Dublineses: La vida que pasa

  25 Junio 2017

Los nevados muertos de la vida que pasa 

1.

dublineses-21Así parece demostrarlo el cementerio nevado, hacia el final de esta original y por momentos extraordinaria película de John Huston, que a día de hoy tiene tanta solvencia como el original de donde procede. Que no es otro que el relato de James Joyce Los muertos —título de la película en original—, que pertenece a su colección Dublineses, como aquí se ha titulado, y que me gustaría saber por qué. ¿Tanto temen los distribuidores a los muertos? ¿Es que, acaso, no viven de ellos, y eso desde el principio de la literatura y el cine?

Aunque vayamos por partes. Con esta Dublineses ya no se trata de la infeliz Navidad, sino de la vida que nos acomete todos los días, que nos va marcando y de la pretendemos aprender, aunque sea para retener en la memoria sus instantes que señalarán nuestro destino.

Por eso hay que destacar, de inmediato, la muy excelente adaptación que ha hecho Tony Huston de la narración de Joyce, porque está lo que escribe y sugiere el autor, y que traslada a imágenes precisas su padre, el responsable de El juez de la horca, La jungla de asfalto, Paseo por el amor y la muerte, La noche de la iguana, La reina de África, El hombre que pudo reinar o Moulin Rouge, por citar algunas de las 41 que realizó.

2.

Teniendo en cuenta que Dublineses-Los muertos no tiene a la Navidad como punto de partida, aunque se menciona, así como a la Estrella, la Epifanía o los Reyes Magos, es como una puesta a punto, a día de mañana, de unas fiestas supuestamente alegres, ampliamente comercializadas, y con planificadas reuniones familiares, vengan o no a cuento, para llevarlas a su dimensión realista.

Que no es otra que la constatación evidente del paso del tiempo y de su anclaje en nuestras vidas cotidianas, casi nunca satisfactorias, pero sí vividas y no a modo de una evocación un tanto rancia y totalmente simbólica, de algo que dicen aconteció hace veintiún siglos.

Sabemos que a muchas gentes les gusta, más por diversión y reunirse con sus allegados y amigos, que por otra cosa, y que se lo pasan bien; por supuesto, nada que objetar. Y sin que por eso deje de ser algo infeliz, porque siempre nos lleva al plano actual, a este presente inapelable, y en el que debemos vivir intensamente, que ya llegarán los muertos para evocarnos.

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Y así van llegando, “desvaída luz amarilla rumiaba sobre las casas y el río”, para la fiesta que organizan las hermanas Morkan, familiares y amigos que son recibidos con entusiasmo y preocupación, y les ofrecen sonrisas, refrescos, bailes, a la espera de la cena, donde cada cual desempeña su papel casi tal y como se esperaba de ellos. Y todo con la cotidianidad como norma; o sea, que las cosas ocurren como sin importancia, como el diario vivir.

La fiesta transcurre con las evocaciones ya citadas —“¿Qué sería la Navidad sin una buena nevada?”—, hasta que llega la hora de los discursos, podemos llamarlos así, dichos con una candidez notable, diríamos complaciente, pero muy adecuada para todos, incluido Freddy, del que sus tías siempre temen que venga bebido. Y cuando la cena ha terminado y algunos se van, poco a poco, llega el turno para una canción.

Se trata de una balada escocesa, muy amada por Joyce que casi la vivió en su juventud, y por tanto muy apropiada para la ocasión, titulada La muchacha de Aughrim, y que propicia la toma de conciencia de Gretta (Anjelica Huston), la esposa de Gabriel Conroy (Donal McCann), evocando su pasado y como consecuencia propiciando que los 20 minutos finales de película sean una obra maestra.

La evocación corresponde a su primer amor, y al contársela a su marido, lo hace por primera vez, la película adquiere el tono de los secretos, de las conjuras, de las verdades que ocultamos porque no sabíamos hasta dónde nos importaban, las que conducen a la vida por medio de la muerte evocada, con el frío y la nieve como fondo azulado, anclado sutil y permanente, en nuestra conciencia.

Eso provoca en Gabriel una reflexión enternecedora y casi demasiado realista: “Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión, que marchitarse consumido funestamente por la vida” —según el texto de Joyce, que en la película es más acomodado: “Mejor irte al otro mundo cuando aún sientes la pasión, que irte apagando poco a poco, marchitándote con la edad”—.

Así entendió el sacrificio de Michael Fury, el que cantaba a Gretta La muchacha de Aughrim. Y después sigue su voz en off, que acompaña a las imágenes, nunca estorbándolas, que nos trae a los muertos, que somos nosotros mismos, en su afán de seguir reivindicando su vida: “Cae la nieve… sobre todos los vivos y los muertos”.

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John Huston opinaba que “Los muertos es, sin duda, una de las grandes obras de la literatura en lengua inglesa”, que confirma su hijo Tony, que la leyó con 13 años, como se puede apreciar en este su primer guión cinematográfico, como ya indicamos. De ahí la convicción con que está rodada, pese a la deteriorada salud de Huston, y que hoy debería ser repuesta en los cines para que nos diésemos cuenta como una tan excelente obra literaria, sin dejar de serlo, se transforma en una obra cinematográfica de similares características.

Los actores ayudan lo suyo, hasta más allá de sus posibilidades, en especial Anjelica Huston y Donal McCann, para que la percepción que sentimos desde la pantalla, sea a la vez de imágenes sin adulterar y de vivencias que nos conciernen.

Alex North, como siempre, sabe poner la música en su sitio y con su sabor a Dublín. Opinamos igual de la cuidada fotografía de Fred Murphy, del natural vestuario de Dorothy Jenkins y del apropiado diseño de producción de Stephen Grimes.

Para terminar, recomendar, por si no ha quedado claro, que esta película debería ser repuesta en los cines, y con honores de estreno; y de que a todos los que nos gusta el cine debemos tenerla en casa, así podremos degustarla, como un buen vino, cuando lo necesitemos, nos sintamos nostálgicos o busquemos la mejor manera de sentirnos vivos, eso sí sobre la nieve que va cayendo a cámara desde un fondo de firmamento azulado, que es el plano final de Dublineses-Los muertos.

Con películas como ésta, amamos más al cine. No dejen de verla y disfrutarla; y lean el libro de Joyce para comprender que los Huston tenían razón: sus imágenes son “en las que moran las vastas huestes de los muertos, ya nevados, de la vida que pasa”.

Escribe Carlos Losada

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