Naves misteriosas (Silent running, 1972) de Douglas Trumbull

  26 Abril 2016

El viaje a ninguna parte

naves-misteriosas-1En 1971, año en que Nixon pulverizaba el patrón oro abriendo la veda del monetarismo que más tarde colapsaría la economía mundial o Allende nacionalizaba bancos e industrias sin miedo o mesura, cavando lo que posteriormente sería su propia tumba, Douglas Trumbull trabajaba en los efectos especiales de La amenaza de Andrómeda, de Robert Wise, una película basada en el libro de Michael Crichton que advertía precisamente sobre los riesgos de manipular aquello sobre lo que tenemos un profundo desconocimiento.

El californiano se movía como pez en el agua en ese ámbito cinematográfico —más artesano que artístico— en el que tres años antes había sido junto a Tom Howard, Con Pederson y Wally Veevers, laureado responsable de los efectos de 2001, una odisea del espacio. Poco más de un lustro después se encargaría del mismo apartado en Encuentros en la tercera fase de Spielberg y Star Trek  de Robert Wise (1977), para culminar en 1982 con el diseño de las fascinantes maquetas en la Blade runner de Ridley Scott.

Pero estábamos en 1971, y ese fue un año clave para Douglas Trumbull por otros motivos: antes de seguir con exclusividad la senda por la que cobraría merecida fama, nuestro protagonista decidió pluriemplearse en la dirección y manufactura de una película pequeña pero resultona en cuyos ecos pervivía el ocaso de la revolución hippie y el nacimiento de la ecología responsable.

A quien pueda parecerle extraño ese arriesgado salto profesional... ¿debe recordársele que Trumbull podía presumir de haber colaborado con uno de los genios indiscutibles de la realización (Stanley Kubrick) en 2001, y con uno de los grandes especialistas del género de ciencia ficción (Robert Wise)?

Tenía buenos mimbres, porque aparte del asumido magisterio de los grandes con respecto a la realización, Trumbull ya era el número uno en lo que refería a la construcción de maquetas y efectos visuales. Podría decirse que tenía todo lo necesario para hacer una buena película de ciencia ficción... excepto el presupuesto.

Las tres "R": Rueda, reutiliza, recicla...

Naves misteriosas (Silent Running, 1971) fue realizada con un millón de dólares. La película señera de Kubrick costó diez veces más. Puede que el genio neoyorquino tuviese especial mano rota con el celuloide o puede que Trumbull sencillamente fuera mucho menos perfeccionista, pero lo cierto es que consiguió sacar adelante su película con un mísero puñado de dólares.

Algunos de los secretos de tan austera realización no quedaron al descubierto sino muchos años después: Trumbull se haría famoso en Star Trek por su técnica del "crop it, flop it, or drop it!" , que consistía en reutilizar escenas ya grabadas cambiando la orientación del eje para que pareciesen distintas. Silent running fue la primera película donde podemos observar ese truco, con secuencias recurrentes donde varía la iluminación o el sentido de navegación de las naves; aunque el recurso canta un poco, no se sabe si los productores preferirían esto a la obsesión de Kubrick por repetir escenas hasta la náusea.

Naves misteriosas se convierte así en una película coherente: su mensaje ecologista se traslada directamente a la producción: economía en los medios, reutilización de los recursos, austeridad de la puesta en escena…

Porque Trumbull no sólo economizó planos y tomas; posteriormente recicló las maquetas de sus naves espaciales en la mítica serie Battlestar Galáctica protagonizada por Lorne Greene, Richard Hatch y Dirk Benedict.

Trumbull fue también uno de los primeros empresarios en utilizar el modelo del becario: puso a trabajar en la construcción de maquetas a estudiantes universitarios, entre los que se encontraba John Dykstra, que posteriormente fue responsable de efectos visuales en la mencionada Galáctica, Star Wars, Malditos bastardos y Django desencadenado.

Y en última instancia todo aquello que no pudo reutilizarse, fue reducido a la mínima expresión: pocos escenarios y tan solo siete actores, cuatro de los cuales sólo aparecen durante la mitad del metraje y tres... están encapsulados en un disfraz de robot sin poder hablar ni apenas moverse, lo que directamente ahorraba líneas de guión y posibles repeticiones de toma.

Así, el protagonismo se centraba en el personaje de Freeman Lowell (Bruce Dern), un ingeniero agrónomo cuya obsesión por las plantas lo llevaría hasta extremos insospechados por un pacifista ecologista, vegetariano y hippie.

Hay una escena de un lago en los bosques de la nave espacial en la que Dern se baña desnudo. El agua estaba helada, pero Trumbull no quiso alquilar un calentador de agua para una escena de pocos segundos. Dern tuvo que vérselas con los rigores del frío y del presupuesto. No parece tan raro que su personaje tuviera siempre esa cara de susto.

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El último hortelano

Lowell aparece desde el principio como un personaje extraño. Su vestimenta —lleva algo parecido a una batamanta setentera— dista mucho de ser el uniforme de los astronautas de la American Airlines que pilotan las naves. Sus ocupaciones son absolutamente contrarias a las de sus compañeros: mientras que él hace vida en los denominados domos —gigantescos invernaderos donde se recrea la vida en los bosques de la tierra—, plantando semillas, esquejes o cuidando animales, los demás se dedican a hacer carreras de coches llegando incluso a pisotear las flores que Lowell planta. Éste se nutre de vegetales, y aquéllos de comida liofilizada.

El ecologista sufre una verdadera conmoción cuando se le ordena que abandone la misión y destruya los bosques, mientras que sus compañeros se alegran lo indecible ante las perspectiva de volver a casa. La destrucción ha de llevarse a cabo mediante la detonación de cargas nucleares —lo que introduce de paso el miedo atómico en la temática del filme— y sin reparar en los elementos vitales que puedan quedar en los últimos viveros terrestres.

Todas estas oposiciones quieren redundar en la justificación de Lowell, que acaba por asesinar a sus compañeros para no tener que ejecutar las órdenes, pero resultan a todas luces insuficientes para convencer a los espectadores de que su actuación fue correcta.    

Aunque la evolución del personaje de Dern debiera ser lo que sostiene una película tan irregular como entrañable, no es que ésta se haya trabajado a niveles verdaderamente profundos. Freeman Lowell es caracterizado como un hombre solitario, de reacciones infantiles y gustos peculiares, cuyas motivaciones no acaban de suscitar la complicidad del espectador en la medida en que aparecen como desproporcionadas o irracionales.

Si lo que busca una película en cuya banda sonora pueden encontrarse canciones de una activista tan comprometida como Joan Baez era despertar conciencias ecológicas bajo el imperativo de la consistencia de los argumentos o la empatía con los protagonistas, desde luego Naves misteriosas no lo ha conseguido.

Pero es que Naves misteriosas no fue concebida como lo que finalmente terminó siendo. En realidad, el argumento era mucho más complejo y profundo de lo que acabó por estrenarse en las salas de cine, y el brutal recorte en el libreto no hizo justicia a una película que podía haber dado mucho más de sí de haber sido respetada en su integridad.

Las aparentes incoherencias de Lowell, su incapacidad para dominar sus pasiones, su adanismo, no parecen justificados en una película que hace del ecologismo virtud. Y en realidad no lo están, porque lo que ha acabado por ser una loa del trastorno antisocial era en realidad una reivindicación de la vida en todos los confines de la galaxia y para todas las especies posibles. También las extraterrestres.

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Encuentros en la tercera Woodstock

Wood-stock podría lejanamente traducirse como "reserva de bosques". Eso es lo que eran los "domos" de Naves misteriosas. Una gigantesca reserva de bosques vivos para evitar la total destrucción de los mismos en la tierra. Woodstock también era, como casi todos saben, un festival de música celebrado en 1969, que supuso la mayor congregación hippie de todos los tiempos. En ella se celebró la paz, el amor y la libertad en todos los ámbitos. Tuvo varias reediciones, aunque ninguna tan numerosa como la del año en que el ser humano llegó a la luna.

Naves misteriosas parece rendir culto tanto al concepto como al festival. Ya hemos dicho que Joan Baez, participante en la edición de Woodstock de 1969, también estuvo presente en la banda sonora de la película.

La libertad lo está en la medida en que el propio Lowell Freeman la lleva en el nombre, pero también en el hecho de que él mismo emprende una huida de la civilización que no lo representa como ser libre: no puede elegir su camino, vivir en la naturaleza y ocuparse de sus bosques, sino que debe obedecer, destruir la última semilla de vida y volver a la malhadada Tierra.

Es evidente que alguien como Lowell debía rebelarse. Lo que llama la atención es que lo haga en el modo que lo hace, violando el mandato de paz y amor de Woodstock y el hippismo, matando a sus compañeros mediante el fuego atómico.

En realidad, el guión original no decía eso. Freeman era un anciano a punto de jubilarse que pasaba sus últimos años a bordo de cargueros que llevaban huertos y bosques como fuente de alimento y esparcimiento, dado que la estancia en el espacio era permanente. Cuando le mandan regresar a Tierra lo hacen sólo porque los cargueros van a ser desguazados y él deberá retirarse.  Freeman no acepta la orden, roba la nave y se aleja hacia Saturno, haciendo ver que se ha estrellado contra sus anillos.

Pero algo sucede: capta una señal extraterrestre y se dirige a establecer contacto con ellos, como buscando una nueva frontera. En su partida hacia el encuentro con los extraterrestres se pone de nuevo al alcance de los radares de la Tierra, y desde allí emprenden una persecución contra él en la que finalmente es abordado y muerto. Los domos que habían sido liberados con anterioridad son capturados por los extraterrestres, con los robots a bordo. Estos se muestran sorprendidos ante la extrañeza de semejantes formas de vida.

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La semilla del diablo

Esta guionización primaria se asemeja más a una road movie o a un western que a una aventura espacial de tintes ecologistas. Nadie sabe muy bien por qué no cuajó, pero lo cierto es que en ella Lowell no aparecía como asesino y suicida, sino simplemente como fugitivo.

El problema de la versión final es que el protagonista se pasa media película intentando justificar su bondad tras haber asesinado a sus compañeros por un matojo de bosques, y eso no casa bien con su estimable mensaje ecologista.

No obstante la humanización de los robots mediante su rebautizo y reprogramación quiere jugar un papel fundamental en su redención, puesto que da a entender que Freeman está necesitado de compañía y amistad. Los cuidados que les procura, tanto a ellos como a los bosques, que poco a poco van muriendo por falta de luz, intentan mostrar a un hombre amante de la vida, que en último término sólo acaba con aquello que la amenaza, aunque para ello haya de matar.

Pero esto no es más que una sublimación del consabido utilitarismo, un remedo del fin que justifica los medios, la semilla de la degradación del movimiento hippie, que acabó por reciclarse en el yuppismo ochentero.

Este amor de los yuppies ya no se derramaba en los jóvenes cuerpos, sino en las cuentas corrientes de los bancos; las subidas ya no eran lisérgicas, sino bolsistas y la libertad no ansiaba los bosques y espacios naturales, sino la libertad de mercado.

Naves misteriosas es una película tan deliciosa como inocente, tan fascinante como sorprendente. Muestra un tiempo en que los sueños fueron posibles y los horizontes cercanos, siempre que se renunciase a lo que ya se tenía o se abandonase el camino ascendente que conducía paradójicamente al abismo.

Hoy día somos conscientes de que las respuestas no son tan fáciles, y que nunca lo fueron. Cabalgamos a lomos de un tigre y no resulta nada fácil bajarse.

Pero al menos, hemos aprendido con Trumbull cómo hacer un buen reciclaje.

Escribe Ángel Vallejo 

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