El astronauta (1970) de Javier Aguirre

  25 Enero 2016

A la Luna con botijo

el-astronauta-1Gagarin, Armstrong, Tershkova y… Pepe Fernández. ¿Quién ha dicho que España no ha puesto su granito de arena en la industria espacial internacional, al menos cinematográficamente hablando?

Pues en 1970, tan sólo un año después de la llegada del hombre a la Luna (un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad), a Pedro Masó, avispado y muy prolífico cineasta que desarrolló una labor infatigable en nuestro cine (reconocido con el Goya de Honor en 2006), y que aquí ejerció en funciones de productor y guionista, se le ocurrió la brillante idea de perpetrar una película donde un españolito de a pie se las apañaba para convencer a una cuadrilla muy peculiar donde cada uno ejercía un oficio determinado y planificar con ellos el primer lanzamiento de un cohete espacial “made in Spain”, la Cibeles I.  

Apunten este pedazo de elenco actoral que pudo reunir para dar vida a su proyecto, un grupo de grandes actores que para regocijo del espectador actúan en verdadero estado de gracia: Tony Leblanc (el aspirante a astronauta), José Luis López Vázquez (el anciano sabio que con un look muy a lo Einstein aportará sus conocimientos técnico-científicos), José Sazatornil (el pintor), Rafael Alonso (el electricista), José Luis Coll (el lechero), Antonio Ferrandis (el potentado que financia la operación), Laly Soldevilla (la secretaria), Paquito Cano (el carpintero), Antonio Ozores (el experto en pirotecnia)…

Ahí es nada, un reparto que enamoraría a cualquier director y que aquí despliega y desparrama toda su vis cómica para una historia tan surrealista como desternillante. Vale la pena echar un vistazo sólo por verlos a todos juntos dándose continua réplica, en especial a dos mitos como López Vázquez y Leblanc, quienes logran una química total entre ellos. Seguro que a Santiago Segura no se le pasó por alto El astronauta para componer algunos de sus peculiares personajes de su saga Torrente, amén de reivindicar al propio Tony Leblanc dándole una oportunidad postrera de demostrar todo su oficio que no era poco.

El encargado de llevar las riendas en la dirección fue Javier Aguirre, uno de los realizadores que atesora en su filmografía un montón de títulos dedicados al público infantil que quienes ya peinamos canas nos sabemos de carrerilla (Rocky Carambola, Las aventuras de Parchís, La guerra de los niños). Trabajos que en algunos casos pueden considerarse sonrojantes pero que nadie puede dudar que marcaron a toda una generación de cinéfilos en ciernes.

Aunque de entrada pueda parecer una comedia más al uso de las que proliferaron en una época como la del predestape, que no pasará precisamente a la historia de nuestro cine por su calidad, paulatinamente el guión se va volviendo más descabellado y por qué no decirlo hasta un punto descarado.

Si en la mítica Bienvenido Mister Marshall de Luis García Berlanga, a la que aquí se hace cumplido homenaje con su velado antiamericanismo o con esa recurrencia a palabras imposibles (en las películas de Berlanga siempre se utilizaba el término austrohúngaro y aquí se citan varias veces los propergoles), los americanos amedrentaban con su inminente aparición a una pequeña población que movía cielo y tierra para poder recibir los parabienes yanquis, en El astronauta se minimiza un acontecimiento histórico de calado como fue el aterrizaje del hombre en la Luna diciendo que por mucho menos dinero (ocho mil pesetas, para ser exactos), España también podría haber logrado la hazaña.

Lo cierto es que en ocasiones los diálogos son tan rimbombantes y chulescos que parece que estemos asistiendo a un monólogo de los que ha dado fama y prestigio a Leo Harlem o a un programa de televisión tipo Bricomanía: se habla de contrachapado, de una manita de pintura, de una manivela de dos poleas.

el-astronauta-3

Todo explicado de una forma muy chulapona y con música de organillo de fondo, que acentúa el carácter cañí de una propuesta que no elude los típicos tópicos de nuestra cultura: a los científicos que visiten nuestro país hay que hartarlos de paella, tortilla de patatas y sangría para venderles el proyecto; el carburador del Seat 600 afanado por Pepe en su taller mecánico; el módulo de descenso lunar Garrapata. Las primeras escenas pecan de ser un tanto costumbristas, con algunas reuniones de bar y situaciones domésticas que se traducen en que la acción cuesta un poco de arrancar. Pero la sorpresa viene cuando de la teoría se pasa a la práctica.

La planificación está muy bien, y la cháchara también, pero cuando se trata de empezar la fase de entrenamiento las carcajadas están servidas: vemos al iluso aspirante a “Starman” cargado de neumáticos intentando escalar una pared con el objetivo de adaptarse a la gravedad lunar; pillar un empacho con una pastilla concentrada de pollo al chilindrón; se le encierra durante unas cuantas horas en barras de hielo a fin de que pueda soportar las bajísimas temperaturas del espacio, que según el reputado matemático al que da vida José Luis López Vázquez son nada más y nada menos que de mil doscientos grados bajo cero; marearse con unos rudimentarios aparatos especiales que simulaban las condiciones del viaje espacial, y muchas más bizarradas que obviaremos comentar para no desvelar las sorpresas de una trama tan original como hilarante.

Eso sí, que nadie espere una acumulación de efectos especiales, porque éstos brillan por su ausencia, salvo en una pequeña secuencia, donde podemos apreciar unas transparencias de lo que se supone viene a ser el espacio. Y es que un modulo lunar construido a base del aluminio que se puede recoger de las chocolatinas o un traje espacial hecho a base de combinaciones de señora en nylon no se puede considerar precisamente un efecto especial. ¿O sí?

En definitiva, viendo esta antigua película con todos estos típicos actores de los años cincuenta, sesenta y setenta bordando sus papeles y dando vida propia a unos personajes que rayan a gran altura en sus improvisaciones entre el surrealismo y el costumbrismo (se nos vienen a la cabeza el Edgar Neville de La torre de los siete jorobados o cualquier novela de Ramón Gómez de la Serna para ilustrar la afirmación) y con un guión salpicado de momentos jocosos no nos queda más que recomendar que se vea si se quiere pasar un buen rato.

Tampoco se le puede exigir mucho más de lo que ofrece, porque a fin de cuentas se trata tan sólo de pasar un rato divertido y para romperse la cabeza ya están las películas interestelares de Christopher Nolan. Una de las comedias más divertidas de nuestro cine.

Escribe Francisco Nieto

el-astronauta-2