El enigma de otro mundo (1951) & La cosa (1982)

  30 Abril 2016

En las montañas de la locura

the-thing-1En una estación del Polo Norte, unos científicos detectan la caída de algo que parece un avión. Informan a la base militar más próxima y, una vez reunidos todos, descubren que el objeto que ha aterrizado, hundiéndose en el hielo, es un platillo volante. Al tratar de sacarlo a la superficie con explosivos destruyen la nave, pero logran encontrar a su tripulante congelado. Lo llevan a la base y allí, una vez se ha derretido el bloque helado que le aprisionaba, el extraterrestre comienza a convertirse en un peligro para los investigadores y miembros del ejército. Estos se enfrentan a la criatura y la eliminan con un ingenio eléctrico.

Esta es la base argumental en la que se mueve El enigma de otro mundo, atribuido por unos a Christian Nyby (como reza en los títulos de crédito) y a Howard Hawks por otros. La opinión del que este subscribe se decanta hacia el primero, vista la birriosa puesta en escena de la película. Ésta se basa en los planos donde se aglutinan hasta la asfixia los personajes, en un orden que no dota de dinamismo visual en absoluto, a pesar de que las decisiones se toman rápidamente y la acción es inmediata.

Nyby desaprovecha el marco natural del drama, ese clima de nieve incesante, que habría aportado atmósfera a la película, dejando de lado la historia de amor de los protagonistas, el capitán y la científica, para centrarse en la eterna discusión de si es imprescindible atrapar al espécimen de otro planeta y mantenerlo con vida de cara a los descubrimientos científicos o lo que hay que hacer es eliminarlo como medida preventiva. La película de Nyby se decanta por esta última opción. El doctor es un chiflado de la ciencia y las palabras y las ideas están de sobra, hay que eliminar al marciano por la vía rápida.

A pesar de que creo que puede ser atribuible a Nyby la autoría de la película, o al menos, su labor de dirección, hay algunos apuntes que remiten directamente a la personalidad cinematográfica de Hawks. El primero de ellos es la conocida profesionalidad de sus personajes, que aquí se transmite al capitán y al jefe de los científicos. Tanto uno como otro quieren llevar al extremo sus funciones: uno quiere acabar con la criatura, y el otro llega a arriesgar su vida en el último tramo del filme cuando trata de razonar con el extraterrestre. El otro rasgo propio de la filmografía hawksiana es el apoyo femenino personificado en la antigua novia del capitán que trabaja para los científicos.

John Carpenter manifestó hace muchos años que lo que a él le gustaría rodar de veras son películas del oeste, y no tantas de terror, y eso se nota en su obra: desde la presencia de Lee Van Cleef en 1997, rescate en Nueva York hasta el escenario fronterizo de Vampiros, sus películas han manifestado de uno u otro modo que los filmes de su director son permeables a los efluvios de un género como el western.

Y Carpenter ha expresado repetidas veces su admiración por Howard Hawks, un culto que marcó de principio a fin su segundo largometraje, Asalto a la comisaría del distrito 13. Más aún, el realizador ha afirmado que le encantaba la cinta de Nyby auspiciada por Hawks El enigma de otro mundo, lo cual le convertía en uno de los directores más propicios para dirigir un remake en condiciones de esta mediocre película.

Y lo hizo aproximándose más que su predecesora a la novela en que se basan ambos filmes, Who goes there, de John W. Campbell Jr. (1910-1971).

la-cosa-2Como dijo Antonio José Navarro en el número 238 de Dirigido“Campbell, literato especializado en el género de ciencia-ficción, fue director de la revista mítica Astounding Science Fiction durante tres décadas, desarrollando una notable labor en dicho cargo. Trabajo que lo convirtió, según palabras de Isaac Asimov, en <la personalidad más extraordinaria de todas las revistas de ciencia-ficción>. Aunque, principalmente, fue un brillante y precoz escritor que abrió nuevos caminos para el género. Who goes there narra el descubrimiento en la Antártida, por parte de una expedición científica USA, de un bloque de hielo entre los restos de una nave extraterrestre siniestrada hace unos veinte millones de años. Aquél, trasladado a la base de los expedicionarios, contiene en sus entrañas el cuerpo de un extraño alienígena. Por culpa de una imprudencia, el monstruo recupera la conciencia y escapa, amenazando a todo el grupo de humanos debido a su peculiar habilidad de cambiar de forma, asumiendo la identidad de cualquier organismo vivo. Un torvo relato de horror físico (<El ser se lanzó sobre Connat y los poderosos brazos del hombre descargaron el hacha para el hielo de plano sobre lo que podría ser una cabeza. Se oyó un terrible crujido y aquella carne hecha jirones, desgarrada por media docena de perros salvajes, se levantó nuevamente de un salto (...) la mano de siete tentáculos se convirtió en una masa de mutilada carne que rezumaba un licor amarillo verdoso>), una historia de suspense (<Una atmósfera de destructora amenaza penetró en el cuerpo de todos los hombres mientras se miraban mutuamente. ¿Será un monstruo inhumano el compañero que está junto a mí?>), enmarcada en un decorado de hostilidad casi cósmica (<En la superficie, estaba la muerte blanca. Una muerte en que los dedos, helados y rígidos como agujas, rehuían del viento y buscaban el calor de las cosas tibias. El frío... y una blanca niebla del interminable nevar de los ventisqueros, lo lamían todo y oscurecían todas las cosas>)”.

Como sigue explicándonos Navarro, la cinta de Carpenter respeta y potencia estas premisas planteadas en la novela. El horror físico es tremendo cuando los brazos del doctor son arrancados de cuajo por una boca que surge del pecho de uno de los expedicionarios cuando el primero trata de reanimar al segundo con descargas eléctricas.

El suspense está servido con una nueva reedición del clásico whodunit (¿quién es quién?) cuando los miembros del equipo desconfían unos de otros. Desde luego, la explicación que daría su protagonista, Kurt Russell, cuando afirmó que, para él, la temática de la película sería la paranoia, está basada en este último aspecto.

Y el agresivo entorno helado es aprovechado por Carpenter a fondo, cuando el congelado rostro de McReady surge del exterior y penetra en la base tras luchar con sus compañeros para entrar en esta. O cuando este mismo personaje comenta con sus compañeros: “Se aproxima una buena nevada. Entonces sabremos quién es quién”, en mitad de la base, a la intemperie.

El guión de la película es bastante bueno. Está escrito por el hijo de Burt Lancaster, Bill, y en parte fue reescrito por el propio Carpenter, sobre todo la secuencia que abre la película. Una escena de impacto que deja en shock al espectador y le empuja, como a los miembros del equipo científico, a averiguar lo que está pasando.

Y todo ello narrado con mano maestra por el director de La niebla. Este nos ahorra la afectación con que contaba ciertos pasajes de sus anteriores películas (en los que por desgracia ha vuelto a reincidir en sus últimos trabajos) e imprime al filme un tono aséptico, lacónico y fatalista.

Ayudado por la trabajada fotografía de Dean Cundey y por la partitura de Ennio Morricone (que imita las bandas sonoras del mismísimo Carpenter), el realizador profundiza en la amenaza alienígena y el tono apocalíptico a medida que avanza el relato. Mueve la cámara con mesura, para que ésta y el montaje abunden en los terrores más atávicos del ser humano, aquellos de la pérdida de su humanidad.

Así, la cámara se desplaza lenta y pausadamente mientras que el perro de los noruegos entra en la perrera, anunciando la pesadilla que se desatará a continuación. Y las imágenes de éste observando a McReady y el doctor recién llegados de la base destruida contrapuntean de forma desasosegante las escenas en las que son insertadas. Sin olvidar el comentado y angustioso plano en el que el perro elige cuidadosamente una habitación en la que hay un ser humano del que sólo vemos la sombra de su rostro proyectada en la pared, plano clausurado con uno de los múltiples fundidos que dan ritmo y textura a la película. Como aquellos que se suceden en la escena en la que visitan la nave siniestrada extraterrestre.

La cámara escruta los rostros de manera inquisidora, como cuando están los científicos en el exterior y ésta hace un rápido movimiento de un lado a otro de la fila de hombres, creando una interrogación de cuál de ellos será el intruso. O cuando McReady explica a los supervivientes su plan de provocar una reacción en la sangre del monstruo para que esta revele la identidad del mismo, escena en la cual vamos pasando de un rostro a otro estudiando sus diversas expresiones. Eso sin contar la secuencia en la que un travelling nos muestra las caras incrédulas y extrañadas de los investigadores cuando descubren sobre una mesa de operaciones un cuerpo que no es el de un ser humano sino que se asemeja a él.

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La cosa está llena de esos pequeños detalles que sacuden de espanto el espíritu del espectador: el ligero movimiento de la tela que cubre el cuerpo de aquello que parecía un hombre, el espacio que dejan los científicos entre la puerta por la que quiere entrar McReady y ellos mismos, el travelling hacia el picaporte que éste último trata de abrir desesperadamente desde el exterior, los rostros fatigados por la tensa experiencia, el tempo contemplativo con que está tratada la escena del análisis de sangre y aquella en que el científico de más edad estudia en la pantalla del ordenador el comportamiento mutante de las células de otro mundo cuando entran en contacto con otro organismo, los desasosegadores planos del perro observando el helicóptero recién llegado, el silencio mortal que flota en el aire cuando McReady se queda solo y dispuesto a volar el generador, etc.

Y como guinda de la función, lo que más llamó la atención de los espectadores de aquel tiempo (y que sigue cosechando admiradores por doquier): los efectos especiales (1). Se presentan en contadas ocasiones, pero éstas están dosificadas con sabiduría y su efecto es demoledor. Destacan por su imaginación. Ya cuando la película estaba en su fase de preproducción, el guionista y los encargados de efectos visuales se lanzaron a competir por cuál de ellos imaginaba el efecto más extraño, más bizarre.

Y de ahí nacieron secuencias tan irrepetibles como la del perro que se transforma en una masa de carne palpitante y llena de tentáculos, mucosidad, ojos y bocas en forma de flor llenas de dientes. O aquella del investigador cuya cabeza muta hasta convertirse en una boca gigante que atrapa a uno de sus compañeros. Sin olvidar la escena en la que el doctor trata de reanimar a Morris con los desfibriladores y sus brazos son literalmente arrancados por unas mandíbulas que surgen del pecho del hombre que ha dejado de serlo. Tras eso, una réplica de la cabeza del doctor surge del cuerpo de Morris imitando el rostro del doctor. Una vez abrasada, la cabeza del propio Morris se desgarra del resto del cuerpo para transformarse en un extraño híbrido arácnido.

Sí, La cosa está llena de inventiva. Y no es sólo su parecido con la primera mitad que se narra en En las montañas de la locura lo que la emparenta con la literatura de H. P. Lovecraft, sino su propia entraña, su ritmo alucinado ante el mayor de los espantos y su tono apocalíptico.

Escribe José Belón


 

Notas

(1) La película de Carpenter, al contrario que la de Nyby, respeta la idea original de que el extraterrestre puede adoptar cualquier forma viviente, y para eso el director recurrió a un especialista de los efectos de maquillaje, Rob Bottin. Éste realizó la mayoría de las escenas con trucajes gore, aunque se vio sustituido a la hora de realizar la escena del perro por Stan Winston, ya que Bottin se hallaba enfermo.

Esta crítica se publicó por primera vez en el monográfico de Encadenados dedicado a los remakes, en noviembre de 2004.

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