Moon (Moon, 2009) de Duncan Jones

  21 Febrero 2016

La clase obrera va al paraíso… espacial

moon-1Nunca me han interesado demasiado las películas de ciencia ficción con viajes interestelares a lejanas galaxias ni aquellas que se sustentan en complejas teorías científicas o tramas excesivamente fantasiosas, sin embargo he disfrutado con aquellos films ambientados en el espacio donde los protagonistas no van demasiado lejos porque se pasan todo el metraje orbitando en el interior de sus mentes y alunizando en sus pensamientos más tenebrosos.

Y de esto último trata Moon, producción británica del año 2009 realizada por Duncan Jones (para más señas hijo del genial David Bowie), que con un presupuesto de tan sólo 5 millones de dólares y un argumento intimista consiguió una de las cintas de ciencia ficción más relevantes e innovadoras de los últimos años.

Trabajando por un mundo mejor

La multinacional Lunar Industries hace frente a la escasez de energía en la tierra extrayendo Helio 3 de la Luna y enviándolo a la Tierra en capsulas herméticas; este cometido lo realiza un único trabajador en la base minera lunar (Sam Bell, interpretado por un magnifico Sam Rockwell), ayudado en todo momento por el robot Gerty (al que pone la voz en la versión original Kevin Spacey). Asistimos a la rutina laboral del operario y a su progresiva degradación física y psíquica, y a punto de finalizar sus 3 años de contrato, un accidente fortuito provoca la aparición en escena de un nuevo personaje, idéntico físicamente al propio Sam y con el que entablará una tortuosa relación.

El film traza dos líneas de reflexión complementarias pero que podemos analizar por separado; la primera resulta muy novedosa y hace referencia a la toma de conciencia “obrera” del protagonista en el contexto de sus condiciones laborales en la base lunar, y la segunda línea mucho más evidente, apuntaría a la esencia de la propia identidad como ser humano, la solidaridad entre iguales y la asunción de la muerte como final del camino (aquí asimilable a la obsolescencia programada de las máquinas).

Prácticamente podríamos hablar de un subgrupo de películas dentro de la ciencia ficción, que podríamos llamar “Sci-Fi proletaria” que hace mención a la actividad y a las condiciones laborales de trabajadores confinados en el espacio, hombres en su mayoría y casi siempre en labores de búsqueda de energías alternativas a los agotados combustibles fósiles de la tierra o como asalariados encargados del mantenimiento de grandes naves espaciales.

Algunos ejemplos de ello serían los botánicos que preservan las plantas del planeta Tierra de Naves misteriosas (Douglas Trumbull, 1972), los reivindicativos operarios de la nave Nostromo en Alien. El octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) o los mineros espaciales de la Tercera Luna de Júpiter en Atmosfera cero (Peter Hyams, 1981).

En Moon el trabajo que realiza Sam Bell es alienante, tedioso y rutinario; las escenas iniciales nos muestran actividades repetitivas de su vida cotidiana y de su actividad laboral, totalmente mecanizada y supervisada por robots y ordenadores. El aseo personal, el ejercicio diario, los hobbies, las salidas periódicas a las plantas recolectoras de Helio 3 en la superficie lunar.

La soledad es el virus que lentamente termina minando sus defensas anímicas, y solo las escasas telecomunicaciones con su esposa y su hija, los recuerdos y sus sueños mitigan en parte esta angustia existencial. El trabajo está diseñado para resistir tres años en soledad y pronto vendrá otro operario a relevarle; todo esto es vivido por Sam Bell como una autentica condena de reclusión por un tiempo limitado.

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Estos aspectos naturalistas resultan muy interesantes ya que apartan a Moon del glamour habitual que se suele exhibir en este género cinematográfico. Aquí no hay excesivos paneles luminosos, ni brillantes trajes espaciales o vehículos superveloces, ni siquiera viajes astrales con lucecitas reflejadas en la cara del asombrado astronauta, sino que todo está ligeramente gastado, polvoriento, funcional y con un punto cutre que confiere a la historia un plus de veracidad.

Hasta el diseño del robot Gerty resulta paradigmático en este sentido; se desplaza unido al techo para que no interfiera con los objetos de las diversas estancias y está dotado de dos brazos articulados como los que podemos ver en los robots actuales de cualquier planta de montaje de automóviles. Gerty expresa sus sentimientos en forma de emoticonos, y su voz es cadenciosa y subyugante (única licencia que lo emparenta con otros robots cinematográficos, que en general suelen ser más cabrones que el comprensivo robot de nuestro film).

La aparición en escena del segundo Sam Bell (en realidad un nuevo clon del primer Sam Bell, el original o primigenio), provoca que accidentalmente ambos coincidan en tiempo y espacio, lo que desata importantes reflexiones de corte filosófico que luego abordaremos brevemente, pero además plantea una serie de cuestiones muy críticas al capitalismo feroz de las grandes corporaciones. Los dos clones son fatalmente conscientes del papel que juegan en esta historia: son sólo mano de obra barata de usar y tirar. Así verbalizan: “¿Para qué se va a molestar la compañía en formar nuevos trabajadores?”, o “¿Crees que les importamos una mierda? Ellos llevan su dinero riendo al banco”. Es difícil abstraerse de las conexiones que este film logra establecer con la situación laboral actual, donde no hace falta construir trabajadores clones sino que a las actuales élites les basta con realizar un contrato por pocas horas, que rápidamente es sustituido por otro contrato basura y así hasta la náusea.

La segunda línea de interés que plantea el film, aunque fundamental es quizá más trillada y ya vista en otros films. La coincidencia de los dos Sam Bell nos plantea el clásico conflicto del Doppelgänger, el doble fantasmagórico de una persona viva. Cuestiones como la esencia de la propia identidad como ser humano, la consciencia de la propia finitud y de la cercanía de la muerte programada, el sentimiento de estafa y de abandono al reconocer como falsos los propios recuerdos, son los mismos sentimientos que experimenta el replicante Roy Batty en el film fundacional de Ridley Scott Blade Runner.

Resulta curiosa la visualización en el film de los dos clones, a modo de Doctor Jekyll y el señor Hyde. El primero ya ajado, con un deterioro físico creciente en el que atisbamos la cercanía de la muerte, envejecido pero más sabio y paciente. El segundo, recién parido, aparece con insultante plenitud física, pero inexperto e intransigente como un adolescente. Inicialmente la relación entre ambos es tensa y violenta, pero a medida que son conscientes del papel que juegan en esta historia se cambian las tornas y se establece una empatía creciente entre ambos, casi una solidaridad “de clase” frente a la gran corporación capitalista que los ha estafado. A este grupo de resistencia se une sorprendentemente el robot Gerty, que toma claro partido por los clones. La máquina aprenderá actitudes más humanas y solidarias que las demostradas por los hombres que lo diseñaron.

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La eficacia de lo simple

La dirección de Duncan Jones se va a caracterizar por la sencillez y la funcionalidad. Aprovechando al máximo el escaso presupuesto, Jones rueda en estudio, utilizando maquetas y sin efectos digitales, lo que dota a las imágenes de una pátina de autenticidad que los efectos digitales todavía no han conseguido.

En la puesta en escena predominan los planos generales, permitiendo una integración muy fluida del decorado (en esencia el interior de la base lunar) con los personajes, y ello nos permite valorar mejor la gestualidad y con ello las diferencias de los personajes interpretados por Sam Rockwell, su manera de caminar o interactuar, el diferente vestuario. El montaje es suave, sin excesiva fragmentación, dando preponderancia al plano secuencia.

Es reseñable el tratamiento de los recuerdos y los sueños del protagonista. Aquí de forma sutil se transmite una sensación de morbosa inquietud muy lograda, que en nada debe envidiar al cine de terror más efectista. La aparición de forma inopinada y sin música estridente de una joven sentada y dirigiéndonos la mirada (en realidad una visión de Sam Bell de su propia hija), produce verdadero escalofrío. Al igual que el tratamiento de los repetidos sueños de Sam haciendo el amor con su mujer transmiten más desasosiego que erotismo, y esto se explicita en una de estas pesadillas por la aparición de “otro” Sam Bell, herido e implorando ayuda bajo las sabanas.

Algunos hallazgos en la dirección artística resultan muy efectivos (ignoro si ya vendrían reseñados en el guion), como la asimilación de lo antiguo a lo confortable o humano; así Sam se sienta durante su ocio en una vieja y ajada butaca de cuero y se distrae construyendo con maderas la maqueta de su pueblo, a la vez que ve en la pantalla viejas series de televisión de los años 60. Para poder sobrevivir con cierta cordura la tecnología no ayuda y Sam se rodea de los objetos de un tiempo pasado, mitificado, más analógico.

Por ultimo destacar la labor interpretativa de Sam Rockwell, en escena la práctica totalidad del metraje, en un espléndido tour de force de gran calado y la música hipnótica de Clint Mansell, el músico favorito de Darren Aronofsky, unido a unos títulos de crédito verdaderamente efectivos.

Con escasos medios Duncan Jones realizó un film de ciencia ficción indie que logró transmitir importantes reflexiones de corte ético y social, y que nos hacía meditar sobre  las condiciones socio-laborales a las que todos estamos sometidos en el momento actual más que en la filosofía de baratillo de la que hacen gala los grandes blockbusters siderales. La escena final resulta reveladora en este sentido, al lograr escapar uno de los clones y llegar a la Tierra, una de las voces que escuchamos en los medios de comunicación exclama sobre el recién llegado: “O es un chalado o un inmigrante ilegal. Y en cualquier caso habría que encerrarle”.

Vamos, como la vida misma.

Escribe Miguel Angel Císcar

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