Sunshine (Sunshine, 2007) de Danny Boyle

  09 Enero 2016

El terror postmoderno en la ciencia ficción espacial

sunshine-1Dentro de 5.000 millones años se prevé la muerte del Sol a raíz de una serie de reacciones termonucleares que consuman todo el hidrógeno del núcleo transformándolo en helio. Para la tranquilidad de las generaciones de entonces la vida ya habrá terminado.

Esta es la previsión científica que el realizador Danny Boyle y el guionista Alex Garland tomaron como hipótesis de partida para Sunshine, ubicada en el futuro 2057.

Ante la inminente extinción de la vida sobre la faz de la Tierra, la salvación recae en la misión que un grupo de astronautas, a bordo del Icarius II, llevará a cabo colocando una carga explosiva en el núcleo del astro que lo haga revivir.

El hecho de que se trate de la segunda versión de la nave —misión— originaria da para pensar que alguna cosa no ha funcionado, lo que contribuye a intensificar la empatía del espectador para con la misión de esta nueva tripulación.

Boyle nos dispone para contemplar el transcurso de una misión espacial arriesgada, por lo que tiene de viaje hacia lo desconocido, trascendental, para la vida en el planeta Tierra y heroica, por lo que convertiría al grupo de astronautas en salvadores de la población mundial.

El factor trascendental para el desarrollo de la historia de Boyle y Garland es que la probabilidad de éxito —estimada en un 40%— deja un margen para la actuación del equipo de científicos y astronautas del Icarius II. Esto quiere decir que del, aparentemente lógico, control remoto de una misión de estas características en Sunshine dicho poder de actuación recae en el equipo humano que, siempre de manera bienintencionada, pretende llevar a cabo el gran encargo para el que ha sido convocado.

Y este es el factor determinante para el desarrollo de la historia espacial de Boyle, con referencias obvias a 2001: A Space Odissey (Stanley Kubrick, 1968) y Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972), pero que apenas transcurridos los primeros treinta minutos de metraje da un giro hacia la atmósfera de terror que Ridley Scott inyectó al género de ciencia ficción con Alien (1978). 

No obstante Sunshine quedará en los confines del thriller espacial, al basarse para tal cosa en la sucesión de un número de accidentes que ponen en riesgo el éxito de la misión. La tensión ante el acecho de la muerte en el infinito y solitario espacio crece hasta alcanzar los límites de lo fantástico —entendiéndose este calificativo respecto al personaje del único superviviente del Icarius I. Y es que para bien o para mal, Boyle tenía que dejar huella de su gusto por lo macabro, lo violento y gore y más si tenemos en cuenta el recuerdo de su anterior 28 Days Later (2002).

Es una lástima que para rematar dicho crescendo de tensión en el aterrador espacio haya de recurrir a una figura monstruosa que termina por restarle credibilidad a la aventura espacial que nos propone. Si bien es cierto que, impregnado por la influencia de Ridley Scott ese fuese el único recurso que Boyle, allá por el 2007, contemplase como factible.

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Tiempo después Alfonso Cuarón demostró con Gravity (2013) que no era necesaria más que la presencia del mismo espacio en su infinitud para crear un thriller espacial claustrofóbico. O sin ir más lejos, el propio Ridley Scott se dio cuenta de este necesario cambio después de Prometheus (2012) en su reciente The Martian (2015), aunque no sea un thriller espacial al uso y destaque más su carácter dramático.

Más, de lo que se trata es de valorar la película en el contexto en que se concibió. Y echando la vista diez años atrás encontramos que Boyle triunfó con esta revisión de los clásicos del género. Recurriendo a unos sofisticados efectos especiales para recrear el poder aplastante del inmenso universo, en su intensidad —como la luz del sol que tanto gusta contemplar a uno de los personajes— ante la pequeñez e insignificancia del ser humano, por mucho que juegue a ser Dios. Humanizando la odisea espacial al dar protagonismo, aunque no la suficiente dimensión psicológica, a los sujetos de la tripulación que acaban por cubrir los cupos de raza y género exigibles por llámese la “presión social” de ofrecer estereotipos cinematográficos reconocibles por el público general, viéndose a su vez representado en alguno de los personajes.

En definitiva, Danny Boyle intentó hacer su particular aportación al género de la ciencia ficción espacial. Así lo hizo con mayor o menor polémica, como ya venía siendo costumbre con anteriores trabajos, como Trainspotting (1996) o  The Beach (2000). Lo cierto es que Sunshine en su primer visionado funciona, y es que sus claras intenciones por perpetuar la huella de Tarkovsky y Scott la hacen digna de aparecer en un monográfico dedicado a los viajes espaciales en el cine.

Escribe Aïda Antonino i Queralt

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