Viaje a la luna (Le voyage dans la Lune, 1902) de George Méliès

  19 Enero 2016

Los orígenes

viaje-a-la-luna-0La ciencia, el impero de la racionalidad, es deudora de la imaginación, y lo es en un doble sentido. En su estructurado mecanismo, aquello que llamamos método científico y que se ha erigido en la frontera que deslinda el verdadero conocimiento de la superchería, se la reclama para generar las hipótesis explicativas que serán sometidas a prueba. En este sentido la imaginación está en los inicios del procedimiento científico.

Pero tiene reservada además una función más primigenia, con la que sobrepasa los esquemas internos de la ciencia para justificarla en su conjunto. La imaginación plantea realidades inexistentes que luego el trabajo racional del hombre tratará de hacer efectivas. La vertiente técnica de la investigación va a remolque de la capacidad de idear. Es la manera de intentar convertir en real lo posible. Sin ese combustible el conocimiento estaría adormilado. La insatisfacción con los límites de lo real genera la búsqueda de nuevas dimensiones y pone en marcha la maquinaria racional.

Estamos hablando pues de un ámbito en el que la razón aún no ha implantado su dominio (el carácter dominador de la razón es otra de sus características, contraria a la disparidad que la imaginación permite), y que por tanto ha de expresarse en entornos ajenos a ella. Y cuál mejor que el medio artístico, donde las ataduras sólo existen para ser vulneradas, para dar rienda suelta a los productos de la fantasía. El arte ha sido a lo largo de la historia el lugar en el que se han plasmado los anhelos e ilusiones tanto de los visionarios como del espíritu colectivo que muchas veces habla a través de ellos. Y de este modo ha servido también de acicate para generar nuevas expectativas, entre ellas las de su concreción en la realidad.

Si el arte es el lugar de la invención, de la creatividad, el cine permite mediar entre lo imaginado y lo real, por cuanto es en él, sin menoscabo de su inventiva, donde sus productos cobran mayor verosimilitud, aunque para ello deban resolverse problemas técnicos que en otros ámbitos, como el literario, resultan irrelevantes. Es lo que llamamos “efectos especiales”.

El propio nombre de “ciencia ficción”, nada menos que un género cinematográfico, resume lo que estamos diciendo. La ficción no lo es sin más, sino como aspiración a ser ciencia, esto es, a convertir en real aquello que aún no lo es más allá de su representación. El cine no copia la realidad, sino que se adelanta a ella, y para hacerlo manteniendo unos trazos coherentes habrá de recorrer un camino más o menos tortuoso, errado en ocasiones y exitoso en otras, como ha ocurrido en el caso de los viajes espaciales que aquí nos ocupan.

También el cine viajó al espacio antes de que lo hicieran las naves. Un viaje que se ha ido sofisticando a medida que se han producido dos hechos decisivos. En primer lugar, el progreso técnico en sus medios expresivos que ha permitido plasmar en imágenes detalles que acentúan el realismo, los ya señalados efectos especiales. Y por otra, la popularización del conocimiento científico, a la cual, en relación simbiótica, el propio cine ha contribuido. No nos referimos al progreso del conocimiento, sino a su divulgación en un lenguaje asequible para los no especialistas.

La Teoría General de la Relatividad es elaborada por Einstein en 1915, pero será bastante más tarde cuando sus efectos más llamativos lleguen al gran público y puedan así pasar a integrar el relato cinematográfico sin convertirlo en un discurso demasiado hermético. De esta manera nos podemos encontrar con películas que apelan a viajes en el tiempo, agujeros de gusano o conceptos similares para dar validez a sus tramas.

Pero antes de que la ciencia avanzase por esta vía ya el cine había planteado el abandono de nuestro planeta. Desde sus albores mismos. Antes de que el hombre viajara por primera vez al espacio (lo hizo Gagarin en 1961) el cine ya lo había situado en la luna. Y es justamente en ese carácter anticipatorio, en la falta de referencias respecto a la manera en que se materializaría la aventura espacial, donde arraiga la dimensión imaginativa del espacio cinematográfico.

viaje-a-la-luna-5

En 1902 rueda George Méliès Viaje a la luna. El género espacial está naciendo a la par que lo hace el propio arte cinematográfico. Con cada uno de sus trabajos Méliès estaba inventando el cine, y con éste creó además uno de sus iconos más universales, el que muestra a la luna con un obús incrustado en uno de sus ojos. Podría decirse que se trata del frontispicio de un nuevo lenguaje.

El punto de partida de Méliès hay que buscarlo en las novelas de Julio Verne, publicadas casi cuarenta años antes, Viaje a la luna y De la tierra a la luna, así como en Los primeros hombres en la luna de H. G. Wells, que apareció en 1901.

A Méliès no le interesa apenas el componente científico en el que Verne siempre intentaba cimentar sus profecías ni el carácter distópico que está presente en la obra de Wells. Su pasión era sobre todo creadora, y sus exploraciones se focalizaban en las posibilidades del medio en el que se expresaba. Es por ello que ya de entrada queda soslayada cualquier pretensión de realismo, al hacer brotar la idea del viaje de un ámbito próximo a la locura.

Nos presenta una especie de congreso de sabios que parecen más trastornados que otra cosa. Sus vestimentas son túnicas que recuerdan a los magos de los cuentos y sus gorros puntiagudos son los propios, así está en el imaginario colectivo, de los orates.

No es que con ello desprecie la intención de hacer realidad lo desconocido, pues al fin y al cabo la misión acabará con éxito, sino que subraya la necesidad de romper con lo establecido para alcanzar tales metas. Por su parte el lugar en el que la reunión de los sabios-locos se produce recuerda a una catedral, con sus columnas rematadas con capiteles, arcos ojivales, ventanas y muros que transmiten una sensación de solemnidad, complementado además por el utillaje científico que se observa en la sala (telescopio, esfera armilar, diagramas). La locura es por tanto reivindicada como el detonante que en última instancia propicia el progreso.

Junto a ella se sitúa el valor. Méliès adopta un tono jovial en su relato. Lejos de lo que más tarde ocurrirá con este tipo de producciones (se cree que Fritz Lang inventó la cuenta atrás para el despegue en La mujer en la luna, generando así la tensión que lo desconocido de la aventura lleva implícito), su visión se acerca más a la comedia y al espectáculo que a la intriga o al terror. Pero no por ello está ausente la idea de peligro. Cierto que tal peligro se asume casi con inconsciencia, pero no por ello mengua la heroicidad de quienes lo enfrentan. De hecho la disputa entre los sabios conduce a que sólo cinco valientes secunden la idea, para el momento disparatada, del profesor visionario.

viaje-a-la-luna-6

Tal carácter queda reconocido tanto antes como después del viaje. El momento de la partida es saludado como un acontecimiento, y a la vuelta adquiere rasgos de gesta. La población aclama a los héroes, que además son recibidos por las autoridades para condecorarlos. Como colofón les erigen un monumento en recuerdo de su proeza. La consideración es muy similar a las que adquirieron otras hazañas de la época, muchas de ellas recogidas en el cine, como la que ocupó a Billy Wilder en The Spirit of St. Louis (1957), una de sus peores películas, por cierto, donde relata el vuelo en solitario cruzando el Atlántico de Charles Lindbergh. En España la película recibió el descriptivo título de El héroe solitario.

La admiración, por otra parte, tiene un carácter que podríamos llamar primario. Queda plasmado en el monumento al impulsor del viaje. Cual cazador que ha conseguido abatir a su presa, se ve al astronauta orgulloso al someter a la luna apoyando un pie sobre ella. La corrección política todavía no estaba muy extendida.

La aventura se diseña desde parámetros completamente terrícolas. Es decir, que el destino sea la luna añade tan sólo un plus de distancia, pero no representa ninguna diferencia cualitativa. Lo que se acomete es una empresa que sería similar a la de viajar a un lugar desconocido del propio planeta. El único problema técnico que se plantea es adecuar los medios a una magnitud superior.

La nave utilizada es un obús que se impulsa con un cañón, en esos momentos el paradigma de la potencia necesaria para elevarse a la altura requerida. Y para acortar las distancias la rampa de lanzamiento se sitúa en los tejados de la ciudad. Hasta tal punto existe continuidad entre la tierra y su satélite que los tripulantes visten sus mejores trajes, como si se dirigieran a un acontecimiento social que requiriese una determinada etiqueta. Incluyendo el paraguas en previsión de inclemencias atmosféricas.

Una vez en el destino Méliès trata de reconstruir la imagen que de la luna se tiene, la de sus cráteres, montañas, etc., pero sigue prensándola en términos próximos, con el frío nocturno o la nieve. Incluso lo que no está a la vista desde aquí, escondido bajo la superficie, reproduce una especie de paraíso terrestre con vegetación, cataratas u otros rasgos geográficos  familiares. Los mismos habitantes que allí encuentran tienen forma humana, aunque con la extraña cualidad de desintegrarse,  y poseen estructuras de gobierno que recuerdan a las nuestras.

En cuanto a los problemas técnicos derivados del abandono de la atmósfera terrestre, Méliès hace caso omiso. Fritz Lang, unos años después, lo tendrá en cuenta en La mujer en la luna, aunque lo resolverá sin apenas miramientos. Pese a que los astronautas irán provistos del correspondiente traje espacial, apenas lleguen a su destino se desharán de él al comprobar que la atmósfera lunar es respirable, y en cuanto a la distinta gravedad lo resuelve con una especie de contrapeso en los zapatos que la iguala a la de la tierra. Nada que haga referencia a las diferencias de temperatura.

viaje-a-la-luna-7

Méliès, como decíamos, no hace cuestión de todo esto. Ya hemos señalado que los trajes que visten los viajeros son sus mejores galas, y su peso en la luna no se distingue en nada del que tenían en el lugar de origen. Hay incluso una secuencia muy interesante para mostrar la falta de rigor que en este tema se observa. Es el modo en el que se produce el retorno a casa. La nave está situada al borde de un precipicio de tal modo que la caída le lleva a nuestro planeta. Es decir, es el campo gravitatorio terrestre el que ejerce la fuerza que propicia el regreso. La imagen es deudora de una concepción de la luna como una superficie plana al borde de la cual se abre un abismo que lanzaría a los incautos que hasta allí se arriesgasen hacia terrenos desconocidos, aunque en este caso el destino sea el lugar del que proceden. En semejante detalle puede calibrarse la escasa importancia que el director concedía al rigor científico que con el paso del tiempo cobraría destacado protagonismo en el género.

Su interés se centra en explorar las posibilidades creativas del arte que está comenzando. La película es una sucesión de planos fijos, con lo que el trabajo se circunscribe a la composición y engarce de esos planos. Para ello trabaja sobre todo el decorado, y consigue a través del montaje los efectos que la película contiene.

Porque a pesar del lenguaje aún rudimentario los hay. Los más llamativos son la desintegración de los selenitas, pero también el crecimiento de la seta en la que se ha transformado el paraguas, la aparición de las estrellas con rostro humano, la caída de la nave al fondo del mar y otros por el estilo.

Es de destacar, frente a la cámara estática con la que se rueda toda la película, un momento que podría considerarse casi como un plano subjetivo, posiblemente el primero de la historia. Se trata del momento en el que la nave se va acercando a la luna, resuelto por Méliès agrandando el tamaño de ésta para crear así el efecto de que es la nave la que se mueve. El plano termina, rota ya la subjetividad, con el famoso impacto del obús en el ojo de la luna y el llanto de ésta.

El séptimo arte está naciendo, pero el genio de Méliès es capaz de anticiparlo como quizá nadie lo ha hecho. En apenas trece minutos nos ofrece un compendio de lo que con el tiempo se irá desglosando en distintos géneros cinematográficos. En Viaje a la luna hay comedia, pero también cine de aventuras, fantástico, ciencia ficción y al menos un marco, porque el tono de Méliès es distinto, para el terror gótico. Y todo ello sin dejar de indagar en las posibilidades que esta nueva herramienta ofrece.

Parafraseando a Whitehead podríamos decir que la historia del cine no es sino una nota a pie de página de Méliès.

Escribe Marcial Moreno  

viaje-a-la-luna-4