Plinio

  12 Octubre 2017

El origen del negro español

plinio-1Antes de Bevilacqua y de Amaia Salazar, antes del innominado detective de Eduardo Mendoza o de Petra Delicado, antes incluso de Pepe Carvalho o de Méndez, investigó Manuel González, más conocido como Plinio, el Jefe de la Policía Municipal de Tomelloso, asistido por su inseparable Don Lotario, el veterinario del pueblo.

Él y no otro es el verdadero iniciador del policiaco español, y eso gracias a Francisco García Pavón, quien nos ofreció ocho novelas, algunas novelas cortas y diversos relatos en los que se iban desgranando las hazañas de este singular y a la vez cotidiano personaje. Aparece por primera vez en el relato El quaque, de 1953, pero no reaparece hasta mediados de los sesenta y protagoniza la primera novela larga en 1968, El reinado de Witiza.

Con sus andanzas se dibuja el retrato de una España muy peculiar, la España rural que se recupera de la postguerra, pero que sigue anclada en el atraso que la ciudad ya iba superando. El pueblo manchego en el que Plinio ejerce su profesión mira con desconfianza los avances que los nuevos tiempos anuncian, y se mantiene como una especie de reserva condenada a la desaparición.

El cine no ha puesto sus ojos en este personaje. Carece del encanto de los héroes y su vida es más bien anodina, sus métodos poco espectaculares y su entorno tirando a vulgar. Pocos mimbres para llevarlo a la pantalla. Sin embargo existe una serie de televisión mítica, realizada en 1971 y protagonizada por Antonio Casal en el papel del policía y Alfonso del Real en el de Don Lotario. En ella se escenifican diversos relatos, alguna novela corta y Las hermanas coloradas, la obra más emblemática del autor, por la que ganó el Premio Nadal en 1969. Del guion se encargaron José Luis Garci y Antonio Giménez Rico, corriendo a cargo de éste último la dirección, y ocupándose de la interesante banda sonora Carmelo Bernaola.

La serie recoge ocho casos, algunos de ellos divididos en dos o tres episodios, al principio de los cuales la voz de Don Lotario recuerda lo ocurrido en los capítulos anteriores. Esta elección del veterinario como tenue hilo conductor delata ya el tono hagiográfico que se busca. A pesar de las condiciones en las que la acción se desarrolla el policía es el gran héroe, y allí está su ayudante para reconocerlo y dar testimonio de ello.

El marco

El ambiente físico y moral de la época es el verdadero protagonista. Las referencias al tiempo en el que se desarrolla la acción son constantes, a veces sutiles, y en ellas se despliega la España tradicional, la que hunde sus raíces más allá de la Guerra Civil, con sus tópicos más manidos.

Comenzando por el pueblo, Tomelloso, que es el emblema de tantos otros pueblos de la geografía patria, pero pueblos del interior, casi parados en el tiempo, en los que no ocurriría nada si no fuera por los casos de los que se ocupa Plinio y que con presteza resuelve. Esa lejanía de lo que pudiera ser el progreso queda recogida en el hecho de que Plinio no ha visto nunca el mar, como confiesa en El charco de sangre, un mar que es incapaz de imaginarse. Y si no lo ha hecho no es por desinterés, sino por esa especie de aislamiento en el que vive, ya que el propósito de conocerlo lo acompaña: “De este año no pasa”, proclama.

Tomelloso es un pueblo pobre. Se percibe en sus vecinos, en las casas, en el modo de vestir, en los disfraces que utilizan en El carnaval, hechos de trapos y ropa vieja, y el propio Plinio lo refrenda cuando se queja de su bajo sueldo (El charco de sangre). Pero también existe la gente adinerada, los señoritos, a quienes Plinio no apea el Don, ni siquiera a su íntimo Don Lotario, quien completa los ingresos de su profesión con las viñas que posee. Se muestra así una marcada estratificación social, reconocida y asumida por todos, y difícil de alterar. En El carnaval, una criada se casa con su señorito, consiguiendo de esta manera el ascenso social que ambiciona. Pero Plinio sigue refiriéndose a ella como Joaquinita, si bien ha de rectificar, no sin cierta retranca, para llamarla Doña Joaquina, aceptando así la nueva posición que ha alcanzado, pero al mismo tiempo recordando sus orígenes, de los que nunca podrá desprenderse.

Ese rancio orden social descansa en los intereses económicos y de estatus que protegen a toda casta, aunque sea forzando matrimonios no queridos, como ocurre en El carnaval con Doña Carmen, la mujer de Don Onofre, y que tienen que salvar las apariencias a toda costa, evitando así el escarnio del pueblo, lo que tanto teme Don Onofre si se divulga el embarazo de la criada y sufre por ello la cencerrada. Ese mundo de secretismos y apariencias es el mismo que subyace a la historia de Las hermanas coloradas, aunque aquí desde una perspectiva mucho más cruel, la que deriva de la derrota en la Guerra Civil, sorprendentemente tratada cuando el franquismo aún no había concluido.

El espacio físico es un continuo entre el pueblo y el campo. Los investigadores transitan sin reparos entre uno y otro. El mismo ambiente, el calor, el bochorno, se percibe en ambos. Se forjan bajo esas condiciones seres endurecidos. Las relaciones vecinales son fluidas, pero se alberga una violencia contenida que en ocasiones estalla de manera brutal. La mayor parte de los casos de los que Plinio ha de ocuparse responde a esta característica de sus conciudadanos.

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Tal violencia, como decimos, se expresa casi siempre con una crudeza despiadada. Es el caso del suicidio en El huésped de la habitación nº 5 como consecuencia de un asesinato del pasado, o los crímenes de Los carros vacíos, por unas pocas pesetas, o por posición (El carnaval) u honor (El charco de sangre), aunque el más terrible es el que tiene lugar en El hombre lobo, donde el pueblo entero asesina sin escrúpulos a un pobre desgraciado sin culpa ninguna, tan sólo por ser diferente. Como se señala en Fusiles en Tampico, hay más autenticidad (bondad) en los animales que en lo que han inventado los hombres.

La jerarquización y el honor como guías de la vida son las consecuencias de una educación tan tradicional como la España que se nos muestra, la de los toros y el flamenco, recogidos en los carteles de la churrería o en las paredes del escondrijo en Las hermanas coloradas. Aunque no tiene el protagonismo que sí recogen las novelas, la familia de Plinio es un buen ejemplo de semejante tradición. Su mujer se encarga de la casa, de tenerlo todo a punto para el marido, o de preocuparse de que se compre un traje (Las hermanas coloradas), y en cuanto a la hija es muy significativa la aparición que hace en El hombre lobo, dirigiéndose a un funeral y después a hacer una visita en el asilo, tareas propias de señoritas abocadas a seguir desempeñando un rol que se propaga en el tiempo.

Sin embargo, aunque la descripción de los hechos es clara, no lo es tanto la valoración que de ellos se hace. En diversas ocasiones aparece el contraste entre la vida rural y la urbana, sin que quede establecida con contundencia la prevalencia de la una o la otra.

Es muy significativo lo que ocurre en Fusiles en Tampico. La vida urbana es allí una referencia, la que encarna la actriz que se fuga del rodaje. Su llegada al campo es como una liberación. Parece haber descubierto la pureza de la que carece su vida, la contrapartida de esa existencia repleta de angustias vitales y líos de divorcios que describe Don Lotario. La paz del casino sería lo contrario de ese mundo apresurado que también descubrirá Plinio cuando viaje a Madrid.

Allí, en la capital, Plinio se encuentra desconcertado. No entiende cómo no se vuelven todos locos en el follón que es la ciudad. Tanto es así que no acepta la invitación de Don Lotario para ir al tablao por la noche, y prefiere irse a dormir. En el recorrido que hace solitario por las calles aparece entre admirado y asustado de todo lo que descubre, de los avances tan ajenos a Tomelloso. Esa soledad que de pronto experimenta es la que no existe en su pueblo. En cambio en la gran urbe todos parecen forasteros unos de otros, ajenos, extraños.

De todos modos eso no significa que se rechace de plano la vida de la ciudad. La actriz acaba volviendo a su mundo. La fascinación del campo no es más que un espejismo fugaz. Al final el rostro de Plinio parece establecer un paralelismo entre la actriz y su hija, de quien hemos tenido noticia en ese capítulo por primera vez, y mientras una se va la otra parece quedarse presa en un lugar cuyo futuro ni siquiera es incierto. Lo mismo que delata su mirada un tanto abatida, con barba de varios días, cuando, resuelto el caso de Las hermanas coloradas, debe volver a su pueblo, y con la que concluye la serie.

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La investigación

Los métodos de Plinio son muy peculiares. En última instancia todo se reduce a sus “pálpitos”, intuiciones que siempre acaban dando con la verdad, y en las que Don Lotario confía plenamente, mucho más que el propio policía.

Nada que ver por tanto con un trabajo minucioso de análisis y deducción lógica, del que el Jefe descree de manera explícita. Cuando está cerca de la solución siente que es así, aunque no posea razones que justifiquen ese sentimiento, llegando incluso a despreciarlas: En El huésped de la habitación nº 5 llega a afirmar tajante: “No pienso, siento”.

La manera en que el pálpito de Plinio aparece es un tanto misteriosa. Surge cuando tiene que hacerlo, si es que lo hace. Mientras tanto el policía se limita a esperarlo, ante la mirada entre cómplice y ansiosa de Don Lotario. Durante la espera observa lo que ocurre, y los hechos parecen asaltarle sin necesidad de indagar en ellos, como ocurre con el comportamiento del sospechoso en el bar en Los carros vacíos. Eso sí, una vez capturado al culpable no tiene escrúpulos en utilizar los medios que sean necesarios para hacerle hablar.

En otras ocasiones la casualidad acude en su ayuda. En El carnaval se limita a construir un relato coherente que no está avalado por ninguna prueba, pero que finalmente resulta ser cierto. Si acaso es el conocimiento de sus vecinos, el carácter de las personas, el hilo del cual tirar para encontrar los sospechosos y finalmente resolver los casos. Es lo que ocurre, por ejemplo, en El huésped de la habitación nº 5, donde se sigue al recién llegado sin que pese ninguna acusación sobre él, simplemente porque es un poco raro.

Esta precariedad en los métodos, que a veces se concreta en una actitud meramente contemplativa, no siempre tiene éxito. Los casos quedan resueltos, pero él ha permanecido como espectador sin intervenir como debiera ni evitar las desgracias. En Tras la huella de un desconocido su idea de que el amenazado, que luego resulta ser culpable, se dirija él solo al lugar de la cita acaba provocando dos muertos. Y en El hombre lobo su intervención no puede evitar el cruel asesinato del niño, como tampoco puede impedir el suicidio en El huésped de la habitación nº 5.

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Quizá sea por eso por lo que Plinio es un hombre triste, apesadumbrado, desconfiado de sus propias posibilidades, a quien sólo Don Lotario parece mantener a flote. Sus fracasos, o el temor ante ellos, le tientan muchas veces a abandonar la investigación, a buscar ayuda externa, a reconocer su impotencia.

Y ello a pesar de la fama que ha adquirido. El caso más significativo lo encontramos en Las hermanas coloradas, donde poco antes de su llamada a Madrid (un medio extraño para él en el que se encontrará completamente desubicado) contempla con orgullo la placa en la que el Ministro de la Gobernación le reconoce sus méritos nombrándole Comisario honorario de la Brigada de Investigación Criminal, lo cual no es óbice para que tenga serias dudas a la hora de aceptar el encargo que recibe. Ya allí la idea de fracaso le atormenta, se arrepiente de haber ido, y minusvalora la capacidad de “un triste guardia municipal de pueblo” frente a los investigadores de verdad.

Su carácter inseguro se complementa con la exacerbada responsabilidad que asume en su trabajo. Cuando los logros no llegan es todo él quien sufre, quien aparece derrotado por las incontrolables circunstancias. En el plano más hermoso de la serie, correspondiente a Los carros vacíos, Plinio se asoma a la plaza cuando aparece el segundo muerto, y la cámara, tomándolo de espaldas, inicia un lento zoom en retroceso que acaba dejándolo solo, abandonado.

La plasmación televisiva de los casos de Plinio, por lo tanto, no es en absoluto optimista. El mundo que refleja está preñado de dudas y desencanto. La exaltación de aquel modo de vida que apuntábamos es más aparente que real, y en muchas ocasiones la tristeza se enseñorea de la pantalla.

La realización se permite en algunos momentos alardes que desentonan con el ambiente rural en el que se desarrolla, pero que delatan, a modo de guiños, la filiación cinematográfica de sus responsables (cine al que, por cierto, Plinio rechaza de plano, tildándolo de fábulas para niños). Así ocurre, por ejemplo, con el seguimiento que se hace al asesino y a la víctima en El carnaval, montado en paralelo para incrementar la tensión, o con el apuñalamiento, que por la música y por el montaje remite de manera inconfundible a la bañera de Psicosis. Hasta tiroteos y persecuciones automovilísticas nos encontramos, como si de un polar o una escena del Chicago de la Ley seca se tratase, en este caso en Tras la huella de un desconocido.

Eran otros tiempos, en los que la tiranía de la audiencia no existía, lo que permitía ser más creativo o bucear en clásicos desconocidos, los ancestros, en este caso, de los detectives que más tarde llegarían.

Escribe Marcial Moreno  

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