La saga de "Star Trek"

  22 Abril 2016

El horizonte comercial del espacio exterior

star-trek-2Si bien las sagas de Star Trek y Star Wars articulan dos imaginarios diferentes, a la hora de su respectiva capitalización monetaria, ambas constituyen lucrativas mercancias explotadas en forma de franquicias cinematográficas.

Y aunque la segunda de ellas sea la que más beneficios ha reportado por conceptos de exhibición y merchandising, la primera es la que abrió, a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, el inmenso horizonte comercial del espacio exterior. 

En efecto, pues, mientras que Star Wars se plantea como una epopeya interestelar, Star Trek, por su parte, lo hace en términos de una travesía infinita que no desarrolla un núcleo narrativo interconectado entre cinta y cinta. En su lugar, hila sus respectivas tramas de manera independiente dejando poco o casi ningún lugar para el enlace narrativo de unas con otras.

Al ser el producto de una serie de televisión de fines de los sesenta, Star Trek ha tenido que acarrear el estigma de la superficialidad; esto último la ha liberado, no obstante, de la ingente tarea de conformar un universo narrativo y dramático de horizontes y caracteres míticos.

A cambio de ello, ha constituído un mundo simple desde un punto de vista lógico y emocional, restringiéndolo al espacio de la nave y a la interacción de sus tripulantes. Cada travesía se articula en ella desde el puente de mando, siendo este el escenario principal de conflictos personales y estelares.

De la extrema polarización al tecnodrama protofilosófico

Surge así una especie de polarización extrema que vemos en términos de un ir trepidante desde la intimidad de los tripulantes hacia los megaconflictos de un colectivo universal. Polarización que se apoya en una serie de artilugios seudocientíficos y cinematográficos que contribuyen a darle cierta consistencia a las aspiraciones ficcionales de la saga.

Los viajes a la velocidad de la luz y la teletransportación representan aquí dos de los principales recursos tecnodramáticos que son empleados una y otra vez para generar conflictos y situaciones que se despliegan, a menudo, como hipótesis futuristas de conflictos contemporáneos.

Sus desarrollos argumentales se plantean, consecuentemente, bajo la forma de amenazas o esperanzas decisivas para la vida en el universo. La amenaza de lo otro se manifiesta, por una parte, bajo la forma del bárbaro resistente a una cierta forma de civilización científico tecnológica y la esperanza, por otra, bajo la de un único régimen político: un gobierno de aspiraciones universales,  confederado, poderoso y benefactor.

Star Trek ha sabido convertir sus flaquezas narrativas (materializadas en su tendencia a sacar conejos desde el sombrero de la pseudo ciencia ficción) en un producto y una marca rentable, a través de una cinematografía elemental en la que los primeros planos y los totales, junto a todo un arsenal de contrastes, se intercalan en rítmica alternancia. Y esto, durante décadas.

star-trek-1La extrema polarización de la que hablábamos antes se realiza, por ejemplo, en forma de paso súbito desde un interior a un exterior, merced a la teletransportación. La vemos también representada como paso vertiginoso de una dimensión temporal a otra, gracias al dominio de la velocidad y la percibimos, por último, en el cambio de una cosmovisión a otra, gracias a la presencia de personajes como Kirk o Spock y a la existencia de pueblos como el romulano y klingon.

Todo lo anterior, redunda en un sello que identifica claramente esta saga de tintes protofilosóficos y tecnofílicos, a pesar de haber realizado algunas transformaciones ocasionales en el diseño de producción y en las características de algunos personajes.

Sello que vemos impreso en una cinematografía de la polarización que contrasta majaderamente caracteres, reacciones, dilemas y situaciones con el propósito de oxigenar dramáticamente los reducidos espacios interiores del Enterprise.

Parafraseando el presente

Y es que ya desde su primera aparición como Star Trek, la película (Wise, R., 1979, EE.UU), pasando luego como Star Trek, la próxima generación (Carson, D., 1994, EE.UU), hasta llegar a las últimas cintas de la saga como, por ejemplo, Star Trek (Abrams, J. J., 2009, EE.UU), es posible constatar la existencia de un sello de polarización dramática y cinematográfica.

En efecto, pues, siendo el tiempo y el espacio fronteras franqueables para una nave tripulada por personajes tecnofílicos, el único drama que les queda a estos últimos es el de la maravilla del descubrimiento o el del horror del encuentro con lo absolutamente otro.

Al vivir bajo esta premisa ontológica (la de experimentar la maravilla o el horror sin grados intermedios), la nave y sus tripulantes se hacen eco de una tradición novelesca y popular que condensa los temores y esperanzas de un tipo de civilización alimentada por el discurso del progreso científico y tecnológico. 

De este modo, se emprende, bajo la forma de un collage narrativo-audiovisual, un viaje en el que se reúnen las cavilaciones científico filosóficas de un Verne junto a las aspiraciones políticas del programa espacial estadounidense iniciado hacia de fines de los años sesenta. Un incesante viaje interestelar a bordo de un arca civilizatoria en constante peligro.

Peligro que, en Star Trek, acaba materializándose cinematográficamente a través del contraste permanente entre planos de paisajes, de rostros, de diálogos, de situaciones y de civilizaciones. Algo que representa una de las tantas formas a través de las que la ciencia ficción y el futurismo parafrasea su propio presente y sus condiciones materiales de producción.

Escribe Carlos Novoa Cabello

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