Dune (Dune, 1984) de David Lynch

  02 Mayo 2016

Más ficción que ciencia

Dune-19En 1963, Frank Herbert, periodista y fotógrafo, publica Dune, auténtico boom editorial que propicia la adhesión de una multitud de frikiadictos así como la aparición, en un mercado seguro y rentable, de otras cinco novelas más firmadas por el mismo autor.

El negocio y la pasión de los lectores-consumidores de las aventuras que tienen lugar en lo que se ha denominado universo Dune dura más de veinte años, hasta 1986, año en que fallece Frank Herbert.

Durante los siguientes trece años las novelas de la saga son objeto de múltiples reediciones que proporcionan los consiguientes beneficios. En 1999, Brian Herbert, hijo del autor, se asocia con Kevin Anderson para dar impulso a la máquina más productiva de libros de los últimos tiempos.

Nada menos que otras seis novelas más aparecen en el mercado editorial entre 1999 y 2004, o sea una obra por año. Las tres primeras relatan los antecedentes de los personajes que se enfrentarán en Dune y se centran en las historias de las tres grandes casas que se reparten el poder en el escenario principal de la saga de Frank Herbert: los Atreides, los Harkonnen y los Corrino. Las tres restantes relatan la guerra entre los hombres y las llamadas máquinas cimek, ordenadores con mente humana.

La última novela acaba donde empieza Dune, pero el negocio sigue, y en el 2006 se publica Los cazadores de Dune, historia que continúa el relato donde lo dejó el autor del libro original; en 2007 aparece Los gusanos de Dune, y a partir de 2008 se han venido publicando múltiples relatos a partir de las notas de Frank Herbert, en los que se desarrollan en detalle las biografías de los héroes de la saga, se explican los fundamentos de las escuelas donde se forman las criaturas que han multiplicado las posibilidades de la mente humana, y otras rarezas sin fin.

A partir de ahí, la obra crece y se reproduce en cedés —antes cassettes— y en videojuegos que no cesan. El universo Dune parece un monstruo pulposo con demasiados tentáculos, que no para de crecer. Y lo seguirá haciendo mientras existan clientes que consuman sus productos: lectores, oyentes, jugadores y espectadores sentados ante todo tipo de pantallas.

En 1984 se estrena la película de David Lynch, y en el 2000 y 2003, las versiones televisivas de John Harrison y Greg Yaitanes respectivamente.

Lo que cuenta la historia

Si nos centramos en Dune, el libro-madre, el argumento desarrolla la historia del traslado de los miembros de la casa Atreides desde el planeta donde viven y reinan, el húmedo y verde Caladan, hasta el seco y ocre Arrakis. La familia está formada por el duque Leto, su amante, Dama Jessica, y Paul, el hijo de ambos.

La historia se sitúa en un futuro situado alrededor de 20.000 años después de nuestros tiempos y en nuestra galaxia. El poder se encuentra en manos de tres grandes casas: los mencionados Atreides y los Harkonnen, que habitan y controlan el planeta Giedi Prime, ambas familias bajo las órdenes del emperador Padishah Shaddam IV, de la casa Corrino. Además existen otras organizaciones como la CHOAM, corporación económica para el control del comercio, y las Bene Gesserit, una hermandad exclusivamente femenina cuyos miembros han desarrollado poderosas capacidades mentales y físicas que les permiten el control y diseño del futuro.

Toda esta organización política y económica se encuentra supeditada a las comunicaciones espaciales, cuyo control está en manos de la Cofradía, compañía dirigida por Navegantes, mutantes de inmensa capacidad intelectual para diseñar las rutas espaciales y “plegar el espacio”, operación que permite desplazamientos  instantáneos sin necesidad de moverse.

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En este contexto, los Atreides aterrizan en Arrakis, el planeta desértico en el que grandes gusanos elaboran la llamada especia melange, producto cuyo consumo intensifica el rendimiento mental y a veces la presciencia o conocimiento anticipado, y cuyo gas utilizan los Navegantes para los viajes espaciales.

Los Atreides deberán superar la conspiración tramada por los Harkonnen, sus eternos enemigos, que son apoyados por el emperador y la Cofradía, todos muy interesados en controlar la producción de especia y el monopolio de su comercio. Para ello, los Atreides se aliarán con los Fremen, el pueblo que habita los desiertos y las cavernas escondidas en sus montañas.

En este proceso de lucha y crecimiento interior, el joven Paul se convertirá en Muaddib, líder político y religioso de los Fremen, hasta alcanzar la victoria sobre todos los enemigos, y erigirse en emperador de la galaxia. Para los Fremen se trata de un mesías, y para las Bene Gesserit, del que llaman Kwisatz Haderach o superhombre dotado de extraordinarios poderes y cuyo control aseguraría a la Hermandad el control de la historia.

De algunos “fallos” o lagunas en el relato

Si nos hemos entretenido en dar detalles sobre la novela en que está basada la película de David Lynch y las posteriores versiones televisivas, es por facilitar al lector o espectador la comprensión de la trama y de los principales personajes que aparecen en ella. Porque nos atrevemos a afirmar que tanto al lectura del libro como el visionado de las producciones audiovisuales  adolecen de tantas lagunas en su estructura y cohesión narrativa, que sería difícil trasladar un resumen coherente basado exclusivamente en lo que hemos visto o leído.

Pues aunque la novela sigue un camino totalmente distinto de las películas en cuanto a éxito o fracaso se refiere, ambos —libro y filmes— se dejan en el tintero numerosos datos e informaciones que son indispensables tanto para el lector como para el espectador. Quizá las adaptaciones cinematográficas que han pretendido “rellenar” los vacíos argumentales de la novela, han empeorado lo que en su inicio ya no estaba bien, como esas enfermedades genéticas que los padres transmiten a sus hijos.

Sea como sea, lo cierto es que las películas inspiradas en  Dune no han tenido suerte en cuanto a difusión y reconocimiento. Y en cuanto a la novela, a pesar del acogimiento inicial y de los premios Hugo y Nébula con que fue galardonada, con la distancia que da el cuarto de siglo que ha pasado tras su publicación, creemos que estamos ante una novela que no pasará a la historia de la literatura ni siquiera entre las del género de ciencia-ficción, pues como sugerimos en el lema, tiene más de ficción fantástica que de referencias científicas.

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A veces confundimos sugerir con desinformar, y si lo primero es un valor en cualquier relato por lo que tiene de elemento conformador de la atmósfera narrativa, la falta de detalles o informaciones necesarias para construir una trama y su desarrollo argumental es, sin duda, un fallo considerable. El resumen del argumento que se encuentra arriba de estas líneas es el resultado de otras síntesis publicadas, de otras lecturas y otros análisis efectuados.

El propio Frank Herbert escribió ensayos y concedió entrevistas en que aclaraba y explicaba las zonas oscuras de sus relatos, de modo que lo que tenemos claro de la historia narrada en Dune procede más de reflexiones y estudios externos a la obra que de lo que cualquier lector extraería de la lectura directa de la misma.

En la novela hay muy pocas descripciones —salvo del desierto— de los ambientes y espacios donde suceden los acontecimientos. En cambio, hay muchos diálogos que trasladan tanto la acción narrativa como las emociones que experimentan los personajes, pero no son eficaces respecto a la configuración de un ámbito narrativo en que indicios y datos constituyen un universo completo, coherente y accesible al lector o destinatario. 

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No sería justo que no mencionáramos algún ejemplo que sustentara la hipótesis que proponemos. Estos son algunos de los aspectos más desconcertantes:

1. No comprendemos bien el poder real de las facultades mentales de las Bene Gesserit, su origen y proyección futura. Tampoco su capacidad para la manipulación genética, el control de la química corporal, las formas mentales de lucha o entrenamiento Prana-bindu, y el poder de la voz como forma de dominio. Los discursos referentes a las técnicas de presciencia, como conocimiento anticipado, se confunden a veces con los pensamientos y monólogos interiores de los personajes. Éstos aparecen en cursiva en el libro y como voz en off en las películas, simultaneados con los parlamentos de los diálogos, de forma que no sabemos si se trata de una iluminación o visión importante o simple desdoblamiento de las voces de los personajes. Tampoco sabemos qué diferencia a Muaddib como mesías, del Kwisatz Haderach como superhombre. Más de lo mismo respecto a las connotaciones místicas y religiosas que oscurecen y asfixian tanto la narración ficcional como la científica, que por cierto brilla bastante por su ausencia.

2. No está nada clara la relación entre el gas de especia y la navegación y plegamiento espaciales. Y de las propiedades de la especia según quien la tome, no digamos.

De hecho, el libro lleva tres extensos apéndices donde se explican algunas de estas incógnitas y un amplio vocabulario donde se traducen las expresiones y términos con que el extraño mundo de Dune se nombra a sí mismo. Quizá habría sido más útil un prólogo con una exposición clara de los conceptos que aparecerán posteriormente en el relato.

Tampoco sería justo finalizar esta parte sin mencionar los logros narrativos de la novela. Lo mejor es la parte del desierto y de la cultura conservacionista del agua de los Fremen, y sus valores morales. Eso no necesita ninguna explicación complementaria, porque el relato es autosuficiente.

Es posible que estas escenas fueran las que llamaran la atención de David Lynch para realizar su proyecto cinematográfico. No lo podemos afirmar ni negar, pero ésa es una de las pocas partes que se salvan de su película.

En fin, que curiosamente la información científica general es deficitaria (salvo en lo referido a la cultura Fremen del agua), y es en esa falta de solidez científica donde hace aguas el relato, restando verosimilitud a los personajes y a algunas de sus peripecias.

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Dune, la película nefasta

Nunca sabremos qué habría sucedido si el proyecto concebido por Alejandro Jodorowsky en la década de los 60 hubiera llegado a buen término. Sin duda habría sido algo singular y de gran impacto comercial, si tenemos en cuenta tanto el reparto de actores como el equipo técnico que preparó este excéntrico chamán de la psicomagia y el surrealismo.

Con Orson Welles en el papel del Barón Harkonnen y Salvador Dalí como emperador Shaddam, solidez y extravagancia se habrían combinado en una explosiva e insólita producción. La música de Pink Floyd habría añadido el toque de modernidad y la colaboración del veterano artista gráfico Hans R. Giger se habría traducido en la creación de una amplia gama de criaturas, quizá menos aterradoras y repugnantes que las de Alien o Poltergeist.

La belleza y poesía de los diseños del dibujante Moebius habrían puesto el broche de oro a este proyecto que nunca vio la luz para disgusto de fans y cinéfilos. Seguramente las connotaciones místicas y la atmósfera religiosa y moral del libro habrían sido fuente de jugosas interpretaciones por el polifacético maestro de la psicoterapia dramática.

Fue en 1984 cuando, quizá tentado por el éxito de la saga novelesca, David Lynch se decidió a abordar la adaptación cinematográfica del libro bajo el patrocinio del prolífico productor de cine italiano Dino de Laurentiis (con películas tan distintas como La StradaGuerra y paz o Conan el bárbaro). La  asociación entre productor y director fue nefasta y sus resultados, negativos.

David Lynch escribió el guión con la colaboración de Brian Herbert y rodó un copión de ocho horas que, una vez montado, dio como resultado una película de cinco horas, que fue rechazada por el productor debido a su inviabilidad económica. Lynch desestimó a su vez la versión de 177 minutos de De Laurentiis, que fue la que finalmente llegó a las salas de cine.

El director  expresó de forma manifiesta su repudio a la película pretendiendo que su nombre no figurara en los títulos de crédito y que aparecieran los de Alan Smithee y Judas Boot —pseudónimos de  los que desean mantener a toda costa el anonimato— como responsables de la dirección y del guión respectivamente.

De modo que Dune fue recibida con mala crítica y peores resultados comerciales. Fue un fracaso total y rotundo desde muchos puntos de vista. No podíamos imaginar algo tan deplorable y desafortunado en la trayectoria de un director acostumbrado al respeto y al éxito  por realizaciones tan  acertadas como El hombre elefante, su anterior película.

Seguramente un gran fracaso, fundamentado en razones que pasamos a analizar. No falló el público ni la inversión. La frustración del director corrió pareja con el descalabro del filme pues los desaciertos del libro se trasladaron a la película y se acentuaron con los problemas que conlleva un proyecto cuyo propósito era transferir un mundo ficcional ya tocado a un universo de imágenes.

La trama, el argumento, los personajes

frank_herbertLa estructura narrativa de la película sigue el orden lineal del libro y pretende ser fiel al contenido argumental, pero adolece de un ritmo desigual que resta coherencia al relato. Si la novela pecaba por defecto de información y de claridad, el filme añade a este fallo el de alargar excesivamente algunas secuencias y comprimir demasiado otras, de manera que, además de confusión, produce aburrimiento en el espectador.

Defecto de guión o de montaje, el hecho es que la historia se cae de la pantalla como si estuviera mal cosida con retales hilvanados por alguien ajeno a la realización cinematográfica. Una deficiencia que desequilibra el resultado y desilusiona a los seguidores de la saga. Tampoco se arriesga en lo que respecta a la definición de los personajes, que por otro lado son tan planos como en la novela.

La lentitud temporal del relato original se mantiene en el filme y, del mismo modo, esa morosidad no supone profundidad ni análisis alguno en la descripción de las emociones de los personajes.

El argumento se ve así reducido a una narración de buenos y malos con algunas pinceladas tomadas de los relatos legendarios y míticos.

Los buenos están representados por los miembros de la casa Atreides, símbolo de la honestidad, la solidaridad y la justicia. Son inteligentes, capaces, eficientes y fuertes. Se distinguen por su actitud serena y porte elegante y sosegado, propio de las clases dirigentes y acostumbradas a ejercer el poder con natural sencillez. Se preparan con esfuerzo y tenacidad  para enfrentarse a sus adversarios los Harkonnen, desarrollando al máximo su potencial físico y mental. Por supuesto, también son guapos y esbeltos, amados por los propios y siempre seductores de los ajenos. En fin, son prototipo de la perfección suma y han sido educados para ser generosos en el sacrificio de llevar a cabo grandes hazañas por el bien de sí mismos, de su familia y de toda la humanidad.

Su perfil no es nada original pues está basado en los héroes de los relatos épicos y  míticos donde los hombres imitan a los dioses. El Duque Leto (Jürgen Prochnow) es la versión adulta del estereotipo, y el joven Paul Atreides (Kyle MacLachlan), la del héroe en formación y empeñado en la búsqueda de su destino.

Complementan su figura los maestros que le  protegen y acompañan, un trío que configura las tres aptitudes que el futuro conde debe poseer y cuidar: la salud física a cargo del doctor Yueh (Dean Stockwell), la formación militar para la defensa y la guerra, procurada por su entrenador el juglar Gurney Halleck (Patrick Stewart); y finalmente, el análisis racional e inteligente del mentat Thufir Hawat (Freddie Jones), una criatura capaz de memorizar y  examinar todos los conocimientos del mundo y de la historia.

Leto y Paul, altos y armoniosos, con sus uniformes muy bien cortados de color verde oscuro, adornados por galones y cordones dorados, no tienen nada que envidiar al Francisco José de Sissi. Ese contraste entre el clasicismo del vestuario y el pretendido contexto futurista genera confusión en el espectador, que se pregunta por qué todo ha evolucionado menos el vestuario.

Igualmente, los malos se ajustan a los arquetipos al uso de los relatos más convencionales, aunque hay que reconocerle cierto humor negro a David Lynch por haber dado el visto bueno a esa repugnante y sebosa criatura que es el obeso barón Vladimir Harkonnen (Kenneth McMillan), con la cara llena de  forúnculos rojos y morados, la tez sudorosa y gustos bárbaros. El hecho de que se desplace  mediante suspensores que le permiten trasladar su voluminosa figura por el aire, completa el aspecto esperpéntico del personaje.

Su extrema crueldad y desmesurada ambición son compartidas por sus dos sobrinos, también tragicómicos y grotescos: Feyd Rantha (Sting), el listo travieso, y Rabban (Paul Smith), el gordo estúpido. Como clásicos personajes perversos suelen vestir de negro o de colores oscuros y son todos pelirrojos, como si las viejas supersticiones y prejuicios medievales hubieran emergido en este particular universo.

Como complemento de este grupo de personajes, los miembros de la Cofradía, en su papel de mercenarios del poder y del dinero, aparecen siempre enfundados de los pies a la cabeza en sus monos negros y acharolados, y apenas se descubren, no vaya a se que lo que ocultan sea peor que lo que muestran.

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Los personajes femeninos se reparten dos roles: Dama Jessica se significa como madre heroica, que comparte las vicisitudes y sufrimiento de su hijo, el verdadero protagonista de su trágico y a la vez glorioso destino. Su transgresión de las reglas Bene Gesserit, al tener un hijo en vez de una hija,  la convierte en responsable de los hechos, al mismo tiempo que en apoyo y cómplice del sino de su hijo.

Por otro lado, Chani, la amante Fremen de Paul, ocupa el tópico lugar de la enamorada valiente y fiel como soldado y también como descanso del guerrero. Su unión simboliza la alianza entre Paul y el pueblo del desierto y la conciencia de una misión común.

Punto y aparte son los Fremen, el verdadero acierto de la novela de Herbert y también de la película de Lynch. Se trata de un pueblo superviviente que vive en la clandestinidad de las arenas y en los laberintos de las cavernas. La colectividad Fremen encarna un conjunto de valores morales de carácter universal: la justicia, la solidaridad y la ecología.

Otro tema es la valoración de sus creencias religiosas y su conciencia de pueblo elegido y guiado por un mesías hacia su futura liberación. Las alusiones bíblicas y coránicas lo identifican unas veces con el pueblo judío en tanto que subyugado y perseguido, y otras con las tribus islamistas del desierto con su yihad y sus fedaykin. Como grupo organizado tienen un líder científico y filósofo en el personaje del planetólogo Doctor Kynes (Max Von Sydow), un jefe militar en el naib Stilgar (Everet McGill), y el jefe político en el esperado Muaddib.

Los Fremen conforman un personaje colectivo sólido y coherente, lo que se evidencia en las técnicas conservacionistas del agua, tanto en la concepción y uso de los destiltrajes como en la forma de dominar el desierto y domesticar a los gigantescos gusanos productores de especia. Su asociación con los gusanos encarna el dominio de la naturaleza a través de la comprensión y el respeto, un mensaje tan políticamente correcto ahora como hace 25 años.

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Los espacios donde viven y sobreviven

Ya dijimos que la novela no abunda en descripciones sobre los ámbitos interiores y exteriores que transitan los personajes, por lo que quizá los espectadores esperaban la creación de Lynch con cierta expectación y esperanza. Si la historia no es nada del otro mundo, al menos que los decorados merezcan la pena.

Pero el director y su equipo no se han arriesgado demasiado pues lo que vemos en la pantalla no es algo nuevo ni sorprendente, aunque hay que reconoce la excelente iluminación y fotografía, así como el acierto de los encuadres. 

Casi toda la acción transcurre en los salones de los palacios, cuya concepción responde la manida visión de los tópicos, que hacen corresponder los lugares a los rasgos y función de los personajes en el relato. Así, las habitaciones de los Atreides en Caladan se corresponden con su origen patricio e ilustre: paredes de maderas nobles, debidamente talladas y pulimentadas, con algún que otro ornamento broncíneo, que recuerda los escenarios de las películas de aventuras de principios de siglo sobre los libros de Julio Verne.

En este contexto tan pulido de corte clásico tendente a barroco resultan chocantes los artilugios “científico-ficcionales” como el bruñido robot luchador con incrustaciones y relieves decorativos o el cazador buscador teledirigido con que los Harkonnen pretendían asesinar a Paul. Su estancia en el palacio de Arrakis conlleva cambios previsibles en el espacio y la vestimenta, adecuando así sus vidas a la violencia que les amenaza en el nuevo planeta: los trajes se vuelven grises o verde caqui para anunciar los tiempos de guerra, y las paredes de habitaciones y corredores se oscurecen y se tiñen de las tonalidades grisáceas de la piedra.

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Por el contrario, los espacios donde residen los personajes antagonistas connotan sus perversas intenciones. Metálico y fabril con constantes chorros de vapor, con un fondo de sonidos de máquinas y vehículos en funcionamiento, es el entorno donde habitan los Harkonnen y maquinan sus pérfidas conspiraciones. Si aparecen otros colores, son sucios y manchados por una niebla que deja un polvo negro sobre las cosas.

También la morada del emperador sugiere su jerarquía y enmarca su papel en el conflicto: mucho bronce con sus curvas y arcos en la gran sala de recepción del palacio, abierta a los ojos del espectador en un espléndido plano en picado, por el que transitan figuras vestidas de negro en un continuo ir y venir de personajes, propio de las cancillerías importantes.

El único traje blanco es el de la hija del Padisha, la princesa Irulan, narradora y testigo de la historia, que anticipa su rol como conciliadora entre los protagonistas de la disputa que vendrá.

De nuevo, las imágenes más conseguidas y con una carga tan simbólica como estética son las del desierto donde moran los Fremen y los terribles gusanos. Las tonalidades doradas de las arenas acariciadas por el viento revelan las suaves curvas de las dunas como un lecho blando y acogedor, aunque lleno de peligros, que contrasta con la dureza de las rocas y riscos, que emergen como torres preparadas para ser tanto refugio como atalaya. El amarillo pajizo del día se transforma en el plateado nocturno que iluminan las dos lunas de Arrakis, de forma que el ámbito Fremen aparece como un universo mágico y lleno de misteriosas posibilidades.

Este entorno natural, seña de identidad del planeta amarillo, contrasta con los grises y negros pétreos de las viviendas escavadas por los pueblos del desierto. Son lugares enormes y laberínticos, sólo accesibles a los iniciados en la gran empresa de la conquista de la libertad perdida. Su aspecto externo es engañoso, pues una pequeña abertura da acceso a enormes superficies llenas de guerreros dispuestos a la lucha. Lo que ocultan es mucho mayor que lo que muestran, como un símbolo de la enormidad que genera la opresión y el ansia de supervivencia.

El tratamiento del espacio traslada al filme una atmósfera neblinosa con veladuras, que se acentúan en los momentos más amenazantes y peligrosos, de modo que el espacio podría haber sido el verdadero protagonista del filme, si no fuera porque forma parte de una historia tan trivial e intrascendente.

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Signos, símbolos y otras sugerencias

La película sigue con bastante fidelidad el argumento de la novela e incorpora los mismos mensajes místicos, religiosos y, si los miramos con lupa, quizá políticos. De forma que, en esencia, novela y filme comparten la mayor parte de su contenido simbólico.

De los Fremen se infiere el concepto de pueblo subyugado y su salvación mesiánica con claras evocaciones bíblicas, que ya hemos mencionado. El hecho de que éstos vivan en el desierto ha llevado a algunos a identificarlos con los beduinos como representantes de los pueblos árabes oprimidos, idea que se refuerza por la terminología empleada en la guerra santa o yidah.

Para reforzar esta interpretación, el filme hace aparecer oportuna y continuadamente una mano, casi siempre en primer plano, que recuerda claramente la mano de Fátima tan presente en películas como Lawrence de Arabia, que relatan las luchas de emancipación colonial de las tribus árabes. El hecho de que el actor José Ferrer encarnara en aquella ocasión al rebelde Turkis Bey podría ser considerado un argumento a favor de esta tesis.

Otros signos que operan en la historia son el agua y la especia. La primera como fuente de vida, cuya existencia debe ser cuidada y administrada con eficacia y prudencia. Todo un mensaje ecológico sobre los peligros del planeta y las agresiones que sufre por parte de dirigentes ambiciosos y voraces, y una llamada dirigida hacia los grupos más jóvenes y progresistas cuya complicidad se asegurarían escritor y director.

David Lynch da relevancia a este elemento finalizando su película con una gran tormenta y una intensa lluvia, que lava el pasado y anuncia el deseado futuro verde y húmedo.

En cuanto a la especia, resulta tentador identificarla con el petróleo, que también se produce en el interior de la tierra seca de los desiertos y es utilizado como combustible en los viajes terrestres y espaciales. De sus propiedades como estimuladora de la expansión de la mente, lo más que podemos decir es que sus cualidades están de acuerdo con las enormes capacidades que parecen haber desarrollado algunos personajes de esta historia. Una realidad casi mágica acorde con el carácter fantástico de ambas ficciones.

Finalmente, los sueños premonitorios de Paul están tratados con bastante realismo, lo que resulta extraño en un director como David Lynch, tan aficionado a los temas oníricos, y en consecuencia no encierran grandes misterios. Una gota de agua que salpica un charco, el rostro de Chani, su futura amante Fremen, las visiones de futuras confrontaciones, la exploración, por parte de Paul, de los territorios prohibidos sólo accesibles a los dioses, se interpretan fácilmente como visiones prescientes, propias de los héroes de los grandes poemas épicos.

La idea de utilizar un líquido venenoso, el Agua de la Vida, para sumir a Paul en un trance de muerte aparente y potenciador del conocimiento es tan antigua como el uso de daturas, peyotes y hongos en los viajes chamánicos y rituales como los de la antigua Eleusis. En la película se habla de “despertar al durmiente” como frase representativa del desvelamiento de un conocimiento oculto y sagrado presente en muchas culturas.

Las raíces mitológicas de la historia común que se relata en la novela y en el filme son bastante evidentes. El nombre de Atreides aparece en La Ilíada referenciado a los hijos de Atreus, Agamenón y Menelao. También el Oráculo es un personaje inspirado en la Mitología griega, y como tal es consultado por los hombres cuando quieren saber el futuro, sólo asequible a los dioses.

La novedad en la película es su encarnación en la única criatura alienígena o no humanoide del filme. Su aspecto de gusano traslúcido y amarillento como las arenas del desierto, y su respiración fatigosa entre vapores anaranjados de especia confieren a este ente un aire inquietante y misterioso, que produce tanto desasosiego como confusión. 

Sus cualidades premonitorias y oraculares contrastan con su pragmático papel como plegador del espacio al servicio de la Cofradía. Esto sí que es una novedad, aunque bien pensado: ¿no han servido siempre los dioses a las bajas pasiones y producido grandes sufrimientos a los hombres?

Concluimos este análisis de la película de David Lynch con la idea de que el director cometió un error doble: en primer lugar, elegir una historia que no era otra cosa que un relato legendario y épico trufado con un arrope pseudo científico y mucha fantasía; y en segundo, no tener claro el objetivo de un proyecto, con muchas posibilidades de éxito comercial, pero difícil de transformar en un producto de calidad y mínimamente comprensible. 

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Las secuelas televisivas

Ya hemos mencionado las dos versiones televisivas realizadas en el presente siglo.

John Harrison abordó la tarea de versionar la novela Dune con la intención de contar la historia del primer libro de forma más detallada, suponemos que con el fin de hacerla más comprensible a los espectadores. El resultado es una serie formada por tres capítulos de una duración aproximada de una hora y media cada uno.

Lo que vemos en realidad es un relato con más detalles intrascendentes y otros añadidos que vienen a traer más confusión. Los decorados y el vestuario resultan penosos. Las paredes de los recintos parecen de plástico gris en el caso de los Atreides, y naranja en el caso de los Harkonnen. Los exteriores configuran un potpurrí de maquetas, que parecen construcciones persas, pirámides y zigurats, con mármoles mal combinados con edificios de metal.

En fin, una pesadilla en la que el desierto podría ser un chroma o una diapositiva proyectada como fondo. Los vehículos son también increíbles en el sentido más literal de la palabra: unas veces parecen autobuses y, otras, arácnidos de cartón piedra.

Si nos fijamos en el vestuario, las incoherencias se acumulan. Las Bene Gesserit llevan una especie de alas de plástico en la cabeza, las ropas de los personajes, apagadas, los escudos cutres, las plantas de plástico. Las damas visten con túnicas chinas o japonesas y los habitantes de las ciudades, como  los mercaderes medievales.

Lo que sí esta más desarrollado es el argumento, digamos que se entiende mejor la historia. Lo que era esperable teniendo en cuenta el tiempo que dura la serie, casi cinco horas. Por ejemplo, se relatan con detalle y explicaciones las experiencias rituales de Paul con el Agua de la Vida, aunque los fuegos artificiales que ilustran su viaje mental son para taparse los ojos. Lo mismo que cuando aparece en la ventana —suponemos que digitalizada— de los templos de Petra, y arenga a sus huestes convertido en Muaddib.

Y otras ocurrencias, como la de hacer que la cabeza del malvado Harkonnen aparezca de forma similar a la de un Juan Bautista u Holofernes cualquiera. O el Arca de la Alianza flotando en medio de una tormenta bíblica, y otras lindezas que obviamos porque no queremos desanimar a los espectadores.

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El proyecto de Greg Gaitanes adapta los dos libros siguientes a Dune, en una serie de dos capítulos de una duración aproximada de una hora y media cada uno. El primero relata la corrupción que se extiende en el reinado de Moaddib Atreides y la consiguiente rebelión de los Fremen, que consideran que se han perdido los viejos valores y se ha de volver a los viejos tiempos. Por su parte, Moaddib deja el gobierno en manos de su hermana Alia como regente del planeta, y se marcha al desierto donde purga sus culpas y medita sobre su destino.

El parecido con la figura de Cristo es evidente, y más aún cuando se mezcla con las multitudes humildes de las calles y llega protagonizar un episodio similar a la expulsión de los mercaderes del templo. Convertido en un personaje ciego que sólo ve con los ojos de la mente, se pasea por los ámbitos urbanos predicando los cambios futuros.

La ambientación de interiores y el atrezzo están más cuidados que en la versión de Harrison, lo cual no impide que haya algunas acronías y discordancias que restan verosimilitud al relato.

El segundo capítulo sigue la misma tónica y se ciñe a los acontecimientos de la novela, en que los hijos de Paul (Alec Newman), Leto II (James McAvoy) y Ghamina (Jessica Brooks) crecen y cobran protagonismo en las siempre iguales y eternas conspiraciones interplanetarias.

El relato abunda cada vez más en componentes fantásticos y mágicos que en científicos. Por ejemplo, asistimos a la posesión diabólica de una Alia, alucinada y aturdida por la especia, por el Barón Harkonnen, que sigue haciendo de las suyas. Continuamente se habla de complots y se repite  como un mantra la frase “planes dentro de planes” en alusión a la apariencia y falsedad de la realidad que rodea a los personajes.

Los aspectos míticos, místicos y religiosos se incrementan hasta la saciedad convirtiéndose en el núcleo temático de la historia, que se centra en la transformación física y espiritual del joven y presciente Leto II, y su fusión telúrica con la tierra y los gusanos que la habitan. También se insiste mucho en la soledad trágica del héroe y su aceptación del dolor como héroe trágico y condenado a un destino fatal.

En suma, nada nuevo en esta historia fantástica con añadidos de un extraño género que algunos llaman ciencia-ficción, ideal para lectores de best-seller y libros de autoayuda, y si no me creen vuelvan a leer la plegaria para combatir el miedo. De todas formas, la serie se deja ver y resulta entretenida sin más, aunque sigamos sorprendiéndonos de ver a Alia vestida con trajes con escote “palabra de honor” que parecen prestados por las tiendas de saldo de las pasarelas de moda.

El final es de tragedia de cartón piedra: Leto vence a los esbirros de Alia gracias a su portentosa velocidad para desplazarse. Alia, liberada de la posesión harkonniana, se suicida. Las palabras de Leto y Ghamina están cargadas de trascendencia:

Leto: El desierto se mueve… naceremos de las cenizas. Todo regresa de otra forma.
(Se va corriendo hasta fundirse con la arena.)
Ghamina: Uno de nosotros debía aceptar la larga agonía… Él era el más fuerte. Corre, corre… desea morir para evitar los sacrificios que debe hacer por el futuro de todos nosotros.

¿Se puede pedir más? Vea, juzgue y elija.

Pero aún hay más: Pierre Morel, director especializado en películas de acción y “prendado de Avatar”, amenaza con nueva versión de Dune para 2011. Esperamos que tenga en cuenta una de las claves de esta obra: la mélange, es decir, la mezcla de cosas y objetos al azar. A ver si ése era el mensaje y no nos habíamos dado cuenta.

Escribe Gloria Benito

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