Dos visiones de «Solaris»

  12 Enero 2016

Solaris (1972) de Tarkovski y Solaris (2002) de Soderbergh

solaris-2Intentar comparar o relacionar dos filmes que inspirados por la misma fuente literaria —la breve pero excelente novela de Stanislav Lem—, pero de características, forma y discursos tan diferentes puede resultar algo arduo para el que escribe y hasta abstruso para el que lo lee. Porque los dos Solaris son bastantes diferentes.

El Solaris de Soderbergh no es un remake del de Tarkovski, sino que partiendo de un mismo texto literario se distancia abismalmente el uno del otro. No es lo que pasa con otras películas que han sufrido una segunda versión… estoy pensando en el lamentable caso de la maravillosa Psicosis de Hitchcock cuyo remake realizado por Gus van Sant es una verdadero atentado artístico, una especie de bomba terrorista que ataca incluso hasta el buen gusto.

Estos dos Solaris que intentamos no comparar ni contrastar, sino si acaso relacionar, son casi dos, diferentes. En común tienen un fino y no muy largo hilo argumental, pero su sentido, su mensaje... (permítaseme hablar así, pues estamos en los campos de Tarkovski, donde la reflexión profunda a través de sus  imágenes parece ser siempre lo más subrayado, aunque quizá también sea esto un tópico, ya que en Tarkovski, como en todo gran cineasta, la imagen tiene un papel preponderante en su cine), digo que la reflexión, su hilo discursivo, se separa bastante el uno del otro. Podríamos decir que las obras de estos dos cineastas sobre la novela de Lem recogen lo que ellos han pensado después de haberla leído.

En el Solaris de Sordebergh, ese extraño planeta, que es como un océano pensante, es el paradigma de la fuerza del amor que hace eterno lo que de por sí, por ser humano, es perecedero. En Tarkovski, Solaris es la cortina tras de la cual se muestra la experiencia mística, la unión con la divinidad, con Dios, “en el cual nos movemos, vivimos y existimos”, según expresión precisa de San Pablo.

George Clooney, el protagonista del filme americano, parece enfrentarse al influjo del misterioso planeta como si fuera un trozo de metal que se resiste a la atracción magnética de un imán. En el astronauta ruso no parece haber una gran resistencia, en cierto modo él se sabe ya asumido por la fuerza de ese mar lleno de energía, a lo único que se atreve es a salir de atracción por un tiempo, como el hijo rebelde que se escapa de casa sabiendo que más tarde o más pronto retornará, pero que lo hace como muestra de una reafirmación de su propio yo, como una experiencia de su propia libertad.

En el fondo, Tarkovski reflexiona sobre la libertad humana desde un punto de vista religioso, intentando concertar predestinación y libre albedrío: la solución está en que siendo libres Dios siempre espera al final del camino que hayamos elegido. Como si estuviéramos atados a un larguísimo hilo que nos permita toda suerte de movimientos y caminos. Al final Dios puede estirar de él, para que a Él volvamos.

Solaris desde dispar punto de vista y, sin embargo, tan cercanas la una a la otra. Si en la novela de Stanislav Lem todo indica que la realidad primaria es ese magma oceánico en el que nosotros estamos inmersos como si ese planeta inteligente nos soñara. No sólo la vida es sueño, sino que nosotros mismos soñamos a un Dios que a la vez nos sueña a nosotros, de donde se desprende la inconsistencia de nuestro mundo y del propio hombre. De ahí al nihilismo total, sólo un paso.

solaris-1La adaptación que el canadiense Soderbergh realiza de la novela, guardando mayor fidelidad que el cineasta ruso, busca sin embargo algo que pueda dar consistencia al ser humano, a las criaturas que pueblan la nave espacial que le ha conducido a Solaris. Parece que Kevin, su protagonista, huye de sí mismo, en el fondo no quisiera ser sino el producto de un sueño, más aún le gustaría que la amarga experiencia que él ha vivido (la muerte del hijo, el suicido posterior y consecuente de su esposa) fuese simplemente una pesadilla que una vez despierto pueda dispersarse en el viento del olvido.

Pero se encuentra que hay una extraña energía que parece impregnar las aguas del océano Solaris y que es el amor, que no permite que esas experiencias se olviden ni tampoco que la vida de sus dos seres queridos desaparezcan para siempre. Una y otra vez, en una especie de bucle de la línea del tiempo, vuelven a vivir sus seres queridos y retornar otra vez a la muerte.

Tarkovski va por otra dirección. Si bien el amor aparece en el filme como fuerza fundamental (el amor de Kevin hacia su esposa, la relación de desamor y amor de hijo y padre: recuérdese la tirantez de la relación al inicio de la película y después el maravilloso encuentro del hijo y el padre al final) es más bien el Amor con letras mayúsculas, casi personalizado lo que influye, interfiere y da sentido a las cosas misteriosas que ocurren en la nave espacial que ha sido como inmovilizada —fagocitada habría que decir— por el planeta Solaris.

Tarkovski nos dice que esa energía es como alguien “en el cual existimos, nos movemos y vivimos”, según frase de San Pablo; es decir, el motor inmóvil que mueve el universo del hombre. De ahí pues a referirse a Dios es lo más congruente. Pero ¿qué Dios? ¿El Dios personal, amoroso y omnipresente del que hablan las religiones reveladas o más bien un Dios ineludible de del que nadie escapar puede y que rige inexorablemente el destino del hombre?

Tarkovski da a entender lo primero, por cuanto salpica su filme de elementos y símbolos muy cercanos al misticismo cristiano. La lluvia dentro de la casa, las levitaciones de la esposa muerta, la clara referencia a la pintura de Rembrandt (El regreso del hijo pródigo) que en la prodigiosa y atrevida secuencia final se nos muestra y que además da el sentido místico-religioso a la interpretación que de la novela de Stanislav Lem da Tarkovski y que para acabar no nos resistimos de describir: después que Kevin parece haber regresado de Solaris (no se nos muestra el viaje de regreso: ¿es una elipsis o en realidad no ha vuelto?) lo vemos que se acerca desde el exterior de la casa (una especie de dacha rusa) y se asoma a mirar desde la ventana al interior de la casa paterna, donde está extrañamente lloviendo. El padre, que está dentro, lo ve y sale inmediatamente a la puerta abrazándolo el hijo que, medio de rodillas, se agarra a la cintura de éste: posición que coincide con la famosa pintura del pintor holandés. Después, la cámara alejándose se eleva a vista de pájaro: nos muestra primero la casa y el pequeño lago de al lado, después, subiendo casi vertiginosamente, la cámara nos muestra los alrededores de la casita de campo y más tarde vemos que ésta está situada en una isla ¡rodeada por el inmenso océano de Solaris!

Escribe José Luis Barrera

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