Encerrados

  27 Marzo 2017

Un clásico: El silencio de los corderos

el-silencio-de-los-corderos-61Una de las claves que ha posibilitado que El silencio de los corderos sea considerado un filme memorable es su adscripción al modelo más tradicional y estándar de lo que entendemos por cine clásico. A pesar de una imagen formal supuestamente novedosa, con una temática que profundiza en el thriller sobre un asesino en serie; en realidad el relato se articula en torno a un esquema sencillo de planteamiento, nudo y desenlace, heredado de su origen novelístico y donde el guión precisamente lo que hace es poner en primer término la adecuada disposición narrativa de la novela de Thomas Harris.

En ese planteamiento clásico, sobre la estructura principal centrada en la resolución del caso, se tejen los temas y subtemas, algunos principales y otros complementarios, que enriquecen el conjunto, dotando de contenido a los personajes protagonistas pero también a todo un abanico de personajes secundarios que acompañan a los primeros. La existencia del mal, la culpabilidad, el aprendizaje o la violencia son algunos de los principales pero también hay otros como el papel de la mujer en un mundo masculino, la soledad, el aprendizaje, los límites de la ética policial, o el que nos ocupa ahora, los personajes encerrados.

En una primera lectura es obvio que en una trama donde el psiquiatra asesino y caníbal Hannibal está condenado por sus crímenes cometidos, el encierro es uno de los elementos recurrentes del filme. Personificación del mal y sujeto a múltiples medidas de seguridad para evitar su huída y el contacto físico con los demás, Hannibal permanece recluido en su celda tras un cristal reforzado. Una barrera física que a modo de membrana aislante le impide relacionarse con las personas suprimiendo el sentido del tacto.

Una celda sin ningún tipo de ventana que otorgue un mínimo espacio de libertad visual, privado de cualquier compañía más allá de los empleados de esta institución de alta seguridad y del resto de compañeros/asesinos que pueblan el limitado espacio en que se desenvuelve su vida.

Jonathan Demme filma esta historia a través del modo de representación tradicional del cine de siempre, apoyándose en las imágenes, haciendo uso de la construcción visual del relato. Imponiendo esas imágenes al propio diálogo. La escena de los títulos de crédito nos muestra a una chica corriendo por el bosque en lo que parece un entrenamiento, una figura masculina la llama, se acerca a ella y cuando el hombre se gira vemos en la gorra FBI. No hace falta más para contar una historia y que ésta sea comprensible al espectador.

 El director nos introduce en el ambiente claustrofóbico siguiendo este modelo. Clarice desciende acompañada del doctor Chilton, el director de la institución, hacia la celda de Hannibal mediante una serie de planos en los que se pone de relieve la presencia de las rejas. Se remarca lo angosto de los espacios incluso con forzados movimientos como la panorámica de 360º que nos muestra la pequeña habitación anterior al pasillo donde se ubica la celda o el plano de cámara subjetiva con el que Clarice ser acerca a la celda dejándola(nos) en una posición frontal inquietante enmarcada mediante una reja a cada lado.

La representación de Hannibal va unida a un espacio cerrado. La celda, con su desnudez minimalista, la máscara en la cara, la silla que lo inmoviliza en sus desplazamientos o la celda circular en la enorme sala de donde huirá finalmente. Todo ello acrecentado por el hieratismo del personaje como podemos observar en la primera presentación en la que aparece situado en el centro de la celda, inmóvil, expectante, con los brazos extendidos unidos pegados al cuerpo.

Sin embargo, en esa primera escena ya podemos observar como el concepto de encerrado o delimitado afecta no sólo al personaje del condenado sino también a los que están libres. En el momento en que se inicia la entrevista con el preso, es éste el que lleva la voz cantante, indicando cuando se tiene que acercar para mostrar la acreditación o indicándole cuando se tiene que sentar. La angulación de la cámara, con los picados sobre Clarice, acrecienta la posición dominante del doctor, haciendo que la sensación de claustrofobia se transmita también al personaje femenino.

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Posteriormente, los primeros planos sitúan a ambos personajes casi en la misma posición. La escasa distancia del pasillo y el teleobjetivo aplasta a la protagonista, disolviendo el elemento que separa a ambos personajes (la reja y el cristal) añadiendo también el concepto de encerrado a la futura agente del FBI. A lo largo del filme, conforme la relación entre ambos se asienta en base al juego mutuo de investigaciones y confesiones, la imagen de uno y de otra se superponen aprovechando el reflejo del cristal protector. Los rostros de ambos se funden uniendo sus personajes, de esa forma, en lugar de la ruptura del plano/contraplano, el fundido mediante el reflejo los une mientras dialogan.

Y es que Clarice, a pesar de moverse en libertad, es un personaje que también está atrapado. Encerrado en su mundo interior, en ese trauma infantil que le atormenta y que el doctor Lecter irá entresacando en sus conversaciones, y encerrada también en un caparazón de frialdad que le protege frente al universo masculino que la aprisiona. Una presencia masculina que le intimida en los espacios cerrados como el ascensor en el que aparece rodeada de sus compañeros mucho más altos o en la oficina de la comisaria donde es la única presencia femenina en un mundo de hombres.

Al igual que Hannibal, Clarice comparte con su oponente la soledad. Una única compañera con la que tiene más relación durante su formación en la academia y un trato frío y distante con su jefe, Jack Crawford. Esa soledad viene motivada por ese encierro, no físico pero sí espiritual, provocado por su dedicación al trabajo y el sentimiento de culpabilidad. Un aislamiento que se traduce en una ausencia total de contacto físico con los demás.

Con los dos personajes que más se relaciona, Hannibal y Jack, el contacto físico es inexistente. En el primer caso por limitaciones obvias y, en el segundo, por un respeto a la cadena de mando. De hecho el filme destaca con un primer plano el único momento en que se produce ese contacto físico. Con Hannibal será un roce muy leve de los dedos cuando el doctor le entregue el expediente a través de las rejas instantes antes de producirse su fuga; y con Jack Crawford será un distante y frío apretón de manos tras su graduación a modo de felicitación y despedida.

El resto de personajes secundarios también tienen en común esta característica. Buffalo Bill, el asesino en serie, está encerrado en su cuerpo masculino. La motivación para cometer los crímenes es la necesidad de salir de un cuerpo que no es el suyo, provocar la transformación. El hecho de arrancar las pieles de sus víctimas para mudar la piel, para emerger como un nuevo ser, saliendo de su enclaustramiento, es su motivación para cometer los crímenes.

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Personaje falsamente libre, y también solitario como el resto, realmente permanece aprisionado física y psicológicamente. Su casa es una mazmorra. Una vivienda oscura, con diferentes habitaciones, ventanas cerradas, puertas y escondrijos que se asemeja más a un entorno laberíntico que a lo que podríamos entender por un hogar.

Una casa transformada en celda personal, que a su vez esconde otra celda para sus víctimas. Un hueco abierto en el suelo en el que Catherine permanece encerrada el tiempo necesario hasta que Buffalo Bill efectué su ritual asesino.

Jack Crawford y el doctor Chilton completan este panorama de personajes vacíos, aislados y que siempre aparecen representados entre cuatro paredes. Crawford, que dirige un apasionante trabajo policial, se recluye en su despacho enviando a una estudiante para conseguir las posibles pistas que puedan despejar la investigación.

Chilton, el director del recinto donde está encerrado Hannibal, representa la otra cara de la moneda del psiquiatra caníbal, torturador y perverso, se encuentra al otro lado de las rejas pero a su vez está inmerso en ellas, siempre limitado por el entorno lúgubre, de gruesas paredes, del centro psiquiátrico.

De todos los personajes analizados, es aquel que literalmente representa el encierro, Hannibal Lecter, el que contradictoriamente se nos muestra más libre dentro de su mundo interior. A pesar del aislamiento total, en una celda casi hermética al fondo de un pasillo, sin ninguna apertura al exterior, se termina convirtiendo en el lugar desde donde puede resolverse el enigmático caso de asesinatos en serie.

La negación física del mundo exterior es vencida a través del valor positivo otorgado al saber y los recuerdos. Dentro de su mentalidad asesina y depredadora, Hannibal despliega su exquisita educación, el poder del conocimiento y la mirada interior (ex psiquiatra). Desde su posición tras las rejas, los recuerdos y la imaginación, son capaces de hacer que Lecter parezca más libre que la joven Clarice. Cuando ésta, viendo los dibujos de Florencia que decoran la celda, le pregunta como recuerda tantos detalles de memoria, Hannibal le contesta: “la memoria, agente Starling, es lo que tengo en vez de una bonita vista”.

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Desde ese inicio ya intuimos que a pesar de su limitación física, con las armas del conocimiento, Hannibal tiene una posición dominante frente a la futura agente del FBI (Hannibal le nombra el Belvedere de Florencia y finalmente el asesino será detenido en la población de Belvedere, Ohio, una población que sólo existe en la ficción de la novela de Harris y en su adaptación cinematográfica). En este sentido el filme reivindica el saber como el elemento que proporciona placer y libertad. El intercambio de información entre ambos, el quid pro quo, que propone el preso, es lo que hace crecer entre ambos una relación especial y les facilita, a los dos, conseguir sus objetivos.

El conocimiento salta las barreras físicas. En una metáfora socrática, Hannibal desde sus múltiples encierros (la celda, la silla donde permanece inmovilizado, la máscara, etc.) termina siendo el personaje que alcanza la libertad. Jack y Clarice obtienen su victoria, han sido capaces de detener a Buffalo Bill, aunque en todo este proceso Hannibal ha conseguido escapar. La última imagen de Clarice, en la escena en que Hannibal le llama por teléfono para felicitarle por su graduación, es un zoom en retroceso donde Clarice se queda inmóvil invocando el nombre del doctor Lecter, con el teléfono en la mano, mientras éste se mueve con total libertad hacia lo que intuimos va a ser su próxima víctima, el doctor Chilton.

En la continuación de la saga de El silencio de los corderos, tanto en la novela de Thomas Harris titulada Hannibal, como en la película del mismo nombre dirigida por Ridley Scott, el doctor Lecter continúa siendo el personaje que disfruta de una mayor libertad. A pesar de ser uno de los criminales más perseguidos del mundo, su conocimiento del latín y del clasicismo le permite incluso optar a un trabajo en su admirada Florencia, mientras Clarice, ahora toda una agente del FBI que dirige su propio equipo, se encuentra aislada y encerrada en su limitado entorno laboral.

Acosada por su superior, vilipendiada por los suyos que le culpan del error en una operación policial, el mundo de Clarice es mucho más cerrado que el de su oponente. Mientras tanto, Hannibal disfruta del marco incomparable de la ciudad que ama, aspirando a ser el conservador de los fondos de la biblioteca.

El encierro es uno de los temas que enriquecen el universo de la ficción creada por Thomas Harris alrededor del personaje de Hannibal (y que las adaptaciones al cine han heredado y desarrollado) para potenciar la figura del doctor Lecter, pues al atribuir esta característica a todos los personajes, hace que el hecho de que el asesino caníbal permanezca prácticamente aislado en un único espacio físico no suponga una desventaja frente al resto de personajes, siendo al final el ser que tiene más libertad para orientar sus actuaciones y sus futuros movimientos.

Escribe Luis Tormo

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