Relato policiaco (1954) de Antonio Isasi-Isasmendi

  15 Octubre 2017

¡Por mis pistolas!

relato-policiaco-1En la dictadura franquista, el cine español sobrevivió a duras penas amparándose en diversas y distintas direcciones: por un lado encontramos un cine de autor metafórico, con Carlos Saura como ejemplo más claro de esta tendencia; también con las películas del denominado nuevo cine español, dramas mesetarios y concentrados como Nueve cartas a Berta, del recientemente finado Basilio Martín Patino, y La Tía Tula, de Miguel Picazo, y con el cine de género con voluntad internacional, un cine que imitaba el modelo de las películas de acción de Hollywood. Ese cine se caracterizó por tramas más livianas de suspense y acción y repartos liderados por actores europeos o estadounidenses. Y quien mejor representó esa tendencia fue Antonio Isasi-Isasmendi, fallecido en 2017, precisamente en el día anterior a este escrito, a los 90 años de edad.

Mala prensa en determinados círculos tenían realizadores como Isasi. Sólo cuando la política dejó de ser lo más importante y comenzó a valorarse el oficio de cineasta sobre otras consideraciones más peregrinas, el firmante de El perro obtuvo el respeto que merecía. En 2000 se le otorgó un Goya de Honor por toda su obra. Una obra no muy extensa (14 largometrajes entre 1954 y 1988, pero más variada de lo que podría parecer.

Isasi debutó con una característica película del cine policiaco, el género mejor practicado en los años 50 en Madrid y en Barcelona. Se trataba de Relato policiaco, cinta imbuida de los aires del film noir de estilo realista que se había practicado en Hollywood, en el que un veterano inspector relata diversos casos a los alumnos de la escuela de policía.

No fue un debut original, por debajo de títulos emblemas mediáticos del noir hispano como Apartado de Correos 1001 o Brigada Criminal. Pero ahí estaba su oficio en la creación de ambientes, personajes más o menos turbios, una verdadera estética del artesanado. Aires de cine internacional y de nada sesgada vocación anticomunista.

La entrega de las armas a los siete alumnos más destacados de la Escuela de Policía, da pie a la realización de esta cinta, estructurada con un prólogo y un epílogo y, entre ellos, dos casos. El primero comienza en la zona de Tortosa, donde el cadáver de un hombre es sacado del fondo de un río. El encargado de investigar el caso será un juez, quien descubrirá que el fallecido mantenía amistad con un joven español interesado en la importación ilegal de vehículos.

En cuanto al segundo caso, este empieza en un control fronterizo en el interior de un tren, concretamente en una estación cercana a la localidad de Puigcerdà. Allí se produce un tiroteo entre la Policía y dos delincuentes que intentan cruzar la frontera sin documentación. Uno de ellos resulta herido y acaba muriendo, en cuya mochila la policía descubre centenares de dólares falsos. Mientras tanto, sus homólogos franceses siguen los pasos de una banda de falsificadores de dólares, cuya ruta conduce la investigación a través de las pistas de esquí de Núria y Puigmal.

Tras visualizar la película, llama la atención que estos dos relatos, introducidos a modo de flashbacks, sean independientes entre sí, aunque sirven a un fin común: demostrar que, en ocasiones, ante casos justificados, la policía se ve forzada a hacer uso de las armas de fuego contra los delincuentes.

Aunque aquí no desvelaremos la lección final (impartida por el convincente y siempre resolutivo para la causa Conrado San Martín), donde se delimita cuándo se deben utilizar las pistolas en acto de servicio y cuándo no, sí que vale la pena comentar la agilidad con la que el director rueda las numerosas escenas de acción que jalonan el film.

Existen algunos momentos en los que parece que estés viendo una precuela de cualquier película de James Bond (con un presupuesto que no le llega ni a la suela de los zapatos, claro). La cámara se mueve por los espacios urbanos y naturales con una soltura impropia de la época en la que se rodó, dando fe de que el cineasta quiso dejar su impronta de autor en un producto que rechina de puro panfletario. Los momentos de duelo a pistola también son eléctricos, resultado de unas persecuciones previas muy bien filmadas y que no tienen nada que envidiar a los clásicos hollywoodienses de cine negro de la década de los 40.

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También resulta curioso destacar la caracterización de femme fatale, de la protagonista de la primera historia, interpretada por María Victoria Durá (Bronce y Luna; Persecución en Madrid), una suerte de Ava Gardner cañí con reminiscencias claras a la Bárbara Stanwyck de Perdición o a la Lana Turner de El cartero siempre llama dos veces, habida cuenta de los valores católicos del franquismo, en los que la mujer tenía como ámbito intrínseco de actuación el hogar y debía estar caracterizada por el instinto, la humildad en el dominio de los sentimientos y, por supuesto, el espíritu de sacrificio. Llevar una vida ejemplar, vamos, todo lo contrario que las divas norteamericanas que llevaban de cabeza a los buenos hombres.

Según parece, el director rodó la primera historia con dinero propio y tomó a algunos conocidos como intérpretes y, tras proyectarla ante los productores, éstos se animaron a financiar el rodaje del segundo caso, permitiendo que, a pesar del estrecho presupuesto del que disponía, en éste se pudiera contar con actores más o menos profesionales del ámbito del teatro catalán.

También resulta destacable que, a partir de esta cinta seminal, Antonio Isasi Isasmendi iniciara una carrera como realizador que acabaría teniendo una repercusión internacional, gracias, sobre todo, a cintas criminales de acción como Estambul 65 (1965) o Las Vegas 500 millones (1968). En el caso concreto de Relato policiaco, el lanzamiento publicitario remarcó la línea realista de la misma, puesta —cómo no, teniendo en cuenta los cánones de la época— al servicio de la exaltación patriótica-policial.

Así quedó el reclamo para atraer a los espectadores: «Primer filme español íntegramente verista, Relato Policiaco no apoya su doble argumento en intrigas libremente imaginadas, sino en dos sucesos que, en su momento, ocuparon espacios en la prensa española y fueron Juzgados por los Tribunales de Justicia».

Escribe Francisco Nieto

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