La adaptación de ‘Moby Dick’ por John Huston

  07 Junio 2017

Una gran blasfemia

moby-dick-0Moby Dick es, según la crítica especializada, la obra maestra de su autor, el neoyorkino Herman Melville, por encima de obras como Taipee u Omoo. Capitanea en popularidad el grupo de sus novelas y cuentos más conocidos, entre los que cabe citar Benito Cereno, Billy Budd marinero y Bartleby el escribiente.

Moby Dick, escrita a mediados del siglo XIX, es un compendio de citas de la Biblia, arranques líricos, muestras del conocimiento que sobre cetología tenía su autor y que había acumulado en sus frecuentes viajes a bordo de balleneros. A lo que hay que sumar la influencia de la filosofía trascendentalista de Emerson y Thoreau, el predestinacionismo puritano (porque, aunque natural de Nueva York, Melville se empapó del ambiente cultural de Massachussets) y la sombra que recorre el libro de cabo a rabo y que no es otra que la de Shakespeare.

La novela de Melville tuvo una mala acogida crítica y comercial el año en que se editó (1851), y condujo a su autor al olvido de sus contemporáneos. Tanto es así, que cuando ya estaba encargándose del que sería el último de sus trabajos (aduanero, en su ciudad natal) la gente lo creía muerto. Sería en la década de los veinte del siglo siguiente al que vio nacer a Melville el que pondría las cosas en su sitio, pues Edgar Morgan Foster rescató el libro del olvido, y fue entonces cuando se le comenzó a tomar en serio. Faulkner dijo que Moby Dick era la novela que siempre hubiese querido escribir. En la actualidad se le considera un clásico fuera de serie, uno de los máximos representantes del romanticismo decimonónico norteamericano. En los años cincuenta recibió su definitiva adaptación cinematográfica de la mano del realizador John Huston.

Huston afirmó: “Se ha discutido demasiado sobre el sentido último de Moby Dick, al que se prefiere considerar como un libro secreto, enigmático. Pero en lo que a mí concierne se trata, negro sobre blanco, de una gran blasfemia. Ahab es el hombre que ha comprendido la impostura de Dios, ese destructor del hombre, y su búsqueda no tiende más que a afrontarle cara a cara, bajo la forma de Moby Dick, para arrancarle la máscara. (...) La película era una blasfemia extraordinaria. No creo que ningún crítico escribiera la palabra blasfemia, pero, no obstante, es el tema central del filme. (...) Esta película representa sencillamente la más importante declaración de principios que yo haya hecho nunca. Es más, diré que Moby Dick es mi película más importante. Melville se distingue por la afirmación de una filosofía que no tiene igual en ninguna otra narrativa. Moby Dick es una blasfemia. Estoy estupefacto de que nadie haya protestado. Pero la blasfemia es tan esencial en el relato que es preciso aceptarlo forzosamente. Ahab es el hombre que odia a Dios y que ve en la ballena blanca la máscara pérfida del Creador. Considera al Creador como un asesino y se encuentra en la obligación de matarle” (1).

Esta es la idea primordial que tuvo en cuenta John Huston cuando se decidió a llevar a la pantalla tan imprescindible novela. En la película se manifiesta en diversos momentos, como cuando Ismael entra en la taberna y contempla un cuadro espeluznante en el que se muestra un gigantesco cachalote a punto de aplastar un navío. Entonces Stubb, que ha visto la expresión de horror en la cara del forastero, comenta “si Dios fuese un animal, sería una ballena”.

La novela también aporta diversos datos que apoyan esta hipótesis esgrimida por Huston. Destaco a ese respecto el capítulo fundamental de La toldilla, en el que Ahab descubre por fin cuáles son sus verdaderos planes para el barco y la tripulación, y que no son otros que dar caza y matar a la ballena blanca. Es entonces cuando Starbuck contesta a su jefe “irritarse contra una cosa estúpida, capitán Ahab, parece algo blasfemo”. Y por si aún cupieran dudas al respecto, la contestación del viejo a su subordinado deja poco espacio para los errores de interpretación: “No me hables de blasfemia, hombre, golpearía al Sol si me insultara. Pues si el Sol podía hacerlo, yo podía hacer lo otro”.

Ahab mantiene en la novela una relación muy parecida al pacto diabólico con un individuo que parece salir del infierno, el extranjero Fedallah (que no aparece en el filme), al que Melville muestra como la sombra del capitán. Y si esto fuera poco, ahí tenemos la súplica de Starbuck en mitad de la tormenta (capítulo 119): “¡Dios, Dios está contra ti, viejo!”. También apoya el punto de vista de Huston la respuesta que da al primer oficial su capitán cuando discuten en el capítulo 109 y que el primero resuelve con un “¡Hay un solo Dios que sea Señor de la Tierra y hay un solo capitán que sea señor del Pequod!”.

El episodio en el que está contenida la expresión más clara de la postura anticristiana de Ahab es aquel que Melville utilizó como referencia para dar a entender a su colega Nathaniel Hawthorne cuáles eran sus intenciones (2) cuando se proponía comenzar la que está considerada como su mejor obra. Me estoy refiriendo al momento en que Ahab, una vez que ha fraguado (con sangre de los arponeros, para darle más visceralidad al asunto y al pacto impío que han firmado) su arpón pensando en utilizarlo sobre Moby Dick, recita una versión distinta de la fórmula bautismal: “Ego non baptizo te en nomine Patris, sed in nomine diaboli”. Es decir, “yo te bautizo no en el nombre del padre, sino del diablo”.

Es curioso que este párrafo no aparezca en la película, siendo, como es, la prueba más clara de la teoría sostenida por Huston. Probablemente sería una cuestión relacionada con la censura, que no vería con buenos ojos que semejante frase apareciese en una pantalla. Si fue así, no sería el único problema que la cinta tuvo con los censores, ya que cuando se estrenó en España, la respuesta que da el profeta loco en la versión doblada es “mi nombre no tiene importancia”, mientras que en el original reproduce con fidelidad el texto melvilliano y responde que él se llama Isaías, abundando así en la enorme cantidad de alusiones bíblicas que pululan por el libro.

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La obsesión de Ahab, su odio infinito contra la ballena blanca, es el eje central de la novela, y el hilo argumental que sigue Huston, quien ignora todos los asuntos sobre cetología que a lo largo de la novela se intercalan con los episodios más o menos relacionados con Ahab y su tripulación. Lo malo es que en esa poda también cayeron algunos momentos destacables.

De entre todos los encuentros que con otros barcos balleneros se encuentra el Pequod tan sólo quedan en la película los relacionados con el Samuel Enderby y el Raquel. Del primero se recoge la confrontación entre los dos capitanes mutilados por Moby Dick: Boomer y Ahab, por supuesto. Del Raquel nos queda la negativa del Capitán del Pequod en lo referente a ayudar al capitán del Raquel a buscar a su hijo perdido. La diferencia estriba en que la frase “que Dios me perdone” (dicha por Ahab en las páginas de la novela) la grita el capitán del Raquel a su colega ante la negativa de éste último en la obra de Huston.

Era una pena que no se hubieran aprovechado otros encuentros recogidos en el libro. Algunos de ellos apuntan a una de las constantes de la novela, que no es otra que la predestinación y la maldición que pesa sobre el barco donde viaja Ismael. Por ejemplo, en el capítulo dedicado al Jeroboam, ocurre que un marinero llamado bíblicamente Gabriel coge una carta destinada a un marinero que murió por obstinarse en perseguir a la temida ballena, la pincha en un cuchillo y la clava en el casco del Pequod para que la maldición del marinero muerto siga a Ahab.

En otra ocasión, cuando Ahab, hablando desde su barco al capitán de otro con el que ha coincidido, pregunta por si han visto a Moby Dick, el altavoz del capitán se cae al agua, lo que es interpretado como un mal augurio. Lo mismo sucede con el episodio del gran pulpo blanco ante el que tiembla Starbuck por habérsele aparecido en mitad de las olas, ya que, según dice, pocos son los barcos que se encuentran con dicho pulpo y vuelven para contarlo.

Las palabras de Melville abundan en esta idea de los signos fatídicos. En La toldilla, el narrador escribe: “Pero, en su alegría por la hechizada aquiescencia tácita de su oficial, Ahab no escuchó su fatídica invocación, ni la sorda risa que subía de la bodega, ni el presagio de las vibraciones de los vientos en las jarcias, ni la hueca sacudida de las velas contra los palos, cuando por un momento se desplomaron, como sin ánimo. (...) Se extinguió la risa subterránea, los vientos siguieron soplando, las velas se hincharon y el barco cabeceó y avanzó como antes. ¡Ah, admoniciones y avisos! ¿Por qué no os quedáis cuando venís?”.

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El mismo Ahab considera su viaje y su enfrentamiento con la ballena blanca como algo inevitable. En el capítulo 37 reflexiona para sus adentros: “La profecía era que yo fuera desmembrado, y... ¡sí!, he perdido esta pierna. Ahora yo profetizo que desmembraré a mi desmembradora”. Piensa que es algo que estaba determinado desde hace mucho tiempo. Por eso dice a su primer oficial en el segundo día de la caza: “Todo esto está decretado de un modo inmutable. Lo ensayamos tú y yo un billón de años antes que se meciera el océano. ¡Loco! Soy el lugarteniente del Destino; actúo bajo sus órdenes”.

De todo este cúmulo de referencias a la predestinación hay que destacar la intervención del profeta medio loco. En el libro aparece diciendo una serie de afirmaciones ambiguas sobre el viaje y la pierna perdida del capitán monomaníaco, pero en la película Huston y Bradbury (en sus funciones de coguionista) ponen en su boca la siguiente profecía: “Oleréis a tierra cuando no haya tierra, entonces Ahab bajará a su tumba, pero antes de una hora volverá a la superficie y entonces todos, menos uno, le seguiréis”.

Se cuenta entre los grandes aciertos del filme, como también lo es el hacer que Ahab cabalgue sobre la ballena mientras la arponea despiadadamente para más tarde balancearse una vez ha muerto haciendo con su brazo, y debido al cabeceo del animal, un movimiento que sus marineros interpretan como que su capitán los está llamando para que le sigan. Es entonces cuando Starbuck pierde la razón (la cual conserva hasta el final en la obra de Melville) y embiste contra Moby Dick. Como curiosidad diremos que el plano de Gregory Peck balanceándose sobre Moby Dick y moviendo el brazo se rodó en un mecanismo especial que daba vueltas y cuya peligrosidad llevó a Huston a filmar tal plano una vez concluido el restante rodaje, ya que temía que Peck muriera ahogado en esa escena. No fue la única ocasión en que el actor estuvo en peligro. En otro momento de la filmación en alta mar se perdió entre la niebla montado sobre una de las falsas ballenas construidas para la película.

También quedó eliminado del screenplay final el episodio del Town-Ho, en el cual un buen hombre, Steelkilt, es provocado constantemente por el retorcido Radney hasta el punto de que este último consigue que el primero le hunda la barbilla en el cráneo de un puñetazo como respuesta a sus provocaciones. Es una historia que parece preludiar la tardía obra maestra de Melville Billy Budd (donde el marinero homónimo mata de un puñetazo a su antagonista Claggart) y que culmina con Radney devorado por Moby Dick, momento en que Melville alude a que el jersey rojo de Radney colgaba a trozos de la mandíbula de la ballena, como metáfora de la carne sanguinolenta de Radney entre los dientes del cachalote.

Lo cual nos trae el recuerdo de otra película inspirada en la obra maestra del autor de BartlebyTiburón, en la cual los trozos de carne del devorado capitán Quint se vislumbran cuando el animal ataca un poco después al personaje de Roy Scheider, el jefe Brody. Reflexionando sobre la fría acogida comercial que tuvo su obra maestra, contrastada con el taquillazo que supuso la película de Spielberg, Huston ironizó sobre que se habían dejado llevar demasiado por la literatura y que no habían puesto tanta sangre como en Tiburón.

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La retórica bigger than life esgrimida en la novela, que se enseñorea de los monólogos de los personajes y de algunos capítulos verdaderamente memorables por su carácter poético (como aquel de La costa a sotavento) es sustituido en la obra de Huston por una elaborada puesta en escena y una fotografía de primera calidad enormemente pictórica. Así, tenemos el placer de contemplar los cielos más azules (sin resultar chillones) que combinan a la perfección con el mar.

Un pictoricismo de atmósferas densas y poéticas que nos muestra planos tan bellos como la llegada de Ismael a Nantucket (cuyo papel en la novela se ha respetado en la película: es un simple narrador de los hechos protagonizados por Ahab y sus muchachos) o el plano general del padre Mapple (cuyo discurso es una advertencia indirecta a la conducta posterior de Ahab), interpretado por Orson Welles. Quien, por cierto, quedó muy satisfecho de la labor de Huston, el cual, según declaraciones de Welles, no se puso a probar distintas posiciones de cámara para su escena sino que la rodó de un tirón y a la primera, sin pruebas posteriores, lo que nos da una idea de lo seguro que estaba Huston cuando rodó su filme. Dicho plano del sacerdote nos recuerda las luces y colores de Rembrandt.

Oswald Morris, excelentísimo fotógrafo, crea la atmósfera precisa para que esos intensos colores nos transmitan el frío y la dureza de la vida marina y para que Ahab, cuyo corazón, según la novela, era tan seco como el alimento que tomaban a bordo, pueda moverse a sus anchas y delirar, dejarse llevar por la ira o tener sus momentos de gloria, como aquel en el que apaga el fuego de San Telmo con un poderoso gesto de su mano (en la novela, tras amenazar a su tripulación con atravesarles con su arpón —en la película sólo amenaza a Starbuck— acaba con ese fenómeno eléctrico de un soplo. La solución por la que opta el director denota el sentido dramático y cinematográfico del mejor Huston).

De la labor del máximo responsable de El hombre que pudo reinar y El tesoro de Sierra Madre no cabe sino aplaudir cómo maneja a sus actores con respecto a la cámara en escenas donde el movimiento expresa sensaciones e ideas, como el ligero acercamiento de Queequeg a la pantalla cuando lanza su arpón, o cómo gira Ahab alrededor de la cámara teniendo como epicentro de su acción el doblón que sostiene en su mano (aunque Ahab se desplaza, el doblón se mantiene quieto en el lugar que ocupa en pantalla) en la secuencia en la que tienta a la tripulación con el oro para estimularles a matar a Moby Dick.

Son sólo algunos ejemplos de una labor que bucea en el espíritu más apasionado de la aventura y en los recovecos existenciales y siniestros de un personaje destinado a su perdición. Haciéndome eco de la afirmación del crítico Jose María Latorre, no me cabe duda de que Moby Dick es, junto con Dublineses, su mejor película.

Escribe José Belón


Notas

(1) En el capítulo titulado La toldilla, Ahab espeta a Starbuck: “Todos los objetos visibles, hombre, son solamente máscaras de cartón piedra. Pero en cada acontecimiento (en el acto vivo, en lo que se hace sin dudar) alguna cosa desconocida, pero que sigue razonando, hace salir las formas de sus rasgos por detrás de la máscara que no razona. Si el hombre ha de golpear, ¡que golpee a través de la máscara! ¿Cómo puede el prisionero llegar fuera sino perforando a través de la pared? Para mí, la ballena blanca es esa pared, que se me ha puesto delante. (...) Tanto si la ballena es agente como si es principal, quiero desahogar en ella este odio”.

(2) Melville escribió a Hawthorne en una carta: “Mi próxima novela va de lo siguiente: ego non baptizo te en nomine Patris... pero adivine el resto”.

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