Mar adentro (Mar adentro, 2004)

  06 Noviembre 2015

A la deriva en el lecho sobre un mar de lágrimas

mar-adentro-21La cuarta película de Alejandro Amenábar supuso un regreso al cine más intimista y menos rutilante de sus comienzos. A pesar de contar con una estrella emergente en proceso de consolidación como Javier Bardem —que recibió el aplauso mayoritario de la crítica refrendado por un globo de oro como mejor actor—, el tono del filme no era el de una gran producción como pudiera ser Los otros, que se nutría de un elenco internacional y un presupuesto que casi duplicaba el de Mar adentro.

La película que contaba la vida y muerte de Ramón Sampedro se refugiaba en lo cotidiano, en lo rural, en las aristas de las relaciones humanas, para mostrar la omnipresencia del último y más común de los hechos vitales —la muerte— y el ominoso silencio que, paradójicamente, sobre ella se extiende.

Sin embargo, y a pesar de esta aparente sencillez e intimismo, la película tuvo un recorrido fulgurante en torno a un paso atronador. Consiguió hacerse con un Oscar de Hollywood y agitar la conciencia de millones de ciudadanos que hasta entonces habían mirado de soslayo la posibilidad de administrar —y el término no es inocente— la muerte a un conciudadano, a un impedido que solicitaba ayuda para acabar con su vida de un modo digno y exento de crudas responsabilidades penales.

Porque en efecto, no se trataba —como gran parte de los fundamentalistas irreflexivos han querido señalar— de calificar como indigna la existencia de cualquier tetrapléjico, sino de dejar que cada cual pudiese valorar la suya propia sin intromisiones ajenas, ya fuesen legales o religiosas, y de ejercer en consecuencia un derecho a disponer de la misma. 

Es cierto que la obra de Amenábar puede pecar —como gran parte de su obra dedicada al análisis de la influencia religiosa en la sociedad— de un exceso de parcialidad y de un aire pontifical, puesto que los defensores de la muerte digna y la eutanasia aparecen como vencedores morales de una batalla perdida políticamente, mientras que los contrarios aparecen bien como ilusos, como ignorantes, como castigados con el olvido —tal es el caso de la arrepentida Belén Rueda, que acaba sus días a la deriva de su desmemoria— o directamente como manipuladores de la conciencia de los menos despiertos.

Pero hecho este reproche, no es menos cierto que la película mantiene un corpus argumental demoledor y bien construido, al menos desde la coherencia personal de Ramón Sampedro, que no renunció nunca a su idea de llevar a cabo un plan que acabando con él, no debiera acabar con su lucha.

Sampedro representaría en este caso al héroe que ganaba batallas después de muerto y no precisamente por el hecho de estar como el Cid, en apariencia vivo, sino porque la consecución de su victoria era paradójicamente la consumación de su muerte.  

Retrato de una sociedad dividida

En ese camino, Sampedro, redivivo en la piel de un estupendo Bardem, ha de convencer a los reticentes de que su lucha tiene sentido, aunque conduzca a la nada. Para ello Amenábar construye un relato no siempre verídico pero fundamentalmente acertado sobre cada una de las posiciones que han de sostenerse en torno al dilema: hay gente, como Rosa (Lola Dueñas), que pretende insuflar "ganas de vivir" a quien no las tiene. Otros, como José, el hermano de Ramón (Celso Bugallo, en mi opinión autor de la mejor interpretación del filme, por encima del propio Bardem), que son absolutamente refractarios a la idea de la eutanasia y que no fundamentando racionalmente su opinión —según Amenábar por carecer de seso—, no puede decirse que sean malos en la medida en que entregan su vida y la de su familia al cuidado del enfermo. El personaje construido por Bugallo —un papel nada amable— tiene su momento de gloria cuando deja a Sampedro con la boca cerrada tras aducir que él también es un esclavo de su tetraplejia, y que no es justo acusar de cerril a quien entrega su vida desinteresadamente.

Lejos de los extremos se sitúan personajes como los de Manuela (estupenda Mabel Rivera), que estiman incondicionalmente a la persona que es Sampedro, y que quizá no comprenden sus motivaciones, pero que acaban por respetar sus decisiones. Luego están los ingenuos, como Javi (Tamar Novas), los recalcitrantes (como el Padre Francisco interpretado por José María Pou, un personaje que Amenábar ha caricaturizado para plegarlo a sus ideas de un modo poco delicado) o los simplemente respetuosos colaboradores, que a pesar de ser sostenedores de la idea de Sampedro, no tienen una gran relevancia en el avance de la película. Esto es así porque la personalidad del protagonista es lo suficientemente apabullante como para defenderse a sí misma y a sus propias ideas, sin el concurso de otros.

Pareciera que Amenábar ha querido, con estas caracterizaciones, hacer un retrato de la sociedad española en cada una de las posturas posibles. Es cierto que no ha sido neutral y que en ocasiones ha resultado poco considerado; pero quizá quepa decir en su defensa que las posturas que ataca con más saña son las de los entrometidos y los santurrones, gente cuyo dogmatismo impide lo que Sampedro denomina "la evolución de las conciencias" y que incluso pretende silenciar un debate cada vez más presente en nuestras sociedades.

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La cuestión jurídica

Sin embargo, quizá la parte más importante sea la de las instituciones: Amenábar dedica todo un apartado de la película a los diversos juicios a los que se enfrentó Sampedro y que constituyeron una sucesión de decepciones jurídicas, pero que abrieron un precedente importante a sus reclamaciones. Esta serie de fracasos condujo directamente a la ejecución de su suicidio asistido, un hecho más doloroso e inhumano de lo que correspondería en una sociedad avanzada, que no debiera permitir el sufrimiento innecesario de sus ciudadanos siempre y cuando mediase su voluntad de no padecerlos.

La argumentación que Amenábar pone en boca de  Marc (Francesc Garrido), el abogado de la Asociación para el Derecho a Morir Dignamente, es brillante y diríase que impecable, sacando a la luz las contradicciones de un sistema jurídico que aún basa sus ordenamientos y consideraciones en cuestiones religiosas, y que resulta más o menos como sigue:

—España es un país laico —en realidad es aconfesional, que no es lo mismo— y por tanto no sujeto a imposiciones religiosas;

—España respeta el derecho a la propiedad privada y además, basándose en la DUDH, considera que ningún ciudadano debe ser sometido a tortura o trato que comprometa su dignidad personal;

—Según la misma DUDH, todo el mundo tiene derecho —que no obligación— a la vida, siendo ésta su bien más preciado;

—Por consiguiente, si Ramón Sampedro considera que el hecho de ejercer su derecho a vivir resulta degradante y casi una tortura, también puede renunciar a seguir viviendo. Simplemente dispondría de su bien más preciado según su antojo;

—Pero el Ordenamiento Jurídico Español, basándose en consideraciones metafísicas —la costumbre o más bien la religión católica que considera la vida propiedad del Altísimo—, se arroga el derecho a disponer de la vida de sus ciudadanos, de manera que legisla para impedir el suicidio aunque no lo penalice, y castiga la asistencia al suicidio como acto culposo, aun cuando se cuente con la autorización del suicida.

mar-adentro-22Es decir, el Estado, en su actual ordenamiento no considera que la vida sea un bien propio, o bien que siendo propio no es privado, o bien considerando positivamente ambos extremos cae en la contradicción de administrarla como si no lo fuera.  Previsiblemente esto se debe a que el carácter de la vida es sagrado —según interpreta Amenábar— dado que el Estado renuncia a legislar para dar término a la vida con el consentimiento de su poseedor, pero a su vez, legisla para evitar que esto suceda de un modo voluntario y privado con el concurso de individuos particulares. Es decir, en román paladino: ni come ni deja comer sin justificar por qué lo hace.

Habría que decir en defensa del Estado, que quizá no fuese lícito permitir que los individuos particulares administrasen la muerte, porque ello impediría seguir unos procedimientos garantistas. Pero lo que parece sugerir Amenábar, junto con los defensores de la muerte digna, es que precisamente para evitar esto deben institucionalizarse unos procedimientos garantistas.

La lucha de Ramón Sampedro consistió en llamar la atención sobre estas contradicciones planteando unas demandas que por no ser satisfechas, le condujeron a una muerte dolorosa y no necesariamente digna en la medida en que hubo de ejecutarse como un acto ilegal, a escondidas.

Probablemente uno de los momentos más escalofriantes de la película sea ese en el que la voz de Javier Bardem lee la carta a las autoridades sugiriendo que se corte las manos a los ejecutores de su suicidio asistido, dado que es lo único que en realidad pusieron para que éste se cometiera, como paso previo a la no menos sobrecogedora escena en que se escenifica su muerte por envenenamiento.

Cabría señalar que aquí, como en otras ocasiones, es el propio Ramón Sampedro el que acude en auxilio de Alejandro Amenábar: es su carta la que confiere ese singular dramatismo a esa escena, del mismo modo que lo es el poema que cierra la película.

Como corolario podría sugerirse que con este material, basado en la vida de semejante personaje, era difícil hacer una mala película. Me atrevo a decir que la mayor parte de las críticas a la misma se basan en un desacuerdo ideológico, que Amenábar ha contribuido a alimentar con un poco exquisito trato a los opositores de la eutanasia dentro de su misma película. Quizá esta hubiera subido varios enteros en la consideración de la crítica de no haber existido esas innecesarias puyas: Ramón Sampedro y su historia son lo suficientemente elocuentes  como para no necesitar de sibilinas apoyaturas.

La cuestión que cabe dilucidar ahora es si como artefacto cinematográfico, Mar adentro es o no estimable. 

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Amenábar como director

No es menor el trabajo artístico del realizador hispano-chileno. Muchas de sus escenas poseen desde luego una inusual carga poética. Destacable es la secuencia de vuelo con el Nessun dorma de fondo. Es lícito señalar que muchos han juzgado la escena como en exceso efectista, cuando no directamente pedante; pero quizá cupiese aducir que Amenábar no es el único director que se apoya en los clásicos, que el aria de Puccini acompaña perfectamente al sentido de la escena y que constituye de hecho un momento cumbre de la película, en la medida en que por primera y casi única vez se muestra el mundo interior de Sampedro, en cuyo análisis —error señalable— no se prodiga mucho Amenábar.

También notable resulta la ya mencionada escena de la muerte, donde Amenábar se sirve de una suerte de remedo del vídeo que Ramón Sampedro dejó como testimonio de la misma. El realizador intercala entre ella alguna imagen sobre un rescate de las aguas de las que nunca debió salir. Aquí, por fin, éste se frustra de un modo simbólico y da como resultado un fundido a negro que vale más que mil palabras.

Algunas de las críticas que se han hecho a Amenábar inciden en su recurso a la grandilocuencia, al efectismo, a la lágrima fácil o al guiño humorístico para romper la tensión como comodines para tener al público en un puño. Recursos de director bisoño, se dice.

Puede que haya algo de eso, no vamos a negarlo; Amenábar no ha cursado unos estudios formales de cinematografía donde se señale en rojo el abuso del tecnicismo impostado. Pero quizá cupiese ser algo indulgentes con alguien que ha aprendido a hacer cine viendo cine, y de nuevo, llamar la atención sobre su capacidad para imitar con gracia a los maestros, empleando sus mismos recursos. En rigor, esta crítica es la misma que la que se hace con la utilización del aria de Turandot, y no parece que tenga una carga demoledora. Debiera Amenábar, eso sí, anotarla en el "debe" de sus futuras realizaciones: menos es más, y el verdadero talento no necesita gritar a los cuatro vientos que lo es.

Pero Amenábar sí muestra valía en los pequeños detalles. Es en la dirección de actores donde destaca, y donde realiza un trabajo de orfebre. Quizá sea éste su auténtico lugar, y no el de director con grandes medios y consagradas estrellas.

Justo es reconocer también que los actores escogidos en Mar adentro realizan todos un trabajo soberbio, pero no podemos dejar de señalar que la búsqueda de las expresiones faciales precisas en cada momento —misión del director de actores— dota de profundidad a una película basada en las emociones. No hay sobreactuación alguna: las caras de interés de José cuando escucha al párroco, de desolación cuando parte su hermano a Boiro, donde le espera la muerte; las de estupefacción de Javi, las de profunda desazón comprensiva de Manuela, las de la duda existencial del hermano Andrés (Alberto Amarilla) o las de dolor sincero de Joaquín (Joan Dalmau), el padre de Ramón y José, son un ejemplo de esta precisión que hace que la película se eleve por encima de lo puramente convencional.

Así, conseguida la excelencia en lo que verdaderamente puede llamarse cine —y no mera técnica, ya sea visual o argumental— no cabría sino seguir en la misma senda para alcanzar la maestría. Sin embargo, parece que los derroteros por los que el joven realizador se ha conducido últimamente no son esos precisamente: dando el salto hacia la internacionalización y la hipertrofia del presupuesto, Amenábar ha perdido la oportunidad de entrar en los detalles para perderse en los grandes planos generales.

Muestra de ello son sus dos últimos filmes, en los que cada vez se hacen más presentes sus obsesiones y se pierden sus cualidades para tratar lo íntimo y lo humano. En ellos Amenábar abusa de los clichés, sobreexplica y retuerce pero no acaba de dejar expresarse a las personas sobre las que se supone que está hablando.

Sin duda, es síntoma de que ramón Sampedro ya no está aquí para ayudarle.

Escribe Ángel Vallejo

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