Elegidos para la gloria (The right stuff, 1983) de Philip Kaufman

  17 Febrero 2016

A la conquista del espacio

elegidos-para-la-gloria-1La película arranca con una secuencia en blanco y negro. El off nos pone en guardia ante la gesta que vamos a contemplar: los humanos están a punto de superar un nuevo límite, una barrera invisible. Mientras tanto una cámara subjetiva nos lleva dando tumbos entre las nubes. Durante el agitado viaje escuchamos los comentarios desesperados de un piloto que parece estar perdiendo el control de su aeronave. Le sigue un gran silencio, roto por la estampida de una deflagración. Vemos en la pantalla una enorme llamarada, ahora ya en color.

El límite a superar era la barrera del sonido. Cosa que, hipotecando vidas humanas y muchísimo dinero, había conseguido en 1947 el legendario piloto Chuck Yeager (Sam Shepard, actor que tenía fobia a los aviones). De manera que esta película va de eso, de superar límites aparentemente imposibles.

El último plano de la película es para el cohete tripulado por Gordon Cooper (Dennis Quaid), cuya estela resalta en un impresionante cielo azul. Llegó a la órbita asignada y consiguió dar 22 vueltas a la tierra. Éxito con el que finaliza el Programa Mercurio: poner en el espacio una “vaina” tripulada. Y para que no pasara desapercibido semejante logro, se convocó a las cámaras y micrófonos de los medios de comunicación de medio mundo. Sobre esas imágenes el off proclamaba el “glorioso día” en el que se había conseguido la gran gesta espacial estadounidense.

Elegidos para la gloria mezcla con bastante acierto escenas de estética próxima a las de la conquista del Oeste, con otras de comedia humorística, incluso de humor corrosivo. Pese a su largo metraje, se sigue con agrado porque articula unos efectos especiales excepcionales, una fotografía luminosa y una banda sonora que atrapa al espectador en las peripecias de los intrépidos aviadores.

Kaufman nos cuenta sin demasiados miramientos lo duros que fueron los inicios de la carrera espacial. El tono patriotero de la película se mezcla con escenas tan desmitificadoras como las protagonizadas por los dos cazatalentos gubernamentales (¿homenaje al Gordo y el Flaco?), interpretadas por Jeff Goldblum y Harry Shearer. Tampoco deja demasiado bien al vicepresidente Johnson, ni siquiera a los astronautas, a los que compara con chimpacés. Tal vez por este tono, en ocasiones irreverente, fue por lo que según The New York Times, la película no consiguió los favores ni del público ni de la crítica. 

La épica del espacio

La historia que cuenta Elegidos para la gloria, no es original. Philip Kaufman, director y guionista, parte de la novela de Tom Wolfe (The Right Stuff, 1979). Novelista que sí conocía muy bien los entresijos de la carrera espacial de EE.UU. Kaufman tenía experiencia en la adaptación de textos ajenos, entre las más conocidas está su película a partir de la novela La insoportable levedad del ser (Milan Kundera), además de sus numerosas colaboraciones en guiones de películas de George Lucas o Steven Spielberg como En busca del arca perdida o Indiana Jones y la última cruzada, entre otras. 

En esta ocasión Kaufman adapta la novela un tanto libremente, lo cual provocó cierta polémica, incluida la autoría. El guión traba con acierto un relato convincente, aunque en ocasiones resulta un tanto efectista. Nos muestra las glorias y miserias de los personajes e instituciones que intervinieron en las primeras misiones espaciales, aunque sin indagar demasiado en la personalidad de los protagonistas ni en las motivaciones de semejante empresa.

Especialmente llamativo es el retrato que hace de la Base Aérea Edwards en California y la mísera taberna en la que pasan su tiempo libre los pilotos de prueba. La base está perdida en el desierto, lejos de espías y curiosos, pues la película transcurre en plena guerra fría, con Eisenhower en la presidencia de los Estados Unidos, cuyo mandato se caracterizó por fomentar la paranoia ante el peligro que entrañaban los rusos (la URSS mandó al espacio en 1957 la nave tripulada Sputnik; misión sobre la que aún se hacen exposiciones como la del Canal de Isabel II de Madrid).

La interpretación de los actores y actrices, no queda oculta entre los efectos especiales visuales y sonoros. Kaufman los dirige con acierto, de modo que saca de ellos y de las situaciones que afrontan, momentos de enorme tensión dramática o de auténtica comedia, como cuando los dos enviados por la NASA se marean en el portaviones o los entierros en medio del desierto californiano en el que nunca parece ponerse el sol.

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Por el tono y contenido de la película, no queda demasiado espacio para los personajes femeninos. Es una película de tipos duros empeñados en superar los límites del espacio, tal vez por ello a los personajes femeninos sólo se les asignan papeles secundarios. No pasan de encarnar a amadas y abnegadas esposas que esperan, casi con desespero, que aparezca el señor de sombrero y traje oscuro a anunciarles que su marido ha muerto en el siniestro de otro avión de prueba. Pero no siempre los personajes femeninos se resignan a su destino, como protesta la esposa de Yeager (Barbara Hershey). Más claramente, cuando la familia Cooper se dirige hacia la base Edwards, éste se dirige en plural a su esposa: “¡Vamos a triunfar!”. A lo que Trudy Cooper (Pamela Reed) le responde enfáticamente: “¿Vamos? Querrás decir voy a triunfar...”.

La banda sonora resulta espectacular, especialmente la música que compuso para la película Bill Conti (por la que recibió un Oscar). La música resalta los diferentes momentos de la narración. Destaca cuando la acción transcurre en el interior de la taberna, cuando está en vuelo o el ritmo que insufla a la secuencia en la que Yeager cabalga por el desierto o se acerca con su caballo al avión que va a probar en unos días. El sentido épico de la película se resalta con la música, pero también con el montaje rápido de acciones lineales, con abundantes planos cortos y muchos movimientos de cámara.

En la película aparece otro elemento que considero especialmente significativo. Es la presencia, como ya apuntamos más arriba, de los medios de comunicación en los momentos clave de la misión espacial. Los siete elegidos como astronautas, tras superar los reconocimientos médicos, fueron presentados en rueda de prensa. Sus respectivas esposas tampoco escaparon de los paparazzi, si se nos permite el anacronismo. La NASA, consciente de la necesidad de contar con el apoyo social a sus misiones, gestionó la relación de sus pilotos con la prensa, como fue la cesión de las exclusivas del programa Mercurio a la revista Life.

No obstante, como corresponde a la época y Kaufman destaca con crudeza, se controla y/o censura lo que aparece en los medios de estas misiones. Uno de los motivos era evitar que los rusos se enteraran de sus avances en la carrera espacial. Vemos en un momento dado cómo un agente del orden, le corta la llamada telefónica a un periodista. Éste llamaba desde la base Edwards a su redacción para dar a conocer el éxito de uno de los vuelos experimentales. En otro momento se recuerda que los avances en la carrera espacial son secreto de estado. El miedo a los espías rusos es la coartada del momento para limitar el acceso al conocimiento.

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De la NASA a Hollywood y viceversa

Nos parece muy relevante llamar la atención sobre la relación de colaboración que mantienen Hollywood y los entornos gubernamentales implicados en la carrera espacial de EE.UU. Elegidos para la gloria se estrena en 1983, ha pasado poco menos de un año desde la llegada a la Casa Blanca de Ronald Reagan. Este presidente y actor, se había quedado prendado de la película La guerra de las galaxias (Star Wars) de George Lucas, estrenada en 1977. En los “sables de luz” de la película creyó encontrar la respuesta a sus querencias belicosas y miedo a la invasión de los rusos. Ante la creciente tensión entre los dos grandes bloques geopolíticos, puso a trabajar a los científicos para colocar en el espacio artefactos defensivos con rayos láser, en vez de sables.

El Sr. Reagan aprueba y pone en marcha el emblemático mega programa científico-tecnológico conocido popularmente como “guerra de las galaxias” (Strategic Defense Initiative, SDI). El borrador inicial lo redactó un visionario y físico teórico llamado Edward Teller, con el propósito de generar una tecnología tan potente como para poder gobernar el espacio y así repeler los hipotéticos ataques de los rusos. Con este propósito y bajo la coartada del citado programa, el conocimiento científico se enfoca no tanto a los saberes básicos sino al aplicado, al desarrollo de tecnologías. En la taberna de la base Edwards, en torno a unas cervezas, un personaje formula el siguiente silogismo: “El que tiene fondos, tiene la tecnología, y el que tiene la tecnología, tiene el poder”.

Elegidos para la gloria retrata, no sin cierta sorna, los inicios de las misiones espaciales, historia que Tom Wolfe conocía bastante bien. No obstante Kaufman da la impresión que no se lo acaba de creer del todo. Transcurridas varias décadas desde entonces, ahora se ve con “naturalidad” el efectismo de los artefactos tecnológicos. Propósito al que contribuyen producciones cinematográficas de Hollywood de entonces y de ahora, como las películas Interstellar o Gravity.

En esta última nos muestran un paseo espacial que acaba en desastre, tras haber realizado una de sus misiones que era reparar el telescopio Hubble. Pues bien, este telescopio es uno de los muchos desarrollos del programa SDI, cuya función era fotografiar todo lo que se moviera así en la tierra como en el cielo. De esta manera la NASA se proponía identificar los objetivos militares de la URSS para activar las correspondientes defensas. Sin embargo ahora, todos muy “post”, admiramos la belleza de las fotos del Hubble que como dice el astronauta Pedro Duque, es un material pedagógico excepcional para los escolares.

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¿Gloria para qué?

Pese a no ser una gran película, Elegidos para la gloria cosechó en su momento numerosos premios y reconocimientos, además de cuatro Oscar. En algunas revistas de cine la incluyen entre los diez mejores estrenos de 1983, como por ejemplo la edición francesa de Cahiers du Cinéma.

La película narra, desde una óptica no muy alejada de la estética del western, la historia de cómo los llamados “pilotos de pruebas” se jugaban la vida para mayor gloria de su país. Ensalza así el carácter heroico de los elegidos entre muchos voluntarios que, apostando por ese sueño, acabaron enterrados en el desierto. 

En definitiva, la película Elegidos para la gloria, gracias al oficio de su director, los más de tres horas de metraje no impiden mantener el interés. Los efectos especiales, el montaje y la puesta en escena, hacen que la película resista bien el paso del tiempo. Kaufman, por otra parte, nos ofrece una visión descreída de la “conquista” del espacio, pero aporta algunos elementos para comprender cómo fueron esos primeros momentos. Tal vez el excesivo patriotismo le distrae y no profundiza en las motivaciones de los personajes ni en los argumentos políticos por los que se invirtió tanto dinero y entregaron a la causa tantas vidas.

En cualquier caso: ¿Por qué tanto interés en llegar a la luna o a Marte si no somos capaces de poner en orden las cosas de aquí abajo? En esta película se pueden encontrar algunas respuestas.

Escribe Ángel San Martín

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