Victoria Abril) presencia en México la muerte de dos policías de la DEA a manos de una banda de delincuentes y consigue in extremis documentos que aportan datos sobre blanqueo de dinero de la mafia mejicana. Deportada a Madrid, vuelve a casa de su suegra, mujer íntegra que cuida a su hijo —marido de Abril—, torero que ha quedado inválido tras una grave cogida. Alcanzando una situación límite tanto anímica como económica, Gloria Duque no encuentra más solución que aprovechando la información obtenida robar a la propia mafia, provocando la venganza implacable de los gánsteres mejicanos.

La escena inicial resulta impactante y marca el tono feminista del film. Gloria Duque, prostituta en Méjico es sometida a una brutal violencia sexual, remarcando el machismo y el desprecio más absoluto hacia las mujeres ejercido por los hombres que aparecen en el film. El contraste aparece con su vuelta a España, donde la vemos viviendo en el extrarradio de Madrid, en un ambiente digno, de clase trabajadora que lucha por sobrevivir y de pequeños negocios familiares (como el bar al que acude su suegra a ver las películas de la TV).

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En este ambiente de dura laboriosidad es donde su suegra (Pilar Bardem) se encuentra como pez en el agua. La anciana maestra comunista sobrevive dando clases particulares y muestra un empeño casi religioso en cuidar a su hijo en coma y reconducir infructuosamente la vida de su descarriada nuera. Pero este mismo contexto, pobre y algo pacato, se le queda corto a Gloria Duque. Díaz Yanes nos presenta a la joven como inestable y dependiente del alcohol, bienintencionada pero deseosa de otra vida con menos asperezas y agravios. El camino hacia el delito parece pues inevitable.

La actividad delictiva que emprende Pilar Duque se caracteriza por la improvisación y el patetismo. No hay sofisticada tecnología, sólo pico y pala, una cuerda y un butrón en el techo. Esta sencillez dota de un verismo cruel las desdichas que sufre Gloria Duque. En el mismo sentido los sicarios mejicanos que son enviados a neutralizar a la joven se apartan del modelo tradicional del asesino despiadado.

El papel que encarna el recientemente fallecido Federico Luppi está lleno de dudas existenciales —incluso llega a hablar con un cura en una escena en mi opinión prescindible—, a lo que contribuye su actitud hierática y eternamente profesional que le confiere cierto halo de honorabilidad. Sin embargo los reparos del gánster no están suficientemente explicitados. Así la historia de la hija de Luppi, gravemente enferma, con la que éste es chantajeado, resulta a todas luces artificial. Al final Luppi encuentra un modo de redención en un desenlace de una agresividad desaforada que remite al comienzo sangriento del film. Se cierra violentamente un círculo perfecto.

Díaz Yanes elabora un retrato ajustado y descarnado de la violencia ejercida contra las mujeres. Violencia física, sexual, social y laboral. Cine también de mujeres pasionales. Aunque pese a todo nos quedamos con la actitud desasosegada y suicida de una excelente Victoria Abril frente a la ortodoxia militante de una Pilar Bardem que roza exageradamente la santidad. Victoria Abril lo reconocía cuando presentaba el film: “Es una personaje real, de hoy, del Madrid de 1995. Me siento representando a millones de mujeres de carne y hueso, no es una heroína de gimnasio. Es de las que se callan, cuya vida se desarrolla en una sociedad difícil, y más aún para las mujeres”. También recordaremos la poderosa presencia de Federico Luppi que interpreta a un sicario con corazón que merecía mejor final.

En resumen, cine negro que retrata ferozmente las grises vidas de los más desfavorecidos.

Sólo quiero caminar (2008)

yanes-4-soloTrece años más tarde Díaz Yanes retoma el personaje de Gloria Duque, con mayor presupuesto y esta vez sí, rodando en escenarios naturales mejicanos. Sin embargo, a mi entender erra el tiro y aunque consigue una obra con imágenes impactantes e interpretaciones ajustadas, desgraciadamente la trama resulta confusa y en gran parte inverosímil. El embarullado hilo argumental resta potencia al film que pierde verismo y también esa patina proletaria y lumpen que caracterizaba positivamente a su predecesora.

Gloria Duque (Victoria Abril), Aurora (Ariadna Gil) y su hermana Ana (Elena Anaya) junto a Paloma (Pilar López de Ayala) tras cometer un robo fallido en España, entran en contacto con unos peligrosos traficantes mejicanos. Ana contraerá matrimonio con uno de los capos (interpretado por José María Yazpik) y será sometida al desprecio y la violencia sistemática por parte de su marido que la lleva casi hasta la muerte. Gloria, Aurora y Paloma se trasladan a Méjico para vengar a Ana y para ello elaboran un sofisticado golpe contra la mafia mejicana.

Las constantes de Nadie hablará con nosotras cuando hayamos muerto se mantienen sobre el papel con Sólo quiero caminar: por un lado, el tono feminista que lleva a las protagonistas a ser el verdadero motor de la acción; y por otro, la crítica al machismo y a la brutalidad de los personajes masculinos, la mayor de las veces descritos sin demasiados matices. Pero en esto fracasa Díaz Yanes, ya que la interpretación del grupo femenino resulta la mayor de las veces impostada, con una falsa dureza que hace poco creíbles sus acciones y lo que es peor, sus motivaciones.

Toda la organización del robo resulta absurda debido a su complejidad y esta vez sí, excesiva sofisticación, a la vez que asombrosamente vinculada al azar (es ridícula la escena donde el gánster no oye los golpes porque esta ensimismado viendo el inicio del film Grupo salvaje). Los personajes actúan sin lógica. Nadie logra creerse que una secretaria judicial se líe en fiestas sexuales con delincuentes mejicanos o se embarque en peligrosos robos o que una de las protagonistas decida casarse a las primeras de cambio con un agresivo capo mafioso.

Además en este film el personaje de Gloria Duque pierde protagonismo, y se nota tanto la desconexión con el film anterior que el realizador —en un intento de enlazar ambos relatos— se ve obligado a incluir un corto inserto del entierro del marido de Victoria Abril, que ya aparecía en la primera. Nada se nos explica suficientemente. En definitiva, no nos creemos lo que acontece en la pantalla.

Por el contrario los personajes masculinos resultan más veraces. El sicario interpretado por Diego Luna, un calco del personaje de Federico Luppi, profesional con conciencia, impecablemente  vestido de negro, resulta atractivo en su integridad y fatalismo, aunque le falta recorrido a la historia de amor que emprende con Ariadna Gil.

Un feliz hallazgo es el actor mejicano José María Yazpik (al que hemos podido ver en la tercera temporada de la serie Narcos), cuya sola presencia resulta amenazante, creando verdadera inquietud cuando aparece en pantalla.

En el film hay escenas poderosas, como el plano de grúa de la primera escena en el mercado de abastos de la ciudad de Méjico, la inquietante reunión en el chalet de Carlos Bardem con los gánsteres mejicanos, la agresión a Elena Anaya con la caída del coche en marcha o ese final desesperanzado con Ariadna Gil envuelta en lágrimas abandonando al moribundo amante.

Pero estas escenas aisladas no son suficientes para salvar un film del que esperábamos mucho más. Quizá el exceso de presupuesto nubló la vista de Díaz Yanes y no logro encontrar la pegada de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Una pena.

Escribe Miguel Angel Císcar

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