Crematorio (2011), de Jorge Sánchez-Cabezudo

  28 Octubre 2017

Corrupción: guía para no iniciados

crematorio-1Crematorio fue una serie española que rompió moldes; a su insólita temática, que se atrevió a mentar la soga de la corrupción en casa del ahorcado por cohecho, hubo de añadirse lo extraño de su formato: cada uno de sus ocho capítulos tenía una duración aproximada de cincuenta minutos, un estándar internacional que, como las vías ferroviarias, España se resistía a adaptar a las medidas internacionales.

Los motivos de este particularismo nunca han sido suficientemente explicados, aunque se aducen cuestiones tales como nuestro tardío condumio nocturno o la necesidad de alargar un prime time en el que puedan incluirse varios cortes publicitarios. Ello tenía como objetivo  incrementar la ratio coste/beneficio de unas series producidas por las siempre voraces televisiones nacionales, que son las que —a diferencia de las productoras foráneas— financian las series catódicas.

Así, los capítulos de las series patrias tenían por lo general una duración de setenta minutos, lo que llevaba no sólo a la dificultad de su exportación, sino también a los innecesarios alargamientos de la acción —con su consecuente dilución— y a la abundancia de relleno argumental.

Crematorio apostó sin embargo por la duración estándar, nadie sabe si porque la matriz creadora fue Canal Plus, una televisión de raigambre francesa aunque de acrisolada financiación multinacional, y por tanto sometida a los parámetros globales, o porque también debido a esto se hizo una apuesta decidida por la exportación de la serie allende nuestras fronteras.  

Quién sabe, siendo malévolos, quizá la duración de Crematorio —una serie centrada en la corrupción— no haya sido más que un sarcástico guiño a la práctica del cobro de comisiones: paga por setenta minutos mientras rodamos cincuenta y luego nos embolsamos el resto... pero viendo la solvencia de los productores y la fuerza de la denuncia que atesora la serie, todo esto no debe ser tomado más que como un mal chiste.   

Lo cierto es que si Crematorio se ha dedicado a la exportación, sin duda la serie habrá hecho furor entre los devotos de la Marca España, que habrán visto cómo las esencias patrias se han visto reflejadas de una manera tan eficiente en tan corto espacio de tiempo. No podemos discutir la esencia argumental de la serie, pero en nuestro descargo quizá debiéramos señalar que la serie atesora una calidad tal, que al menos en lo que respecta a la profesionalidad audiovisual se ha dejado el pabellón bien alto.

Corrupción urbanística, pavimentación moral

La historia de Crematorio tiene su centro en la figura de Rubén Bertomeu, pero no por ello la serie —basada en la novela homónima de Rafael Chirbes— deja de prestar atención al resto de la circunferencia. Como epicentro de la tormenta perfecta, Bertomeu es un espacio vacío de calma, un personaje sereno y flemático, en torno al cual se mueven el desastre y la furia a los que su vórtice da origen.

Patriarca de una familia de terratenientes que representa la cúspide de la evolución darwinista, Bertomeu ha llevado a la máxima expresión la idea de supervivencia y triunfo, adaptándose a un medio cambiante y hostil. Las etapas de esta adaptación son graduales hasta que se produce un cambio cualitativo —pasar de adaptarse al medio a adaptar el medio a uno mismo— y acaban con el éxito de la selección sexual y la pervivencia de la especie, con elementos familiares que, supuestamente, perpetuarán su legado y mantendrán sus estrategias evolutivas.

Si explotamos un poco más la metáfora, podríamos decir que la primera adaptación de Bertomeu fue cambiar la tradicional dedicación familiar a la agricultura por la ganadería exótica, una leve variación dentro de un mismo sector primario que desde luego no era lo que parecía y que se convirtió en la más clásica estrategia de supervivencia: el camuflaje.

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Camuflando cocaína dentro de los caballos importados de México, Bertomeu hizo su particular acumulación primitiva de capital, con la que se estableció en la cúspide de la pirámide evolutiva y también de la nutricia: de escurridizo y mimético pulpo pasó a voraz tiburón, y ya desde esa cúspide, lo que hizo a continuación fue adoptar la estrategia del dominador supremo y utilizar su herramienta fundamental: la inteligencia.

De ella se sirve la evolución para que el adaptado deje de serlo y pase a ser adaptador: Bertomeu consiguió no sólo modificar el paisaje rústico para convertirlo en urbano, sino que además transformó moralmente todo cuanto le rodeaba para adaptarlo a sus necesidades.

Compró el poder político, a la policía y a su propia familia. Creó un ejército de servidores, aduladores, rémoras y parásitos, y transformó con ello todo su entorno.

La idea de que la corrupción sea la guía evolutiva de todas estas transformaciones nos la suministra el ejemplo de la perca del Nilo, que por su propia abundancia acaba por eutrofizar el lago Victoria del mismo modo que Bertomeu pavimenta la costa mediterránea, eliminando toda biodiversidad en el primer caso y toda diversificación económica en el segundo.

Porque el esquema que tan magistralmente dibuja Crematorio es el seguido por la economía de la burbuja inmobiliaria y el desarrollismo turístico, un plano en torno al cual se construye la realidad política de un país subdesarrollado intelectualmente e hipertrofiado urbanísticamente, que forra de hormigón armado la cara y las almas de sus habitantes.

Y es que, como hemos dicho, Bertomeu es el centro de todo un fenómeno sociológico, en el que las luchas por el poder, el interés económico e incluso las relaciones personales, se ven salpicadas por la manera de ver y hacer del patriarca, el triunfador, el salvador, el ejemplo, cuya única medida en esta vida es la de su ambición.

Así, casi toda su familia participa de su visión de las cosas, en uno u otro modo, incluso cuando parece no ser así: su hija Silvia, radicalmente apartada de sus negocios, atrapada entre los sentimientos contradictorios que genera un padre distante pero máximo sustentador de su acomodada vida, pasará de rechazar a —supuestamente, al final— gestionar su imperio.

Silvia está casada con un intelectual —aparente figura íntegra y crítica con Rubén, pero que llegado el momento también acudirá a refugiarse bajo su manto protector—  a quien desprecia secretamente por su poca ambición y autoridad en la relación con su hija común. De hecho, Silvia tiene un amante que acabará —sin saberlo— compartiendo con ella.

Por tanto nada que destacar en la integridad moral de la hija de Bertomeu. 

Por otro lado está Miriam, la mencionada hija de Silvia. Alma libre y gemela de Rubén, juvenil y ambiciosa, es su nieta mimada.

Miriam representa el intento de Rubén de recuperar su familia, perdida en la gestión de sus ambiciones, y es un punto de fricción con su Silvia, que no puede permitir que habiéndose distanciado ella misma del padre, éste le arrebate la autoridad sobre la niña, en una especie de sorpasso generacional que por su propia naturaleza anticipa las conclusiones de la serie: Silvia ejercerá de madre cuando controle todo aquello que controló su padre, incluido el amor de su hija.

Miriam es también una de las víctimas de las relaciones de su abuelo con la mafia: despertará a la cruda realidad cuando se vea enclaustrada en un burdel, conociendo el lado oscuro del dinero de su abuelo.

Por último, dejando a un lado el personaje del difunto hermano de Rubén —el suceso que sirve de arranque a la serie—, no podemos dejar de fijarnos en su madre, el único anclaje con un mundo perdido y distante que representa la tierra fértil y primigenia: paciente, silenciosa y consciente de que, al final, todo vuelve a ella.

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Familia versus famiglia

Fuera del ámbito carnal está la otra familia de Rubén, la clásica fraternidad mafiosa, compuesta por sicarios, abogados, políticos y redes clientelares.

Dada la intención ilustrativa de la serie, el número de correligionarios de Rubén Bertomeu parece haberse reducido al mínimo para sustentar la trama. No obstante, la estructura que muestra es tan efectiva como real: si alguien quisiera montar un entramado corrupto de carácter urbanístico, habría de seguir el esquema mostrado por Crematorio. Toda coincidencia con la realidad es puramente intencionada.

Así, por orden de proximidad al epicentro que es Bertomeu, nos encontramos con Barcós —interpretado por Vicente Romero—, su perro fiel, un sicario inflexible y correoso que actúa de brazo armado de su organización, un incisivo recurso que se utiliza cuando falla la diplomacia.

Barcós es un elemento de pocas palabras y de acciones igualmente limitadas, pero de suma efectividad en cada uno de esos extremos. Vicente Romero, el actor que le da vida, hace un registro limitado en la expresividad facial, casi psicopático, pero muy elocuente. No todo son moquetas y despachos diáfanos en el negocio inmobiliario y cuando hace falta convencer a alguien de que venda o se aparte, no siempre se hace de un modo amistoso.  

El aspecto diplomático tiene dos vertientes, la jurídica y la política: Zarrategui (Pau Durá), su abogado, y Llorenç (Manuel Morón), el concejal de urbanismo. Ellos dos constituyen las columnas de Hércules de su imperio, y dan estructura y soporte a todo el entramado económico.

Poco hay que decir del abogado, excepto que como se espera de él, maneja la Ley a su antojo —y sobre todo al antojo de Rubén— y que es el primero en desaparecer cuando las cosas se ponen feas.

Nada parece llamar la atención en el hecho de que un delincuente tenga un abogado, cosa bastante usual; lo que de verdad resulta chocante es que "tenga" un concejal de urbanismo. Este es el epicentro de la corrupción, la simbiosis entre la política y los negocios, de manera que una y otra se benefician mutuamente, aunque luego acaben por perder su esencia: el negocio se acaba cuando cambia el color político y la política se pervierte en cuanto deja de representar al todo para alimentar a una parte. Este fracaso es un hecho del que ahora tenemos ejemplos sonados. 

El personaje de Llorenç es, desde luego, tan ambicioso como el de Bertomeu, pero su capacidad creativa y su osadía son menores. El vive instalado en el miedo, mientras que Rubén se sirve del miedo. La transparencia, la publicidad y el espectáculo son enemigos de Llorenç, mientras que el populismo, la fastuosidad y la grandilocuencia —"Voy a crear miles de puestos de trabajo"— son las armas de Bertomeu. El equilibrio precario entre estos dos límites es el que mantiene un proyecto exitoso, pero que se mueve en el filo de la traición y la desconfianza.

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Corazón, corazón, corazón de hormigón

Crematorio se mueve también en los parámetros del romanticismo, si por tal puede denominarse al cúmulo de relaciones interesadas que surgen en torno a ciertos personajes.

Aunque desde los diversos ámbitos interpretativos —la crítica, el elenco actoral, parte del público— se esfuerza en hacer notar que los vínculos amorosos entre Rubén Bertomeu y su novia —una frágil Mónica interpretada por Juana Acosta— o su hija y su nieta, son en el fondo sinceros y humanos, resulta difícil no establecer lazos de puro interés que corrompen el núcleo emotivo que los sustenta.

Hemos hablado ya del caso de Rubén con Silvia y Miriam, para constatar que donde el padre y abuelo busca expiación, en la hija y la nieta puede aquilatarse un nada sutil interés material. Silvia acaba por heredar el imperio de su padre, y Miriam obtiene de él todo tipo de caprichos. El hecho de que una y otra maniobren para obtener esos favores denota una intencionalidad notoria, alejada de consideraciones sentimentales.

El caso de Mónica parecería incluso más claro, por cuanto se trata de una mujer joven y atractiva que mantiene una relación sentimental con un hombre maduro y rico. Además, hay una escena en la que su amiga Marta la convence de que usar sus armas de mujer va a producirle grandes beneficios en su relación con Rubén. El hecho de instrumentalizar el sexo no parece un recurso romántico, y ella no duda en hacerlo cuando le conviene. Mónica parece el epítome de la ambición y la falta de escrúpulos.

Sin embargo, nadie parece dudar de que esa sea una de las pocas relaciones auténticas de la película, que parece ir ganando en madurez a lo largo de los episodios. Es cierto que utiliza su atractivo para encadenar a Rubén —y Rubén, por supuesto, la utiliza a ella para su propio placer y presunción—, y que cuando Bertomeu es encarcelado ella teme por su estatus y su futuro... pero no lo es menos que utiliza el dinero que él mismo le dio para sacarlo de la cárcel, cuando podría haber huido sin dejar rastro, y a partir de entonces parece ir virando su actitud desde la mera satisfacción de las ambiciones al cariño sincero por el hombre que Rubén es, hasta su lecho de muerte, donde lágrimas que parecen sinceras hacen ver sus verdaderos sentimientos por él.

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Pero hay, desde luego, una relación que no ofrece dudas... al menos por una parte.

Resulta que Collado (Pep Tosar), un antiguo colaborador de Bertomeu, se enamora de una prostituta. En este caso, es tal la obsesión enfermiza, tan bizarra la relación, que uno no sabe si puede haber algo de auténtica en ella.

Collado parece hacer honor a su nombre, como punto en el que una trayectoria ascendente deja paso a otra descendente, justo entre dos cumbres. El otrora socio del gigante Bertomeu se halla ahora en el punto de descenso, después de haber llegado a lo más alto. Al otro lado, se alza la cumbre representada por Traian (Vlad Ivanov), un ruso que se dedica al proxenetismo y que hace negocios con Rubén, pero que no está dispuesto a que Collado se fugue con una de sus chicas, llegando a secuestrar a la nieta de Rubén y, por supuesto, a vengarse de Collado.

Collado es claramente un punto de separación y fricción entre Bertomeu y Traian; es además, un elemento desesperado, caótico y peligroso. Y es por ello que resulta eminentemente pasional, casi refractario a la reflexión reposada y por tanto, muy enamoradizo.

Cabe ahora preguntarse si una relación como la suya puede considerarse "normal" o es de nuevo un residuo de ambición, la escoria de aquello que un día fue la consciencia de poder atraparlo todo, poseerlo y dominarlo.

Collado no quiere reconocer que pagando obtiene un amor que no es tal, y huyendo con su amada no le está ofreciendo otra cosa que la liberación de una esclavitud espantosa, a la que se resigna a volver cuando todo parece fugaz como un sueño.

Collado, que había abandonado a su familia —una muestra de su verdadera catadura moral—, se verá entonces atrapado en la cada vez más veloz senda descendente, atrapado en espirales de muerte ajena y propia, reducido a la insignificancia humana y la depravación emocional.

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¿Yin y Yan?

De todo lo anterior sólo se obtiene una conclusión: no hay personajes íntegros en la serie. Nadie parece sincero o amar verdaderamente. El amor es sólo un egoísmo autosatisfactorio, una ambición emocional u hormonal. Una lucha por la supervivencia.

Paralelamente, en el ámbito moral, la corrupción lo alcanza todo. No hay nadie que escape a su influencia en un mundo en que las relaciones se miden por círculos de proximidad al gran hombre. Todos se acercan a él por interés, y si el acercamiento fuera casual, él sabría atraerse a los incautos según el suyo propio. Rubén Bertomeu sabe que todo el mundo tiene un precio, y él dinero para pagarlo.

El mejor ejemplo lo encarna el enfermero que cuida de Rubén durante su estancia en el hospital. Aparentemente incorruptible, guardián de la salud del enfermo, se resiste a los embates del corruptor que le ofrece de todo, hasta que Bertomeu encuentra la clave: una capea con Enrique Ponce, dado que le gustan los toros.

Uno no sabe qué pensará el diestro de Chiva de su aparición en la serie, vinculándolo a un enjuague de tal calibre, pero al final su figura ha servido para mostrar que no hay nadie libre de corrupción. Una conclusión muy triste, quizá exagerada, de una serie que quiere mostrar un retrato sociológico de toda una época y sus efímeros héroes.

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Y al final, la tierra lo reclama todo

Polvo somos y en polvo nos convertimos, sobre todo si estamos hechos de cemento. El final de Rubén es poético, podría decirse que casi impostado, pero al fin y al cabo de una justicia brutal y primaria.

Como dándole voz a la vez a la tierra y al pueblo, Rubén es asesinado a manos de un hombre al que iban a expropiar sus tierras. Ese fatal desenlace muestra cómo desaparecido el vórtice, la tormenta se disipa. No hay fidelidad en algo tan cambiante como el viento, casi podría decirse que como la fortuna.

Al final, todo aquello que levantó la tempestad, acaba por estrellarse, por derrumbarse en el suelo. Es una sutil metáfora para demostrar que todo lo que se alza demasiado rápido y sin verdaderas raíces, está condenado al fracaso.

Aunque claro, toda esa gloria efímera, ese prometedor sueño de riqueza y prosperidad, ha hecho florecer algunos relatos sobre la condición humana que parecen tener mayor recorrido.

La novela de Rafael Chirbes —premio nacional de la Crítica 2007— y la serie de Canal Plus en que se ha basado son uno de ellos.

Casi cabe lamentar que una obra tan notable se haya basado en una realidad tan espantosa.

Escribe Ángel Vallejo

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