Hannibal (Hannibal, 2000)

  05 Febrero 2017

Ayer y hoy, dos acercamientos al ilustre caníbal 

hannibal-211. Mucho se había especulado sobre una secuela casi obligada, después del éxito de crítica y público de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991).

Ocho millones de dólares (oficialmente) convencieron a Thomas Harris para escribir una tercera novela sobre el personaje de Hannibal el caníbal. Nueve millones de dólares (oficialmente) permitieron a Dino de Laurentiis adquirir (nuevamente) los derechos de esa novela para llevarlos al cine.

En 1986, Dino ya había producido Hunter (Manhunter), basada en la primera novela de Harris sobre Lecter (El dragón rojo). Como fue un fracaso, el bueno de Dino regaló (sí, han leído bien: regaló) los derechos del personaje a Jonathan Demme para que rodara la segunda película. El resultado ya es conocido: Demme se forró de dinero y de prestigio.

2. Además del dinero, también el factor humano entra en juego.

Oficialmente, Demme se niega a dirigir el nuevo film “por exceso de violencia” (¿de verdad es este el mismo joven que se formó en la factoría de Roger Corman con sexploitiations de serie Z?).

Oficialmente, Jodie Foster no interpreta de nuevo su personaje por “diferencias creativas” con el guión, en alusión también a que el final original de la novela era muy duro para su personaje (¿de verdad la Foster leyó el guión final? Pero si su personaje cambia radicalmente respecto a la novela, quedando como una persona íntegra que en ningún momento se deja seducir “por el lado oscuro”).

Oficialmente, Anthony Hopkins no tiene ningún problema en meterse de nuevo “en la piel” de Hannibal el caníbal (diez millones de dólares también habrán ayudado lo suyo).

3. Después de tantas versiones oficiales, ¿qué es lo que queda?

En primer lugar, Anthony Hopkins. Está en el personaje de su vida y se nota. Disfruta y nosotros con él. Incluso ha añadido mucho humor negro a Lecter, algo de lo que carece el interesante libro de Thomas Harris.

En segundo lugar, tenemos a Clarice Starling, esta vez en la piel de Julianne Moore. Su trabajo es impecable durante la primera media hora del filme. Pero cuando Lecter entra en escena devora (literal o figuradamente) a todos sus compañeros de reparto, por lo que Clarice pasa a ser un secundario de lujo... quizá esa sea la verdadera razón por la que la endiosada Jodie Foster se negó a interpretar el papel (o incluso la razón por la que Gary Oldman no aparece en los créditos, pese a que el personaje que interpreta, el deforme Mason Verger, está presente en gran parte del metraje).

En tercer lugar, tenemos a Ridley Scott. Parecía que con Gladiator había recuperado el rumbo, así que no es de extrañar que se rodee del mismo equipo para su nuevo filme (Mathieson en la fotografía, Zimmer en la música, Scalia en el montaje).

Sin embargo, el batacazo con este Hannibal es serio. ¿Razones?

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Quizá el motivo fundamental de la desilusión que produce este título es que Demme sugiere y Scott muestra. Una escena ilustra perfectamente lo dicho.

Cuando en El silencio de los corderos hablaban de lo que hizo Lecter a una enfermera, mordiéndole la cara mientras sus pulsaciones no pasaban de ochenta, el espectador siente un profundo estremecimiento; sólo hemos oído lo que hizo, mientras Clarice ve una foto que nosotros sólo alcanzamos a imaginar, pero nunca vemos.

En Hannibal esa misma escena está narrada en un explícito flashback: ahí tenemos al bueno de Lecter agarrado a la mandíbula de la enfermera disfrutando de un improvisado banquete. El encanto y el temor de la versión anterior han desaparecido por completo y todo queda reducido a una bonita imagen demasiado explícita.

Y así una y otra vez: la tortura de Mason, la muerte de Pazzi en Florencia, el festín de los cerdos... Todo es mostrado literalmente por un Ridley Scott que, con su entusiasmo por los efectos especiales, ha olvidado por qué fue un gran triunfo Alien, el octavo pasajero: precisamente porque creaba un clima, una atmósfera, donde el mal estaba siempre presente, lo podíamos sentir, pero casi nunca lo veíamos explícitamente.

4. Ridley Scott ha tenido siempre una peligrosa tendencia a ilustrar historias antes que a contarlas. Es mejor fotógrafo que narrador. A él, como a muchos otros cineastas actuales, le pesa mucho su origen publicitario y videoclipero: se entusiasma con un bonito encuadre, con una luz sabiamente dirigida... y se olvida de dirigir al resto de elementos que componen la película.

Así las cosas, es normal que Hannibal sea un filme bello de contemplar, pero sin alma, sin ese perfecto engranaje que convertía El silencio de los corderos en una obra inolvidable.

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5. Por último, queda el guión. Ted Tally se limitó a podar tramas secundarias en la adaptación de El silencio de los inocentes (desaparece, por ejemplo, la familia del director del FBI y los capítulos dedicados a su mujer enferma) y eso dio mucha mayor concentración (y un Oscar al guión) a la narración central de El silencio de los corderos.

Aquí, el primer guión de David Mamet siguió derroteros parecidos: mucha fidelidad al libro original y los retoques imprescindibles. Pero en el cine actual el desfile de guionistas es imprescindible. Incluso Ridley Scott reconoce que contrató un nuevo guionista porque ese final “no era el adecuado” (¿quiere decir que no daba pie a una tercera parte, que en realidad es cuarta, de las aventuras de Lecter y Clarice?).

El resultado ya lo habéis visto en pantalla: el final del libro es totalmente alterado, incluso dando un giro inexplicable al personaje de Lecter: aquí Clarice ya no es seducida por el lado oscuro del animal que todos llevamos dentro (sino que permanece íntegra); y Hannibal ya no es un implacable y delicioso degustador de semejantes (sino un pobre mortal enamoradizo y castrado —literal y figuradamente— en sus deseos hacia Clarice).

En definitiva, todo parece apuntar a que queda abierta la puerta para un futuro enfrentamiento entre el caníbal (que ya no lo será tanto) y la intrépida agente del FBI. Como en el Correcaminos y el Coyote. O como en Tom y Jerry.

Es normal que De Laurentiis, para su próxima película sobre el personaje ya haya desechado una reedición de El dragón rojo y esté más interesado en un nuevo guión (¿original?) escrito por Ted Tally: de lo que hablaremos en el futuro es de una franquicia como James Bond, con su cine bianual con el público.

Una pena.

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Malos tiempos para la nouvelle cuisine

Hasta aquí lo que en su día escribimos con motivo del estreno de Hannibal en España, en el año 2000, aquí, en Encadenados.

Aunque considero que lo publicado hace tres lustros sigue siendo válido, confieso que revisada hoy la película de Ridley Scott ha ganado enteros.

Su elegante puesta en escena, su control del montaje, el humor de Hopkins con el personaje, el equilibrio en las tramas paralelas (Clarice puteada por su jefes, Hannibal perseguido por unos aficionados y la venganza de Mason) y un saber hacer apoyado siempre en su brillante caligrafía, son elementos que ayudan a que el film sea como el Chianti que Lecter utiliza para saborear sus exquisitos platos: mejora con el tiempo.

Cierto que le sigue fallando su tendencia a ilustrarlo todo, como los intestinos de Pazzi colgado de la fachada de su palacio, pero no es menos cierto que la preparación de este tipo de escenas —con el humor añadido respecto al libro— nos prepara para un festín que no defrauda.

Quizá más sugerencia y menos evidencia ayudarían, pero tampoco abusa en exceso y más si tenemos en cuenta por dónde han ido los derroteros del cine actual y del personaje de Hannibal Lecter en particular.

Recordemos: en 2000, tras el éxito del film de Ridley Scott, De Laurentiis quería un nuevo guión de Tally y rechazaba un remake de El dragón rojo. Y lo quería rápido, no le apetecía esperar otros nueve años para una nueva secuela.

Sin embargo, los proyectos iniciales del productor se fueron pronto al traste: no llegó el guión original de Ted Tally y hubo que volver a la primera novela, aunque con un director con mucho, muchísimo menos nivel que Demme o Scott: un tal Brett Ratner.

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Lo que sí llegó fue una nueva novela de Thomas Harris sobre el personaje. Abandonada por el cine su bella propuesta de una escalada de apetitosos banquetes en Argentina a cargo de Hannibal y su cachorro Clarice, el autor decidió buscar en otros derroteros y, como casi siempre sucede, acudió a los orígenes del personaje.

Y tampoco la propuesta literaria —resuelta con una brillantez y una técnica exquisitas, como es habitual en el autor— alcanzaba mayores vuelos: se trataba en el fondo de justificar por qué un jovenzuelo que ha visto todas las maldades imaginables en la guerra acaba convertido en un caníbal. La culpa es de la guerra, de esos soldados centroeuropeos incontrolados que huyen y matan en vez de pelear como hombres.

Así, es normal que uno decida zamparse a sus semejantes: no merecen mayor atención que cualquiera de los animalitos que uno caza en el bosque para la comida familiar del fin de semana.

Torpe e innecesaria justificación que cierra caminos al atractivo de Hannibal Lecter, aunque su intención fuera precisamente abrir nuevas vías a la franquicia apostando por un actor joven que sustituyera a un Anthony Hopkins que había devorado con entusiasmo su papel en la pantalla —y, de paso, a sus compañeros de reparto—, pero que ya estaba tan mayor que sólo vale para interpretar a un envejecido Hitchcock en su última película.

Y todo ello si nos ceñimos sólo a Hannibal, el origen del mal (2007), una película dirigida con solvencia por Peter Webber, pero que partía de una historia innecesaria, una justificación pobre para un personaje que funciona mejor en las sombras que cuando éstas son iluminadas por explicaciones que empobrecen su carisma.

Toda la parte final de la película —una vez hemos comprobado la maldad de unos soldados lituanos que se comen, literalmente, a Misha, la hermana de Hannibal, cuando son niños— se convierte en la venganza de un joven hambriento —nunca mejor dicho—, que busca a los asesinos de su hermana para demostrarles que eso no se hace así, a pelo: la venganza puede ser un plato que se sirva mejor frío, pero antes hay que cocinarlo debidamente.

Así las cosas, el mito de Hannibal desciende muchos enteros. Su personaje queda explicado hasta la saciedad. Casi diríamos que incluso justificado. Una grosería.

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¿Hacía falta tanta luz en la inquietante oscuridad de sus orígenes?

El misterio de su nacimiento, de su perfecto control, de su afición a comerse a sus semejantes, todo ello desaparece. Todo. Y si no hay misterio, el thriller carece de emoción.

Un apunte final: hemos hablado sólo de Hannibal, el origen del mal porque, pese a todo, es una película que tiene sus puntos de interés.

De Laurentiis ya había hecho El dragón rojo en 1986 (la primera película como director de Michael Mann: un gran fracaso en taquilla), que en 2001 diera marcha atrás en su primera intención de no hacer un remake fue una de las peores decisiones de su dilatada filmografía.

Y que dejara el remake en manos de un negado como Brett Ratner, sencillamente condenó la película al olvido. Sólo recordar su título: Red Dragon (El dragón rojo, 2002)

Mejor no revisar una propuesta tan lamentable y pensar que la filmografía de Hannibal Lecter con Anthony Hopkins finaliza con éste luciendo su muñón en un avión, al final de la película de Ridley Scott. Y que sus orígenes, bueno, no es que sean demenciales, pero son menos interesantes que las andanzas del doctor Lecter adulto.

Visto el resultado de las dos secuelas, es normal que la carrera cinematográfica de este ilustre caníbal haya finalizado.

Lástima, era un personaje que comenzaba a caernos simpático.

Escribe Sabín

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